Diciembre 25: “Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad”

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Por: Antonio José Sarmiento Nova, SJ

Lecturas:

  1. Isaías 52: 7-10
  2. Salmo 97
  3. Hebreos 1: 1-6
  4. Juan 1: 1-18

Una pausa profunda en el camino: días de trajín y afanes sin cesar, la espectacularidad de la sociedad de consumo con su publicidad invasiva, compras y más compras, regalos, fiestas, congestiones en el tráfico de las grandes ciudades; este obsequio me falta, reviso la lista, de nuevo a correr para adquirir y estar tranquilos porque quedaremos bien. La solemnidad cristiana de Navidad coincide desde hace siglos con los ciclos del equinoccio y también, en su momento, se encontró con festividades de las religiones antiguas de Europa;[1] también es el tiempo final del año en el que se celebra lo vivido y se llora lo sufrido. Como el cristianismo se inculturó primero en el Asia Menor y en Europa, también en el norte de Africa, el encuentro con esas culturas favoreció interacciones constructivas en el ámbito del lenguaje y de la interpretación de la fe, principalmente, pero también se infiltraron modos y prácticas que no coinciden con la sustancia de la fe cristiana.

Lo que queremos con este comentario inicial no es presumir de “superioridad religiosa” ante los creyentes de otras tradiciones o ante quienes no profesan creencias de este tipo, simplemente es una alerta profética para ir a lo esencial, al misterio conmovedor, apasionante, seductor, esperanzador del Dios que entra hasta lo más profundo de nosotros y se implica en la condición humana, su opción preferencial para disponernos a eso que llamamos salvación y liberación de la injusticia, del pecado, del egoísmo, de nuestras arrogancias, de todos los ídolos, de la muerte. Ese es el llamado de atención para este alto en el camino, magnífica oportunidad para discernir dónde está el fundamento de nuestra esperanza y para no confundir esta memoria sacramental con despilfarros que no vienen a cuento.

La primera lectura, del profeta Isaías, contiene un canto de alabanza ante la inminente liberación de Jerusalén. Dos imágenes enmarcan esta lectura: la de los mensajeros que corren anunciando esta noticia de libertad, y la de los centinelas que expresan su júbilo porque ven el retorno de Yahvé a Sión. Una vez más, como en los domingos anteriores, el libro de Isaías registra la gozosa expectativa por el retorno de los israelitas, luego del penoso cautiverio en Babilonia. Miremos en este exilio forzoso, con su fuerte carga de dramatismo y sufrimiento, un prototipo de todas las penurias que padece la humanidad en muchos lugares del mundo.[2]

El texto de este profeta es un feliz anticipo de lo que celebramos: la concreción definitiva de las promesas de Dios a su pueblo y a toda la humanidad, que busca infatigablemente un sentido pleno de la vida. Dios trasciende hacia la humanidad, se hace carne e historia, toma como propio todo lo que nos afecta, lo que nos hace felices y humanos, también lo que nos frustra y esclaviza, para protestar indignado contra esto último y para replantear todos los sometimientos.[3] La opción preferencial de Dios es el ser humano, para Él es prioritario todo lo que tenga que ver con nuestra plena realización. El niño de Belén es el germen de la nueva humanidad, en él se significa que Dios se puede insertar en cada ser humano.[4]

Las palabras de Isaías son precursoras de estos acontecimientos, buena noticia de vida y de salvación: “Qué hermosos son sobre las montañas los pasos del que trae la buena noticia, del que proclama la paz, del que anuncia la felicidad, del que proclama la salvación y dice a Sión: ¡tu Dios reina!”.[5]

¿Cómo devolver la ilusión de vivir en tierra propia a migrantes, desplazados, refugiados? ¿Cómo rescatar el encanto existencial para aquellas comunidades tradicionalmente vulneradas por la pecaminosa injusticia de los depredadores de sus derechos y de su hábitat? ¿Cómo anunciar que Dios está totalmente de parte de los últimos del mundo? ¿Cómo entender y asumir que la vida nuestra sigue teniendo total sentido a pesar de las fuertes contradicciones vividas en estos años de pandemia?[6] ¿Cómo reencantarnos todos para hacer de los escenarios de la historia narraciones de esperanza?

