Septiembre 26: “Nadie que haga un milagro en mi nombre podrá luego hablar mal de mí. Todo el que no está en contra de nosotros, está a nuestro favor”

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Por: Antonio José Sarmiento Nova, SJ

Lecturas:

1. Números 11: 25-29

2. Salmo 18

3. Santiago 5: 1-6

4. Marcos 9: 38-48

Claves de comprensión para las lecturas de este domingo: “Nadie puede ser excluido del servicio que se realiza en nombre de Dios”, “Nadie puede ser dispensado de la tarea de construir una humanidad digna y libre”, “Nadie puede desconocer la capacidad profética de sus prójimos”, “todo el que actúe desde el reino de Dios y su justicia puede comunicar a sus hermanos la Buena Noticia”, “el anuncio del Evangelio no pertenece de modo exclusivo a una casta de elegidos, todo el pueblo de Dios es portador del mensaje de salvación”.[1] Veamos un buen antecedente en la lectura del libro de los Números,[2] primera de este domingo.

En medio de las tradiciones del pueblo israelita por el desierto, el libro de los Números nos presenta el relato del “reparto” del espíritu de Moisés, entre setenta miembros del pueblo. La intención era que Moisés no tuviera que llevar solo la carga de guiar al pueblo. Con esta decisión, la responsabilidad queda repartida: cada uno de quienes han recibido parte del espíritu que estaba en Moisés debería ser profeta en el pueblo: “Pero el espíritu se posó sobre ellos y se pusieron a profetizar en el campamento. Un muchacho corrió a contárselo a Moisés: Eldad y Medad están profetizando en el campamento. Josué, hijo de Nun, ayudante de Moisés desde joven, intervino: Señor mío, Moisés, prohíbeselo. Moisés le respondió: ¿Es que estás tu celoso por mí? Ojalá todo el pueblo recibiera el espíritu del Señor y profetizara[3]

El capítulo 11 del libro de los Números nos da cuenta de las etapas de la marcha por el desierto. La narración se centra en una dificultad: el pueblo lleva varios meses comiendo maná y ya está hastiado: “En cambio ahora nos encontramos débiles. No hay de nada. No vemos más que el maná”,[4]  y con esto viene la tentación de añorar el tiempo de abundancia de comida en Egipto: “¡Cómo nos acordamos del pescado que comíamos de balde en Egipto!”.[5] ¿Cómo hacer para que el pueblo no siga añorando el tiempo de vida en Egipto? El desierto es el gran desafío. Detrás está Egipto, con su abundancia, pero también con su esclavitud. Hacia delante está la promesa de una tierra, una libertad, una vida digna que hay que conquistar a precio de privaciones, sacrificios, esfuerzos.[6] Ser libre es una responsabilidad de alta exigencia.

Es muy inquietante cuando individuos y comunidades se atemorizan ante las demandas de la libertad, ante la posibilidad de decidir sus vidas, su destino, cuando acuden a mecanismos de recuperación de las condiciones de sometimiento e indignidad, sienten nostalgia de la esclavitud y vuelven por ella. Eligen dictadores, dan soporte a modelos represivos, crean paraísos artificiales para alienarse del reto de la historia, se niegan a tomar las riendas de sí mismos, entregan su responsabilidad a realidades que los someten y distraen de la máxima faena de la vida: la libertad. [7]

El  relato referido en Números[8] nos habla del espíritu  profético que se da a todas estas personas; esta actividad está orientada a ayudar al pueblo a tomar  conciencia del plan de Dios con ellos, a entender lo que hay realmente detrás: Egipto y su abundancia de comida, pero con su esclavitud, que es lo contrario al plan divino, y lo que está por delante: un desierto inevitable, desafiante, mortal, pero, al fin y al cabo, un medio que es necesario asumir para poder llegar a la tierra de la libertad, Canaán. En cambio, Josué, preocupado por mantener el “orden”, celoso de que otros distintos de los establecidos tomen la palabra para participar activamente, dice a Moisés: “Mi señor, Moisés, prohíbeselo”. [9]

A Josué no le preocupaba mucho la necesidad de que cada miembro del pueblo tuviera una conciencia bien formada para continuar hacia adelante por el desierto; le preocupaba más defender lo “oficial”, lo “autorizado” por Dios en la tienda del encuentro, es decir lo “instituido”, la defensa de “los derechos de Dios”. Los carismas del Espíritu se distribuyen por libre iniciativa de Dios a todos, sin mediar distinciones de jerarquía o de superioridad de unos que se pretenden dueños de la Palabra sobre otros que apenas deben limitarse a escucharla y obedecerla. En la lógica del reino de Dios y su justicia, los dones son para todos y para el bien de todos. Así, el ministerio que promueve la unión de las comunidades y la vida según el Espíritu es un servicio que reconoce todos estos regalos, los estimula y promueve para bien de toda la comunidad, superando exclusivismos en el servicio ministerial y asumiendo con gozo la riqueza carismática de cada integrante de la misma. Esto no cabía en la mente de Josué.

