Abril 24: “Cada vez era mayor el número de creyentes que se adherían al Señor, una multitud de hombres y mujeres”

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Por: Antonio José Sarmiento Nova, SJ

Lecturas:

  1. Hechos 5: 12-16
  2. Salmo 117
  3. Apocalipsis 1: 9-19
  4. Juan 20: 19-31

La más elocuente evidencia de la resurrección de Jesús es la transformación operada en sus discípulos: frágiles, temerosos, inseguros, ahora se tornan en personas entusiasmadas, su existencia se resignifica con el acontecimiento pascual, se disponen para comunicar la Buena Noticia, haciendo de ella el centro de sus vidas, contagian esa alegría a muchos dando origen a las primeras comunidades cristianas, son capaces de afrontar las contradicciones y graves dificultades con las autoridades de la religión judía y con las del Imperio Romano, en ellos se percibe una nueva humanidad. Es Jesús, el Viviente, la raíz de esa novedosa manera de ser y de proceder.[1]

Sea esta alusión una referencia determinante para quienes hoy nos interesamos en seguir el camino de Jesús, siempre insertos en los diferentes contextos de esta realidad humana: “El gozo y la esperanza, la tristeza y la angustia de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de todos los afligidos, son también gozo y esperanza, tristeza y angustia de los discípulos de Cristo y no hay nada verdaderamente humano que no tenga resonancia en su corazón”.[2] Seguimos a Jesús tomando como propia su lógica de encarnación en todo en lo que estamos implicados los seres humanos, lo que nos da sentido, felicidad y esperanza, también lo que nos aflige, maltrata y disminuye nuestra humanidad. Este seguimiento demanda de nuestra parte ser hombres y mujeres de esperanza, con la misma vitalidad pascual que transformó de raíz a los primeros discípulos.[3]

Lo que los textos del Nuevo Testamento quieren expresar con la palabra resurrección es la clave de todo el mensaje cristiano. Ya afirmamos en el comentario de la semana anterior que este hecho es mucho más que la reanimación de un cadáver. Sin esa Vida que trasciende la vida, nada de lo que se propone en el Evangelio tendría sentido. Lo que estos escritos quieren transmitir es el testimonio de que Él vive, que eso incide decisivamente en sus vidas, hasta el punto de resultar todos ellos radicalmente renovados[4] en su ser y en su quehacer. Son asumidos pascualmente por el Resucitado: “Al ver esto, caí a sus pies, como muerto, pero Él, tocándome con su mano derecha, me dijo: No temas, yo soy el Primero y el Ultimo, el Viviente. Estuve muerto, pero ahora vivo para siempre y tengo la llave de la Muerte y el Abismo”.[5]

Así, podemos decir que “la cosa empezó en Galilea”[6], el origen del cristianismo no parte de una nueva normativa religiosa sino de una vivencia carismática. Es una profecía de Dios, mediada en Jesús de Nazaret, sucedida en la historia real de un pueblo concreto, humillado y ofendido por la pobreza, por la dominación romana y por el maltrato sistemático procedente de sus líderes religiosos. En esa marginalidad acontece la Pascua y son esos pescadores galileos el punto de partida del hecho cristiano en la historia de la humanidad.[7]

Jesús les participa –y nos participa– de su nueva condición. En nombre de Él realizan señales de vida nueva, es Dios mismo el que se comunica a través de Jesús a estos hombres y mujeres, ellos son constituídos en portadores y transmisores de la vitalidad pascual: “Aumentaba cada vez más el número de los que creían en el Señor, tanto hombres como mujeres. Y hasta sacaban los enfermos a las calles, poniéndolos en catres y camillas, para que cuando Pedro pasara, por lo menos su sombra cubriera a uno de ellos. La multitud acudía también de las ciudades vecinas a Jerusalén, trayendo enfermos o poseídos por espíritus impuros, y todos quedaban curados”.[8]

Se transforma en gozo el miedo de los discípulos: “Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: ¡La paz esté con Ustedes! Mientras decía esto les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor”.[9]

Los relatos de apariciones que traen los cuatro evangelistas son la base de esta credibilidad.[10] No los leamos con precipitación, dediquémonos a ellos con actitud orante, procurando que lo mismo que sucedió a aquellos testigos primeros de la fe acontezca en nosotros.