El salmo corresponde a un himno de alabanza dirigido a Yahvé porque ha obrado maravillas y porque ha revelado su justicia a las naciones: “Canten al Señor un canto nuevo, porque hizo maravillas: su mano derecha y su santo brazo le obtuvieron la victoria. El Señor manifestó su victoria, reveló su justicia a los ojos de las naciones; se acordó de su amor y de su fidelidad a favor del pueblo de Israel”.[7]

En esa lógica entendemos la feliz noticia de Navidad, la de Dios que se significa con eficacia en lo humano, en su historia, en las experiencias concretas de la vida. Dicho con palabras de mayor calado teológico: la humanidad es la sacramentalidad de Dios. Por eso, el divino Jesús es al mismo tiempo el humano Jesús, elemento esencial de nuestra fe que también nos permite dar un nuevo significado a nuestra condición humana. Gracias a Él tenemos vocación de divinidad y de eternidad.[8]

Cuando –siguiendo la definición cristológica del concilio de Calcedonia en el año 451– profesamos que Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre, estamos afirmando que el Padre Dios decidió que su Palabra-Verbo se hiciese historia y humanidad para que estas trascendieran hacia Él y hacia el prójimo, haciéndose plenas y definitivas. Lo divino se significa con eficacia en lo humano, y esto se diviniza, es el gran giro teologal y antropológico que se consuma en Jesús, el Cristo.[9]

Así entendemos la densidad teológica de lo que dice la carta a los Hebreos: “Después de haber hablado antiguamente a nuestros padres por medio de los profetas, en muchas ocasiones y de diversas maneras, ahora, en este tiempo final, Dios nos habló por medio de su Hijo, a quien constituyó heredero de todas las cosas y por quien hizo el mundo”.[10]

El Dios cristiano no transita por abstracciones, es humano, demasiado humano, se encarna, se implica, asume, se compromete, se hace todo con todos, sana, perdona, libera, reconfigura, rescata lo perdido por la muerte y el pecado, sintoniza con todos los que esperan, responde a sus demandas, no es indiferente a soledades y abandonos, es un Dios contagioso de vida y de dignidad. Este es a quien celebramos en Navidad, este es Aquel en quien descubrimos la plenitud de nuestra condición humana.[11]

Dios con nosotros, para nosotros, por nosotros, desde nosotros. La divinidad sucede plenamente en la humanidad: “Y la palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad”.[12]

Este himno del capítulo 1 de Juan posee una dinámica descendente. Esa palabra preexistente, junto a Dios y antes de todos los tiempos, puso su morada entre nosotros, se hace carne e historia, demostrando que lo prioritario en sus intenciones es hacer nuevo al ser humano, redimirlo de todo límite y precariedad, depositando en cada uno la señal de su divinidad. Dios se hace hombre, asume nuestra limitación y temporalidad, para hacer infinito e ilimitado al hombre.[13]

Esto tiene claras consecuencias para nuestra manera de vivir. Estamos llamados a encarnarnos en las realidades en las que vivimos, mirar hacia abajo, estar con los que son vistos por la “sociedad” como poca cosa, reconocer que en ellos la revelación acontece con primerísima elocuencia. La novedad de la encarnación es abandonar la seguridad del Padre para tomar como propia la inseguridad de la condición humana pobre.[14]

“Del débil auxilio, del doliente amparo, consuelo del triste, luz del desterrado. Vida de mi vida, mi dueño adorado, mi constante amigo, mi divino hermano”,[15] se dice con ingenua belleza en la tradicional novena navideña, sencilla expresión y de certeza que hace patente la plenitud que Dios nos comunica en su palabra hecha historia y condición humana.

Navidad es fiesta de humanización plena, celebra lo más propio de nuestra condición: el amor, la búsqueda afanosa del sentido de la vida, las felicidades y las plenitudes, los seres humanos concretos con quienes hacemos nuestros territorios de afectos y comunión, la pasión por la justicia y por la dignidad, la gran faena de ser libres, la denuncia profética de las esclavitudes, la erradicación del pecado que frustra nuestra realización. Esta narrativa liberadora sucede definitivamente en la adorable persona de Jesús, Palabra plena de Dios: “Y la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros”.[16]

Con estas consideraciones vivamos esta Navidad de 2021 entrando reverentes en el espacio sagrado del misterio del Dios humanado. ¡Bendiciones para todos!

