Mayo 30: “Reconoce hoy y medita en tu corazón que el Señor es Dios –allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra– y no hay otro”

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Por: Antonio José Sarmiento Nova, SJ

Lecturas:

  1. Deuteronomio 4: 32-40
  2. Salmo 32
  3. Romanos 8: 14-17
  4. Mateo 28: 16-20

Gran desafío es hablar de Dios de modo cercano y comprensible para todos los que escuchan su propuesta a través de las mediaciones religiosas. Es frecuente la crítica que se hace al lenguaje religioso por inaccesible, estereotipado, desentendido de la vida real de los seres humanos. Tenemos que ser humildes y aceptar esta confrontación, lo que está en juego es la relevancia salvífica de Dios, no sólo en el aspecto lingüístico sino en el existencial, que es el verdaderamente definitivo.[1] Vale la pena poner esta cuestión central sobre el tapete en el día en el que en la Iglesia celebramos a Dios como Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. ¿Qué implicaciones tiene esto para la humanidad? 

El proyecto de Dios es tan potente que no lo podemos minimizar en esas presentaciones que lo ponen como una especie de enemigo supremo nuestro, con sus imágenes deformadas de juez, castigador, vigilante, policía, encargado de asignar culpas y castigos, de moralizar y de prohibir el gozo de la vida.[2]

En el libro del Génesis se nos dice: “Y Dios creó al ser humano a su imagen; lo creó a imagen de Dios, los creó varón y mujer”,[3] esta afirmación está en la base misma de la revelación judeocristiana, es la constatación creyente de que Dios se implica gratuitamente en el ser humano y lo hace partícipe de su misma naturaleza. Es una afirmación colosal, en nosotros está la impronta de la divinidad, fundamento de la concepción cristiana del ser humano. No podemos entender a Dios si no entendemos al hombre varón-mujer y lo asumimos en su dignidad. Todo lo de Dios es para la humanidad, incondicionalmente. El asunto que ocupa prioritariamente a Dios es la plenitud, la salvación, la liberación del ser humano.

Las imágenes que distorsionan a Dios tienen su correlativo en falsas imágenes de lo humano. Dios justiciero, Dios intransigente, Dios que prohíbe, Dios vengativo, Dios vigilante, Dios que castiga, Dios terrorífico; son proyecciones neuróticas, manipulaciones de Dios, utilizaciones apocadas que van en detrimento nuestro, dando a entender también una imagen antipática de las mediaciones religiosas.[4]

La fe cristiana, en sus más de veinte siglos de historia, se ha ido inculturando en diversos medios sociales, en maneras de interpretación, en instrumentos conceptuales que intentan explicar a los creyentes, también a los que no creen, esa realidad de Dios que se ha manifestado en Jesucristo, comprensión que se hace viable gracias a la acción del Espíritu. Para esto se acude a las categorías de pensamiento propias de tal o cual momento del desarrollo histórico de la cultura y de la pluralidad de ámbitos sociales. Son esfuerzos loables que corresponden a un determinado contexto y que resultan relevantes para el mismo, pero cuando la misma evolución cultural los supera, resultan inadecuados y, a menudo, incomprensibles.[5]

Cada día se nos hace más compleja la comprensión del misterio, justamente por su comunicación en mediaciones tan lejanas de nuestra cultura. La Palabra de este domingo, dedicado a celebrar la realidad trinitaria de Dios, el Padre, el Hijo, el Espíritu Santo, nos invita a trascender las palabras mismas, las herramientas de interpretación, para dejarnos poseer por Él, para llenarnos de su vitalidad, para constituirse en el principio y fundamento de lo que somos y hacemos, para orientarnos en la línea del sentido definitivo.[6]

Dejemos que las palabras de Pablo nos introduzcan en la osadía de creer, en la profundidad liberadora del misterio del Dios que es Trinidad: “Todos los que son conducidos por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Y ustedes no han recibido un espíritu de esclavos para volver a caer en el temor, sino el espíritu de hijos adoptivos, ¡que nos hace llamar a Dios Abba!, es decir: ¡Padre!”.[7] Este es el asunto esencial en la gozosa verificación de la Trinidad: estamos totalmente tomados por Dios, asumidos por Él, esto ni hipoteca nuestra autonomía ni rebaja nuestra dignidad, es la máxima posibilidad de potenciar nuestro ser y de hacerlo pleno, libre  y feliz.

