Septiembre 19: “Si uno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”

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Por: Antonio José Sarmiento Nova, SJ

Lecturas:

1. Sabiduría 2: 12-20

2. Salmo 53

3. Santiago 3: 13 a 4:3

4. Marcos 9: 30-37

Siempre nos preguntamos con insistencia el porqué de las arrogancias y vanidades de muchas personas, muy convencidas de ser superiores a los demás y, junto con eso, haciendo alarde constante de sus títulos y argumentos con los que quieren respaldar sus pretensiones. En todos los ámbitos de la vida social los encontramos, un auténtico festival del narcisismo y de la prepotencia.[1] Si aplicamos un saludable escepticismo ante estas desmedidas afirmaciones nos encontraremos con “fuegos fatuos”, grandes inseguridades que se revisten de autosuficiencia y superioridad. También la cultura dominante y las convenciones sociales se encargan de reforzar esta manera de proceder: adulación, honores inmerecidos, homenajes, les hacen creer que sí son más “gente” que el “inepto vulgo”, como se refería al pueblo raso un conocido político colombiano.

Personalidades así son resultado de una configuración emocional, familiar, sociocultural, pero esto no los dispensa de la responsabilidad moral en la que incurren al desconocer con irrespeto y agresividad el valor de los seres humanos que no se “equiparan” a ellos,[2] preferentemente los más humildes y vulnerables; también entran dentro de sus animadversiones las personas rectas, los que practican la justicia y, en general, todas las virtudes, sin presumir ser mejores que los demás. La primera lectura de este domingo, hace clara alusión a esta realidad: “Tendamos trampas al justo porque nos molesta y se opone a nuestra manera de obrar; nos echa en cara las transgresiones a la Ley y nos reprocha las faltas contra la enseñanza recibida”.[3]

En el universo de estas personas encontramos personajes “enmascarados y disfrazados”, la arrogancia es la careta con la que ocultan su precariedad moral, el fondo de su ser es el vacío de un ego que no sabe de projimidad ni de reconocimiento a los valores de la humanidad más discreta ni de solidaridad y benévola condescendencia con los menores del mundo. En el humanismo más saludable y en las tradiciones espirituales encontramos los mejores antídotos para que todos nos curemos de vanidades y complejos insulsos de superioridad.

Queremos llamar la atención sobre la actitud de los arrogantes-injustos en contra de quienes son referente de honestidad y de vida recta, como lo señala el texto del libro de la Sabiduría: “Pongámoslo a prueba con ultrajes y tormentos, para conocer su temple y probar su paciencia. Condenémoslo a una muerte infame, ya que él asegura que Dios lo visitará”.[4] Cuántos jueces, investigadores, testigos de la verdad, profetas, intelectuales, gentes pulcras, estudiantes, líderes sociales, maestros, pastores, entusiastas dirigentes comunitarios, mujeres de armas tomar que pagan su compromiso con la verdad con sus propias vidas –que se sacrifican cruentamente– o con la humillación y la calumnia.[5]

El camino que Jesús propone no busca privilegios ni tiene deseos de exaltación, tiene la mirada puesta en la cruz, siempre en la perspectiva de la dedicación al servicio pastoral, discreto, silencioso, sereno en medio de las muchas contradicciones que se pueden vivir en esta lógica del mesianismo crucificado, énfasis del evangelio de Marcos.[6]

Las lecturas de este domingo nos llevan por este sendero, desde ellas hacemos la crítica de toda vanagloria humana: “Salieron de allí y fueron caminando por Galilea. Él no quería que se supiera, porque iba enseñando a sus discípulos. Les decía: el Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres; lo matarán, mas a los tres días de haber muerto, resucitará. Pero ellos, que no entendían sus palabras, tenían miedo de preguntarle”.[7]

El evangelio dice expresamente que Jesús quería pasar desapercibido; con la intención de formar a sus discípulos en la enseñanza de la cruz, trata de convencerles de que no ha venido a desplegar un mesianismo de poder sino de servicio a los demás, pero no lo consigue. Las mentes de aquellos están enredadas en las ambiciones del triunfo, en la mentalidad del prestigio, se imaginan que cuando la revolución de su maestro tenga éxito ellos ocuparán los lugares de honor. Todos siguen pensando en su propia gloria.