En ellos descubrimos estos cinco elementos:

  1. Jesús se hace presente en situaciones de la vida real. Su nueva manera de presencia no tiene nada que ver con el templo ni con sus ritos religiosos: “…llegó Jesús y, poniéndose en medio de ellos, les dijo: la paz esté con Ustedes”.[11] El movimiento cristiano no empezó su andadura histórica como una nueva religión, sino como una forma de vida inspirada en el Reino de Dios y su justicia,[12] elemento central del mensaje de Jesús. A los primeros cristianos se les persiguió por ateos, porque depositaban la garantía de su vida en  ese Jesús de Nazaret considerado blasfemo y  hereje  por quienes lo condenaron. En esa realidad problemática  entra pascualmente el Señor Jesús para dar vida y  plenitud de sentido.
  2. Jesús sale al encuentro inesperadamente, es Él quien toma siempre la iniciativa, la presencia que experimentan no es una fantasía colectiva; quedan muy sorprendidos cuando empiezan a tener la experiencia de su nueva cualidad de vida,[13] porque fue tal su abatimiento que no estaba dentro de sus perspectivas el paso de la muerte a la vida. Este hecho es total gratuidad, los maravilla: “Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: ¡la paz esté con Ustedes!”.[14]
  3. El saludo que les da Jesús significa su cercanía y amistad con ellos, su interés por cada uno de los discípulos. No es un suceso de espectacularidad individual en el que el único beneficiado es Jesús porque todo lo suyo es vida para todos, como el ser de Dios que es el más pleno ejercicio de alteridad: “No ruego solamente por ellos, sino también por los que, gracias a su palabra, creerán en mí. Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno –yo en ellos y tú en mí– para que sean perfectamente uno y el mundo conozca que tú me has enviado, y que los has amado a ellos como me amaste a mi”.[15]
  4. Hay un reconocimiento que en ellos se da en medio de vacilaciones. En el relato que trae Juan este domingo esa incredulidad se pone de manifiesto en una figura concreta, Tomás. No quiere decir que este discípulo era más incrédulo que los demás, o el único, sino que se insiste en la reticencia de uno para que quede claro lo difícil que fue, para todos, aceptar la nueva realidad. Recordemos todas las contrariedades que en vida causaron a Jesús, los imaginarios que tenían con respecto a un triunfo político-religioso y las posibilidades de poder y prestigio que esto contendría para ellos, también sus rechazos a las consecuencias de cruz a las que Jesús aludía delante de ellos. Les costó salir de tales ambigüedades, Tomás es el prototipo de las mismas: “Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le dijeron: ¡Hemos visto al Señor! Él les respondió: si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no creeré”.[16]
  5. Reciben una misión, que no es ocurrencia de ellos sino mandato de Jesús. En efecto, el anuncio misionero de la Buena Noticia fue práctica constante en la primera comunidad. Aquella Iglesia Apostólica no poseía este tipo de seguridades que hemos adquirido con el paso de los siglos, su garantía fue el mismo Señor Resucitado, la experiencia que tuvieron de Él fue de tal intensidad que no pusieron reparos para lanzarse a divulgarla y a fundar comunidades inspiradas en el proyecto de vida de Jesús. La Iglesia nace de una vivencia carismático-profética,[17] es de su esencia permanecer siempre en estado de misión, entendida esta como la comunicación de una experiencia que las tiene todas consigo para garantizar el sentido de vida de quienes se quieran acoger a ella: Jesucristo Resucitado.

 

[1] AGUIRRE MONASTERIO, Rafael. La memoria de Jesús y los cristianismos de los orígenes. Verbo Divino. Estella, 2015; Así empezó el cristianismo. Verbo Divino. Estella, 2010. THEISSEN, Gerd. La religión de los primeros cristianos. Sígueme. Salamanca, 2002. MÜLLER, Ulrich B. El origen de la fe en la resurrección de Jesús. Verbo Divino. Estella, 2003. CROSSAN, John Dominic. El nacimiento del cristianismo: qué sucedió en los años posteriores a la ejecución de Jesús. Sal Terrae. Santander, 2002. SCHYLLEEBECKX, Edward. Jesús, la historia de un viviente. Cristiandad. Madrid, 1993. KÜNG, Hans. Lo que yo creo. Trotta. Madrid, 2011.

[2] CONCILIO VATICANO II. Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el mundo moderno Gaudium et Spes, número 1. Edición de la Biblioteca de Autores Cristianos BAC, página 229. Madrid, 1996.

