Junio 6: “Tomen, este es mi cuerpo…Esta es mi sangre de la alianza que es derramada por muchos”

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Por: Antonio José Sarmiento Nova, SJ

Lecturas:

  1. Exodo 24: 3-8
  2. Salmo 115
  3. Hebreos 9: 11-15
  4. Marcos 14: 12-16 y 22-26

Aunque parezca bastante desafiante y heterodoxo el ejemplo siguiente, nos parece que una buena introducción al asunto esencial de la eucaristía en la vida de la Iglesia nos lo brinda la expresión del sacerdote Camilo Torres Restrepo[1] cuando tomó la decisión de pedir la dispensa de su compromiso sacerdotal, sin abandonar en lo íntimo de su ser el deseo de ser siempre un ministro de la Iglesia: “He dejado de decir misa para realizar este amor al prójimo en el terreno temporal, económico y social. Cuando mi prójimo no tenga nada contra mí, cuando haya realizado la revolución, volveré a ofrecer misa si Dios me lo permite. Creo que así sigo el mandato de Cristo: si traes tu ofrenda al altar y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar y anda, reconcíliate primero con tu hermano,[2] y entonces ven y presenta tu ofrenda”.[3]

Podemos no estar de acuerdo con la decisión del padre Camilo, especialmente cuando sabemos que su siguiente paso fue ingresar a la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional ELN en octubre de 1965, grupo armado que ha traído muchos males a Colombia. Lo que nos interesa esclarecer es que él estaba invocando la autenticidad de la eucaristía en esa Colombia muy católica de los años sesenta y muy afectada, como hoy, por las injusticias sociales y por la escandalosa pobreza de muchos colombianos. Celebrar la eucaristía sin llenarla de un contenido de fraternidad y solidaridad es para él una profanación del sacramento. Esta evocación nos lleva a pensar en cuántas veces participamos en ella de modo individualista, con el corazón no convertido a Dios y al prójimo, con claras responsabilidades de nuestra parte en materia de injusticia y de desconocimiento de la implicación comunitaria del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, cuya feliz realidad celebra la Iglesia en este domingo.[4]

Qué decir de tan entrañable y definitivo sacramento en esta Colombia herida por la violencia, por los desencuentros entre el pueblo y sus gobernantes, por sus 21 millones de ciudadanos empobrecidos, por las muchas injusticias que aquí se cometen. ¿Cómo celebrar la eucaristía con autenticidad evangélica, eclesial y social en nuestro país?

Los sacramentos son signos que se refieren a realidades trascendentes, de carácter definitivo para la plenitud humana, que habitualmente no pueden entrar a través de nuestra percepción sensorial. Estos signos –el agua, los óleos, el pan, el vino, para señalar los más conocidos– nos remiten a lo significado, a aquella realidad proveniente de Dios que se vale de un lenguaje humano para comunicar la eficacia gratuita de sus dones, que nos hacen mejores personas según el modelo central que es el mismo Jesús.[5]

José María Castillo es un teólogo español, de avanzada eclesial, siempre preocupado porque el lenguaje y prácticas de la fe y de la pastoral pierden su fuerza transformadora, se convierten en rituales desconectados de la realidad existencial. A este asunto dedica un denso libro llamado Símbolos de libertad: teología de los sacramentos, escrito en 1980.[6] Su pretensión es estudiar el sentido profundo de los sacramentos, en general y en particular de cada uno de ellos, remontarse a la tradición bíblica, someter a revisión crítica las deformaciones de interpretación y de vivencia cotidiana, y rescatar esa originalidad eficaz de Jesucristo que se implica en la realidad humana, histórica, para liberarla de sus ambigüedades, siempre asumiendo que lo humano es el canal de significación para remitirnos al contenido original de vida de Dios en nosotros y de humanidad nueva, que logramos gracias al mismo Señor que se nos ofrece gratuitamente. 

Veamos un breve párrafo del escrito referenciado, que nos ayuda a esclarecer el significado y valor de la realidad sacramental en la vida de la Iglesia: “La iglesia es fiel a Jesús cuando celebra, por la fuerza del Espíritu, los mismos gestos simbólicos que realizó Jesús; cuando se adhiere a su destino y comulga con su vida, cuando perdona los pecados y libera a los hombres de las fuerzas de esclavitud y de muerte que operan en la sociedad, cuando sana las raíces del mal y del sufrimiento que oprimen a todos los crucificados de la tierra. Cuando todo eso no son palabras, sino experiencias reales y concretas, vividas cada día en cada comunidad de fe, entonces cada una de esas comunidades expresa auténticamente tales experiencias mediante los símbolos fundamentales de nuestra fe a los que llamamos sacramentos”[7]

Así, estamos en condiciones de captar que los sacramentos no son magias ni rituales que producen efectos automáticamente. Para asumirlos en toda su profundidad y significado el asunto esencial es la fe en Jesús, no como creencia conceptual, sino como experiencia de transformación de todo lo que somos en Él, adquiriendo lo que la genuina tradición cristiana llama la “nueva humanidad”, tema muy constante en los escritos de Pablo. Se trata de tomar conciencia de Jesús y de comprometernos nosotros a ser como él. 