Si les daba miedo preguntar es porque intuían que algo de él no les gustaba. Esta indicación nos muestra que, más que no comprender, es que no querían entender, porque la muerte ignominiosa de Jesús significaba el fin de sus pretensiones de mesianismo triunfante y espectacular.

El relato de vida de quienes toman en serio a Jesús está marcado por este mesianismo crucificado, el mundo se salva por el amor, por la capacidad de dar sentido a la vida de los seres humanos, abriéndolos a la trascendencia que tiene su referente en Dios y en el prójimo. Para hacer esto no tienen peso el poder y los títulos de honor, lo que cuenta salvíficamente es hacer el bien, practicar la justicia y la solidaridad, construir comunidad, promover la dignidad de todos, siguiendo el modo que Jesús propone en las bienaventuranzas.[8]

“Llegaron a Cafarnaúm y, una vez en casa, les preguntó: ¿De qué discutían por el camino? Ellos callaron, pues por el camino habían discutido entre sí quién era el mayor. Entonces se sentó, llamó a los Doce y les dijo: si uno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”.[9] Jesús no demanda que nos minimicemos en el sentido de perder la dignidad, de asumir un voluntarismo de autonegación violenta, lo que pide es que entendamos que el ser humano es más en la medida en que sirva más, en que dé más y más lo mejor de sí mismo para que haya una mejor humanidad, sin medir las posibles consecuencias de incomprensión, conflicto, persecución, cruz.

Y luego viene el ejemplo de la acogida a los niños: “Y tomando un niño, lo puso en medio de ellos, lo estrechó entre sus brazos y les dijo: El que acoja un niño como este en mi nombre, a mí me acoge; y el que me acoja a mí, no me acoge a mí, sino a Aquel que me ha enviado”.[10] En ese contexto de Jesús el niño no contaba, se le veía como un pequeño esclavo, el último de los últimos en la escala más baja de los que se dedican al servicio; Jesús se está identificando con ellos, no es una simple ternura, claramente está manifestando su preferencia por los mínimos y está señalando una pauta determinante para quienes quieran vivir en seguimiento suyo, provoca naturalmente rechazo por las razones que exponemos aquí.[11]

Después de más de dos mil años seguimos sin enterarnos. Y, además, como los discípulos, preferimos que no nos aclaren las cosas, porque sospechamos que no responden a nuestras ambiciones. Seguimos en la lucha del poder, la Buena Noticia lo denuncia, Francisco lo denuncia, muchas buenas gentes lo denuncian.

No es servidumbre humillante sino servicio humanizante, dar la vida hasta consumirse por amor. Esta justicia somete a juicio al corrupto, al violento, al manipulador, al criminal. La limpieza del justo resulta intolerable para quienes viven empecinados en el mal. La historia abunda en testimonios de esta naturaleza. En la historia cristiana, los que siguen con responsabilidad el proyecto de Jesús corren su misma suerte, los mártires del cristianismo primitivo, los condenados por reyes y poderosos, los creyentes silenciosos que, amando sin descanso, comprendieron el escándalo de Jesús y lo hicieron elemento decisorio en sus opciones, las víctimas de los totalitarismos del siglo XX, los profetas de la dignidad humana.[12]

La carta de Santiago, potente texto que nos acompaña como segunda lectura desde hace varios domingos, confronta a sus destinatarios por sus conductas de envidias, de rencillas y afectos desordenados por el poder, los incita a la sabiduría, les sugiere los caminos de la paz, de la justicia, de la misericordia: “Pues donde hay envidia y ambición brota el desconcierto y toda clase de maldad. En cambio, la sabiduría que viene de lo alto es, sobre todo, pura; pero también pacífica, indulgente, dócil, llena de misericordia y buenos frutos, imparcial, sin hipocresía…”.[13]

