Noviembre 28: “En aquellos días y en aquel tiempo haré brotar para David un germen justo, y él practicará la justicia y el derecho en el país”

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Por: Antonio José Sarmiento Nova, SJ

Lecturas:

1. Jeremías 33: 14-16

2 . Salmo 24

3. 1 Tesalonicenses 3: 12 a 4:2

4. Lucas 21: 25-36

Los israelitas del Antiguo Testamento vivieron su historia en la espera permanente de un Mesías liberador, esta expectativa fue el hilo conductor de su relato existencial y espiritual.[1] Después de vivir tiempos de esplendor y gloria bajo el reinado de Salomón y de otros de sus dirigentes, caen en sucesivas desgracias que los afligen hasta lo más hondo de sus vidas. Pierden su autonomía como nación, se ven despojados de los elementos fundantes de su identidad: el territorio, el templo, la organización social y religiosa, y son sometidos a las dominaciones de Babilonia, Persia, Grecia, Roma. Su sentido de vida y su esperanza se arraigaban en una materialidad histórica: ser un país plenamente articulado, desarrollado, configurado según el ideal religioso que le dio origen, plasmado en un ámbito de pertenencia, con unas estructuras que traducían a lo concreto este conjunto de ideales.

Pero les sobrevinieron estos desarraigos. Los textos bíblicos alusivos al asunto son testimonio del despojo, de las pérdidas, del sentimiento de fracaso del pueblo de Israel. ¿Cómo recuperar los deseos de vivir? ¿Cómo ir al rescate de aquellos ideales? Surge así el mesianismo, sus profetas y maestros implementan una pedagogía de la esperanza, sus ilusiones apuntan a la figura de ese Mesías que, en nombre de Yahvé Dios, vendrá a hacerlos libres de sus cautividades y tragedias: “Llegarán los días –oráculo del Señor– en que yo cumpliré la promesa que pronuncié acerca de la casa de Israel y la casa de Judá: En aquellos días y en aquel tiempo, haré brotar un germen justo y él practicará la justicia y el derecho en el país. En aquellos días, estará a salvo Judá y Jerusalén habitará segura. Y la llamarán así: el Señor es nuestra justicia”.[2]

Este texto nos sitúa en el tiempo inmediatamente posterior a la destrucción de Jerusalén en el año 587 antes de Cristo. El pueblo está desolado y empieza a tomar conciencia de su situación. Jeremías dirige esta palabra a su gente para decirles que Dios no se ha olvidado de ellos, que hará regresar a los cautivos y que habrá perdón y justicia para todos, las ciudades serán reconstruidas y la prosperidad será una feliz realidad. El Señor hará factible la llegada de un rey justo que los regresará de la cautividad, no como los reyes cuyos errores los llevaron al destierro, ese personaje será llamado “Dios es nuestra justicia”, vendrá a restaurar a Israel.[3] Con esta primera lectura entramos en Adviento, tiempo de esperanza, de re-encantar nuestras vidas y nuestra historia. A eso vamos durante los siguientes cuatro domingos.

¿Cómo cultivar la esperanza en tiempos de crisis?[4] Es la pregunta natural que surge desde nuestro contexto mundial y colombiano. ¿Cómo confiar en Dios, en la vida, en la humanidad, cuando hay tantos motivos para el desencanto y la frustración? Lo que bien conocemos, que no por sabido es menos desolador: pobreza con indicadores escandalosos, exclusión social, vulnerabilidad extrema, migraciones forzadas, violencia sistemática en muchos lugares del planeta, gobiernos desatinados en sus políticas sociales, corrupción aterradora en los ámbitos donde se toman decisiones, sociedad consumista de espaldas a los grandes dramas de la humanidad, grupos de gentes vacías de sentido, experiencias interminables de fracaso y abandono.  