El partir el pan forma parte esencial de la esencia del signo. Jesús se hace presente en ese signo, no en la materialidad del pan o del vino, sino en el contenido teologal que se significa. Lo repetimos: es el pan partido, repartido, compartido. Es el mismo Jesús que se deshace de la propiedad de su vida para darla toda sin reservas, ilimitadamente, con el amor que se desborda para participarnos la vitalidad de Dios, y para resignificar una humanidad ambiciosa, mezquina, egoísta, en una humanidad fraternal, solidaria, servicial, de diakonía y de koinonía.[8] Consecuencia primordial de esta lógica es que nuestra vida se debe tornar, como la de Jesús, partida y compartida para bien de todo prójimo, principalmente del que es humillado y ofendido por el pecado de seres humanos egoístas.

El culto que se inaugura con Jesús supera definitivamente el concepto y práctica de la mediación religiosa concebida como un poder asignado a algunos exclusivamente, él mismo es la ofrenda grata a Dios y a la humanidad, es el don de su propia vida para darnos a todos la abundancia de la vida que Dios nos comunica, esta es la novedad del culto que Jesús establece. Este es contenido central de la carta a los Hebreos, de la que se toma la segunda lectura de este domingo: “En cambio, Cristo se presentó como sumo sacerdote de los bienes futuros, oficiando en una tienda mayor y más perfecta, no fabricada por mano de hombre, es decir, no de este mundo. Y penetró en el santuario, una vez para siempre, no presentando sangre de machos cabríos ni de novillos, sino su propia sangre. De este modo consiguió una liberación definitiva”[9]

Se ratifica lo dicho: la realidad sacramental significada es Jesús como don, es Dios-ágape manifestado en Jesús. La eucaristía resume la actitud vital de Jesús, amar sin medida dando todo de sí, ese es el genuino ser de Dios. Es el Hijo que significa con total eficacia el amor del Padre. En el sacramento eucarístico se significa la relación de Dios con cada ser humano, y esto hace que nos constituyamos como una comunidad en torno al pan partido y compartido que es el mismo Jesús, él es el centro de esta sacramentalidad que, al mismo tiempo, nos invita a ser hombres y mujeres de y para la comunidad. La eucaristía no es una devoción piadosa particular sino una construcción sacramental comunitaria de hombres y mujeres que se dejan tocar por esta gracia y viven en conformidad con ella.

En el contexto de la celebración pascual propia de los judíos, Jesús vive los acontecimientos definitivos de su pasión, de la ofrenda total de su cuerpo y de su sangre, y, reunido con sus discípulos, expresa el sentido total de su existencia y de su misión: “Mientras estaban comiendo, tomó pan, lo bendijo, lo partió, se lo dio y dijo: Tomen, este es mi cuerpo. Tomó luego una copa y, después de dar las gracias, se la pasó y bebieron todos de ella. Y les dijo: esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos”.[10] El escueto relato de Marcos tiene suficiente elocuencia: Jesús es el don de Dios para plenitud y salvación de la humanidad, Él nos indica el camino de la mesa servida y compartida como signo eficaz de una manera de ser y de vivir, en comunión y en participación solidaria.[11]

El carácter genuino del sacramento eucarístico nos compromete a dejar atrás un modelo de religiosidad individualista, saturado de prácticas piadosas y de rituales, sin mayor impacto en la transformación de las relaciones sociales, para dar paso a la originalidad de Jesús. El fin último de la eucaristía es hacer presente con los signos del pan y del vino el ágape que nos funde con Dios y nos abre a los demás, hasta sentirlos también fundidos en Dios. Esta es la gracia del sacramento que celebramos en este domingo, pan partido, repartido, compartido, vida que se ofrece para todos, sangre derramada que da a todos la vitalidad del amor de Dios que nos hace comunidad a partir del Evangelio.[12] Vivir así es Buena Noticia para quienes viven desencantados por las rupturas que introduce el pecado de la injusticia y de la dominación.