El sentido común que se desprende del proyecto de Jesús nos ayuda en el diseño de un ser humano ideal, de bajo perfil, con una modestia tal que no llama la atención de la sociedad del espectáculo, dispuesto siempre a ser prójimo con todos los prójimos del mundo, sin mirar si es rico o pobre, creyente o ateo, cristiano o de otra tradición religiosa. La alteridad es una marca cristiana, no persigue recompensas, esta viene en la intimidad de quien sirve y construye humanidad a tiempo y a destiempo. Si en estas faenas aparece la cruz, pues hay que tomarla siguiendo la invitación del mismo Señor: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia, la salvará”.[14]

 

[1] FREUD, Sigmund. Introducción del narcisismo. En Obras Completas volumen 14. Amorrortu Editores. Buenos Aires, 1987. MAYER, H. Narcisismo. Kargieman. Buenos Aires, 1982. GONZALEZ MORAGA, Fernando Renee. La tríada oscura de la personalidad. En Revista Revista Criminalidad volumen 57 número 2, páginas 253-265. Bogotá, 2015.

[2] SARABIA ARCE, Silvana Virginia. La enseñanza de la ética y la conducta humana. En https://www.scielo.org.pe/pdf/rmh/v12n1/v1n1ce1.pdf

[3] Sabiduría 2: 12

[4] Sabiduría 2: 19-20

[5] BETANCUR JIMÉNEZ, Alvaro Eduardo. La concepción de la justicia en el pensamiento cristiano. En Revista Académica e Institucional de la Universidad Católica de Risaralda. Pereira. Mayo 2005. PAPA FRANCISCO. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia. Catequesis el 29 de abril de 2020. VILA PORRAS, Carolina. Ser cristiano a partir de la práctica de las bienaventuranzas. En Revista Cuestiones Teológicas volumen 41 número. Medellín julio-diciembre 2014. Universidad Pontificia Bolivariana, Facultad de Teología.

[6] DELORME, Jean. El evangelio según Marcos. Verbo Divino. Estella, 1990. HENAO MESA, Jairo Alberto. Discipulado y cruz en el evangelio de Marcos. En Revista Cuestiones Teológicas volumen 32 número 78, páginas 317-329, julio-diciembre 2005. Universidad Pontificia Bolivariana, Facultad de Teología. Medellín, 2005.

[7] Marcos 9: 30-32

[8] SOBRINO, Jon. El seguimiento de Jesús pobre y humilde: cómo bajar de la cruz a los pueblos crucificados. En https://www.redicces.org.sv/sjpui/bistream/10972/1168/1/RLT-1991-024-D.pdf GAILLOT, Jacques. Una iglesia que no sirve, no sirve para nada. Sal Terrae. Santander, 1991. GONZALEZ CARVAJAL, Luis. Con los pobres contra la pobreza. San Pablo. Madrid, 1991. AGUIRRE MONASTERIO, Rafael. Discípulos y testigos de Jesús en la sociedad actual. En https://www.unican.es/campuscultural/Documents/Aula%20de%20estudios%20sobre%religion/2009-2010/CursoTeologiaDiscipulosyTestigosDeJesus2009-2010.pdf

[9] Marcos 9: 33-35

[10] Marcos 9: 36-37

[11] CABODEVILLA, José María. Hacerse como niños. Biblioteca de Autores Cristianos BAC. Madrid, 1994. SCHIRTCH, Reimar. Dios para niños. Sal Terrae. Santander, 1987.

[12] RICCARDI, Andrea. El martirio en el siglo XX. Encuentro. Madrid, 2019. BROCKMAN, James R. Monseñor Romero: la biografía del mártir de América. Sal Terrae. Santander, 2012.

[13] Santiago 3: 16-17.

[14] Marcos 8: 34-35