Mayo 16: “Dios desplegó esta fuerza en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su diestra en los cielos”

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Por: Antonio José Sarmiento Nova, SJ

Lecturas:

  1. Hechos 1: 1-11
  2. Salmo 46
  3. Efesios 1: 17-23
  4. Marcos 16: 15-20

Al comenzar esta reflexión semanal, en la que nos ocupamos sobre la relevancia mutua entre textos bíblicos y realidad de las comunidades en las que se proclaman, es inevitable remitirnos a la crudeza de los hechos que se están viviendo en nuestro país: protestas sociales desde hace dos semanas,[1] clamor popular que expresa la inconformidad de la mayoría de ciudadanos ante las políticas que inciden directamente en la calidad de vida, 21 millones de colombianos en situación de pobreza alarmante, gobierno “bajito de punto”, remiso a escuchar la voz del pueblo, violencia represiva, vandalismo, pobreza, muertos y desaparecidos, polarización ideológica, odios reprimidos.[2]

¿Cómo anunciar el señorío de Jesucristo en estas circunstancias concretas? El magisterio de la Iglesia, en especial a partir del Concilio Vaticano II,[3] junto con la teología y la propuesta pastoral encarnada en los diversos ámbitos del mundo, nos indican que hay una sincera preocupación para no evangelizar en abstracto, porque se  impone una conexión explícita con los contextos de los seres humanos que atienden este llamado. El elemento esencial de la encarnación de Dios en nuestra historia y realidad es la clave para asumir esta dimensión indispensable del hecho cristiano.[4] Es fundamental para la misión eclesial anunciar a este Dios hecho historia, realidad, carne, humanidad.[5] Lo captamos muy bien en la sincera preocupación pastoral del papa Francisco, la revelación de Dios en Jesucristo da plena significación a la dignidad del ser humano: a los que él llama descartados, a los indígenas de la Minga, a los líderes sociales, a los jóvenes estudiantes, a los mayores en trance de jubilación, a los que se esfuerzan por lograr un sustento digno para sus hogares, a los que no se resignan a la injusticia. 

Cercanos ya a concluír el tiempo pascual, la Iglesia nos propone en este domingo celebrar y considerar al Señor Jesucristo en la solemnidad de la Ascensión, como aquel en quien “sometió todo bajo sus pies y le constituyó cabeza suprema de la Iglesia, que es su cuerpo, la plenitud del que lo llena todo en todo”.[6] Es el pleno reconocimiento del señorío de Jesús, profesado después de la experiencia pascual como el Cristo, el Señor en quien llega a su consumación toda la realidad humana, histórica, toda la creación.[7]

La Ascensión nos lleva a reconocer que en Cristo se hace definitiva realidad el contacto del ser humano con Dios; eso que llamamos “cielo” es un futuro pleno y decisivo que sólo nos viene gracias a la mediación salvadora-liberadora del Señor, no nos la podemos dar por nosotros mismos. En Él y por Él nos es dado superar la radical precariedad de nuestra contingencia, de nuestra fragilidad, de los límites que nos imponen la muerte y el pecado,  quedando abiertos para siempre a la trascendencia, asumidos por Él y ascendidos con Él a la plenitud del Padre. En este modo de Dios, nuestra humanidad accede a la justicia que le es debida por su dignidad y a la salvación que, gracias a la mediación de Jesucristo, obtenemos por vía de regalo amoroso e incondicional. 

Sea este el momento para recoger toda nuestra faena existencial, la propia de las biografías y relatos vitales en los que se enmarcan todos estos deseos de permanecer para siempre en el ser, apuntando a una bienaventuranza que es don de Dios, tal como lo entendemos los creyentes; tarea en la que se articulan la gratuidad del Padre y la respuesta de nuestra libertad, binomio de evangélica comunión  para lograr que lo humano no se pierda ni fracase.

