Diciembre 5: “Una voz grita en el desierto: preparen el camino al Señor, allanen sus sendas"

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Por: Antonio José Sarmiento Nova, SJ

Lecturas

  1. Baruc 5: 1-9
  2. Salmo 125: 1-6
  3. Filipenses 1: 4-11
  4. Lucas 3: 1-6

En sondeos de opinión que hacen algunas agencias dedicadas a ese oficio, se ha afirmado que Colombia es uno de los países más felices del mundo,[1] unas encuestas son percepciones ligeras hechas por medios publicitarios amigos de la noticia sensacional y otras se inscriben en investigaciones académicas serias y objetivas. Conocemos muy bien nuestro espíritu latino proclive a la fiesta y a la celebración del gozo de vivir, son innumerables las manifestaciones de esta actitud: el fútbol, la afirmación de la idiosincrasia nacional y de las regiones, las tradiciones culturales y religiosas, la capacidad de ganar la partida a tantas desgracias que han sucedido y que siguen afectando a muchas de nuestras comunidades, con esa disposición tan estudiada ahora que conocemos como resiliencia.[2] Es admirable el vigor individual y colectivo de nuestras gentes para afrontar con entereza las interminables adversidades de tipo económico, emocional, social, político, que maltratan sin piedad a millones de colombianos. Constatar esto habla de la altura moral y espiritual de quienes lo viven, pero no nos dispensa de la indispensable conexión con la realidad para tomar en cuenta todos los factores de desgracia y para promover acciones constantes y crecientes de superación de tanta negatividad, en la que esa etiqueta de mayor felicidad sea un estímulo para trabajar con denuedo en el auténtico sentido de la vida.

Sean estas consideraciones iniciales un “leit-motiv” para hablar responsablemente de la esperanza que se nos inculca en el tiempo de Adviento, con la pregunta seria: ¿cómo celebrar al Dios que viene para nuestra salvación en un contexto tan dramático como el que viven tantos colombianos y tantos –¡tantísimos!– seres humanos en el mundo? Según el Departamento Administrativo Nacional de Estadística DANE, el 42.5 % de la población colombiana vive en pobreza, 7.4 %, en pobreza extrema y más de 21 millones “sobreviven” con ingresos mensuales inferiores a $ 332.000. El choque de la pandemia corona virus incrementó esta situación.[3]

Y no sobra recordar que nuestro pueblo en su inmensa mayoría es profundamente religioso en el cristianismo católico y también en el evangélico, reformado y pentecostal. Es de la esencia cristiana la convicción central de la esperanza que Dios nos ofrece en la persona de Jesús, el Mesías que viene para salvar y llenar de significado trascendente nuestra humanidad, tal como lo vive y afirma la tradición del cristianismo universal.[4] Dios nos toma muy en serio, es decir, su voluntad es que seamos plenamente humanos, plenamente divinos, mediante la configuración salvífica y liberadora con el Señor Jesucristo. En consecuencia, el anuncio de esta esperanza también debe tomar en serio al ser humano, la realidad que referimos, dejándonos de “paños de agua tibia”, haciendo de la evangelización un trabajo que aliente a los creyentes a poner los pies en este mundo real con la mirada siempre puesta en el futuro definitivo. Por eso, Adviento es momento privilegiado para hacer énfasis en este aspecto esencial de nuestra fe.[5]

Esto es lo que quiere destacar el relato que hoy nos presenta Lucas. Jesús tomó muy en serio la predicación del Bautista, un movimiento de conversión que puso el dedo en la llaga en ese contexto palestino-judío, a propósito de las gravísimas pecaminosidades religiosas y sociales que allí se vivían: “recorrió toda la cuenca del Jordán predicando un bautismo de arrepentimiento para el perdón de los pecados”,[6] es la escueta expresión que refiere el ministerio de este profeta, hombre de sincero espíritu y religiosidad a quien le dolían en profundidad las inconsistencias de su religión y su convivencia condescendiente  con el poder romano. En este Bautista se fija Jesús y a él busca para escuchar su invitación a una nueva manera de vida en Dios.[7]

El profeta es el que recuerda a todos, aún a riesgo de grandes incomodidades e incomprensiones, las exigencias de los compromisos adquiridos con Dios, con palabra muy severa y exigente, sin disimular la gravedad de lo que denuncia y sin poner paños de agua tibia en la situación, llamando claramente por su nombre todas las injusticias y deshonestidades vigentes, proponiendo un camino de conversión, con el imperativo de hacer rupturas y renuncias para entrar en la dimensión de una humanidad que tiene en Dios la dimensión definitiva de su trascendencia, es el “afuera” que irrumpe para hacernos libres, el “totalmente otro” que interpela, desacomoda, haciendo posible que los humanos no nos sumerjamos irresponsablemente en el ensimismamiento del egoísmo y de la insensibilidad ante Él y ante el prójimo.

