Diciembre 19: “Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor”

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Por: Antonio José Sarmiento Nova, SJ

Lecturas:

1. Miqueas 5: 1-4

2. Salmo 79: 2-3 y 5-19 

3. Hebreos 10: 5-10

4. Lucas 1: 39-45

En este domingo, el Adviento cobra la intensidad de la gozosa espera de María,[1] central en el espíritu de estos días, porque ella es la portadora de la búsqueda de Dios al ser humano. Ella, preñada de Vida, se dispone a compartir el don con toda la humanidad. La prisa con la que ella se pone en camino para visitar a su prima Isabel, la alegría que transparenta son lenguaje de su definitiva confianza en Dios. Porque creyó, se cumplirán las promesas de plenitud para ella, para todos los humanos. En ella, su confianza es sacramental.[2]

Esa fe es la postura que se aventura a entregarse libremente a Dios, confiando en que viene la mejor propuesta en la que el ser humano se puede realizar en plenitud. No son los sacrificios ni las ofrendas materiales, ni los rituales de mera exterioridad, sino la vida misma que se involucra sin reservas en esta gran experiencia –la osadía de dejarse llevar–,[3] como decía el inolvidable Padre Pedro Arrupe.[4]

Tan radical confianza la expresa con claridad el texto de Hebreos, que se nos propone como segunda lectura de este domingo: “Dice primero, sacrificios y oblaciones no los quisiste, y holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron –cosas todas ofrecidas conforme a la Ley–, para añadir después: entonces aquí estoy dispuesto a hacer tu voluntad. Abroga lo primero para establecer lo segundo. En virtud de esa voluntad quedamos santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo”.[5] María nos ofrece esta novedad, ella nos regala a Jesucristo, su relato vital se inscribe en la experiencia honda de la fe, en la que se juntan la gracia de Dios, siempre incondicional, y la respuesta generosa de la propia existencia que se ofrece sin reservas para esta mediación.[6]

La genuina relación religiosa es salir de sí mismo para recibir y dar vida, como María. El ser humano se juega el sentido de su existencia en esta dinámica relacional, en la que desborda su mismidad y se torna otredad, para Dios, para el ser humano. Religión viene de la expresión latina re-ligare, que quiere decir rehacer los vínculos que se habían perdido a causa del egoísmo, del ensimismamiento individualista. María se da toda a Dios y con su aceptación, su ser femenino, su vientre, se convierten en depósito de la Vida, que ella da sin reservas para que todos la tengan en abundancia. Su don es Jesús, el que ella recibe del Padre, el que ella comparte con toda la humanidad. 

María relata con su actitud creyente el aspecto clave de la fe, depositar la confianza totalmente en Dios, con la certeza de que Él es garantía, principio y fundamento de la vida, Dios fiel al ser humano que avala esa ofrenda. Las expresiones religiosas rituales, la liturgia, la plegaria, la religiosidad popular, tienen sentido cuando se cargan de ese contenido creyente. No es el ritualismo sino el adorar al Padre en espíritu y en verdad: “Pero llega la hora (ya estamos en ella), en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren. Dios es espíritu y los que adoran deben adorar en espíritu y en verdad”.[7]

Así, vienen al recuerdo las historias de tantos hombres y mujeres, sinceras gentes de fe, que reciben el don y lo acogen con gozo y libertad, lo demuestran con discreción en su conducta, afrontan la vida con gratitud al buen Dios por esta evidencia gratuita, y se demuestran sólidas al encarar el aspecto adverso de la existencia, contagian a los suyos de esa pasión, son enteros, plenos relatos del amor definitivo.[8] En el campo de la religiosidad popular abundan las narrativas de individuos y comunidades, cristianos de a pie, conscientes del alcance totalizante de ese don de Dios, vidas íntegras y profundamente evangélicas, dados por entero al prójimo, bellos testimonios de esta historia apasionante de seguir los pasos de Jesús. Es de especial relevancia el relato femenino, hijas, hermanas, madres, esposas, compañeras, formadoras de hogares y comunidades, mujeres recias que avalan con todo su ser y su quehacer este depositar en Dios toda la seguridad de la vida.[9]

Junto a María, José,[10] hombre de Dios, con total sentido del reino y de su justicia, es su compañero para vivir en la discreción del hogar, sobrio, austero, esta historia surgida en lo oculto, en la pobreza de su humilde condición, en la marginalidad de Belén, en la precariedad del primer “pesebre”, lejos de la vanagloria del mundo. Hermoso amor el de esta pareja, humildes de la tierra, relato de Dios para acoger la humanidad de Jesús.

