Octubre 10: “Anda, y vende todas tus posesiones y entrega el dinero a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme”

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Por: Antonio José Sarmiento Nova, SJ

Lecturas:

1. Sabiduría 7: 7-11

2. Salmo 89

3. Hebreos 4: 12-13

4. Marcos 10: 17-30

Inquieta mucho y produce gran desasosiego a la mayoría de los seres humanos la precaria objetividad de quienes toman decisiones en los campos fundamentales de la convivencia: lo político, lo social, lo económico. Todos los días estamos abrumados por camarillas de gobernantes lejanos del bien común, por el crecimiento impresionante de los indicadores de pobreza y exclusión, por afirmaciones desmedidas de poder sin humanismo ni ética, por confrontaciones violentas, por migraciones forzadas de numerosos grupos de los países especialmente maltratados por la guerra y por la carencia de oportunidades. ¿Dónde está el tino ético de quienes nos gobiernan? La ciudadanía tiene todo el derecho para exigir a sus responsables la mayor seriedad en el ejercicio de sus funciones, ser serio en el gobierno tiene su raíz en la sabiduría, entendida esta como una profunda disposición espiritual y humana para acceder a lo esencial, para impregnar de justicia y equidad el universo de sus decisiones.[1]

También en muchos ambientes de la sociedad predomina gran ligereza en la manera de pensar, en la configuración de sus mentalidades y en sus estilos de vida en general. Condicionados por factores familiares, emocionales, por vacíos notables en la cultura del ambiente de origen, por la superficialidad de lo que se propone en muchos medios de comunicación, se llega a seres humanos vacíos, sin densidad para las cosas del espíritu, sumergidos en el mundo alienante del consumismo, de la loca carrera para ascender en la escala social, de la excesiva atención a las veleidades de la moda, del “compromiso” con la sociedad del espectáculo, del desinterés por la suerte del prójimo, del inmanentismo que rechaza toda exigencia en el campo del trascender.[2]

Estas reflexiones no se alimentan de un sentido despectivo de superioridad moral sobre tantas personas inmersas en este mundo de banalidades, más bien las inspira una pasión por la trascendencia del ser humano, por el sentido definitivo de la vida, por sociedades configuradas en torno a las grandes inquietudes existenciales, por las preguntas sobre las cosas últimas, aquellas en las que se consuma la felicidad humana, en las que se llega a la plenitud.[3]

En la tradición bíblica, la sabiduría[4] ocupa un lugar esencial, se la entiende y vive como el gran don de Dios que permite vivir en libertad, en pleno sentido de la vida y en captación de lo esencial, con la disposición para relativizar todo lo demás, el más sano ejercicio de los espíritus libres: “Supliqué y me fue dada la prudencia, invoqué y vino a mí el espíritu de sabiduría. La preferí a cetros y tronos y a su lado tuve en nada la riqueza. No la equiparé a la piedra más preciosa, porque todo el oro es ante ella un poco de arena y junto a ella la plata es como el barro. La quise más que a la salud y la belleza y la preferí a la misma luz, porque su resplandor no tiene ocaso. Con ella me vinieron todos los bienes juntos, tiene en sus manos riquezas incontables”.[5]

El elocuente texto atestigua un acto de soberanía, la más profunda que puede darse en la vida de un ser humano, es al mismo tiempo un lenguaje de felicidad, el de quien ha encontrado la esencia de vivir y se dispone a darle prioridad absoluta en su existencia.

Es de siempre en la historia dar importancia a lo poderoso, a lo brillante, a lo rico y famoso. Abundamos en la humanidad en relatos de este tipo: el hall de la fama es el vano honor del mundo, que brilla, triunfa, es exaltado, adulado, sonríe ante los halagos del poder y luego pasa, inevitablemente cae, demuestra lo deleznable de sus fundamentos: “sic transit gloria mundi”, ¡así pasa la gloria del mundo! También la corte de aduladores se decepciona y pasa al culto del siguiente ídolo sin tener la malicia suficiente para entender que unos y otros son fetiches con pies de barro: “Los ídolos, en cambio, son plata y oro, obra de las manos de los hombres. Tienen boca pero no hablan, tienen ojos pero no ven, tienen orejas pero no oyen, tienen nariz pero no huelen…”.[6]

El sabio bíblico no se inscribe ni en la lógica del poder ni en la de la riqueza. Su rica experiencia de Dios y de lo humano lo lleva a estar siempre “más allá”, no es un erudito del conocimiento, lo suyo es la densidad de la vida, la sobriedad total, el dominio del ser sobre el tener, la fuerza liberadora de una felicidad que se asienta sobre la renuncia a toda vanidad, a todo indicador de prestigio, sin más certeza que la del Dios que lo hace profundamente humano para servir al prójimo y para construir un mundo de hombres y mujeres libres.

