Octubre 17: "Porque el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud”

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Por: Antonio José Sarmiento Nova, SJ

Lecturas:

1. Isaías 53: 10-11

2. Salmo 32

3. Hebreos 4: 14-16

4. Marcos 10: 35-45

Es clarísimo en el evangelio de Marcos, que se ha proclamado durante la mayoría de domingos de este año, el énfasis en el aspecto dramático de la vida de Jesús, en su previsión de la pasión y muerte en cruz, en el rechazo de él mismo a toda pretensión de triunfo mundano y de honores de la misma naturaleza. Este evangelista maneja, según los estudiosos del texto, el llamado “secreto mesiánico”,[1] que podemos también completar con la expresión “mesianismo crucificado”. El autor quiere enfatizar el anonadamiento de Jesús, la negativa a todo tipo de poder juntamente con la afirmación de su pasión y crucifixión como el resultado “normal” de sus opciones ante la institución religiosa judía y ante el poder romano en Palestina. La salvación que Dios ofrece a través de Jesús es una salvación que ha dado la totalidad de su vida de modo cruento, como suprema evidencia de la credibilidad de su amor.[2] Cruz, entrega de la vida, servicio, negativa al poder del mundo, son común denominador en el proyecto de Jesús; a esto nos llevan las lecturas de este domingo.

La primera lectura, tomada de la tercera parte del profeta Isaías, presenta la misión de un siervo sufriente, de un imaginado redentor del pueblo de Dios que ofrece su vida para ver el nacimiento de una nueva posibilidad de vida: “El Señor quiso aplastarlo con el sufrimiento. Si ofrece su vida en sacrificio de reparación, verá su descendencia, prolongará sus días y la voluntad del Señor se cumplirá por medio de él”.[3]

Es preciso aclarar –para superar la tentación de una interpretación fatalista y masoquista– que este texto nos habla más de esperanza, de tenacidad y de lucha que de un sufrimiento pasivo o de resignación. La misión de quien sirve al Señor no es ver su cuerpo destrozado sino servir de puente para que las nuevas generaciones –la descendencia– se inspiren en su estilo de vida, solidario y servicial hasta el extremo. Se trata de una nueva generación de personas comprometidas con la causa de Dios en favor de la libertad y de la dignidad de su pueblo, el pueblo afligido por las opresiones de los injustos. El texto delinea el ideal de un siervo justo.[4]

Sabemos bien que se está marcando un contraste fuerte con la expectativa “normal” de aquellos israelitas, quienes, después de la cadena de vicisitudes y fracasos, aguardan un Mesías triunfante que los libere de todas sus tragedias y les restituya la gloria de su pasado, aplastando a los enemigos y haciendo valer su poder sobre ellos. No es esta la visión de los llamados “cantos del siervo de Yahvé”, propios de Isaías, de los que este es el segundo. Aquí se está diseñando un servir que se juega la totalidad de su vida, sin pretender para sí ni gloria ni poder, sino ofrenda de la vida para dar de esta en abundancia. El modelo que aquí se propone defrauda esas expectativas triunfalistas.[5]

Muchos siglos después se presenta Jesús y su vida se inscribe en esta lógica. Así lo testimonia el pasaje de la carta a los Hebreos, segunda lectura de hoy: “Porque no tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades; al contrario, él fue sometido a las mismas pruebas que nosotros, a excepción del pecado”.[6] Reconoce el autor de este escrito la implicación encarnatoria de Jesús, de su misión, al proclamar que ha experimentado a fondo todo lo humano, apropiándoselo para redimirlo de la ambigüedad de la muerte y del pecado, hasta el punto de conectar sensiblemente con el dramatismo que agobia a la humanidad cuando esta no vislumbra un horizonte de sentido y de esperanza.

La teología de la carta a los Hebreos hace hincapié en el carácter sacerdotal de Jesús, en cuanto mediador de salvación. Este sacerdocio toma todo lo humano, se dedica a lo humano, se inserta en lo humano, reconoce sus frustraciones, vacíos, dolores, dramas, absurdos, experimenta esto en profundidad y de esa cruz emerge, llevando la humanidad hacia Dios para recrearla, salvándola y liberándola de ese dominio. El sacerdocio de Jesús no es un desempeño de formalidad ritual sino una ofrenda salvífica de la propia vida para llevar la condición humana hacia Dios y hacia sí misma, hacia el prójimo.