[3] CASTILLO, José María. El seguimiento de Jesús. Sígueme. Salamanca, 2005. HENGEL, Martin. Seguimiento y carisma. Sal Terrae. Santander, 1981. SOBRINO, Jon. Cristología desde América Latina: esbozo a partir del seguimiento del Jesús histórico. Centro de Reflexión Teológica CRT. México D.F., 1977; entrada Seguimiento de Jesús en FLORISTÁN, Casiano & TAMAYO-ACOSTA, Juan José. Conceptos fundamentales del cristianismo, páginas 1289-1296. Trotta. Madrid, 1993. CODINA, Víctor. Seguir a Jesús hoy. Sígueme. Salamanca, 1988. LOIS, Julio. Para una espiritualidad del seguimiento de Jesús. En Revista Diakonía número 39, páginas 260-276. Universidad Centroamericana UCA. Managua, 1986. MARTINI, Carlo María. El seguimiento de Cristo. Sal Terrae. Santander, 1990.

[4] OSPINA ARIAS, Diego Fernando. El seguimiento transformante de Cristo Jesús, categoría fundante para la teología moral fundamental. Tesis para obtener el título de doctor en teología. Pontificia Universidad Javeriana-Facultad de Teología. Bogotá, 2014. GUILLET, Jacques. El Jesús de los discípulos. Mensajero. Bilbao, 1998. PAGOLA, José Antonio. Cristo Resucitado es nuestra esperanza. PPC. Buenos Aires, 2017.

[5] Apocalipsis 9: 17-18

[6] EVELY, Louis. La cosa empezó en Galilea: meditaciones sobre el evangelio según el año litúrgico,  Sígueme.  Salamanca 1975.

[7] RICHARD, Pablo. El movimiento de Jesús antes de la Iglesia: una interpretación liberadora de los Hechos de los Apóstoles.  Sal Terrae. Santander, 1998. THEISSEN, Gerd. Sociología del movimiento de Jesús: el nacimiento del cristianismo primitivo. Sal Terrae. Santander, 1979. PIÑERO, Antonio (Editor). Orígenes del cristianismo: antecedentes y primeros pasos. El Almendro. Córdoba, 1991. HOORNAERT, Eduardo. La memoria del pueblo cristiano: una historia de la Iglesia en los tres primeros siglos. Paulinas. Madrid, 1986. HURTADO, Larry W. Destructor de los dioses: el cristianismo en el mundo antiguo. Sígueme. Salamanca, 2017.

[8] Hechos 5: 14-16

[9] Juan 20: 19-20

[10] NORATTO GUTIÉRREZ, José Alfredo. El lenguaje de las manifestaciones del Resucitado y su sentido a partir de los textos fundamentales del Nuevo Testamento. En revista Cuestiones Teológicas volumen 40 número 94 páginas 289-322. Universidad Pontificia Bolivariana, Facultad de Teología. Medellín,  julio-diciembre 2013.

[11] Juan 20: 19

[12] BERNABÉ, Carmen. Entrada Reino de Dios en FLORISTÁN, Casiano & TAMAYO-ACOSTA, Juan José. Conceptos fundamentales del cristianismo, páginas 1122-1137. Trotta. Madrid, 1993. DODD, Charles. Las parábolas del reino. Cristiandad. Madrid, 1974. SOBRINO, Jon. Centralidad del reino de Dios en la teología de la liberación. En ELLACURÍA, Ignacio & SOBRINO, Jon. Mysterium Liberationis: conceptos fundamentales de la teología de la liberación, páginas 467-510. UCA Editores. San Salvador, 2008.

[13] LEON-DUFOUR, Xavier. Resurrección de Jesús y mensaje pascual. Sígueme. Salamanca, 1976.

[14] Juan 20: 20-21

[15] Juan 17: 20-23

[16] Juan 20: 24-25

[17] ESTRADA, Juan Antonio. Para comprender cómo surgió la Iglesia. Verbo Divino. Estella, 1999. AGUIRRE MONASTERIO, Rafael. Del movimiento de Jesús a la Iglesia cristiana. Verbo Divino. Estella, 2015. BLÁZQUEZ, Ricardo. La Iglesia del Concilio Vaticano II. Sígueme. Salamanca, 1988. PHILIPS, Gerard. La Iglesia y su misterio en el Concilio Vaticano II. Herder. Barcelona, 1969. TILLARD, Jean Marie. Iglesia de Iglesias: eclesiología de comunión. Sígueme. Salamanca, 1991. CONGAR, Yves. Un pueblo mesiánico: La Iglesia, sacramento de salvación y liberación. Cristiandad. Madrid, 1975.