Octubre 16: “¿No hará entonces Dios justicia a sus elegidos, que están clamando a él día y noche? ¿Les hará esperar? Les digo que les hará justicia pronto”

homilia_antonio_jose_sarmiento


____________________________________________________________________________

 

Comunitas Matutina 16 de octubre 2022

Domingo XXIX del Tiempo Ordinario Ciclo C

 

___________________________________________________________________________________________________

Por: Antonio José Sarmiento Nova, SJ ___________________________________________________________________________________________________

Lecturas:

  1. Éxodo 17: 8 – 13
  2. Salmo 120: 1 – 8
  3. 2 Timoteo 3: 14 a 4: 2
  4. Lucas 18: 1 – 8

La  Palabra de hoy –parábola de la viuda y del juez injusto– es una invitación a no desanimarnos en el intento de implantar el reino de Dios y su justicia, esto implica de oración profunda y de empeño evangélico por mejorar la realidad, por eso el evangelio empieza diciendo: “Les propuso una parábola para inculcarles que era preciso orar siempre sin desfallecer” [1], expresión que de inmediato nos pone en contacto con esos momentos difíciles que tenemos en la vida, cuando nos sentimos en situación límite, agobiados y desencantados, acudiendo a Dios para que baje y nos haga justicia, supliendo nuestra responsabilidad, comportamiento característico de muchos en el mundo[2].

La reciente crisis mundial causada por la pandemia del COVID-19, con su altísima cuota de contagiados y fallecidos y su incidencia en la salud emocional de muchos en el planeta, lo mismo que sus consecuencias económicas y sociales, ha sido un tiempo de especial confrontación para la humanidad entera. Muchos han reaccionado con entereza, haciendo frente al problema con grandeza espiritual, otros se despreocuparon, o desafiaron la fuerza de la naturaleza con arrogancia y egocentrismo y los hubo que atribuyeron el asunto a “castigo de Dios por nuestros numerosos pecados”. Como sea, hemos vividos un fuerte remezón que ha sometido a control nuestras reservas éticas y espirituales. Tampoco podemos eludir las preguntas que surgen con las reiteradas guerras y violencias en distintos puntos del mundo, las decisiones erradas de gobernantes y responsables de las grandes políticas económicas y sociales, y todas las injusticias, que no por “comunes y corrientes” deben dejarnos impasibles e indiferentes.

¿Cómo responder a estos fenómenos desde nuestra fe en el Señor Jesucristo?  Es clara convicción del cristianismo original que esto nos capacita para hacer frente al sufrimiento, al dolor, a la crisis, a la injusticia y a las inevitables evidencias de nuestra precariedad. La misma dramática realidad del Señor en la cruz, humillado y ofendido, vilipendiado hasta el extremo, nos presenta con crudeza esa faceta dolorosa de la vida, de la que nada nos exime. No estamos asegurados contra la fragilidad.

Dios no sustituye nuestra responsabilidad e iniciativa. Él no funciona mágicamente atendiendo de forma automática el llamado que le hacemos. Acaso ¿ese silencio significa que es injusto y que no se compadece de nuestras penurias? Responder a estas cuestiones es uno de los elementos básicos que nos ofrece una reflexión adecuada sobre las lecturas de este domingo. Nos ponemos frente a las víctimas del mal, a los inocentes afectados por crímenes y maldades de otros, a los abandonados y empobrecidos. Es indudable que cuesta mucho creer en un Dios que calla ante estas trágicas realidades, interrogante que surge a menudo en nuestra cotidianidad, y que canalizan muchos escritores y pensadores desde esa conocida óptica que es el sentimiento trágico de la vida[3].

En la mayoría de las invocaciones litúrgicas oficiales nos dirigimos a Dios como todopoderoso y omnipotente, que es lo mismo, olvidando que el Dios que se nos revela es más sufriente y misericordioso, cercano al ser humano, padeciendo con nosotros y trabajando de esa manera para empoderarnos como sujetos activos de la historia[4]. La de Dios es una omnipotencia anonadada, inserta en nuestra realidad, a menudo dramática y dolorosa. Asumir esa tragedia es lo que nos redime, esa es la “lógica” divina.

Este Dios nuestro se inserta en la historia humana, se encarna, asume todo lo que somos y hacemos, se convierte en realidad existencial, y se hace sacramento en todo lo humano para darnos plenitud de sentido y llevarnos consigo en un permanente proceso de trascendencia hacia Él y hacia el prójimo, exactamente como lo hizo Jesús[5]. Es un Dios encarnado, intensamente humano, “semejante a nosotros en todo menos en el pecado”, como lo expresa este texto de la carta a los Hebreos: “Porque no tenemos un Sumo Sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades; al contrario, él fue sometido a las mismas pruebas que nosotros, a excepción del pecado[6].

