Mayo 15: “En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros”

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Por: Antonio José Sarmiento Nova, SJ

Lecturas:

  1. Hechos 14: 19-28
  2. Salmo 144
  3. Apocalipsis 21: 1-5
  4. Juan 13: 31-35

Gran tentación que tenemos los seres humanos con la realidad del amor es dejar que este se vuelva lugar común, retórica de circunstancias, lenguaje bonito que hablamos sin mayores implicaciones de compromiso y responsabilidad real con otros seres humanos, proclamas formales de solidaridad que llenan documentos oficiales de estados e instituciones, anunciadas de modo altisonante para luego no convertirse en asunto de la vida cotidiana y de las opciones reales de los ciudadanos y de la gente de las iglesias y de los grupos religiosos. El papa Francisco, preocupado con la cruda fenomenología de la violencia y del desamor, con la injusticia sistemática de las sociedades contra las personas más frágiles, con el racismo y la intolerancia, con la arrogancia de los grupos política y económicamente más poderosos, con la indiferencia de muchos ante la dura suerte de otros muchos, ha publicado a finales de 2020 su carta encíclica Fratelli tutti sobre la fraternidad y la amistad social: “Las siguientes páginas no pretenden resumir la doctrina sobre el amor fraterno, sino detenerse en su dimensión universal, en su apertura a todos. Entrego esta encíclica social como un humilde aporte a la reflexión para que, frente a diversas y actuales formas de eliminar o de ignorar a otros, seamos capaces de reaccionar con un nuevo sueño de fraternidad y de amistad social que no se quede en las palabras. Si bien la escribo desde mis convicciones cristianas, que me alientan y me nutren, he procurado hacerlo de tal manera  que la reflexión se abra al diálogo con todas las personas de buena voluntad”.[1]

A algunos grupos religiosos, de señalado estilo fundamentalista, les parece que las enseñanzas del papa Francisco son “poco religiosas” y excesivamente sociales, porque llama la atención sobre las causas estructurales de la pobreza y de la marginación, porque denuncia la inhumanidad del modelo económico neoliberal, porque propende por la atención, el cuidado y la inclusión de los grupos de migrantes sin hogar que circulan por el mundo entero. Por esto le llaman “comunista”. Estos prójimos integristas tienen en la mira una religión vertical, miran hacia Dios sin mirar al que sufre, se olvidan de que el hermano vulnerado en su dignidad es el camino privilegiado para el encuentro con el Dios Padre de toda la humanidad, también desconocen que desde el Evangelio hay una palabra potente para aportar al desarrollo de la sociedad y al fomento de los derechos humanos: “Para nosotros, ese manantial de dignidad humana y de fraternidad está en el Evangelio de Jesucristo. De él surge para el pensamiento cristiano y para la acción de la Iglesia el primado que se da a la relación, al encuentro con el misterio sagrado del otro, a la comunión universal con la humanidad entera como vocación de todos”.[2]

En el modo propio de Jesús, el mandamiento del amor es normativo para todo el que decida seguir su camino, no es posible ser cristiano negando el carácter fundante de este mandato. También en otras tradiciones religiosas y humanistas este precepto tiene carácter indispensable. La vida humana tiene sentido y trascendencia si el amor entra en la base de todas nuestras actitudes, decisiones y conductas.[3] Podemos afirmar que la autenticidad de una vida se aprecia en la medida de la efectividad de su amor a los semejantes en los distintos ámbitos de su experiencia y relación.

