Agosto 28: “Porque todo el que se ensalce será humillado, y el que se humille será ensalzado”

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Por: Antonio José Sarmiento Nova, SJ

Lecturas:

  1. Eclesiástico 3: 19 – 21 y 30 – 31
  2. Salmo 67: 4 – 11
  3. Hebreos 12: 18 y 22 – 24
  4. Lucas 14: 1 y 7 – 14

El ser humano solamente es capaz de abrirse a la revelación de Dios y a la del prójimo cuando se baja de la autosuficiencia y reconoce serenamente sus límites; tal es el contenido central de la Palabra que la Iglesia nos ofrece en este domingo. La propuesta de Jesús es una antropología del desposeimiento, del rechazo a la prepotencia, de la austeridad feliz, del ego desarmado. Aquí reside la más seductora alternativa de una humanidad grande y noble. En esa eterna y siempre vigente sabiduría del Evangelio se nos recuerda bajar el perfil, no presumir de nada y no hacer juego al vano honor del mundo; esta afirmación va en abierto contraste con lo habitual en muchos medios sociales, aplaudir a los poderosos y famosos, despreciar a los nadies, exaltar títulos y buscar reconocimientos y homenajes.[1]

La Palabra confronta esta tendencia humana de querer afirmarse sobre los demás. En casi todos los contextos socioculturales parece natural convivir con este deseo, lo contrario a esto se tiene como idiotez, carencia de ambiciones, falta de carácter “competitivo”. Esta mentalidad también ha penetrado en la Iglesia, por eso debemos desarrollar una actitud de discernimiento para examinar con sentido crítico todo lo que en nuestro medio eclesial tenga connotaciones de vanidad, de culto a la personalidad, de títulos y honores.[2] La grandeza eclesial se da en la medida del seguimiento auténtico del Jesús pobre y humilde.[3]

En la lógica misma del proceder de Dios con la humanidad está definido este estilo de anonadamiento y de vaciamiento de sí mismo, que en la versión griega del Nuevo Testamento se expresa con la palabra kenosis, que significa despojo total de sí mismo, renuncia a toda pretensión de grandeza y donación amorosa de todo lo que se es, como lo dice con tanta hondura el texto clásico de Filipenses: “Tengan entre ustedes los mismo sentimientos que Cristo, el cual, siendo de condición divina no codició el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo”.[4]

El contexto del relato evangélico es muy claro: los judíos principales del tiempo de Jesús tenían la costumbre de dar un banquete los sábados, con el fin de afianzar su importancia social y de ganar reconocimiento y aplauso, y lo realzaban invitando a alguna persona destacada, así como se hace en nuestros días con la infinidad de eventos para rendir homenajes, hacer premiaciones, inaugurar determinadas realizaciones y darse postín con la nómina de invitados del mundo de los importantes.

Es de admirar la libertad de Jesús cuando se dirige al anfitrión, proponiendo uno de los más determinantes criterios evangélicos: “Notando cómo los invitados elegían los primeros puestos, les dijo una parábola: cuando alguien te invite a una boda, no te pongas en el primer puesto, no sea que haya invitado a otro más distinguido que tú y, viniendo el que te invitó a ti y a él, te diga: deja el sitio a este, y tengas que ir, avergonzado, a sentarte en el último puesto”.[5]