Entonces, la invitación de Jesús con esta parábola es a una confianza activa en ese Dios que nos lanza a la historia para que nos hagamos cargo de ella, siguiendo el espíritu sabio de ese popular refrán que dice “A Dios rogando y con el mazo dando”, Él sí nos escucha, pero no nos sustituye en el compromiso de hacer frente a la vida: “¿No hará entonces Dios justicia a sus elegidos, que están clamando a Él día y noche? ¿Les hará esperar? Les digo que les hará justicia pronto”[7], tal es la respuesta que da Jesús a quien insiste en la oración a tiempo y a destiempo.

La oración no es para suplir carencias sino para experimentar el empuje de la fe, es un enfoque distinto, manteniéndonos firmes en ese radical ejercicio de confianza, aún a pesar de crisis y contradicciones.  Ordinariamente la religiosidad tradicional hace más hincapié en la oración de petición que en la de confianza o de agradecimiento, la mayoría de las devociones se orientan a pedir milagros, favores y beneficios. Si las evaluamos con un sano sentido crítico encontramos que ellas minimizan al ser humano y le desarman su capacidad de emprendimiento libre para superar sus problemáticas desde una fe madura y apta para generar una humanidad adulta[8].

El texto de Lucas surge en un contexto muy grave para esos primeros cristianos, esto explica el clamor angustioso de la comunidad y la respuesta que el evangelista pone en boca de Jesús. Viven toda clase de contradicciones e incomprensiones, no les resulta fácil apartarse del judaísmo o de las mentalidades dominantes griega y romana, para hacerse fieles seguidores de Jesús con todo lo que conlleva de cruz, persecución, ser tenidos por blasfemos y locos, así como en otros tiempos de la historia muchos otros cristianos han vivido –y siguen viviendo– situaciones de extremo dramatismo a causa de sus convicciones creyentes.

Una constatación como esta nos remite a nuestros propios dramas existenciales: la enfermedad, el fracaso afectivo, la frustración de proyectos vitales, la soledad, la injusticia, la muerte de los seres queridos o la posibilidad de la nuestra propia. ¿Cómo vivir la fe en estas circunstancias? ¿Cómo relacionarnos con Dios desde estas condiciones contradictorias? El mismo nos dice continuamente que no va a suplir nuestra responsabilidad porque no es un Dios “tapagujeros” sino un Señor deseoso de nuestra adultez y de una fe consistente que nos hace al mismo tiempo profundamente humanos, autónomos, capaces de serias decisiones y profundamente divinos.

La genuina oración nos inscribe en la perspectiva del futuro, apuntando siempre con esperanza a la meta final de la historia en Dios, elemento que se convierte en estructurante de todo nuestro ser individual y comunitario, somos futuro es la expresión cabal que podemos afirmar con esperanza, certeza creyente de que todo nuestro relato de vida tiene sentido, aún en medio del drama y de la cruz.[9]

También vale la pena recordar que los cristianos que vinieron después de Jesús vivían en una expectativa de la salvación como suceso que debía acontecer de inmediato, mentalidad propia de la apocalíptica de esos tiempos. Ellos, al ver que las cosas no ocurrían así, y “se demoraba”, entraban en gran desaliento y desespero, sintiendo que tal vez Él no se compadecía de su expectativa.

¿Qué nos dice esto a nosotros que vivimos esta cultura moderna de la inmediatez con sus urgencias y velocidades, con su tecnología electrónica que nos tiene el mundo al alcance de la mano, con las agendas cargadas de compromisos, tan intensas que no nos permiten vislumbrar este sentido de futuro y plenitud que nos propone Jesús? ¿Qué decir también –en términos de compromiso y responsabilidad histórica– ante las demandas de justicia de tantos hermanos que migran por el mundo buscando un espacio para vivir con paz y dignidad? ¿Cómo ser con ellos y para ellos testigos serios de la confianza en Dios?[10]

Desde la fe cristiana no podemos dar respuestas superficiales a estas cuestiones que aquejan a millones en el mundo, lo nuestro tiene que ser al mismo tiempo densamente espiritual y densamente histórico, como el ánimo que ofrece Pablo a su discípulo y amigo Timoteo para el ejercicio de la misión: “Tú, en cambio, persevera en lo que aprendiste y en lo que creíste, teniendo presente de quienes lo aprendiste”[11]. Seguidores de Jesús afincados en la historia y en la realidad, comprometidos con ella, con la mirada puesta en el futuro definitivo que es Dios mismo, recibiendo de Él estímulo para encarar esta tarea con plena confianza en su gracia y también en nuestras posibilidades como humanos. Por esto vamos por la paz y por la justicia, desde la fe: “Así el hombre de Dios se encuentra religiosamente maduro y preparado para toda obra buena” [12].