Estamos ante una teología narrativa. Quiere decir esto que debemos salir de la cronología de sucesos para entrar en el mundo de las intenciones salvadoras y liberadoras de Dios con este relato. Lo que importa es el significado de ella, abriéndose a esta novedad de vida que acontece con su maternidad, con la que sube al ámbito de lo divino, mediación que expresa esa gran realidad de la lógica de la revelación que es Dios implicándose en lo humano, para salvar y liberar al ser humano.

El texto de Lucas, evangelio de hoy, pleno de símbolos, dice que “se puso en camino María y se dirigió con prontitud a la región montañosa, a una población de Judá”[11], alude a que María se “levanta” para una nueva vida, para resucitar, subir a la montaña es entrar en el ámbito de lo divino, la madre que da la vida al hijo, pero –¡y esto es esencial aquí!– es el Hijo que da vida a la madre. Por eso ella, resueltamente y sin rodeos, se apresura a llevar el Hijo a los demás.[12]

La visita de María a su prima Isabel significa la visita de Dios a Israel, a la humanidad. La subida de Galilea a Judá nos está adelantando la trayectoria de la vida pública de Jesús. María y Jesús (lo más grande) se dignan visitar a lo pequeño, la prima Isabel. El Dios con nosotros se manifiesta en el sencillo signo de una visita, que acontece fuera del marco de la religiosidad oficial, elocuente significación de que a Dios se lo encuentra en lo cotidiano, en el vientre de una madre, en la sobriedad de un hogar, en la realidad austera del día a día, en los amores profundos, como la de estas dos mujeres que significan, con transparencia evangélica, la disposición para vivir la novedad de Dios en la propia humanidad.

La escena nos está diciendo que la verdadera salvación siempre repercutirá en beneficio de los demás. El bien es difusivo de sí, no es posible guardarlo, decían los filósofos escolásticos, en su esencia está el ser comunicado para que muchos lo vivan y se beneficien, para que Dios irrumpa con fuerza, como en ellas, desbordando su vitalidad.

La pregunta exigente es para nosotros hoy: ¿Cómo portamos este mensaje, esta apasionante posibilidad de vida y de sentido trascendente en estos contextos contemporáneos? ¿En esta Colombia tan henchida de vida y de gentes buenas, pero tan maltratada por injusticias y violencias, por corruptelas y exclusiones?[13] ¿En este mundo hipnotizado por el consumismo y por la idolatría del mercado, anestesiado ante los clamores de millones de seres humanos sumidos en la marginalidad y en la pobreza?

Las palabras de la primera lectura, del profeta Miqueas, se dirigen a un pueblo que ha vivido la deportación y el exilio, la tragedia de la cautividad y del abandono, brindándoles una esperanza real que ha de superar su drama, el retorno a su tierra de origen: “En cuanto a ti, Belén Efratá, la menor entre los clanes de Judá, de ti sacaré al que ha de ser el gobernador de Israel; sus orígenes son antiguos, desde tiempos remotos. Por eso él los abandonará hasta el momento en que la parturienta dé a luz y el resto de sus hermanos vuelva con los hijos de Israel. Pastoreará con la fuerza de Yahvé, con la majestad del nombre de Yahvé, su Dios. Vivirán bien, porque entonces él crecerá hasta los confines de la tierra”.[14]

Recordemos que estas palabras se formularon en un contexto histórico real, dichas, vividas y escritas con la mayor seriedad existencial, sin la más mínima intención de ser promesas fatuas para calmar circunstancialmente la angustia de un pueblo. En esta misma lógica, ¿cómo presentar a los desarraigados de hoy la real y viable posibilidad de una vida con sentido en este Dios que se deshace de su trono para abajarse con los condenados de la tierra en la gran faena de la libertad y de la salvación? 