De esta raza son los hombres y mujeres destacados en vivir según el espíritu de las bienaventuranzas, libres de las galas mundanas, profetas del reino de Dios y su justicia, testigos de los cielos nuevos y la nueva tierra, entregados por entero al servicio de sus hermanos, haciendo énfasis con su palabra y con su vida de la prioridad de lo esencial: más y más humanidad, más y más dignidad, más y más trascendencia y espiritualidad.

Ellos acogen la fuerza transformadora de la Palabra de Dios.[7] En el santuario de su intimidad orante y discerniente, descubrieron los caminos de liberación que se originan en el Padre-Madre Dios y en la revelación que de sí mismo hizo con carácter definitivo en la persona de Jesús, haciendo vida lo que la segunda lectura de este domingo afirma con vigor: “Pues la palabra de Dios es viva y poderosa. Es más cortante que cualquier espada de dos filos; penetra entre el alma y el espíritu, entre la articulación y la médula del hueso. Deja al descubierto nuestros pensamientos y deseos más íntimos”.[8]

Marcos aborda hoy el asunto clave del seguimiento de Jesús, con la respuesta que da Jesús al hombre interesado en captar y vivir la esencia de la vida: “Cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló ante él y le preguntó: Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna? Jesús le contestó: ¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios. Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre. El replicó: Maestro, todo eso lo he cumplido desde mi juventud. Jesús se quedó mirándolo, lo amó y le dijo: Una cosa te falta, anda, vende lo que tienes, dáselo a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego, ven y sígueme”.[9]

Jesús plantea a este creyente las condiciones mínimas para el seguimiento con un “pero” indicativo y exigente, que le demanda reparar la justicia en sus actitudes personales e ir a la raíz del mal, al fundamento de la injusticia que reside en el ansia de acumular riqueza. El hombre se estremece: “A estas palabras él frunció el ceño y se marchó triste porque era muy rico”.[10] El hombre diría para sus adentros: tan bueno lo que Jesús plantea, pero con esa exageración de dejarlo todo, ¡imposible! Creer sí, pero sin excesos, como nos sucede a tantos de nosotros. Es como profesar la fe en Dios pero negándose a cumplir su voluntad.[11]

Entonces Jesús aprovecha la ocasión para poner las cosas en claro: “¡Qué difícil les será entrar en el reino de Dios a los que tienen riquezas!”.[12] El apego al dinero y al poder es dificultad mayor para entrar en el reino. La comparación que sigue es severa; algunos han querido suavizarla, pretendiendo que había en la ciudad unas puertas mínimas llamadas “agujas” y que bastaba al camello agacharse para poder entrar por allí: “¡Qué difícil es entrar en el reino de Dios! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios”.[13] Aquí no hay lugar para ambigüedades, así lo entendieron los discípulos, aunque quedaron atónitos: “Ellos se espantaron y comentaban: entonces, ¿quien puede salvarse?”.[14] El asunto se les presenta poco menos que imposible, pasar por el ojo de una aguja significa poner toda su confianza en Dios y no en las riquezas.

Es ideal y deber ser de cada seguidor de Jesús, y de la Iglesia toda, de cada comunidad de creyentes, renunciar a las seguridades del dinero y del poder. No podemos tapar el sol con las manos, sabemos que en muchísimos casos esto no ha sido así, la “espada de doble filo” que es la Palabra confronta siempre, sin bajar la guardia, y nos pregunta constantemente por nuestra capacidad de tomar en serio este deber ser, radical, de altísima exigencia. Se trata de significar que la jugada maestra de la vida no tiene su fundamento en el poder del mundo, sino en este Dios liberador, humanizador, salvador, redentor. Vivimos oscilando entre las medianías y flojeras, algunas definitivamente escandalosas, y el desafío teologal para ser libres en este seguimiento que no admite rebajas.