El libro del Deuteronomio fue, en la antigüedad bíblica, un esfuerzo por conectar la fe en Dios con las necesidades y realidades de las personas de ese tiempo y de ese contexto. La primera lectura de hoy viene de ahí y dice así: “Pregúntale al tiempo pasado, a los días que te han precedido desde que el Señor creó al hombre sobre la tierra, si de un extremo al otro del cielo sucedió alguna vez algo tan admirable o se oyó una cosa semejante. ¿Qué pueblo oyó la voz de Dios que hablaba desde el fuego, como la oíste tú, y pudo sobrevivir? ¿O que Dios intentó venir a tomar para sí una nación de en medio de otra, con milagros, signos y prodigios, combatiendo con mano poderosa y brazo fuerte, y realizando tremendas hazañas, como el Señor, tu Dios, lo hizo por ustedes en Egipto, delante de tus mismos ojos?”.[8]

La experiencia histórica, muy real, de los israelitas, según consta en este testimonio, es que Dios se hizo todo para ellos liberándolos de la opresión egipcia, rescatándolos de la ignominia de la esclavitud, resignificando su dignidad como pueblo, inspirando a Moisés y a sus líderes para llevarlos por el camino de una definitiva libertad. Tal acontecimiento es para Israel fundante de sus convicciones de fe y materia de permanente gratitud y celebración, lo mismo que esencia de una nueva manera de vida liberada. Dios es el Señor salvador y liberador, y esta conciencia empieza a partir de una concreción existencial, perceptible históricamente.[9]

Este mismo Dios es el Dios de Jesús, que no es el Dios de aquellos piadosos maestros de la ley y fariseos, de los sacerdotes del templo, es Dios de excluidos y de marginados, de enfermos y tarados, incluso de los irreligiosos e inmorales. El evangelio no puede ser más claro: “Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al reino de Dios. En efecto, Juan vino a ustedes por el camino de la justicia y no creyeron en él; en cambio, los publicanos y las prostitutas creyeron en él. Pero ustedes, ni siquiera al ver este ejemplo, se han arrepentido ni han creído en él”.[10]

Este Dios, así manifestado, llena de sentido la vida de quienes se sienten perdidos, no es un Dios en plan de juicio y condenación, sino de misericordia, de solidaridad, de cercanía redentora, transformadora del desencanto en esperanza y novedosa vitalidad. El mensaje de Jesús escandalizó porque hablaba de un Dios que se da todo a todos sin necesidad de merecimientos y de superioridades religiosas, en él se nos hace explícito un Dios desmedido de amor y de generosidad liberadora.[11]

La forma en que Jesús nos habla de Dios, como amor-salvación para todos, se inspira directamente en su experiencia personal. La experiencia básica de Jesús fue la experiencia de Dios en su propio ser. Dios lo era todo para él, y decidió corresponder a este amor siendo todo para los demás. Asumió la seductora fidelidad de Dios y respondió siendo fiel a sí mismo, y siendo fiel a todos los seres humanos, prioritariamente a los desalentados, a los castigados, a los humillados y ofendidos. Al llamar a Dios Abba-Padrecito abre un horizonte totalmente nuevo para nuestras relaciones con el Absoluto: “Y decía: Abba Padre, todo te es posible. Aleja de mí este cáliz, pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya”.[12]

En la lengua de Jesús, el arameo, el tratamiento de Abba[13] al papá es la expresión de mayor cariño a quien le dio la vida, manifiesta total intimidad y comunión de amor. Nos lleva a descubrir que la base de una experiencia religiosa liberadora es nuestra condición de creaturas. Así, nos descubrimos sustentados por la permanente acción creadora de Dios. El modo finito-limitado de ser nosotros demuestra que no nos damos la existencia, es Dios principio y fundamento del ser humano, de la creación y de la historia.  

Descubrir a Dios como fundamento es fuente de insospechada humanidad, y esta se vive, gracias al dinamismo de la Trinidad, en términos de filiación y de fraternidad, como Jesús: “El mismo Espíritu se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, también somos herederos, herederos de Dios y coherederos de Cristo, porque sufrimos con él, para ser glorificados con él”.[14] El trabajo del Espíritu Santo es infundirnos este don y hacernos conscientes de ser sus portadores, es el más completo lenguaje para hablar de dignidad humana, de derecho a la libertad.