María significa la confianza en Dios, que quiere siempre lo mejor para el ser humano. Lo reconoce Isabel cuando dice: “En cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno; Isabel quedó llena de Espíritu Santo y exclamó a gritos: Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; ¿cómo así viene a visitarme la madre de mi Señor?”.[15]

Esto sucedió en un lejano y muy humilde lugar del planeta, desconocido para la mayoría, entre pobres gentes laboriosas y hogareñas, que vivían la certeza feliz del Dios siempre mayor, deseosas de dejarse asumir por Él, con total disponibilidad y generoso corazón. María cumple en un ciento por ciento la voluntad de Dios.[16] Esta voluntad no es cualquier cosa, no es amargar la vida de la gente, no es imponer cargas pesadas, prohibiciones, culpas, miedos, imposiciones autoritarias. Esta voluntad del Padre es que los humanos lleguemos a un pleno desarrollo, a la vivencia cabal de la dignidad que nos es inherente, a hacer real e histórica la palabra felicidad, nuestra famosa y siempre evangélica bienaventuranza, con la mirada en ese futuro total que trasciende todas las contingencias de la historia. 

María lo sabe y por eso se arriesga a dejarse tomar por Él: “¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!”.[17]

 

[1] THURIAN, Max. María, madre del Señor, figura de la Iglesia. Hechos y Dichos. Madrid, 1976. GARCÍA PAREDES, José Cristo Rey. Mariología. Biblioteca de Autores Cristianos, BAC. Madrid, 1995. PABLO VI. Exhortación Apostólica Marialis Cultus. Tipografía Vaticana. Roma, 1974. JUAN PABLO II. Carta Encíclica Redemptoris Mater. Tipografía Vaticana. Roma, 1987. FORTE, Bruno. María, la mujer icono del misterio. Sígueme. Salamanca, 1993. RAHNER, Karl. María, madre del Señor. Herder. Barcelona, 1967. 

[2] BOFF, Leonardo. El rostro materno de Dios: ensayo interdisciplinar sobre lo femenino y sus formas religiosas. Paulinas. Madrid, 1979.

[3] CABARRÚS, Carlos Rafael. La osadía de dejarse llevar. En https://www.principal.url.edu.gt/up-content/uploads/2019/07/2.1-La-Osadía-de-dejarse-llevar.pdf

[4] 1907-1991. Superior General de la Compañía de Jesús 1965-1983. 

[5] Hebreos 10: 8-10

[6] ARDUSSO, Franco. Aprender a creer: las razones de la fe cristiana. Sal Terrae. Santander, 2000. MARTÍN VELASCO, Juan de Dios. La experiencia de Dios, hoy. Trotta. Madrid, 2007. 

[7] Juan 4: 23-24. Tomado del diálogo de Jesús con la mujer samaritana. 

[8] GALLAGHER, Michael Paul. Mapas de la fe: diez grandes creyentes desde Newman hasta Ratzinger. Sal Terrae. Santander, 2012. SCHYLLEEBECKX, Edward. Los hombres, relato de Dios. Sígueme. Salamanca, 1994. 

[9] RAMOS GONZÁLEZ, Marifé. Las mujeres en el evangelio de Lucas. Conferencia en Universidad de Cantabria Aula de Teología. Santander, 10 de noviembre de 2009. RESTREPO MORENO, Marta Inés. Feminismo y espiritualidad. En Revista Lasallista de Investigación, volumen 5 número 2, páginas 146-157. Corporación Universitaria Lasallista. Medellín, 2008. MESA, Carlos E. Laura Montoya: una antorcha de Dios en las selvas de América. Carvajal. Medellín, 1999. PRONZATO, Alessandro. Una monja llamada Agustina. Atenas. Madrid, 1972. AGUIRRE, Rafael. La mujer en el cristianismo primitivo. En https://www.core.ak.uk/download/pdf/83657251.pdf

[10] BOFF, Leonardo. San José: Padre de Jesús en una sociedad sin padre. Sal Terrae. Santander, 2019. 

[11] Lucas 1: 39

[12] MADUEÑO, Manuel. Siguiendo a Jesús hijo de María: un camino de espiritualidad. PPC. Madrid, 2017. 

[13] PNUD Programa de Naciones Unidas para el desarrollo. Informe Segundo reporte bienal de actualización de Colombia ante la CMNUCC Convención marco de Naciones Unidas sobre cambio climático. PNUD. Bogotá, 2020. BUSHNELL, David. Colombia, una nación a pesar de sí misma. Ariel. Bogotá, 2019. GÓMEZ BUENDÍA, Hernando. Entre la independencia y la pandemia: Colombia 1810 a 2020. Fundación Razón Pública. Bogotá, 2021. 

[14] Miqueas 5: 1-3

[15] Lucas 1: 41-43

[16] SCHYLLEEBECKX, Edward. María ayer, hoy, mañana. Sígueme. Salamanca, 2000. 

[17] Lucas 1: 45