Explorar el mundo, conocerlo y estructurarlo en la comprensión de las diversas disciplinas científicas, con el fin de transformar la naturaleza en aras de mejor calidad de vida para todos; esforzarnos por captar los entresijos de la mente, estudiarla en profundidad, reconocer los más hondos dinamismos que la configuran, promover la libertad a través de la explicitación de aquellos dinamismos inconscientes, formular posturas críticas que nos permitan emanciparnos de opresiones y dominios alienantes; desarrollar tecnología para agilizar los procesos de transformación del mundo, proponer un pensamiento que dé raíz y  fundamento a toda la humanidad, analizar los comportamientos y sus condiciones, hacernos libres en la expresión artística y en la lúdica para hacer de la existencia una experiencia placentera, enamorarnos apasionadamente, empeñarnos en la justicia y en la equidad para que sean viables sociedades donde todos podamos participar de los beneficios en igualdad de condiciones, son, entre muchas otras, expresiones elocuentes de esa pasión por “ascender”, por ganarle la partida a la inevitable precariedad, por no terminar en un simple proceso de descomposición orgánica.[8]

También nos salen al paso los tropiezos, inherentes a nuestra contingencia, donde las interminables limitaciones que nos acompañan se tornan lenguaje desafiante que nos invitan a ir “más allá” para encontrar la genuina razón del existir. Porque es claro que no podemos prescindir del sufrimiento, de la realidad del mal en sus inagotables evidencias, de la enfermedad, de la muerte, con su inevitable y definitiva cuestión sobre el sentido último de la vida.[9]

Hacer conciencia de todos estos elementos es un excelente caldo de cultivo para comprender y vivir la plenitud que nos viene de Dios, el “todo en todos” del que habla la carta a los Efesios, que tiene su concreción en la persona del Señor a quien designamos como Jesús, el Cristo: “Para que ustedes conozcan cuál es la esperanza a la que han sido llamados por Él, cuál la gloriosa riqueza otorgada por Él en herencia a los santos, y cuál la soberana grandeza de su poder para con nosotros, los creyentes, conforme a la eficacia de su fuerza poderosa”.[10]

La subida de Cristo a los cielos, según el lenguaje más tradicional, no es un prodigio físico, es pasar del tiempo a la eternidad, de lo inmanente a lo trascendente, donde se articulan salvíficamente la humanidad y la divinidad, siendo esta última la que acredita que la existencia de todo ser humano, que libremente acceda a tal beneficio, quede para siempre abierta a Dios y asumida por Él, aval en el que felizmente se nos garantiza que vivir no es quedar expuestos al absurdo de la finitud y de la muerte.

La primera lectura de este domingo, comienzo del relato de Hechos de los Apóstoles, es un claro ejemplo de esto, con ello se formula una convicción de la fe de los primeros cristianos que se transmite a todas las generaciones de creyentes: Jesús no fue revivificado ni volvió al modelo de vida humana que tenía antes de morir. Él fue entronizado y constituído Señor, viviendo la vida divina en la plenitud de su humanidad: “Dicho esto, fue levantado en presencia de ellos, y una nube lo ocultó a sus ojos”,[11] realidad que también afirma el evangelio de Marcos: “Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios”.[12]

Todos nuestros esfuerzos por afirmar la maravilla de la dignidad humana, nuestra lucha por la justicia y por la equidad, la denuncia profética de las realidades pecaminosas que oprimen a millones de personas en el mundo, la negativa a estructurar proyectos de vida sobre ambiciones de poder y de riquezas, la fe en el servicio y en la solidaridad, también en la libertad, son realidades que, para nosotros creyentes en Jesús, tienen raíz en su señorío, en ese estar Él a la diestra del Padre para que el ser humano sea, en nombre de Dios, señor de la vida, señor de sus decisiones, señor de su libertad, señor de la fraternidad y de la solidaridad.[13]

Consecuencia de todo lo anterior es la invitación misional de Jesús a sus discípulos y a nosotros, el asunto no puede permanecer encerrado en un rincón de la historia, se trata de propagarlo porque están en juego la esperanza y el sentido de vida de la humanidad: “Vayan por todo el mundo y proclamen la Buena Nueva a toda la creación… Estos son los signos que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y, aunque beban veneno, no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien”.[14]