Jesús no nos manda, de buenas a primeras, a “ir a misa”, obligatoriamente, y a comulgar, porque sí. Esta es la creencia de muchos, mal inculcada por una catequesis deficiente e incompleta. El asunto serio, comprometedor, es tomar el pan –símbolo de nuestra persona, de nuestros bienes, de nuestra vida entera– y partirlo, como Jesús, para repartirlo y compartirlo con quienes son nuestros prójimos de cada día. Podemos decir que la ética que se desprende de la eucaristía es normativa para todo el que tome en serio el camino de Jesús y su vivencia en la comunidad eclesial.[13]

Comer el pan y beber la copa son actos inseparables; quiere decir que no se puede aceptar la muerte de Jesús sin aceptar su entrega hasta el fin, y que el compromiso de quien sigue a Jesús incluye una entrega como la suya. Este es el verdadero significado de la eucaristía. No podemos seguir reduciendo al misterio adorable de este sacramento a una presencia en sí, encerrada en ella, como una majestad lejana, sino como el mismísimo Dios encarnado, implicado totalmente en el ser humano, involucrado en nuestra historia, para donarnos la vitalidad suya que nos humaniza y nos libera del egoísmo y de la injusticia. Así, la mesa eucarística es pan compartido, sangre derramada, signo de la nueva humanidad de la que él es portador.  

 

[1] Camilo Torres Restrepo, hijo de una aristocrática familia bogotana, nació en 1929 y falleció trágicamente en febrero de 1966, fue ordenado sacerdote en 1954. Perteneció a la arquidiócesis de Bogotá, cursó su formación académica como sociólogo en la Universidad Católica de Lovaina. BRODERICK, Walter J. Camilo, el cura guerrillero.Icono. Bogotá, 2015.

[2] Mateo 5: 23-24

[3] Citado por LEVINE, Daniel H. Camilo Torres: fe, política y violencia. En Revista Sociedad y Religión volumen 21 año 2011 número 34-35 página 66. 

[4] BOROBIO, Dionisio. Lo social en la liturgia y los sacramentos: doctrina y recepción. En https://www.summa.upsa.es/high.raw?id=0000007413&name=00000001.original.pdf SCAMPINI, Jorge A. La eucaristía, primicia y fundamento de un orden social verdaderamente justo. En Revista Teología Volumen LIII número 119 marzo 2016, páginas 45-80. Pontificia Universidad Católica Argentina, Facultad de Teología. Buenos Aires, 2016. MARTINEZ MORALES, Víctor. Sentido social de la Eucaristía (3 volúmenes). Facultad de Teología, Pontificia Universidad Javeriana. Bogotá, 2003. ARRUPE, Pedro. Hambre de pan y de evangelio. Sal Terrae. Santander, 1978. 

[5] GUILLET, Jacques. De Jesús a los sacramentos. Verbo Divino. Estella, 1991. CHAUVET, Louis Marie. Símbolo y sacramento: dimensión constitutiva de la existencia cristiana. Herder. Barcelona, 1991. 

[6] CASTILLO, José María. Símbolos de libertad: teología de los sacramentos. Sígueme. Salamanca, 1980. 

[7] Obra citada, página 458. 

[8] La palabra griega diakonía significa servicio, dedicación al servicio de la comunidad, es el término que se utiliza en el Nuevo Testamento para designar los ministerios dentro de la comunidad cristiana. Y la palabra koinonía, también de origen griego, es la expresión que significa la comunión de todos los cristianos en torno a la persona de Jesús. 

[9] Hebreos 9: 11-12. GARCÍA HUIDOBRO, Tomás. La carta a los Hebreos: una visión desde las teologías del templo. Sígueme. Salamanca, 2014. VANHOYE, Albert. El mensaje de la carta a los Hebreos. Verbo Divino. Estella, 1985. 

[10] Marcos 14: 22-24

[11] BENEDICTO XVI. Exhortación apostólica postsinodal SACRAMENTUM CARITATIS sobre la eucaristía, fuente y culmen de la vida y de la misión de la Iglesia. Tipografía Vaticana. Roma, 2007. 

[12] CODINA, Víctor. Nuevos enfoques teológicos sobre la eucaristía. En https://www.redicces.org.sv/jspui/bistream/10972/3168/1/RLT-2005/066-C.pdf . GESTEIRA GARZA, Manuel. La eucaristía, misterio de comunión. Cristiandad. Madrid, 1983.LEON-DUFOUR, Xavier. La fracción del pan: culto y existencia en el Nuevo Testamento.  Cristiandad. Madrid, 1983. BASURKO, Xavier. Para comprender la eucaristía. Verbo Divino. Estella, 2000. THURIAN, Max. La eucaristía, memorial del Señor. Sígueme. Salamanca, 1967. 

[13] MALDONADO, Luis. Praxis sacramental y compromiso de fe. PPC. Madrid, 2001.