La lectura de Baruc[8] recoge ideas frecuentes en otros textos proféticos. Jerusalén, presentada como madre, se halla de luto porque ha perdido a sus hijos: unos marcharon al destierro de Babilonia, otros se dispersaron por Egipto y otros países. Lamento que nos conecta con los desterrados actuales de la humanidad, los que salen de sus países desesperados por el hambre y la violencia, buscando lugares donde puedan ser acogidos y reconocidos en su dignidad.

Serán viables estas palabras del profeta: “Ponte en pie, Jerusalén, sube a la altura, mira hacia oriente, y contempla a tus hijos, reunidos de oriente y occidente a la voz del Santo, gozosos invocando a Dios. A pie se marcharon, conducidos por el enemigo, pero Dios los traerá con gloria, como llevados en carroza real”.[9]

¿Será posible que las naciones de mayor desarrollo económico y cultural, de mejores posibilidades laborales, tengan la sensibilidad para acoger con respeto a estos millones de migrantes del mundo, los dolientes hijos de la Jerusalén que se duele por ellos? ¿Países de mayoría cristiana y humanista, caracterizados por sus proclamas teóricas de defensa de los derechos humanos, podrán experimentar compasión y misericordia ante este drama, auténtica tragedia humanitaria? ¿O, más bien, sus intereses creados los llevarán a radicalizar sus posturas xenófobas y a idear cantidad de pretextos, muchos de ellos legales, para rechazar el clamor de estas gentes?

En el texto de Filipenses, tenemos un hermoso testimonio de la más exquisita coherencia cristiana. Pablo sentía un afecto especialísimo por la comunidad cristiana de Filipos,[10] a la única a la que le aceptaba apoyo económico. En su oración recuerda lo mucho que estos cristianos le han ayudado en su ministerio. La generosidad paulina nos invita también a reconocer la bondad y gratuidad de tantas gentes estupendas que nos rodean, que viven el Evangelio a carta cabal, que se desviven por la misión, que sirven infatigablemente a sus prójimos, que discreta y silenciosamente siguen a Jesús y son 100 % testimoniales sin esperar aplausos ni recompensas. Son los cristianos que validan con sus vidas el Evangelio de Jesús, no gozan de fama mundana, esto último no les resulta atractivo por su discreción evangélica. Los encontramos en todas partes, su testimonio es esperanzador.

A este respecto, qué bello el reconocimiento de Pablo: “Siempre que me acuerdo de ustedes, doy gracias a mi Dios, y siempre que pido cualquier cosa por todos ustedes, lo hago con gozo, por su participación en el anuncio de la buena noticia, desde el primer día hasta hoy. De esto estoy seguro, que el que comenzó en ustedes una obra buena, la llevará a término hasta el día de Cristo Jesús”.[11]

A diferencia de los otros evangelistas, Lucas sitúa con exactitud cronológica la actividad de Juan Bautista: “El año quince del reinado del emperador Tiberio”;[12] con tal formulación, solemne y precisa, el autor de este evangelio quiere destacar la importancia del Bautista en la historia de salvación, porque en él se realiza lo anunciado por Isaías, lo sitúa en conexión con los grandes creyentes del Antiguo Testamento.

El contenido de su misión es recordar a todos que la realidad de Dios no es asunto marginal para el ser humano, sino constitutiva de su dignidad y de su felicidad: “Recorrió toda la cuenca del Jordán predicando un bautismo de arrepentimiento para perdón de los pecados, como está escrito en el libro del profeta Isaías: una voz grita en el desierto: preparen el camino al Señor, allanen sus sendas. Todo barranco se rellenará, montes y colinas se abajarán, lo torcido se enderezará y lo escabroso se igualará, y verá todo mortal la salvación de Dios”,[13] son palabras que, vistas en la perspectiva total de la revelación, nos disponen para entender que el Bautista, inserto en la tradición de los profetas de Israel, ejerce su misión en función de Jesús, el que viene para rectificar lo descompuesto, lo desfigurado, lo pecaminoso, lo injusto, lo que desdice de la dignidad de los humanos y mancilla la santidad de Dios.