Por toda esta bienaventurada realidad pascual, el cristianismo no puede ser una nueva preceptiva religiosa, ni una nueva ritualidad, ni una nueva institucionalidad, como las que Jesús confrontó con tanto rigor, es mucho más que eso, es una nueva cualidad en la relación de Dios con el ser humano, el Espíritu del Señor alienta para ir a todos los rincones de la humanidad a anunciar que Dios, en la persona del Señor Jesucristo, está totalmente de parte de todo ser humano, para hacernos demasiado humanos y demasiado divinos, realizando las señales de la vida, las que se constituyen en razones para la esperanza, haciendo viable la felicidad en este presente histórico como anticipo de la anunciada trascendencia: “Mientras ellos estaban mirando fijamente al cielo, viendo cómo se iba, se les presentaron de pronto dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: Galileos, ¿por qué permanecen mirando al cielo? Este Jesús, que de entre ustedes ha sido llevado al cielo, volverá tal como lo han visto marchar”.[15]

 

[1] CRUZ RODRÏGUEZ, Edwin. El derecho a la protesta social en Colombia. En Revista Pensamiento Jurídico número 42, páginas 47-69. Bogotá, 2015. LALINDE ORDÓÑEZ, Sebastián. Elogio a la bulla: protesta y democracia en Colombia. Publicaciones De Justicia . Bogotá, 2019. 

[2] CONFERENCIA EPISCOPAL DE COLOMBIA & SECRETARIADO NACIONAL DE PASTORAL SOCIAL. Análisis de la realidad con enfoque pastoral. Bogotá, 2017. JUBANY, Josep María. La acción social en la Iglesia Católica. En Educación social: revista de intervención socioeducativa. Número 69, páginas 133-152. Barcelona, 2019. RENAU, J. Desafiados por la realidad: enseñanza social de la Iglesia. Sal Terrae. Santander, 1994.

[3] CONCILIO VATICANO II. Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el Mundo Moderno Gaudium et Spes. Biblioteca de Autores Cristianos BAC. Madrid, 1967. 

[4] SALAROLI, Ailson José. La comprensión histórica de la revelación como fundamento de una teología contextual. Tesis para   optar al grado de teólogo. Pontificia Universidad Javeriana, Facultad de Teología. Bogotá, 2015. CASTILLO, José María. La humanización de Dios. Trotta. Madrid, 2009. PARRA, Alberto. Textos, contextos y pretextos. Pontificia Universidad Javeriana, Facultad de Teología. Bogotá, 2003. 

[5] ELLACURÍA, Ignacio. Entradas LIBERACION SALVACION EN LA HISTORIA  en FLORISTAN, Casiano & TAMAYO, Juan José. Conceptos fundamentales del cristianismo. Páginas 690-709 (Liberación) y 1252-1273 (Salvación en la historia). Trotta. Madrid, 1993.

[6] Efesios 1: 22-23

[7] SAN JUAN PABLO II. Carta Encíclica Redemptor Hominis sobre el ser humano como camino de la evangelización. Tipografía Vaticana. Roma, 1979. KASPER, Walter. Jesús, el Cristo. Sígueme. Salamanca, 1987. Papa FRANCISCO. Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium La alegría del Evangelio. Paulinas. Bogotá, 2014. 

[8] LUCAS LUCAS, Ramón. Horizonte vertical: sentido y significado de la persona humana. Biblioteca de Autores Cristianos BAC. Madrid, 2010. LUCAS, Juan de Sahagún. Dios, horizonte del hombre. Biblioteca de Autores Cristianos BAC. Madrid, 1994. 

[9] ESTRADA, Juan Antonio. El sentido y el sinsentido de la vida: preguntas a la filosofía y a la religión. Trotta. Madrid, 2010. KUNG, Hans. Vida eterna? Trotta. Madrid, 2000. 

[10] Efesios 1: 18-19 

[11] Hechos 1: 9 

[12] Marcos 16: 19 

[13] SARDIÑAS IGLESIAS. Loida Lucía. Dignidad humana: concepto y fundamentación en clave teológica latinoamericana. Universidad de Santo Tomás. Bogotá, 2019. 

[14] Marcos 16: 15-18 

[15] Hechos 1: 10-11