El Evangelio de este domingo tiene como planteamiento central este asunto, definitivo para quienes tomen en serio el seguimiento de Jesús. Es una exigencia de primer orden para configurar la existencia en el máximo grado posible de autenticidad: “Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros. En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros”.[4]

Estas palabras son tomadas de un discurso de Jesús en el cuarto Evangelio, exactamente después del gesto simbólico del lavatorio de los pies. Esta acción de Jesús tiene el valor de paradigma central en su propuesta. Aquí, la diferencia entre el maestro y los discípulos no queda abolida, es puesta de manifiesto de forma evidente. Sólo reconociendo que el discípulo no es mayor que su señor, ni el enviado más grande que quien lo envía, es posible apreciar la inversión de valores propuesta por Jesús.[5] El es el maestro que asume frente a sus discípulos el papel de siervo y lo constituye como actitud determinante de la existencia cristiana: “Si yo, que soy el Señor y Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes”.[6] El ministerio de la Iglesia es servicio amoroso, nunca encumbramiento de vanagloria y de poder.[7]

Este elemento es esencial en la cristología del Evangelio de Juan. Cuando la comunidad que da origen a este texto está diciendo esto es porque ya lo ha vivido a fondo y porque reconoce en ese rasgo una característica inherente a la identidad de Jesús y al proyecto de vida de quienes desean hacerse sus discípulos. Solo el que hace suya la vida de Dios –como Jesús– será capaz de desplegarla en sus relaciones con los demás. La manifestación de esa vitalidad es el amor efectivo a todos los seres humanos.[8]

Durante siglos hemos insistido demasiado en cuestiones accidentales, en cumplimiento de normas, principalmente prohibiciones, sin preocuparnos de enmarcar estas realidades en el contexto original del amor de Dios mediado en Jesús y comunicado a todos para que lo convirtamos en el centro de nuestros proyectos de vida. Es rasgo distintivo de los cristianos, lo dice claramente Jesús en el texto evangélico que nos ocupa este domingo: “En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos, en el amor que se tengan los unos a los otros”.[9]

El amor que pide Jesús tiene que manifestarse en todos los aspectos de la existencia. La nueva comunidad tendrá como nota distintiva el amor manifestado y vivido. Jesús no funda un club de perfectos cuyos miembros deban ajustarse a unos estatutos, sino una comunidad que experimenta a Dios como Padre. Así, cada discípulo se configura con él, haciéndose hijo y hermano, como él.[10]

“Ahora el Hijo del hombre ha sido glorificado y Dios ha sido glorificado en él. Si Dios ha sido glorificado en él, también lo glorificará en sí mismo, y lo hará muy pronto”.[11] ¿A qué gloria alude? ¿Dónde está esa gloria? Esta se da donde sucede el amor sin reservas, como en el caso de Jesús, que hace de toda su vida una donación de sí mismo, en nombre del Padre y de cada ser humano, y se propone como modelo de la nueva humanidad que surge en el reino de Dios y su justicia.[12]

La credibilidad del cristianismo está mediada en aquellas personas que hacen de su vida una ofrenda constante y creciente de sí mismos para participar a muchos la vitalidad teologal, que es dignidad, libertad, sentido de vida, trascendencia. Queda entonces claro que no se trata de una majestad exaltada por razones de poder, es el Dios crucificado[13] para quien morir por amor a los demás es su mayor gloria, porque es la mayor manifestación posible del amor. La gloria de Jesús no es algo posterior a su muerte, es esa misma muerte por amor. En consecuencia, dar gloria a Dios es vivir en esa misma perspectiva de amorosa donación.

El destacado entusiasmo apostólico de Pablo y Bernabé sólo puede tener explicación en este dinamismo del amor: hacer frente a las persecuciones a las que eran sometidos por las autoridades judías y romanas, fundar nuevas comunidades de creyentes, cuidarlas y conservarlas, pasar las fronteras del exclusivismo judío y hacer de la Buena Noticia de Jesús una realidad universal, dirigida a todos los seres humanos, servir con delicadeza a cada persona, dedicarse con preferencia a los enfermos y empobrecidos, son elocuentes evidencias de su deseo de dar la vida para significar que con Jesús ha llegado un nuevo orden de vida –siempre liberador y salvador– para toda la humanidad: “Al día siguiente, partió con Bernabé rumbo a Derbe. Después de haber evangelizado esta ciudad y haber hecho numerosos discípulos, volvieron a Listra, a Iconio y a Antioquía de Pisidia. Confortaron a sus discípulos y los exhortaron a perseverar en la fe, recordándoles que es necesario pasar muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios”.[14] Tal conducta apostólica es referente para las comunidades cristianas de todos los tiempos de la historia.[15]