¿Cuáles son las torceduras y escabrosidades que debemos allanar en este mundo nuestro? ¿Cuáles las ambigüedades e injusticias que debemos dejar atrás? ¿Vamos a ser capaces de romper con los criterios de la sociedad de consumo, de las injustas exclusiones sociales, de la caridad ocasional, para acceder al reino de Dios y su justicia? ¿Este Adviento de 2021 nos toma con la fuerza del Bautista para preparar estos caminos de nueva humanidad y de genuina liberación en el Señor Jesús?[14]

La humanidad que resulta de este dinamismo de conversión es la que acata el clamor profético: “Voz del que clama en el desierto: preparen el camino del Señor, enderecen sus sendas; todo barranco será rellenado, todo monte y colina será limado, los tortuoso se volverá recto y las asperezas serán caminos allanados. Y todos verán la salvación de Dios”[15]. Convertirse entonces es ensanchar el corazón y dilatar la esperanza para hacerla a la medida del mundo, a la medida de Dios. Una humanidad más igualitaria y respetuosa de la dignidad humana es el mejor camino para que Dios nos llegue trayendo su salvación. ¡Aquí descansan los criterios para una Colombia muy seria y muy feliz!!!! 

 

[1] GAVIRIA VALLEJO, Camila. Índices de felicidad y bienestar subjetivo: la paradoja del caso colombiano. Tesis para optar al grado en administración de empresas. Universidad de Los Andes. Bogotá, 2005. En https://www.repositorio.uniandes.edu.co/bitstream/handle/1992/22259/u262375.pdf?sequence=1  Revista CAMBIO. El país más feliz del mundo. Edición 157, año 2004. Bogotá. Revista SEMANA. Encuesta: optimistas a pesar del terror. Edición 1086. Bogotá, 2003. CUÉLLAR, María Mercedes. Colombia, un proyecto inconcluso: valores, instituciones y capital social. Ediciones Universidad Externado de Colombia. Bogotá, 2000. COLOMBIA.CO. Colombia, el país de la alegría. En https://www.colombia.co/pais-colombia/los-colombianos-somos-asi/colombia-el-pais-de-la-alegria/

[2] ORTIZ CASSIANNI, Javier & MESA, Gilmer. Resiliencia. Comisión de la Verdad. Bogotá, 2020.

[3] SALAZAR SIERRA, Carolina. Más de 21 millones de personas viven en pobreza y 7.4 millones en pobreza extrema. En https://www.larepublica.co/economia/mas-de-21-millones-de-personas-viven-en-la-pobreza-y-74-millones-en-pobreza-extrema-3161813  ASOCIACION NACIONAL DE INDUSTRIALES ANDI. Colombia: balance 2020 y perspectivas 2021. En https://www.andi.com.co/Uploads/Balance%202020%20y%20perspectivas%202021_637471684751039075.pdf

[4] BENEDICTO XVI. Carta Encíclica Spe Salvi La Esperanza de Salvación. Tipografía Vaticana. Roma, 2007. DÍEZ-ALEGRÍA, José María. Yo creo en la esperanza: el credo que ha dado sentido a mi vida. Desclée de Brower. Bilbao, 1975.

[5] NOEMÍ, Juan. La esperanza como fuerza de libertad. En https://www.repositorio.uc.cl/xmlui/bitstream/handle/11534/16744/000674581.pdf  ALEGRE, Xavier. Resistencia y esperanza cristianas en un mundo injusto: introducción al Apocalipsis. Cristianismo y Justicia. Barcelona, 2010.

[6] Lucas 3: 3

[7] SÁEZ DE MATURANA, Francisco Javier. Juan el Bautista: una aproximación al profeta del desierto. PPC. Madrid, 2020.

[8] MAYORAL LÓPEZ, Juan Antonio. Lamentaciones, Baruc y la crisis exílica. Biblioteca de Autores Cristianos BAC. Madrid, 2018.

[9] Baruc 5: 5-6

[10] TÁMEZ, Elsa. La carta de Pablo a los Filipenses desde la perspectiva de un prisionero político.  En Revista Bíblica número 3-4, páginas 193-217. Madrid, 2012. ORTIZ VALDIVIESO, Pedro. Filipenses en Comentario Bíblico Internacional páginas 1536-1544. Verbo Divino. Estella, 2000.

[11] Filipenses 1: 3-6

[12] Lucas 3: 1

[13] Lucas3: 3-6

[14] SEGURA, Harold. Adviento: esperanza que transforma. World Vision, 2014.

[15] Lucas 3: 4-6