Un rasgo que identifica la genuina sabiduría cristiana es este de la libertad ante los bienes materiales, nos son dados “tanto… cuanto” para satisfacer nuestras necesidades básicas con sobriedad y austeridad, para prestar mejor servicio a la humanidad en las diversas misiones que realizamos, pero nunca son fin en sí mismo. La actitud de Jesús ante el joven rico es palabra profética que invita a esta libertad, postura contracultural que denuncia los excesos de la riqueza pésimamente distribuída, las gravísimas injusticias del capitalismo en su cruda versión neoliberal.

Ya lo dice con claridad el papa Francisco en su encíclica Fratelli Tutti, dedica el capítulo primero “Las sombras de un mundo cerrado” a verificar cómo este escandaloso contraste entre la riqueza excesivamente concentrada de unos pocos y la pobreza las mayorías va abiertamente en contra del plan de Dios: “Partes de la humanidad parecen sacrificables en beneficio de una selección que favorece a un sector humano digno de vivir sin límites. En el fondo no se considera ya a las personas como un valor primario que hay que respetar y amparar, especialmente si son pobres o discapacitados, si todavía no son útiles –como los no nacidos– o si ya no sirven –como los ancianos­–. Nos hemos hecho insensibles a cualquier forma de despilfarro, comenzando por el de los alimentos, que es uno de los más vergonzosos”.[15]

 

[1] ARISTÓTELES. Política. Aguilar. Madrid, 1982. CAMPS, Victoria. El malestar en la vida pública. Grijalbo. Barcelona, 1996. CORTINA, Adela. Hasta un pueblo de demonios. Taurus. Madrid, 1998. KÜNG, Hans. Proyecto de una  ética mundial. Trotta. Madrid, 1991. McINTYRE, Alasdair. Tras la virtud. Crítica. Barcelona, 2001.

[2] ROJAS, Enrique. El hombre “light”: una vida sin valores. Temas de hoy. Madrid, 1998. FUENTES, Miguel Angel. La superficialidad. En https://www.teologoresponde.org/wp-content/uploads/2014/03/superficialidad.pdf RAMIREZ VALENCIA, José Raúl. Individualidad y personalidad en la filosofía de Miguel de Unamuno. En https://www.scielo.org.co/pdf/frcn/v55n160/v55n160a03.pdf LYOTARD, Jean-Francois. La condición postmoderna. Cátedra. Madrid, 1986. LANIER, Jaron. Contra el rebaño digital: un manifiesto. Debate. Madrid, 2010.

[3] LAÍN ENTRALGO, Pedro. Creer, esperar, amar. Círculo de Lectores-Galaxia Gutenberg. Madrid, 1993; Esperanza en tiempo de crisis. Círculo de Lectores-Galaxia Gutenberg. Madrid, 1993. MARITAIN, Jacques. Humanismo Integral. Palabra. Madrid, 2001.

[4] MORLA, Víctor. Libros sapienciales y otros escritos. Verbo Divino. Estella. 2019. MESTERS, Carlos. Sabiduría y poesía del pueblo de Dios. Verbo Divino. Estella, 2000. PANIKKAR, Raimon. La plenitud del hombre. Siruela. Madrid, 1999. VÍLCHEZ LINDEZ, José. Sabiduría y sabios de Israel. Verbo Divino. Estella, 1995.

[5] Sabiduría 7: 7-11

[6] Salmo 115: 4-6

[7] GALLAGHER, Michael Paul. Mapas de la fe: diez grandes creyentes desde Newman hasta Ratzinger. Sal Terrae. Santander, 2012. MOTTU, Henry. Dieu au risque de l´engagement: douze figures de la theologie et de la philosophie religieuse au XXe siécle. Labor et Fides. Ginebra, 2005. GONZALEZ FAUS, José Ignacio. Etty Hillesum: una vida que interpela. Sal Terrae. Santander, 2008.

[8] Hebreos 4: 12

[9] Marcos 10: 17-21

[10] Marcos 10: 22

[11] VALADIER, Paul. La condición cristiana: en el mundo sin ser del mundo. Sal Terrae. Santander, 2005. SOBRINO, Jon. Fuera de los pobres no hay salvación. UCA Editores. San Salvador, 2009.

[12] Marcos 10: 23

[13] Marcos 10: 24-25

[14] Marcos 10: 26

[15] PAPA FRANCISCO. Carta Encíclica Fratelli Tutti sobre la Fraternidad y la Amistad Social, número 18. Paulinas. Bogotá, 2020.