Noviembre 14: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”

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Por: Antonio José Sarmiento Nova, SJ

Lecturas:

1. Daniel 12: 1-4

2. Salmo 15

3. Hebreos 10: 11-18

4. Marcos 13: 24-32

En algún momento de la historia bíblica se cultivó una tendencia teológica y pastoral conocida como la apocalíptica[1], es una teología de la historia en la que se marca el contraste entre el Dios, que es garantía de esperanza y salvación para el pueblo oprimido, y las fuerzas del mal y de la injusticia, que causan esa opresión. Ordinariamente, el lenguaje con el que se presenta esa tendencia en los escritos bíblicos resulta sobrecogedor por la exuberancia de las figuras literarias que utiliza, pero, sabiendo hacer la adecuada interpretación del texto en su contexto y su pre-texto, nos podremos apaciguar de eso que sobrecoge para recibir de Dios mismo la respuesta a todos los interrogantes que se nos generan cuando nos preguntamos por el sufrimiento o por el aparente triunfo del mal y de los malvados. Sabemos bien que esa respuesta es el mismo Señor Jesús, a quien el Apocalipsis designa como el cordero; con él irrumpe el mundo nuevo de Dios, el orden de la vida y del reconocimiento de la dignidad de todo ser humano, el dominio sobre el pecado y sobre todo desorden que afecte negativamente las expectativas de salvación de la humanidad. [2]

La esperanza es un asunto de siempre en nuestra historia, todos estamos implicados en las grandes cuestiones por el sentido de la vida, a partir de nuestras contingencias y precariedades, esta disposición cobra especial intensidad en tiempos de crisis, como los que vivió Israel en su momento, y como estos eventos dramáticos que casi nunca bajan la guardia en materia de vulnerar la condición humana.[3]

En estos domingos finales del año litúrgico el énfasis que nos presenta la Palabra se orienta a destacar esa dialéctica de Dios que en la persona de Jesús trabaja para erradicar el mal de la vida de los seres humanos. Los textos de hoy son relativos al final de los tiempos. Esto, de entrada, puede verse como atemorizador, como Dios que irrumpe para juzgar, castigar y condenar, así lo ha hecho cierta visión bastante incompleta de nuestra fe, pero no es así. Lo que se nos presenta es una teología de la esperanza que tiene su centralidad en el Señor Jesucristo.[4]

El pasaje de Daniel anuncia la intervención de Dios a través de Miguel, el ángel encargado de la protección de su pueblo: “En aquel tiempo surgirá Miguel, el gran príncipe que se ocupa de tu pueblo. Serán tiempos difíciles como no los habrá habido desde que existen las naciones hasta ese momento. Entonces se salvará tu pueblo, todos los inscritos en el libro”.[5] Todo el texto de Daniel[6] pertenece al referido género apocalíptico; vamos a decir que es un escrito subversivo pues invita al rechazo del señorío absoluto de los dominadores griegos de aquel entonces, quienes a punta de violencia se hacían ver como dueños absolutos de las personas, del tiempo, de todas sus realidades. Tal rechazo tiene fundamento teologal, es Dios mismo el que convoca a la subversión a través del liderazgo del profeta Daniel, Dios comprometido con la libertad y con la dignidad de su pueblo: “Y tú, Daniel, guarda estas palabras y sella el libro hasta el momento final. Muchos lo consultarán y aumentarán su saber”.[7]

El pueblo de Israel vivió varias opresiones a lo largo de su historia: Babilonia, Grecia, Roma, también la de las tribus iniciales en Egipto; es un elocuente retrato de la historia de la humanidad, los totalitarismos de todos los tiempos, las invasiones de poderosos a naciones débiles, los desplazamientos masivos de población, el exterminio étnico, el sometimiento indignante, el despojo de las tierras, la destrucción de la identidad cultural, las muchas vejaciones y humillaciones a que son sometidos tantos seres humanos; las fuerzas del pecado que frustran el proyecto de plenitud-salvación que Dios tiene para nosotros.[8]

Pero también –como correlato profético y liberador– está la tendencia a la libertad, la afirmación emancipatoria, nuestra teología de la liberación con todo su dinamismo promotor de los “cielos nuevos y de la nueva tierra”, los movimientos sociales que concientizan, organizan y realizan la faena liberadora, las experiencias espirituales profundas que –desde el encuentro con Dios y con el prójimo– desencadenan en nosotros aquello de “hacernos cargo de la realidad”[9] para transformarla. Muchos acusan al cristianismo de proponer una salvación más allá de la historia, de contenidos totalmente sobrenaturales sin incidencia histórica –es preciso asumir que ciertas interpretaciones así lo han hecho–, pero la genuina fe cristiana tomada en sus orígenes, desde su raigambre en el Antiguo Testamento, en la persona de Jesús y en las comunidades de la Iglesia Apostólica, tuvo una impronta ciento por ciento encarnada en los diversos contextos sociales y culturales de su acontecer.[10]

Uno opta por creer en Dios y por seguir el camino de Jesús para ser plenamente humano según el Evangelio,[11] eso no nos dispensa de la fragilidad, del sufrimiento, de los fracasos, de las derrotas históricas, pero sí nos cualifica para afrontar con creatividad evangélica la dimensión dramática de la vida, resignificándola desde una muy saludable teología de la esperanza.[12] Miremos en esta clave el sentido de las lecturas de este penúltimo domingo del año litúrgico.