El modo sacerdotal del judaísmo era el de unos hombres constituidos en poder religioso, dotados de competencias especiales para mediar entre los seres humanos y Dios, se sentían superiores sobre el común de los mortales, no era una condición en la que se ofrecía la vida del mediador sino en la que se ostentaba esa “jurisdicción religiosa” como criterio de mayor categoría. También hoy, en  muchos ambientes de Iglesia, permanece un preocupante rezago de esa supremacía, el sacerdocio entendido como una casta que tiene la concesión exclusiva de administrar a Dios. Eso debe revisarse en su raíz para dar el paso cualitativo a un sacerdocio de ministerio, de servicio, que es lo que significa esta bella palabra.[7]

Jesús comprende todas nuestras debilidades y las resignifica pascualmente, esto transforma el sentimiento trágico de la vida en una convicción de esperanza: “Vayamos, entonces, confiadamente al trono de la gracia, a fin de obtener misericordia y alcanzar la gracia de un auxilio oportuno[8].

¿De qué manera Jesús logra esto? El texto de Marcos es altamente esclarecedor. Él establece con claridad su diferencia con el espíritu del mundo, lo hace ante sus discípulos imbuidos de deseos de poder y de fama: “Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, se acercaron a Jesús y le dijeron: Maestro, queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir. Él les respondió: ¿qué quieren que haga por ustedes? Ellos le dijeron: Concédenos sentarnos uno a tu derecha y el otro a tu izquierda, cuando estés en tu gloria”.[9] ¡Pretenciosos jóvenes!

No se trata de “creer” doctrinas sino de centrar la propia vida sobre la base del amor-servicio, no se trata de valerse de los demás como trampolín para lograr los propios y mezquinos intereses, Jesús rompe esa mentalidad con su afirmación: “Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos. Porque el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud”.[10]

Definitivamente Jesús y sus discípulos no están en la misma longitud de onda. Estos se manifiestan ambiciosos, llenos de afectos desordenados, buscadores del poder sin pudor alguno. Cuando Santiago y Juan piden a Jesús ser puestos a su lado, los demás se indignan: “Los otros diez, que habían oído a Santiago y a Juan, se indignaron contra ellos”,[11] señal inequívoca de su mezquina sensibilidad, su inconformidad no era profética, deseaban los mismos puestos, la suya es una actitud de envidia, pero eran cobardes y no tenían el valor de manifestarla, buscaban a Dios para su provecho.[12]

Es impresionante el resumen que hace Jesús de la manera de utilizar el poder en el mundo: “Ustedes saben que aquellos a quienes se considera gobernantes dominan a las naciones como si fueran sus dueños, y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe ser así”.[13]

Una vez más nos encontramos de frente con la ruptura radical que se deriva del Evangelio, camino para un estilo de vida más y más humano, más y más divino: servir es la determinación central de este proyecto, darse a la humanidad para hacerla más libre en el amor del Padre, no guardar nada para sí, no aspirar a ser importante según las categorías del vano honor del mundo, entregar toda la vida por amor, en esto reside la sacerdotalidad de Jesús y la condición sacerdotal de la Iglesia, de cada comunidad de creyentes, de cada cristiano en particular, siguiendo la definición del Concilio Vaticano II: “Los bautizados, en efecto, por el nuevo nacimiento y por la unción del Espíritu Santo, quedan consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo para que ofrezcan, a través de las obras propias del cristiano, sacrificios espirituales y anuncien las maravillas del que los llamó a su luz admirable. Por tanto, todos los discípulos de Cristo, en oración continua y alabanza a Dios, han de ofrecerse a sí mismos como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios”.[14]

Al comprender lo que Dios era en él, al percibirlo como don total, Jesús hizo el más profundo descubrimiento de su vida y nos lo ofreció como legado definitivo. Entendió que la grandeza del ser humano consiste en la posibilidad de darse como Dios se da, ese es el fin supremo de la humanidad, entregarse totalmente, definitivamente. Cuando descubre que la base de su ser es el mismo Dios, descubre la necesidad de superar el apego al falso yo. El ego desordenado es una creación narcisista, que compulsivamente busca su afirmación desmedida. Cuando nos liberamos de ese ego dominante nos empezamos a identificar con el Ser absoluto, con Dios.