Toda vanagloria es diametralmente opuesta al Evangelio. Este criterio ha de ser motivo de un constante examen de conciencia individual y eclesial para detectar la presencia del mal espíritu que nos lleva a hacer carrera en búsqueda de posiciones de poder, a esgrimir cualquier título o condición social para enseñorearnos sobre los demás, a dejarnos seducir por la mentalidad de ascensos en un orden jerárquico, a olvidar el talante de servicio y de despojo de los intereses personales. Francisco, el papa, lo llama el carrerismo eclesiástico, cuando se refiere a sacerdotes y obispos que no están en el ministerio por el motivo determinante del servicio ordenado a la comunidad sino por el vano honor del mundo y por el ascenso en las categorías del poder: “Sobre todo, significa estar libres de ambiciones o miras personales, que tanto mal pueden causar a la Iglesia, teniendo cuidado de poner siempre en primer lugar no vuestra realización, o el reconocimiento que podríais recibir dentro y fuera de la comunidad eclesial, sino el bien superior de la causa del Evangelio y la realización de la misión que se os confiará. Y este estar libres de ambiciones o miras personales, para mí, es importante, es importante. El carrerismo es una lepra, una lepra. Por favor: nada de carrerismo. Por este motivo debéis estar dispuestos a integrar vuestra visión de la Iglesia, incluso legítima, toda idea personal o juicio, en el horizonte de la mirada de Pedro y de su peculiar misión al servicio de la comunión y de la unidad del rebaño de Cristo”.[6]

Por eso, en la segunda parte de su intervención en el ya referido banquete, dice: “Porque todo el que se ensalce será humillado, y el que se humille será ensalzado”,[7] como una de las frases que resumen con mayor elocuencia el modo suyo que quiere hacer extensivo a todos los que se interesen por seguir su camino.

En la tradición espiritual evangélica que promueve san Francisco de Asís –el franciscanismo– esto se conoce con el nombre de minoridad, es el carisma de minimizarse, de hacer todo lo posible para no brillar con aires de superioridad, es la pobreza que se asume como lenguaje evangélico de sobriedad material y de identificación con los vulnerables y abatidos, el no dar pie a cualquier realidad que haga posible la vanidad, en trabajo constante contra las tentaciones del ego.[8] Jesús quiere trastocar comportamientos y estilos que tenemos como “normales” para entrar en una dinámica nueva en la perspectiva del reino de Dios y su justicia, en la que esta “minoridad” es definitiva, siguiendo también su propio imperativo de acoger con misericordia a los pobres, a los desheredados, a los desconocidos, a los solitarios, a los condenados morales.[9]

Ser humildes es reconocernos en nuestro verdadero ser, sin más ni menos: “Cuanto más grande seas, más debes humillarte y alcanzarás el favor del Señor. Porque grande es el poder del Señor, pero son los humildes quienes le glorifican”.[10] Esta cita del libro del Eclesiástico es una advertencia de su autor contra cierta pretensión, originada en la cultura griega de la antigüedad, que exaltaba con exceso a unos sobre otros, afirmando que el conocimiento racional –la filosofía– sería razón para que unos seres humanos –los sabios– se sintieran de superior categoría.

En mala hora en la Iglesia entró el estilo de poder propio del imperio romano, junto con la mentalidad griega de categorías y escalafones de mayor a menor, estableciendo también personas de mayor y de menor valor. ¿Dónde está eso en el evangelio, en la práctica del cristianismo primitivo, en el proceder del Señor Jesús? No hay fundamento bíblico para validar este modo de proceder, porque: “Saben ustedes que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre ustedes, pues el que quiera llegar a ser grande entre ustedes, que sea su servidor, y el que quiera ser el primero entre ustedes, que sea su esclavo; de la misma manera que el Hijo del hombre que no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos”.[11]

Durante el Concilio Vaticano II varios obispos de diversos lugares del mundo firmaron un documento llamado El Pacto de las Catacumbas, en el que se comprometieron a llevar un estilo de vida sencillo y austero, a despojarse de todo símbolo externo de poder y a servir preferencialmente a los más pobres. Con ello querían llevar a la práctica el espíritu que se explicitó en Juan XXIII y en muchos padres conciliares, retorno a la sencillez evangélica, renuncia al llamado episcopado monárquico, primacía del valor evangélico de la pobreza, ministerio que recupera su sentido esencial de servicio a toda la comunidad. Con muchos de estos pastores que brillaron con el espíritu del Concilio Vaticano II traemos a nuestra mente y afecto a los grandes profetas que fueron Dom Helder Pessoa Cámara y san Oscar Romero, Arzobispo mártir de San Salvador.[12]