Es imperativo empezar con esta claridad: lo que viene de Dios no es algo etéreo, desconectado de la realidad, como promesas vagas que dan “contentillo” ocasional a quienes se ven afligidos por dramas, carencias, sufrimientos que parecen no tener redención.[5] Con mucha frecuencia, el lenguaje religioso, y la mentalidad pastoral que lo respalda, no se inserta en la vida real de las comunidades, prometiendo restauraciones que nunca van a venir, o las remite a eso que llamamos “la otra vida” sin ninguna referencia a las concreciones de la historia, a lo existencial, a las reivindicaciones que superan pobrezas e injusticias. De esto se valió Karl Marx para afirmar que la religión es “opio del pueblo”.

Nosotros mismos somos materia de crisis cuando nos vemos desolados por la enfermedad, por las rupturas afectivas, por las dificultades económicas, por las pérdidas, por las disminuciones de nuestra humanidad. ¿Dónde se encuentra una respuesta favorable? ¿Cuál es la garantía de un genuino sentido de la vida? Viktor Frankl[6] fue un psicoterapeuta austriaco que vivió en su niñez la tragedia de la primera guerra mundial y en su adultez, los efectos devastadores de la segunda, prisionero en campos de concentración, incluyendo los tristemente célebres de Auschwitz y Dachau. Su trabajo profesional lo dedicó a la logoterapia, a la configuración del sentido de la vida mediante esta estrategia terapéutica, fruto de los sufrimientos vistos y vividos en aquellos campos de la muerte, donde la infamia del régimen nazi se ensañó con tantos seres humanos.

En el proceso de la postguerra, el trabajo de este médico psiquiatra y neurólogo es notable por su aporte para recuperar del desencanto causado por este conflicto que aún hoy tiene penosas consecuencias en el mundo.[7] En la perspectiva de este autor, la fe religiosa ocupa un lugar determinante, él mismo fue un judío practicante y sincero. Su comprensión del ser humano gravemente afectado por la guerra, su formación como psiquiatra y sus convicciones de fe originan este significativo esfuerzo terapéutico.

Esto es lo que hacen algunas tendencias muy significativas de la teología y de la pastoral[8] en el campo eclesial y en el campo social. Articular la fe en un Dios trascendente, segura garantía de sentido, con una mediación de análisis social, que nos lleva a estructurar cómo esa confianza teologal debe tener consecuencias de transformación y de liberación, sin ocultar la consumación definitiva más allá de la historia.

El Nuevo Testamento, a partir de la novedad de Jesús,[9] nos introducirá en otro tipo de espera y esperanza. Él vino en humildad, despojado de vanaglorias, campesino de Nazareth plenamente obediente al Padre Dios, anunciador de una Buena Noticia configuradora de nuevas ilusiones para todos, con preferencia –siempre lo insistimos– por los últimos del mundo. Por sus posturas es juzgado reo de muerte, condenado y crucificado. Y el Padre Dios lo legitima sacándolo del abismo y resucitándolo, para dar crédito definitivo a todos los seres humanos que confían en   esa posibilidad de re-significación total de la existencia.

Por eso, en la carta a los Tesalonicenses, Pablo exhorta a la comunidad a mantenerse fiel a Jesús y a prepararse para el segundo advenimiento: “Que él fortalezca sus corazones en la santidad y los haga irreprochables delante de Dios, nuestro Padre, el día de la venida del Señor Jesús con todos sus santos. Amén. Por lo demás, hermanos, les rogamos y les exhortamos en el Señor Jesús, que vivan conforme a lo que han aprendido de nosotros en la manera de comportarse para agradar a Dios”.[10] Es la existencia cristiana concebida como una vida digna que expresa en la rectitud de su conducta la esperanza en ese Dios que es promesa de plenitud y de sentido.[11] Así como en los textos ya aludidos del Antiguo Testamento, estos relatos también tienen el objetivo claro de mantener la esperanza de un pueblo que se sentía zarandeado por todas partes y con pocas posibilidades de subsistir.[12]

