Abril 10: “Por eso Dios lo exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble”

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Por: Antonio José Sarmiento Nova, SJ

Lecturas:

  1. Isaías 50: 4-7
  2. Salmo 21
  3. Filipenses 2: 6-11
  4. Lucas 22: 14 a 23: 56

Los seres humanos experimentamos siempre la contradicción entre la vocación a la felicidad, a la realización plena de aquellas cosas que nos dan satisfacción y plenitud,[1] y la vivencia de una inevitable precariedad, manifestada en el sufrimiento, el sentimiento trágico de la vida, el vacío que nos causan los fracasos afectivos, la frustración de proyectos en los que estamos empeñados[2] y “esta señora muerte que se va llevando todo lo bueno que en nosotros topa”.[3] La tendencia filosófica conocida como existencialismo se fijó especialmente en esta condición de contingencia, marcada por el vacío y el pesimismo que surge en la segunda guerra mundial, sociedades con honda experiencia de derrota y destrucción, acompañadas de un notable pesimismo frente a las posibilidades de felicidad y de sentido. En Colombia sabemos mucho de todo esto, pero también de resiliencia y de digna superación de la cultura de la muerte.

Si revisamos atentamente nuestros relatos biográficos podremos verificar la tensión entre esta legítima pasión por la felicidad y la vivencia contradictoria del mal y del sufrimiento. Un día exaltamos a una persona y nos enamoramos intensamente de ella, y otro día, sentimos una gran decepción ante la misma; trabajamos con ahínco por mantener una buena salud pero la enfermedad nos acecha, lo hemos vivido particularmente en estos años de pandemia; nos encanta un determinado líder político, lo elegimos con la idea de que será definitivo para salvar nuestro país de la debacle y, una vez en su cargo de gobierno, padecemos sus desaciertos e incompetencias para dirigirnos. Las grandes utopías del siglo XX, fundamentadas en esa mentalidad del mundo feliz, la sociedad sin clases del paraíso comunista, el capitalismo con su propósito de lucro, han demostrado las hondas fisuras que contienen en sí mismas y su incapacidad para satisfacer esta búsqueda de la felicidad.[4] Así mismo, es imperativo recordar que la arrogancia humana se pone de espaldas a Dios y pretende construir un mundo sin Él y sin el prójimo, arrasando con toda moralidad, profanando el santuario de la vida, absolutizando el ego, desafiando la justicia, desacralizando la existencia, rindiendo culto a ídolos insostenibles, permitiendo que predominen el egoísmo y la ausencia de la referencia trascendente. Es el mal moral con sus penosas consecuencias.

Estas reflexiones no están orientadas al escepticismo acerca de nuestras posibilidades de felicidad, sino a constatar que esa pregunta constante por el sentido de la vida es la permanente aventura existencial en la que estamos abiertos a descubrir que nosotros, seres humanos, no nos salvamos a nosotros mismos, que la plenitud anhelada no la logramos por nuestro simple esfuerzo, que hay una realidad “totalmente otra” que nos invita a trascender a ese Otro definitivo, en el que se consuma plenamente esta tarea inagotable de configurar nuestra felicidad. Dicho en términos más comprensibles, la humanidad es necesitada de salvación.[5]

El pueblo de Israel es prototipo de esta tarea. Después de notables logros y momentos de realización, experimentaron multitud de crisis y fracasos, rompieron su vínculo fundante con el Dios que se había comprometido con ellos, hicieron de su religión una fría colección de rituales y preceptos sin misericordia ni justicia, absolutizaron los ídolos del poder, se envanecieron con sus triunfos, se alejaron de sus prójimos sedientos de dignidad. Así, sobrevinieron el fracaso y las sucesivas dominaciones de potencias extranjeras. En esa cruda experiencia empezaron a buscar respuestas y poco a poco fueron configurando su expectativa de un Mesías, un enviado de Dios para salvarlos y hacerlos libres nuevamente. Se tejieron toda suerte de tradiciones en torno a esta esperanza: salvador político, rey poderoso, reformador religioso, vencedor de sus enemigos.[6]

El tema central de las lecturas del Domingo de Ramos es la relación necesidad de salvación-mesianismo. La palabra Mesías, de origen hebreo, significa ungido, que en griego se dice Xristós. En la tradición del Antiguo Testamento, ungir a alguien equivalía a confiarle una misión en nombre de Dios, para beneficio de todo el pueblo creyente, una misión de libertad y de salvación. Las dos palabras –Mesías y Xristós– aluden a aquel personaje que Israel aguardaba, líder que instauraría definitivamente el derecho y la justicia, el nuevo orden de vida donde quedarían superadas las condiciones de ignominia que afligían a ese pueblo. Cuando en la profesión de nuestra fe decimos Jesucristo estamos afirmando que en el hombre histórico llamado Jesús de Nazareth acontece de modo definitivo la salvación que Dios ofrece al ser humano,[7] Jesús el Cristo.