También, en el mismo texto de hoy, Jesús alude, con el ejemplo de invitar al banquete a familiares y amigos, al interés humano de buscar apoyo para soportar privilegios: “Cuando des una comida o una cena no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a tus vecinos ricos, no sea que que ellos te inviten a su vez, y tengas ya tu recompensa. Cuando des un banquete, llama a los pobres, a los lisiados, a los cojos y a los ciegos. Así serás dichoso, porque, al no poder corresponderte, serás recompensado en la resurrección de los justos”.[13]

Quiere decir Jesús que en ese tipo de invitaciones no vamos más allá de un egoísmo amplificado a los que están de nuestra parte. El amor que él nos pide debe trascender nuestros intereses personales, buscar el bien de los demás sin esperar nada a cambio, experimentando la felicidad silenciosa de la entrega, de dar vida y dignidad a los demás. El servicio que se haga por el reino de Dios y su justicia no reclama aplausos, reconocimientos, homenajes, se hace con pasión y permanece en silencio.

Humildad es aceptar que somos creaturas, feliz resultado de un amor siempre mayor que nos considera a todos iguales, nos propone un modo de vida construido a partir de esa gratuidad original, deponiendo la desconfianza y el deseo inveterado de dominar o utilizar a los otros. Quien toma en serio esto de vivir en clave de anonadamiento está relatando con su vida que hay un Misterio fundante, el que nos desborda y asume, el que nos hace trascendentes, el que transforma nuestro ego en yo-tú y en nosotros, por Él deponemos todo título de preeminencia sobre el prójimo y sobre la creación.

Es imperativo profético del mejor cristianismo confrontar estos modos de competencia individualista, este culto a la personalidad, esta exaltación de unos pocos sobre la mayoría, este desprecio de lo humilde. La Iglesia debe dejar de ser una curia de poderosos para afirmar su condición de comunidad de discípulos de Jesús, como modelo contracultural que no se deja absorber por el espíritu clasista de estas sociedades estratificadas y humillantes.[14]

 

[1] SIERRA, Santiago. Conocerse: la humildad en el pensamiento de San Agustín. En https://www.oalagustinos.org/for/Conocerse%20La%20humildad%20en%20San%20Agustin.pdf  CAAMAÑO, José. La humildad omnipotente de Dios: reflexiones sobre la esencia del cristianismo. En Revista Estudios Eclesiásticos volumen 96 número 378 septiembre 2021, páginas 487-512. Universidad Pontificia de Comillas. Madrid, 2021. VÉLEZ CARO, Olga Consuelo. Del Dios omnipotente a la humildad de Dios: una reflexión sobre la evolución en perspectiva kenótica. En https://www.scielo.org.co/pdf/frcn/v54n157a=2.pdf  SAN JUAN EUDES. Meditaciones sobre la humildad. En https://www.padreseudistas.com/wp-content/uploads/2020/03/Tomo-2.pdf

[2] El modo de proceder del Papa Francisco es contundente en este sentido, no es casual. Llamarse así para aludir al humilde talante del pobre de Asís, rechazar la vivienda en los apartamentos pontificios y pasar a la casa de Santa Marta, anunciar  su preferencia por los “descartados” del sistema, en su magisterio referirse con potencia profética a las inconsistencias del modelo político y económico que deshereda a grandes mayorías del planeta, publicar una encíclica – Laudato si – en la que reconoce que estamos en una casa que es para todos en igualdad de condiciones, advirtiendo que la estamos destruyendo y que estamos quitando a muchos la posibilidad de disfrutarla, son manifestaciones de ese estilo evangélico que él quiere imprimir a una Iglesia que se ha envanecido con el carrerismo eclesiástico y con el poder.