Por su  parte, el evangelio nos presenta el llamado “discurso escatológico” de Marcos.[13] Con las palabras escatología-escatológico se alude al sentido último y definitivo de la existencia en Dios, al significado pleno de la vida, a la superación del absurdo y de la muerte, al Señor Jesucristo como la irrupción definitiva de Dios en la historia de la humanidad para salvarla y liberarla.[14]

Es preciso aclarar que en ningún momento los evangelistas hablan del fin del mundo en cuanto catástrofe final, es una interpretación muy equivocada y ampliamente difundida que no ha traído los mejores resultados ni a la fe del creyente ni a su compromiso con el prójimo y con la historia. No era el interés de Jesús predicar una tragedia cósmica, final dramático de la historia. Las imágenes que utiliza la literatura apocalíptica y escatológica pueden asustar, pero hay que explorar su significado; eran una forma de describir la caída de algún rey o de una nación opresora. El verdadero planteamiento de esta teología apocalíptica es destacar la finalidad de la historia en clave teologal, la plenitud de los tiempos.[15]

Para Jesús lo esencial es anunciar los efectos liberadores de su evangelio: “De la higuera aprendan esta parábola: cuando ya sus ramas están tiernas y brotan las hojas, saben que el verano está cerca. Así también ustedes, cuando vean que sucede esto, sepan que Él está cerca, a las puertas. Yo les aseguro que no pasará esta generación hasta que todo esto suceda. El cielo y la tierra pasarán pero mis palabras no pasarán”.[16] La Buena Noticia debe propiciar el resquebrajamiento de todos los sistemas de injusticia, de todo lo que procede del pecado y de la cultura de la muerte.

Jesús sabe que la única forma de redireccionar el rumbo de la historia por los horizontes queridos por el Padre es haciendo caer todas esas realidades que hacen fracasar al ser humano sumergiéndolo en una condenación abominable. Por eso, la acción escatológica es esencialmente liberadora y, en consecuencia, esperanzadora. Nosotros, discípulos, estamos llamados a realizar esta tarea de permanente configuración de la historia.

A Jesús  sólo lo podemos conocer siguiéndolo, este seguimiento no se queda en ir detrás de él; implica, además, tomar su lugar, esto es responsabilidad histórica para nosotros, creyentes, asumiendo su propuesta como propia, luchando hasta el final por su realización.[17] Nuestro compromiso con la transformación de lo injusto, de lo que frustra y mata al ser humano, es el gran criterio para valorar la calidad de la evangelización; ya sabemos que el camino de Jesús no se reduce a observancias religiosas simples, muchas ellas tan sombrías, sino a fecundar la historia con esta apasionante semilla teologal que hace emerger una nueva condición humana, cuya consumación es Jesucristo, Señor de la Historia.

Toda esta teología apocalíptica no se refiere a un fin trágico del mundo, a un cataclismo devastador, a un consumirse todo para no dejar vestigios de vida. Se trata de la consumación, de la realización plena del ser humano, de su historia en Dios. Desde luego, en el tiempo de Jesús se creía que esta intervención era inminente. Eso explica, para poner un buen ejemplo, los contenidos y el estilo de la predicación de Juan el Bautista: se despoja de toda comodidad material, es radical en sus planteamientos, critica con la mayor severidad a la religión oficial, se va al desierto, escenario desolado que en la Biblia simboliza el espacio privilegiado para el encuentro con Dios. Pero cuando captan que esa inminencia no llega, se empieza a vivir la tensión entre la espera del fin y la necesidad de preocuparse con responsabilidad de la vida presente.

Se sigue esperando el fin, ¡pero la comunidad se dispone para la permanencia! Esta es una permanencia proyectada a la eternidad.

En la segunda lectura –carta a los Hebreos– se dice lo siguiente, que se inscribe en la perspectiva de esperanza que proponemos: “Todo sacerdote está en pie, día tras día, oficiando y ofreciendo reiteradamente los mismo sacrificios, que nunca pueden borrar pecados. Él, por el contrario, tras haber ofrecido por los pecados un solo sacrificio, se sentó a la diestra de Dios para siempre, esperando desde entonces que sus enemigos sean puestos como escabel de sus pies. Mediante una sola oblación ha llevado a la perfección definitiva a todos los santificados”.[18] La mediación de Jesús replantea la totalidad de la historia porque lo que él ofrece no es un ritual desvinculado de la realidad sino su propia vida encarnada en lo real, en lo existencial, en lo histórico. Jesús, en el misterio de la encarnación, se hace cargo de la realidad para redimirla, salvarla, liberarla.[19]

La concepción cristiana del ser humano no se desentiende de nada de lo que nos concierne, nos sabe frágiles pero también dotados de grandeza, esto se constata en la interacción de la fe: Dios que se comunica gratuitamente y nuestra libertad que lo acoge.