 

[1] AUTORES VARIOS. Historia de las religiones antiguas, Oriente, Grecia y Roma. Taurus. Madrid, 1964. FRAZER, J.G. La rama dorada: magia y religión. Fondo de Cultura Económica FCE. México D.F., 1976. MARTORELL, Alfredo. El origen pagano de la Navidad. Biblioteca virtual Omegalfa. Madrid, 2020.    GONZÁLEZ ALVAREZ, Eduardo. El debate sobre la celebración de Navidad. En https://www.summitenespanol.com/wp-content/uploads/2015/12/El-debate-sobre-Navidad.pdf McCULLOCH, Diarmaid. Historia de la Cristiandad. Debate. Barcelona, 2011. RICHARD, Pablo. Orígenes del cristianismo: memoria para una reforma de la Iglesia. En Revista Espiga Año XI número 23, páginas 53-77. San José de Costa Rica, 2012. HOORNAERT, Eduardo. La memoria del pueblo cristiano: una historia de la Iglesia en los tres primeros siglos. Paulinas. Madrid, 1986.

[2] PIKAZA, Xabier.  Cautividades de ayer y esclavitudes de hoy: caminos de liberación. Publicado en Revista de Espiritualidad  número 51, páginas 473-502. Salamanca, 1992; Anunciar la libertad a los cautivos: Palabra de Dios y catequesis. Sígueme. Salamanca, 1985.

[3] NAVARRO, Rosana.  De lo humano vulnerado a lo humano resignificado, desde la experiencia espiritual de Etty Hillesum. Publicado en Revista Cuestiones Teológicas volumen 42 número 97, páginas 2005-228. Facultad de Teología,  Universidad Pontificia Bolivariana. Medellín, 2015.

[4] BOFF, Leonardo.  Encarnación: la humanidad y la jovialidad de nuestro Dios. Sal Terrae. Santander, 1995.

[5] Isaías 52: 7

[6] PAPA FRANCISCO. . Soñemos juntos: conversaciones con Austen Ivereigh. Plaza & Janés. Barcelona, 2020. Este libro contiene los pensamientos, inquietudes y propuestas  del papa sobre la crisis del covid-19 y el mundo que emergerá de ella.

[7] Salmo 98 (97): 1-2

[8] GONZÁLEZ DE CARDEDAL, Olegario.   Cristología. Biblioteca de Autores Cristianos BAC. Madrid, 2001. SOBRINO, Jon.  Jesucristo liberador: Lectura histórico-teológica de Jesús de Nazareth. Trotta. Madrid, 1993.  JUAN PABLO II.  Carta Encíclica Redemptor Hominis El redentor del hombre (es la primera encíclica de su ministerio pontificio). Tipografía Vaticana. Roma, 1979. MARTÍN DESCALZO, José Luis. Vida y misterio de Jesús de Nazareth. Sígueme. Salamanca, 1995.

[9] KASPER, Walter.  Jesús, el Cristo. Sígueme. Salamanca, 1979. SCHYLLEEBECKX, Edward.  Jesús, la  historia de un viviente. Trotta. Madrid, 2010.

[10] Hebreos 1: 1-2

[11] CROSSAN, John Dominic & BORG, Marcus. La primera Navidad: lo que los evangelios enseñan acerca del nacimiento de Jesús. Verbo Divino. Estella, 2014.

[12] Juan 1: 14.

[13] SARASA GALLEGO, Luis Guillermo. El prólogo de Juan: un principio y fundamento. En Revista Cuestiones Teológicas volumen 39 número 91, páginas 99-117. Universidad Pontificia Boliviariana, Facultad de Teología. Medellín, enero-junio 2012.

[14] SOBRINO, Jon.   Fuera de los pobres no hay salvación. UCA editores. San Salvador, 2009. BOFF, Leonardo. Teología desde el lugar del pobre. Sal Terrae. Santander, 1986.

[15] Novena tradicional de Navidad.

[16] Juan 1: 14.