[3] SAENZ, Alfredo. El espíritu del mundo. En https://www.repositorio.uca.edu.ar/bitstream/123456789/11412/1/espiritu-del-mundo-saenz.pdf  BUENO GUINAMARD, Alexis. En la prisión de la imagen: un examen del deseo de oprobios en los Ejercicios Espirituales. Cristianismo y Justicia. Barcelona, 2010. MIRÓ, Miguel. Vivir la pobreza: gracia y reto. En https://www.agustinosrecoletos.com/2020/10/vivir-la-pobreza-miguel.miro/ CASTILLO, José María. Entrada Seguimiento de Cristo en GRUPO DE ESPIRITUALIDAD IGNACIANA. Diccionario de Espiritualidad Ignaciana, volumen II páginas 1619-1623. Mensajero. Bilbao, 2007. BIANCHI, Enzo. Seguir a Jesús, el Señor. Narcea. Madrid, 1980. GALILEA, Segundo. El seguimiento de Cristo. Paulinas. Bogotá, 1989. GONZÁLEZ BUELTA, Benjamín. La humildad de Dios. Sal Terrae. Santander, 2012. CASTILLO, José María. El seguimiento de Jesús. Sígueme. Salamanca, 2005.

[4] Filipenses 2: 5-7

[5] Lucas 14: 7-9

[6] PAPA FRANCISCO. Discurso del Santo Padre a la Academia Pontificia Eclesiástica. Sala Clementina, jueves 6 de junio de 2013. Librería Editrice Vaticana. Roma, 2013. CONGAR, Yves. Por una Iglesia servidora y pobre. San Esteban. Salamanca, 2014.

[7] Lucas 14: 11

[8] BOFF, Leonardo. Francisco de Asís: ternura y vigor. Sal Terrae. Santander, 1991. LECLERC, Eloi. La sabiduría de un pobre.  Encuentro. Madrid, 1988. ECHEVERRÍA, Rolando. El paradigma de la pobreza evangélica y la dimensión social de la evangelización. En Revista Teoría y Praxis número 25 junio-diciembre 2014, páginas 51-66. Universidad Don Bosco. San Salvador, 2014. PLANELLAS, Joan. Iglesia de los pobres en el Concilio Vaticano II. Herder. Barcelona, 2014. KASPER, Walter: El Papa Francisco: revolución del amor y la ternura. Sal Terrae. Santander, 2015. ELIZALDE PRADA, Oscar & HERMANO, Rosario & MORENO GARCíA, Deysi. Los clamores de los pobres  y de la tierra nos interpelan. Amerindia. Bogotá, 2019. MERINO, José Antonio. Franciscanismo y sociedad actual. Universidad Pontificia de Salamanca, 2005; Francisco de Asís y la ecología. PPC. Madrid, 2008.

[9] GUTIERREZ MERINO, Gustavo. Beber en su propio pozo: en el itinerario espiritual de un pueblo. Sígueme. Salamanca, 1998.

[10] Eclesiástico 3: 18-20

[11] Mateo 20: 25-28

[12] PIKAZA, Xabier. ANTUNES DA SILVA, José. El pacto de las catacumbas. La misión de los pobres en la Iglesia. Verbo Divino. Estella ,  2015. CÁMARA, Helder Pessoa. Roma, due del mattino. Lettere dal Concilio Vaticano II. San Paolo. Milano, 2008. HORNMAN, Win. El Obispo Rojo (Vida y obra de Dom Helder Pessoa Cámara, Arzobispo de Olinda-Recife, Brasil; 1909-1999) Sígueme. Salamanca, 1977.

[13] Lucas 14: 12-14

[14] CASTILLO, José María . El evangelio marginado. Desclée de Brower. Bilbao, 2019. VIGIL, José María. La opción por los pobres. Sal Terrae. Santander, 1991. YÁÑEZ, Humberto Miguel. La opción preferencial por los pobres en el magisterio latinoamericano y su influencia en el magisterio universal. En https://www.unigre.it/unigre/sito/PUG_HG_030820150936/uv_papers/1561/OPP.CELAM.pdf