Nos encontramos aquí con un liberador de entraña netamente teologal, cuyo perfil encontramos en la primera lectura de hoy: “El mismo Señor me ha dado una lengua de discípulo, para que yo sepa reconfortar al fatigado con una palabra de aliento. Cada mañana, él despierta mi oído para que yo escuche como un discípulo. El Señor abrió mi oído y yo no me resistí ni me volví atrás”.[8] La misión profética es problemática y problematizadora, su palabra no tiene compromisos con los poderes establecidos, en su quehacer residen la libertad de Dios, el anuncio de la dignidad, de la vida plena y la denuncia de lo que es incompatible con el proyecto original del amor de Dios.

Tradicionalmente, en la predicación cristiana, se ha hecho un énfasis desmedido en el sufrimiento de Jesús, en el dramatismo de su crucifixión. La imaginería religiosa es especialista en Cristos sangrantes y flagelados[9] que incitan a la gente a una piedad angustiosa y angustiante, como proyectando en esa iconografía su propia tragedia, casi sin esperanza de redención.

Los modelos doctrinales de la teología tradicional presentan la muerte de Jesús como la de una víctima querida por Dios, un padre cruel que se complace en el sufrimiento de su hijo, él se ofrece para rescatar al ser humano de la pecaminosidad con la que se ha ofendido la dignidad de ese Dios. Como consecuencia, el ser humano quedó privado del beneficio de la relación con Dios, sin capacidad por sí mismo para superar esta situación. San Anselmo de Canterbury[10] es el padre de esta interpretación, que se llama de la satisfacción penal sustitutoria, que quiere decir: Jesús muere en sustitución de la humanidad pecadora culpable, para satisfacer con su pasión y muerte la dignidad ofendida de Dios, restableciendo así las relaciones de Él con la humanidad. Jesús, muriendo en cruz, paga un rescate para redimir al género humano del pecado y de sus consecuencias.

Explicar esto puede parecer complicado y abstracto, pero conviene hacerlo para ayudar a revisar nuestra espiritualidad y, en general, nuestra práctica cristiana y, muy especialmente, la dimensión esperanzadora y transformadora de la misma. Que sea esta Semana Santa de 2022 tiempo para un magnífico ejercicio de confrontación, en el que no se sacrifica lo esencial de la fe, sino que se recupera la originalidad liberadora de todo el ser y quehacer de Jesús, que encuentra en la pasión el punto culminante de su misión.[11]

No son pocos los que se apartan del cristianismo porque esta figura de un Dios sádico que victimiza a su hijo es inaceptable para una mentalidad sensibilizada con la dignidad humana, con la protección de la vida, con el carácter liberador del amor. La misma fórmula jurídica de esa satisfacción sustitutoria resulta inviable desde los mínimos éticos de nuestra época.[12]

Lo que Dios ha querido realizar en Jesús es una narrativa fundante de amor, de misericordia, de solidaridad liberadora con toda la humanidad, para inspirar un modelo de vida referido al Padre y al ser humano, particularmente al que es afectado en su dignidad, no quedando esto solamente en una reivindicación sociológica sino en una afirmación de la trascendencia de Dios hacia la humanidad y de esta hacia Él. El Dios que opera en la cruz de Jesucristo es un Dios que salva desde la debilidad, desde la extrema humillación, en este sentido hablamos no de un Dios topoderoso, sino de un Dios “todo-debilidoso”. El Señor Crucificado es la crítica más potente a todos los poderes de la historia, incluido el triunfalismo del poder religioso.

El texto de la pasión que se proclama este año el Domingo de Ramos es el de Lucas, conocido como el evangelista de la misericordia, del amor infinito e incondicional de Dios manifestado en Jesucristo.[13] Ninguno de los evangelistas como él ha percibido la sensibilidad del amor del Padre, que se deja sentir de manera especial entre los pobres y humillados del mundo. A lo largo del relato lucano captamos las diversas escenas de exquisita cercanía de Jesús con débiles, viudas, huérfanos, mujeres, cobradores de impuestos, pecadores. Nos deja ver la relación de intimidad con su Padre misericordioso: “Padre, si quieres aleja de mí este cáliz. Pero que no se haga mi voluntad sino la tuya”[14], o cuando su Padre le da valor en medio del sufrimiento: “Entonces se le apareció un ángel del cielo que lo reconfortaba”[15]. Jesús es, por excelencia, el servidor de la misericordia.