La donación del amor no se puede reducir a “los mismos con los mismos”, constituyendo, como se suele decir con ironía, “una sociedad de elogios mutuos”, pecado en el que a menudo incurrimos constituyendo grupos cristianos de autocontemplación, con cierto complejo de superioridad moral y religiosa, señalando con actitud vanidosa a quienes no creen y viven como ellos. No se trata de amar solamente a quienes nos resultan simpáticos porque participan de nuestras convicciones. El amor cristiano es desbordante, no sabe de límites, se orienta a los seres humanos de todas las condiciones, creencias, identidades, contextos, culturas.

El texto de Apocalipsis –segunda lectura– alienta nuestra esperanza con su magnífica visión: “Después vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar ya no existe más… Esta es la morada de Dios entre los hombres: Él habitará con ellos, y ellos serán su pueblo; Dios mismo estará con ellos y será su Dios. Él secará todas sus lágrimas y no habrá más muerte, ni pena, ni queja, ni dolor, porque todo lo de antes pasó”.[16]

Es la gran meta de nuestros esfuerzos por transformar las realidades de muerte y desamor que nos rodean, redimiendo al mundo con la fuerza pascual del Resucitado. Todo el trabajo por la justicia, por la promoción de la dignidad humana, por el perdón y la reconciliación, tiene raigambre pascual y amorosa. El Evangelio es creíble cuando nos dejamos de retóricas piadosas para insertarnos en las realidades dramáticas del ser humano, aprendiendo nosotros también de ellos, de sus maneras de dar vida y de resucitar. Es el mundo nuevo que surge desde Jesús.

 

[1] PAPA FRANCISCO. Carta Encìclica Fratelli Tutti sobre la Fraternidad y la Amistad Social, número 6 . Tipografìa Vaticana. Roma, 2020.

[2] PAPA FRANCISCO. Carta Encìclica Fratelli Tutti sobre la Fraternidad y la Amistad Social, número 277. Tipografìa Vaticana. Roma, 2020. PACE, Enzo. El Papa Francisco frente a la crisis sistémica de la Iglesia una, santa, católica y romana. En https://www.redalyc.org/pdf/3872/387234073011.pdf

[3] FROMM, Erich. El arte de amar: una investigación   sobre la naturaleza del amor. Paidòs. Buenos Aires, 1984. ORTEGA Y GASSET, Josè. Estudios sobre el amor. Edaf. Madrid, 1995. GIANNINI, H. La metafísica eres Tù: una reflexión ética sobre la intersubjetividad. Catalonia. Santiago de Chile, 2008. PLASENCIA LLANOS, Vicente. Ser humano: un proyecto inconcluso. Reflexiones filosófico-teològicas sobre la antropología. Universidad Politècnica Salesiana. Cuenca, 2017. JUNG, Carl. Sobre el amor. Trotta. Madrid, 2005. ORTIZ OSÈS, A. Amor y sentido. Anthropos. Barcelona, 2003. WEIL, Simone. Raìces del existir. Sudamericana. Buenos Aires, 1954. KÛNG, Hans. Proyecto de una ética mundial. Trotta. Madrid, 1990. BAUMAN, Zygmunt. Amor lìquido: acerca de la fragilidad de los vínculos humanos. Fondo de Cultura Econòmica. Mèxico D.F., 2005. DOMINGO MORATALLA, Agustìn. El arte de cuidar. Rialp. Madrid, 2013. VON BALTHASAR, Hans Urs. Sòlo el amor es digno de fe. Sìgueme. Salamanca, 1997.