 

[1] REVISTA DE INTERPRETACIÓN BÍBLICA LATINOAMERICANA RIBLA. Número 7 Apocalíptica, esperanza de los pobres. Quito, 2000. ALIAGA GIRBËS, Emilio. El Apocalipsis de San Juan: lectura teológico-litúrgica. Verbo Divino. Estella, 2012. ALVAREZ VALDÉS, Ariel. El libro del Apocalipsis. PPC. Madrid, 2017.

[2] VON BALTHASAR, Hans Urs. Teología de la Historia. Encuentro. Madrid, 1992. GUTIÉRREZ MERINO, Gustavo. Teología de la Liberación: perspectivas. CEP. Lima, 1971.

[3] ARENDT, Hannah. La condición humana. Paidós. Barcelona, 1989. FROMM, Erich. Psicoanálisis de la sociedad contemporánea. Fondo de Cultura Económica FCE. México D.F., 1977. LUYPEN, William. Fenomenología existencial. Carlos Lohlé. Buenos Aires, 1973.

[4] MOLTMANN, Jürgen. Teología de la esperanza. Sígueme. Salamanca, 2012. TAMAYO-ACOSTA, Juan José. Para comprender la escatología cristiana. Verbo Divino. Estella, 1993. RUIZ DE LA PEÑA, Juan Luis. El útimo sentido: una introducción a la escatología. Marova. Madrid, 1989.

[5] Daniel 12: 1

[6] GRELOT, Pierre. El libro de Daniel. En Cuadernos Bíblicos número 79. Verbo Divino Estella, 1993. ARMERO BARRANCO, Pablo. Lectura estructuralista del libro de Daniel. Tesis para obtener el título de Doctor, Universidad de Murcia (España), 2016. https://www.tdx.cat/bitstream/handle/10803/396621/TPAB.pdf?sequence=1

[7] Daniel 12: 4

[8] ESCUDÉ, Jorge. El pecado social: deformación de la actividad humana. En https://www.seleccionesdeteologia.net/selecciones/llib/vol8/29/029_escude.pdf  GIRALDO ARISTIZÁBAL, Juan Diego. El pecado como deshumanización  en el documento de Aparecida. En revista Cuestiones Teológicas volumen 40 número 94 julio-diciembre 2013 páginas 433-456. Universidad Pontificia Bolivariana, Facultad de Teología. Medellín, 2013.

[9] ELLACURIA, Ignacio. Filosofía de la realidad histórica. San Salvador. UCA Editores, 1999.

[10] THEISSEN, Gerd. El movimiento de Jesús: historia de una revolución social de los valores. Salamanca. Sígueme, 2006; AGUIRRE MONASTERIO, Rafael. Ensayo sobre los orígenes del cristianismo. Stella (Navarra). Verbo Divino, 2007. RICHARD, Pablo. El movimiento de Jesús antes de la Iglesia. Santander. Sal Terrae, 2009.

[11] ROVIRA BELLOSO, José María. Dios, plenitud del ser humano. Sígueme. Salamanca, 2013.

[12] ALBAR MARIN, Lázaro. La fuerza de la esperanza. Madrid. San Pablo, 2013. MOLTMANN; Jürgen. Esperanza y planificación del futuro. Sígueme. Salamanca, 1987. ALFARO, Juan. Esperanza cristiana y liberación del hombre. Herder. Barcelona, 1980.

[13] Les sugerimos leer todo el capítulo 13 de Marcos.

[14] BORDONI, Marcelo. Jesús nuestra esperanza: ensayo de escatología en prospectiva trinitaria. Salamanca. Secretariado Trinitario, 2001.

[15] KÜNG, Hans. Mantener la esperanza: escritos para la reforma de la Iglesia. Trotta. Madrid, 1993. GUTIÉRREZ MERINO, Gustavo. La densidad del presente. Sígueme. Salamanca, 2003.

[16] Marcos 13: 28-31

[17] LOIS, Julio. Para una espiritualidad del seguimiento de Jesús. En revista Diakonía número 39 páginas 260-276. Universidad Centroamericana. Managua, 1986. CASTILLO, José María. El seguimiento de Jesús. Sígueme. Salamanca, 1999.

[18] Hebreos 10: 11-14

[19] LAGUNA, José. Hacerse cargo, cargar y encargarse de la realidad. Cristianismo y Justicia. Barcelona, 2011.