La cruz aparece en este relato de la pasión como un verdadero sacramento del amor de Dios: la revelación de la misericordia en medio del sufrimiento, la dimensión de esperanza en la que se vislumbra la superación del absurdo por el mismo Dios que se hace plenamente solidario con quien sufre. Lucas no hace mucho énfasis en los aspectos dramáticos, en su narración no se detiene a referir detalles dolorosos, porque nos quiere hacer descubrir el amor del Padre hacia Jesús y hacia todos los seres humanos. Es una cruz de solidaridad amorosa y salvífica, no de complacencia en el dolor.

No presenta a Jesús abandonado en el Calvario sino rodeado de amigos y conocidos: “Todos sus amigos y las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea permanecían a distancia, contemplando lo sucedido”[16] y reemplaza el grito trágico que pone Mateo en boca de Jesús[17] con la invocación de ilimitada confianza propia del salmo 30: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”,[18] conmovedora serenidad en el momento supremo de su vida.

Estamos ante Jesús de Nazareth, el Xristós, el gran inconforme con todos los poderes que oprimen al ser humano, el profeta contracultural, el que no se sometió ni a la autoridad religiosa de Israel ni a los dictados del imperio romano. Desde la cruz, obedece al Dios de la vida y de la libertad, no como la víctima de un padre cruel sino como el Hijo de un Dios enamorado de los que no tienen a nadie que les quiera y les respete.

El judío marginal que fue crucificado es el mismo Señor Resucitado. Su mesianismo es en misericordia, abajándose, haciéndose mínimo y humillado, legítimo y absoluto amor, el único que es digno de fe[19]: “El, que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente. Al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de esclavo y haciéndose semejante a los hombres. Y presentándose con aspecto humano, se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz. Por eso, Dios lo exaltó y le dio el Nombre que está sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra, en los abismos, y toda lengua proclame para gloria de Dios Padre: Jesucristo es el Señor”.[20]

 

[1] MARGOT, Jean Paul. La felicidad. Publicado en revista Praxis Filosófica, número 25, julio-diciembre 2007, páginas 55-79. Universidad del Valle. Cali, 2007. ARGYLE, M. La psicología de la felicidad. Alianza Editorial. Madrid, 1992. BOSCH, Magdalena. La felicidad en Aristóteles: fin, contemplación y deseo. En https://www.proyectoscio.ucv.es/wp-content/uploads/2019/09/AIF.-2-MAGDALENA-BASCH.pdf CASTILLO, José María. Dios y nuestra felicidad. Desclée de Brower. Bilbao, 2001.

[2] FRANKL, Viktor. Ante el vacío existencial. Herder. Barcelona, 1979. SARTRE, Jean Paul. El ser y la nada. Losada. Buenos Aires, 1976.

[3] Primera estrofa del poema “Señora Muerte” (1919), del poeta León de Greiff (1895-1976). SPRINGHART, Heike. El hombre vulnerable. Sígueme. Salamanca, 2020. PAZ, Octavio. El laberinto de la soledad. Fondo de Cultura Económica. México D.F., 1967. MARTÍN MORILLA, José Manuel & MUÑOZ, Francisco A. Complejidad, fragilidad y conciencia agónica. En https://www.ugr.es/-fmunoz/documentos/COMPLEJIDADfragilidadef2.pdf  CARDONA SUÁREZ, Luis Fernando (Editor). Filosofía y dolor: hacia la autocomprensión de lo humano. Pontificia Universidad Javeriana, Facultad de Filosofía. Bogotá, 2014.

[4] GIDDENS, Anthony. Un mundo desbocado: los efectos de la globalización en nuestras vidas. Taurus. Madrid, 2000. GIRALDO PATIÑO, Paula Andrea. El vacío existencial y la pérdida de sentido de vida en el sujeto posmoderno: retos para el cristianismo del siglo XXI. Publicado en revista Cuestiones Teológicas volumen 41 número 96, julio-diciembre 2014, páginas 425-444. Universidad Pontificia Bolivariana, Facultad de Teología. Medellín. MARCUSE, Herbert. El hombre unidimensional. Austral. Madrid, 1977; El final de la utopía. Ariel. Barcelona, 1978. HOBSBAWM, Eric. Adiós a todo aquello. En https://www.scielo.org.co/pdf/hiso/n23/n23a16.pdf HARVEY, David. Diecisiete contradicciones y el fin del capitalismo. Traficantes de Sueños-Instituto de Altos Estudios Nacionales del Ecuador. Madrid, 2014. HUXLEY, Aldous. Un mundo feliz. Cátedra. Barcelona, 2013.