[4] Juan 13: 34-35. BOEDER, Heribert. El mandamiento supremo: una provocación. En https://www.repositorio.uca.edu.ar/bitstream/123456789/5040/1/mandamiento-supremo-provocacion-boeder.pdf

[5] PAPA BENEDICTO XVI. Homilìa del Jueves Santo, 20 de marzo de 2008. En https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/homilies/2008/documents/hf_ben_xvi_hom_20080320_coena-domini.pdf . PAGOLA, Josè Antonio. Recuperar el proyecto de Jesùs. PPC. Madrid, 2014. CABRA, Pier Giordano. Sin amor no hay nada. Sal Terrae. Santander, 2012.

[6] Juan 13: 14-15

[7] Cardenal JORGE MARIO BERGOGLIO. El verdadero poder es el servicio. Editorial Claretiana. Buenos Aires, 2007. CASTILLO, Josè Marìa Los ministerios de la Iglesia. Verbo Divino. Estella, 2002. SOBRINO, Jon. Lo fundamental de todo ministerio: servir a los pobres y víctimas en un mundo norte-sur. En revista Concilium número 334, páginas 13-26. Verbo Divino. Estella, 2010.

[8] TORRALBA, Francesc. La lógica del don. Khaf. Madrid, 2012. AGUIRRE MONASTERIO. Rafael. La mirada de Jesùs sobre el poder. En  revista Teologìa y Vida volumen 55 nùmero 1. Páginas 83-104. Pontificia Universidad Catòlica de Chile, Facultad de Teologìa. Santiago, 2014. CODINA, Vìctor. Una Iglesia nazarena: teología desde los insignificantes. Sal Terrae. Santander, 2010. BROWN, Raymond R. La comunidad del discípulo amado. Sìgueme. Salamanca, 2016.

[9] Juan 13: 35

[10] LUCCHETTI BINGEMER, Marìa Clara. Discìpulos de Jesùs hoy. En revista Theologica Xaveriana número 156, páginas 565-581. Pontificia Universidad Javeriana, Facultad de Teologìa. Bogotà, 2005. AGUIRRE MONASTERIO, Rafael. Discìpulos y testigos de Jesùs en la sociedad actual Aula de Teologìa, Universidad de Cantabria. Santander, marzo 16 de 2010. RICHARD, Pablo. Discìpulas y discípulos de Jesùs : de cuàl Jesùs? Bùsqueda del Jesùs histórico en los cuatro primeros siglos del cristianismo. En https://www.biblioteca.clacso.edu.ar/Costa_Rica/dei/20120712025346/discipulas.pdf  KÛNG, Hans. Ser Cristiano. Trotta. Madrid, 2006.

[11] Juan 13: 31-32

[12] GONZÀLEZ FAUS, Josè Ignacio. Otro mundo es posible desde Jesùs. Sal Terrae. Santander, 2010; Proyecto de hermano: visión creyente del hombre. Sal Terrae. Santander, 1987. TORRALBA ROSELLÒ, Francesc. Un humanismo cristiano para el siglo XXI. En https://www.hospitalarias.org/reestructuracionafrica/wp-content/uploads/Humanismo-cristiano-Torralba.pdf

[13] MOLTMANN, Jürgen. El Dios crucificado: la cruz de Cristo como base y crítica de la teología cristiana. Sígueme. Salamanca,  2010. SOBRINO, Jon. El principio misericordia: bajar de la cruz a los pueblos crucificados. UCA Editores. San Salvador, 2012.

[14] Hechos 14: 21-22

[15] GARCÍA-VIANA, Luis Fernando. Introducción a los Hechos de los Apóstoles. Aula de Teología de la Universidad de Cantabria. Santander, 22 de octubre de 2013. LOHFINK, Gerard. La Iglesia que Jesús quería. Desclée de Brower. Bilbao, 1987. LORENZEN, T. Resurrección y discipulado. Sal Terrae. Santander, 1999.

[16] Apocalipsis 21: 1 y 3-4