Mientras esto no suceda, seguiremos en el mismo plano de los dos hermanos, los hijos del Zebedeo, estaremos como los discípulos: desbocados por el poder y por las riquezas. Para Jesús la máxima gloria es vivir y desvivirse en beneficio del prójimo: “El que quiera ser el primero que se haga servidor de todos”.[15]

Para señalar un buen ejemplo, entre muchos que se dan silenciosamente, proponemos la figura del sacerdote jesuita salvadoreño, Rutilio Grande García, quien será beatificado el 22 de enero de 2022, junto con dos laicos, Manuel Solórzano y Nelson Rutilio Lemus. Ellos tres vivieron en plenitud el espíritu de servicio propuesto por Jesús, lo hicieron generosamente entre las comunidades campesinas de El Paisnal y Aguilares, cerca de la capital de este pequeño país centroamericano, y el 12 de marzo de 1977 fueron asesinados por paramilitares, mandados por terratenientes que no podían entender esto de dar la vida y de ser servidores de todos.[16]

 

[1] CARBULLANCA NÚÑEZ; César & DE SOUZA NOGUEIRA, Paulo Augusto. Cristología del Evangelio de Marcos. En revista Theologica Xaveriana número 184, páginas 333-359. Pontificia Universidad Javeriana , Facultad de Teología. Bogotá, 2017. GNILKA, Joachim. El Evangelio de Marcos. Sígueme. Salamanca, 1999. BRAVO GALLARDO, Carlos. Jesús, un hombre en conflicto: El relato de Marcos en América Latina. Sal Terrae. Santander, 1986. HENGEL, Martin. Crucifixion. Fortress. Filadelfia, 1977. KINGSBURY, Jack Dean. Conflicto en Marcos: Jesús, autoridades, discípulos. El Almendro. Córdoba, 1991.

[2] VON BALTHASAR, Hans Urs. Sólo el amor es digno de fe. Sígueme. Salamanca, 2018.

[3] Isaías 53: 10

[4] GONZÁLEZ FAUS, José Ignacio. Servir para una espiritualidad de la lucha por la justicia en los cantos del siervo de Isaías. Cristianismo y Justicia. Barcelona, 2010. PIXLEY, J.V. Jesús y el Siervo de Yahvé en el Deutero Isaías. En Revista Servir volumen 16 número 85, páginas 9-47. México D.F., 1980. ALEIXANDRE, Dolores. El cuarto Canto del Siervo: un nuevo escenario de lectura. En https://www.redicces.org.sv/jspui/bitstream/10972/1313/1/RLT-1999-048-D.pdf

[5] GONZALEZ FAUS, José Ignacio. Locura y escándalo: un Mesías crucificado y una historia marcada por la cruz. En https://www.scielo.br/j/pteo/a/ms5HGMf4TPqmKrCWh8sCjrd/?lang=es

[6] Hebreos 4: 15

[7] FERNÁNDEZ, Víctor Manuel. La vida sacerdotal de los cristianos en la carta a los Hebreos. En https://www.core.ak.uk/download/pdf/32624869.pdf  BAENA BUSTAMANTE, Gustavo. El sacerdocio de Cristo. En https://www.repositorio.uca.edu.ni/3567/1/El%20sacerdocio%20de%20Cristo.pdf VANHOYE, Albert. Sacerdotes antiguos, sacerdote nuevo según el Nuevo Testamento. Sígueme. Salamanca, 2006. ORTIZ AMAYA, Jorge. El sacerdote de mañana. Carlos Lohlé. Buenos Aires, 1967. SOBRINO, Jon. Hacia una determinación de la realidad sacerdotal: el servicio al acercamiento salvífico de Dios a los hombres. En https://www.redicces.org.sv/jspui/bitstream/10972/996/1/RLT-1984-001-B.pdf

[8] Hebreos 4: 16

[9] Marcos 10: 35-37

[10] Marcos 10: 43-45

[11] Marcos 10: 41

[12] ALEGRE, Xavier. Marcos o la corrección de una ideología triunfalista: pautas para la lectura de un evangelio beligerante y comprometido. En https://www.redicces.org.sv/jspui/bitstream/10972/1103/1/RLT-1985-006-B.pdf

[13] Marcos 10: 42-43

[14] CONCILIO VATICANO II. Constitución Dogmática sobre la Iglesia “Lumen Gentium”, número 10.

[15] Marcos 10: 44

[16] CARDENAL, Rodolfo. Vida , pasión y muerte del jesuita Rutilio Grande. UCA Editores. San Salvador, 2016. CARRANZA OÑA, Salvador. Romero-Rutilio: vidas encontradas. UCA Editores. San Salvador, 2015.