El evangelio de Marcos de este domingo, presenta una situación semejante con los discípulos de Jesús. Apenas transmitida por Jesús la lección sobre quién es el mayor,[10] se produce un incidente que tiene que ver con la exclusividad de los miembros del grupo seguidor de Jesús: “Juan dijo a Jesús: Maestro, hemos visto a alguien usar tu nombre para expulsar demonios, pero le dijimos que no lo hiciera porque no pertenece a nuestro grupo. ¡No lo detengan!, dijo Jesús. Nadie que haga un milagro en mi nombre podrá luego hablar mal de mí. Todo el que no está en contra de nosotros, está a nuestro favor”.[11]

La respuesta de Jesús es sabia: “nadie que obre un milagro en mi nombre puede después hablar mal de mí”.[12] En la tarea de construcción del Reino nadie tiene la exclusiva. Esto es misión de todos, el sentido común evangélico llama a superar el esquema clerical de unos sacerdotes que enseñan y toman decisiones, y de unas comunidades que, sintiéndose inferiores, acatan sin más lo que aquellos determinen. La profecía esperanzadora que anuncia la Buena Noticia es propia de cada miembro de la comunidad y no se puede sofocar por celos excluyentes.[13]

Tal vez los discípulos no tenían claro o no recordaban que su pertenencia al grupo de Jesús fue un don de pura gratuidad; ninguno de ellos presentó ante Jesús un concurso de méritos para ser elegido, fue Jesús quien se presentó ante ellos, se les atravesó a cada uno en su camino y los llamó, aun a sabiendas de que no eran ni los mejores, ni lo más representativo de su sociedad. En ese sentido, también muchos pueden ser llamados. A veces nos parecemos a Juan y al resto de discípulos, nos ponemos celosos de quienes sin pertenecer a la institución hacen obras mejores que las nuestras. Y sale inevitablemente la frase: “pero ese o esa es de tal o cual religión, o de tal o cual grupo...”. Anteponemos a la vocación universal de hacer el bien y a la práctica del amor, unos intereses mezquinos y unos criterios de autoridad y de exclusividad que no son los de Jesús.[14]

El diálogo de Jesús con sus discípulos refleja la situación de la comunidad para la cual Marcos escribe su evangelio. Una comunidad quizás muy consciente de lo que eran las exclusiones, pero al mismo tiempo en peligro de ser exclusivista, con una excusa quizás aparentemente sana: “ser o no ser de los nuestros”, “ser o no ser del camino”, “estar o no estar en el proceso...” y, en fin, otras barreras que pretendidamente intentan justificarse con la excusa de defender la “pureza” de la fe o del “credo” o del “orden” o, en definitiva, de “defender los derechos” de Dios. Pues bien, cuando se cae en el extremo de “defender” a Dios, o los “derechos” de Dios, lo que se logra es minimizar a Dios, ponerlo en ridículo ante el mundo y la consecuencia más inmediata, la que previó Jesús y quizás la que ya se veía en la primera comunidad, era la del escándalo a los más pequeños. Es el muy conocido tema de los fundamentalistas, “hipercristianos”, que se sienten dueños de la verdad y guardianes de la moral.[15]

Si logramos tomar conciencia de que Dios es más grande que un grupo o una institución y que en ningún momento nuestra vocación es la de defender unos supuestos “derechos de Dios”, sino simplemente servir, ponernos en función de construir el Reino con y desde las múltiples posibilidades que ello implica dada la insondable riqueza del mismo espíritu, entonces jamás se nos ocurrirá pensar si este o aquel es o no es “de los nuestros”, sino mejor... ¡cómo cooperar más y mejor con aquel o aquella que tan bien está luchando por construir aquí la Utopía (el Reino)!

El seguimiento de Jesús requiere compromiso, dedicación y responsabilidad. Ser discípulo del Maestro es la oportunidad que se tiene para poder hacer de este mundo algo mejor. La propuesta de Jesús es clara, no es posible avanzar en la extensión del proyecto de Dios, si colocamos en nuestra vida otras prioridades que no hacen parte de su querer. Por eso, colocar la mano en el arado o realizar cualquier otro tipo de práctica contraria a la libertad, autonomía y disponibilidad nos limita en nuestro avance del seguimiento a Jesús. ¿Qué me limita en el deseo de seguir a Jesús? ¿Cuáles son las prioridades en mi vida? ¿Dios ocupa el centro de mi existencia? 