Dios es ágape –amor de fraternidad, amor de comunión desinteresada– y por eso se da totalmente. La fidelidad de Dios es lo primero –pura iniciativa gratuita– y verdadero fundamento de una actitud humana. Dios es la realidad que posibilita el encuentro con un “tú” para convertirse en “nosotros”, Él es ese “tú” ilimitado que se experimenta en todo encuentro humano de amor y de comunión. A través del ser humano descubrimos a Dios, esto es lo que se hace evidente en Jesús, en él adquiere un nuevo significado –siempre liberador– nuestra relación con Dios y con todos los seres humanos: ¡esta es la decisiva incidencia trinitaria en la configuración salvada y liberada de nuestra condición humana! Gracias al dinamismo transformador del Espíritu Santo.[15]

Ante tan nítido descubrimiento de salvación podemos entender las palabras de Jesús, consciente de que este don no puede permanecer oculto, debe ser comunicado a todos como Buena Noticia, raíz de una nueva humanidad: “Vayan, entonces, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que les ha mandado. Y yo estoy con ustedes hasta el fin del mundo”.[16]

 

[1] TORRES ADAME, Fabiola. Cómo hablar de Dios al hombre posmoderno? Una mirada desde el cristianismo. Publicado en revista Análisis volumen 91 número 54, páginas 37-55. Bogotá, enero-junio 2019. VIDE, Vicente. Hablar de Dios en tiempos de increencia. Universidad de Deusto. Bilbao, 2000. CORDOVILLA, Angel. Crisis de Dios y crisis de fe, volver a lo esencial. Sal Terrae. Santander, 2012. MARTIN VELASCO, Juan. Ser cristiano en una cultura posmoderna. PPC. Madrid, 2009. 

[2] Diócesis de Canarias, España insular. Busco tu rostro: las falsas imágenes de Dios. En https://www.diocesisdecanarias.net/wp-content/uploads/2018/07/diosfalsasimagenes.pdf

[3] Génesis 1: 27 

[4] ARIAS, Juan. El Dios en quien no creo. Sígueme. Salamanca, 1987.

[5] SCHYLLEEBECKX, Edward. Fe e interpretaciones de la fe. Sígueme. Salamanca, 1986. 

[6] CAAMAÑO, Juan Carlos. Consideraciones sobre Dios para nuestro tiempo. Publicado en revista Cuestiones Teológicas volumen 48 número 109 enero-junio 2021, páginas 1-16. Facultad de Teología. Universidad Pontificia Bolivariana. Medellín. FERRARA, Ricardo. El misterio de Dios: correspondencias y paradojas. Sígueme. Salamanca, 2005. 

[7] Romanos 8: 14-15

[8] Deuteronomio 4:30-34. BARRIOCANAL, José Luis. El libro del Deuteronomio. Colección Reseña Bíblica número 96. Verbo Divino. Estella, 2017. 

[9] JUNKAL GUEVARA, Miren. El libro del Deuteronomio, el cierre del Pentateuco y el surgimiento de la identidad de Israel. Publicado en revista Estudios Eclesiásticos volumen 94 número 369, páginas 227-264. Facultad de Teología. Universidad Pontificia de Comillas. Madrid, junio 2019. ELLACURÍA  Ignacio. Historicidad de la salvación cristiana. En Mysterium Liberationis: conceptos fundamentales de la Teología de la Liberación. Volumen 1 páginas 323-372. UCA Editores. San Salvador, 1990. LENAERS , Roger. Otro cristianismo es posible: fe en lenguaje de modernidad. Abya Yala. Quito, 2008. 

[10] Mateo 21:31-32

[11] KASPER, Walter. El Dios de Jesucristo. Sígueme. Salamanca, 2011. RATZINGER, Joseph. El Dios de Jesucristo: meditaciones sobre Dios uno y trino. Sígueme. Salamanca, 1979. SOBRINO, Jon. Jesús en América Latina: su significado para la fe y la cristología. Sal Terrae. Santander, 1985. 

[12] Marcos 14: 36 

[13] JEREMIAS, Joachim. Abba, el mensaje central del Nuevo Testamento. Sígueme. Salamanca, 1983. 

[14] Romanos 8:16-17 

[15] KUNG, Hans. Existe Dios? Trotta Madrid, 2009. CASTILLO, José María. El reino de Dios: por la vida y la dignidad de los seres humanos. Desclée de Brower. Bilbao, 1999. 

[16] Mateo 28: 19-20