El evangelio de Lucas describe, de manera metafórica, los acontecimientos que precederán a esa segunda venida: “Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; los pueblos serán presa de la angustia ante el rugido del mar y la violencia de las olas. Los hombres desfallecerán de miedo ante la expectativa de lo que sobrevendrá al mundo, porque los astros se conmoverán. Entonces se verá al Hijo del hombre venir sobre una nube, lleno de poder y de gloria. Cuando comience a suceder esto, tengan ánimo y levanten la cabeza, porque está por llegarle la liberación”.[13]

El discurso de Jesús es apocalíptico,[14] adaptado a la cultura y lenguaje de su tiempo, recordemos que apocalipsis no es catástrofe sino revelación de la plenitud de Dios en la historia de la humanidad, esperanza y liberación para esta. Se nos invita a leer las señales de Dios en la historia –los signos de los tiempos– desde la clave de la fe y de la esperanza, por eso el cristianismo se implica con seriedad en lo histórico, en lo real, se compromete con ello y anuncia una Buena Noticia que pasa por re-significar la vida de las comunidades. La verdad de Dios resplandece en la justicia y en la dignidad.

El mensaje de Jesús no nos dispensa de los problemas y de la inseguridad, pero sí nos brinda el elemento creyente para afrontarlos con talante constructivo y liberador. Esto es lo propio de la fe: mantener nuestra confianza en ese Dios que libera y responder desde nuestra libertad para dar eficacia histórica a esa palabra de salvación. Vivir en la alerta del Adviento no es cuestión momentánea, la propuesta es para una vida en permanente construcción, dando significado trascendente a todo el ser y quehacer de nuestra condición humana: “Estén prevenidos y oren incesantemente, para quedar a salvo de todo lo que ha de ocurrir. Así podrán comparecer seguros ante el Hijo del hombre”[15].

La llamada es a vivir una vigilancia creativa, innovadora, con el talante del Evangelio que nos pone polo a tierra, detectando todo lo que es incompatible con este proyecto, en nosotros mismos y en nuestro entorno, para hacer denuncia profética, confrontación crítica, movimiento de transformación-conversión. ¡Esta es la propuesta para el Adviento de 2021!

 

[1] SICRE, José Luis, El desarrollo de la esperanza mesiánica en Israel. En revista Cuestiones Teológicas volumen 34 número 82, páginas 249-256. Universidad Pontificia Bolivariana, Facultad de Teología. Medellín, junio-diciembre 2007. BENTUÉ, Antonio. El espíritu mesiánico de Jesús. En Revista Teológica de Cataluña volumen XI número 2, páginas 253-282. Facultad de Teología de Cataluña. Barcelona, 1986. FELDMANN, Roberto. Mesianismo y milenarismo desde la perspectiva judía. En revista Teología y Vida volumen XLIV, páginas 155-166. Pontificia Universidad Católica de Chile. Santiago de Chile, 2003.

[2] Jeremías 33: 14 – 16.

[3] SEVILLA JIMÉNEZ, Cristóbal. Crisis y esperanza en los profetas de Israel. En revista Scripta Fulgentina año XXIV número 47-38, páginas 7-22. Instituto Teológico San Fulgencio. Murcia, 2014. GONZÁLEZ DE CARDEDAL, Olegario. La raíz de la esperanza. Sígueme. Salamanca, 1995.

[4] BLOCH, Ernst. El principio esperanza. Trotta. Madrid, 2007. LAÍN ENTRALGO, Pedro. Esperanza en tiempos de crisis. Galaxia Gutenberg & Círculo de Lectores. Madrid, 1993.