Gran indicador de la madurez de una comunidad de cristianos es su disposición para estimular la diversidad de dones, para orientarlos al servicio de todos, con un ministerio de presidencia atento, discerniendo siempre tal riqueza y animando a cada uno a dar lo mejor de sí mismo para vivir el Evangelio en comunidad, condición esta que es inherente al mensaje. El papa Francisco es muy consciente de esta urgencia para la vida de la Iglesia, allí se revela un deseo de relativizar saludablemente el exceso de autoridad jerárquica para dar paso al concepto y a la práctica de la sinodalidad, querida por el Concilio Vaticano II pero frenada en su momento por algunos grupos episcopales muy influyentes. Sinodalidad significa comunión y participación eclesial, discernimiento comunitario, en el que se hacen presentes laicos, mujeres, religiosas, sacerdotes, obispos, sin monopolizar las decisiones.[16]

La libertad que procede del Espíritu Santo capacita a los bautizados para decir su palabra profunda sobre la fe en Jesucristo, en los diversos contextos de la realidad social y eclesial. Tales expresiones son señal de madurez evangélica en las comunidades, orientadas ellas a que todos crezcamos en los caminos del Señor. El modo sinodal es el reconocimiento de la riqueza y diversidad de los cristianos, todos en disposición de aportar a la constante construcción del Reino de Dios y su justicia, sin sofocar las iniciativas que surgen con esta mentalidad.

 

[1] La exhortación del Papa Francisco “Evangelii Gaudium”, publicada unos meses después del inicio de su ministerio, se inspira en esta mentalidad. En ella el Santo Padre quiere hacernos conscientes a todos los miembros de la Iglesia de este derecho y de esta responsabilidad. La Iglesia no es una institución dominada por una casta de clérigos sino una comunidad animada por el Espíritu Santo, en la que todos recibimos el don común de la fe, el don sacramental del bautismo y, sobre esa base, vienen los carismas y las correspondientes funciones de servicio a la unidad del cuerpo eclesial. El esfuerzo de este papa por la sinodalidad, va en esta línea, todos los bautizados hacemos la Iglesia, todos los bautizados aportamos a la madurez de ella, todos estamos formados para ser testigos de la fe.

[2] Números 11: 25-29

[3] Número 11: 26-29

[4] Números 11: 6

[5] Números 11: 5

[6] FERRADA, Andrés. Justicia del Señor en el horizonte de su misericordia. Publicado en Revista Teología y Vida, volumen 58 número 2, páginas 143-165. Pontificia Universidad Católica de Chile, Facultad de Teología. Santiago de Chile, 2017.

[7] FROMM, Erich. El miedo a la libertad . Paidós, Buenos Aires, 1975.

[8] VARO PINEDA, Francisco; coordinador. El libro de los Números. Revista Reseña Bíblica número 92. Asociación Bíblica Española, Verbo Divino. Estella. 2016.

[9] Números 11: 28

[10] Marcos 9: 33-37

[11] Marcos 9: 38-40

[12] Marcos 9: 39

[13] SOBRINO, Jon. Resurrección de la verdadera Iglesia: los pobres, lugar teológico de la eclesiología. Sal Terrae. Santander, 1993. GONZÁLEZ, Pablo Modesto. La Iglesia en comunión: una visión eclesiológica. Publicado en REDHECS edición 21 año 11, Revista de la Universidad Rafael Belloso Chacín. Guasdualito, Venezuela, 2016. KUNG, Hans. La Iglesia. Herder. Barcelona, 1970.

[14] GONZALEZ FAUS, José Ignacio. La “filosofía de la vida” de Jesús de Nazareth. En https://www.redicces.org.sv/jspui/bitstream/10972/1048/1/RLT-1988-013-C.pdf

[15] ARMSTRONG, Karen. Los orígenes del fundamentalismo en el cristianismo, el judaísmo y el Islam. Tusquets. Barcelona, 2000. GALINDO, Florencio. El fenómeno de las sectas fundamentalistas: la conquista evangélica de América Latina. Verbo Divino. Estella, 1994.

[16] GALLI, Carlos María. La renovada figura sinodal de la Iglesia. En Revista CLAR Confederación Latinoamericana de Religiosos, número 1 2020, páginas 36-49. Bogotá. COMISION TEOLOGICA INTERNACIONAL. La sinodalidad en la vida y en la misión de la Iglesia. Tipografía Vaticana. Roma, 2018. LUCIANI, Rafael & COMPTE, María Teresa (coordinadores). En camino hacia una iglesia sinodal. PPC. Madrid, 2020.