[5] STEIN, Edith. Ser finito y ser eterno. Fondo de Cultura Económica. México D.F., 1996. NAVARRO, Rosana Elena. De lo humano vulnerado a lo humano resignificado, desde la experiencia espiritual de Etty Hillesum. En revista Cuestiones Teológicas volumen 42 número 97, ener-junio2015, páginas 205-228. Universidad Pontificia Bolivariana-Facultad de Teología. Medellín, 2015.

[6] SICRE, José Luis. El desarrollo de la esperanza mesiánica en Israel. En revista Cuestiones Teológicas volumen 34 número 82, junio-diciembre 2007, páginas 249-256. Universidad Pontificia Bolivariana-Facultad de Teología. Medellín, 2007. BRIGHT, John. La historia de Israel. Desclée de Brower. Bilbao, 1970. SCHIPPER, Bernd U. Breve historia del antiguo Israel. Sígueme. Salamanca, 2021. LILLO BOTELLA, Carles. El mesianismo judío: una respuesta política a la dominación romana. En https://www.ub.edu/grat/wp-content/uploads/2017/02/grat193.pdf

[7] KASPER, Walter. Jesús, el Cristo. Sígueme. Salamanca, 1994. SOBRINO, Jon. Jesucristo Liberador: lectura histórico-crítica de Jesús de Nazareth. Trotta. Madrid, 1993. SCHYLLEEBECKX, Edward. Jesús, la historia de un viviente. Cristiandad. Madrid, 1994. METZ, Johann Baptist. Memoria passionis: una evocación provocadora en una sociedad pluralista. Sal Terrae. Santander, 2007. RATZINGER, Joseph (Benedicto XVI). Jesús de Nazareth. Ediciones Encuentro. Madrid, 2018.

[8] Isaías 50: 4-5

[9] La película de Mel Gibson “La pasión de Cristo” (2004) es excesiva en la presentación de un Jesús sangriento y escarnecido en extremo. Un recorrido a las devociones cristológicas de la religiosidad popular también nos presenta una desmedida identificación del pueblo creyente con el Cristo lacerado y dramático. ¿Será acaso la proyección de una fe sin esperanza?

[10] 1033-1109. Fue un monje benedictino de la edad media, nacido en Aosta (Italia), notable teólogo, uno de los más destacados de ese período, que luego fue a Inglaterra, designado por el papa como Arzobispo de Canterbury, donde falleció.

[11] ALONSO LASHERAS-RIVERO, Alfonso. El sufrimiento como lugar para una reflexión teológico-moral: una propuesta pastoral desde un Dios “tododebilidoso”. Tesis de grado para optar al título de Licenciado en Teología Moral. Universidad Pontificia de Comillas. Madrid, 2016. GOMES, P.R. O Deus im-potente: o sofrimento e o mal em comfronto con a Cruz. Loyola. Sao Paulo, 2007. GONZÄLEZ BUELTA, Benjamín. La humildad de Dios. Sal Terrae. Santander, 2012. KITAMORI, K. Teología del dolor de Dios. Sígueme. Salamanca, 1975. MOLTMANN, Jürgen. El Dios crucificado: la cruz de Cristo como base y crítica de la teología cristiana. Sígueme. Salamanca, 2010.

[12] VARONE, Francoise. El Dios sádico: ¿ama Dios el sufrimiento? Sal Terrae. Santander, 1999. BARRIOCANAL, José Luis. La imagen de un Dios violento. Monter Carmelo. Burgos, 2010. TORRES QUEIRUGA, Andrés. Del terror de Isaac al Abbá de Jesús: hacia una nueva imagen de Dios. Verbo Divino. Estella, 1999.

[13] Autores varios. El evangelio de Lucas, relato de la misericordia. En Reseña Bíblica número 90, verano 2016. Verbo Divino. Estella, 2016. FRAILE YÉCORA, Pedro. Entrañas de misericordia: Jesús, ternura de Dios. PPC. Madrid, 2017. FOUREZ, Gerard. Una buena noticia liberadora: evangelio para un mundo en crisis. Sal Terrae. Santander, 1987.

[14] Lucas 22: 42

[15] Lucas 22: 43

[16] Lucas 23: 49

[17] “Dios  mío, Dios mío, por qué me has abandonado? Mateo 27: 46

[18] Lucas 23: 46

[19] VON BALTHASAR, Hans Urs. Sólo el amor es digno de fe. Sígueme. Salamanca, 1999. BOFF, Leonardo. Pasión de Cristo, pasión del mundo. Indo American Press Service. Bogotá, 1978. BRAVO GALLARDO, Carlos. Jesús, hombre en conflicto: el relato de Marcos en América Latina. Sal Terrae. Santander, 1986. ELIZONDO, Virgilio (Editor). Vía Crucis: la pasión de Cristo en América. Verbo Divino. Estella, 1993.

[20] Filipenses 2: 6-11