[5] Para indicar un excelente ejemplo de esta postura, recordemos que la TEOLOGÍA DE LA LIBERACIÓN tiene en su raíz la intención de responder históricamente desde la fe en el Señor Jesucristo a las expectativas de redención, de reivindicación, de liberación, de las comunidades afectadas severamente por la pobreza y la injusticia. Sus principales autores como Gustavo Gutiérrez, Jon Sobrino, Leonardo y Clodovis Boff, Joseph Comblin, Ignacio Ellacuría, Rubem Alves, Julio de Santa Ana, Juan Luis Segundo, Segundo Galilea, han hecho una reflexión con fundamento juicioso en los textos bíblicos y en la realidad social de América Latina para proponer una articulación esperanzadora entre salvación histórica y trascendencia definitiva del ser humano en Dios. ASSMAN, Hugo. Teología desde la praxis de la liberación. Sígueme. Salamanca, 1973. GUTIÉRREZ MERINO, Gustavo. Teología de la Liberación: perspectivas. CEP. Lima, 1971. BOFF, Leonardo. Teología del cautiverio y de la liberación. Paulinas. Madrid, 1978.

[6] 1905.1997

[7] FRANKL, Viktor. El hombre en busca de sentido. Herder. Barcelona 1988; La voluntad de sentido. Herder, Barcelona,1988; Un psicólogo en el campo de concentración. Plantin. Buenos Aires, 1955; La presencia ignorada de Dios. Herder, 1986; Ante el vacío existencial. Herder. Barcelona, 1985.

[8] MOLTMANN, Jürgen. Teología de la esperanza. Sígueme. Salamanca, 1999. Esperanza para un mundo inacabado. Trotta. Madrid, 2017. MOLTMANN, Jürgen & MOLTMANN-WENDEL, Elizabeth. Pasión por Dios: una teología a dos voces. Sal Terrae. Santander, 2007. KÜNG, Hans. Vida eterna? Trotta. Madrid, 2000; Existe Dios? Cristiandad. Madrid, 1987. TORRES QUEIRUGA, Andrés. La revelación de Dios en la realización del hombre. Cristiandad. Madrid, 1989. TAMAYO ACOSTA, Juan José. Para comprender la teología de la liberación. Verbo Divino. Estella, 1989. ELLACURÍA, Ignacio. Historicidad de la salvación cristiana. En Revista Latinoamericana de Teología, número 1, páginas 5-45. Universidad Centroamericana José Siméon Cañas UCA. San Salvador, 1984.

[9] SCHÜRER, Emile. Historia del pueblo judío en tiempos de Jesucristo. Cristiandad. Madrid, 1985. SOBRINO, Jon. Jesucristo Liberador: lectura histórico-teológica de Jesús de Nazareth. Trotta. Madrid, 1993. BERGER, Klaus. Jesús. Sal Terrae. Santander, 2009. SEGUNDO, Juan Luis. La historia perdida y recuperada de Jesús de Nazareth. Sal Terrae. Santander, 1990.

[10] 1 Tesalonicenses 3: 13 – 4: 1

[11] ROVIRA BELLOSO, José María. Entrada Esperanza en FLORISTÁN, Casiano & TAMAYO ACOSTA, Juan José. Conceptos Fundamentales del Cristianismo, páginas 389-399. Trotta. Madrid, 1993.

[12] MARCEL, Gabriel. Homo viator: prolegómenos para una metafísica de la esperanza. Buenos Aires. Emecé, 1954. TEILHARD DE CHARDIN, Pierre. El porvenir del hombre. Taurus. Madrid, 1962. VALADIER, Paul. La condición cristiana. Sal Terrae. Santander, 2005. KÜNG, Hans. Existencia cristiana. Trotta. Madrid, 2012.

[13] Lucas 21: 25-28.

[14] ARENS, Eduardo; DÍAZ MATEOS, Manuel; KRAFT, Tomás. Apocalipsis. En Comentario Bíblico Internacional páginas 1679-1709. Verbo Divino. Estella, 2000. MESTERS, Carlos. El Apocalipsis: la esperanza de un pueblo que lucha. Rehue. Santiago de Chile, 1986. RICHARD, Pablo. Apocalipsis, reconstrucción de la esperanza. Departamento Ecuménico de Investigaciones DEI. San José de Costa Rica, 1994. SCHÜSSLER FIORENZA, Elizabeth. Apocalipsis: visión de un mundo justo. Verbo Divino. Estella, 1997.

[15] Lucas 21: 36.