No andamos abandonados de la mano de Dios. Por la oración sabemos que Él está con nosotros de modo incondicional. Y esto nos debe bastar para seguir insistiendo sin bajar la guardia. Moisés tuvo esa experiencia: “Moisés dijo a Josué: elige a algunos de nuestros hombres para ir a combatir contra Amalec. Yo estaré sobre la cima del monte, y tendré en mi mano el bastón de Dios[13]. Moisés es modelo de creyente para ese pueblo peregrino por el desierto que discurre durante cuarenta años en medio de grandes vicisitudes y cuando llegaron los desalientos este guía de Israel mantuvo vigente la confianza, así inspiró a su gente para permanecer vigilantes y esperanzados con la mira puesta en la tierra prometida.

Así también nosotros hoy, en este mundo contradictorio, “porque yo lo puedo todo en Aquel que me conforta”[14].

 

[1] Lucas 18: 1

[2] FERRANDO, Miguel Ángel. Tiempos actuales, tiempos difíciles: aproximación al testimonio del Nuevo Testamento. En https://www.repositorio.uc.cl/xmlui/bitstream/handle/11534/16800/000674790.pdf ANTONCICH, Ricardo; SANTUC, Vicente; SIMONS, Alberto; WICHT, Juan Julio. Una ética para tiempos difíciles. Centro de Espiritualidad Ignaciana. Lima, 1999. ALEGRE, Xavier. Resistencia y esperanza cristianas en un mundo injusto: Introducción al libro del Apocalipsis. Cristianismo y Justicia. Barcelona, 2010. MARTÍN VELASCO, Juan de Dios. Una espiritualidad para tiempos difíciles. Aula de Teología de la Universidad de Cantabria; 20 de marzo de 2012. ESTRADA, Juan Antonio. La crisis de la fe en Dios. En https://www.core.ac.uk/download/pdf/153445862.pdf KASPER, Walter & AUGUSTIN, George. Dios en la pandemia: ser cristianos en tiempos de prueba. Sal Terrae. Santander, 2020. ESTÉVEZ, Elisa. Habitar las afueras: experiencia de Dios en tiempo de crisis. En Revista Theologica Xaveriana volumen 71. Pontificia Universidad Javeriana. Bogotá, 2021. CHAMORRO, Gonzalo; ESTRADA, Josué. Diálogos en tiempo de crisis: reflexiones a partir de la pandemia. Instituto Crux. Ciudad de Guatemala, 2021. MESA, Miguel Angel. Espiritualidad para tiempos de crisis. Desclée de Brower. Bilbao, 2015.

[3] OTÓN, Josep. Simone Weil: el silencio de Dios. Fragmenta Editorial. Barcelona, 2021. GELABERT BALLESTER, Martín. Escuchar la voz y el silencio de Dios. En Revista Veritas volumen III número 19; páginas 383-398. Pontificio Seminario Mayor San Rafael. Valparaíso, 2008. LÓPEZ QUINTÁS, Alfonso.  La mirada profunda y el silencio de Dios: una antropología dialógica. UFV. Madrid, 2019. BOTTI DE GONZÁLEZ DE ACHÁVAL, Judith. El silencio de Dios y el problema del mal. Alejandro Korn. Córdoba, 2006. IZQUIERDO; César. Palabra y silencio de Dios. En Revista Scripta Theologica volumen 41, páginas 945-960. Universidad de Navarra. Pamplona, 2009. ESTRADA, Juan Antonio. El sufrimiento, ¿silencio o ausencia de Dios? En Revista Iberoamericana de Teología volumen 9 número 17, páginas 55-85. Universidad Iberoamericana. México, D.F., 2013.

[4] VÉLEZ CARO, Olga Consuelo. Del Dios omnipotente a la humildad de Dios: una reflexión sobre la evolución en perspectiva kenótica. En https://www.scielo.org.co/pdf/frcn/v54n157/v54n157a02.pdf  OSORIO HERRERA, Byron León. Kénosis y donación: la kénosis como atributo divino. En Revista Cuestiones Teológicas volumen volumen 41 número 96, páginas 347-396. Universidad Pontificia Bolivariana. Medellín, julio-diciembre 2014. MOINGT, Joseph. Dios que viene al hombre: de la aparición al nacimiento de Dios. Sígueme. Salamanca, 2010. GAVRILYUK, P. El sufrimiento del Dios impasible. Sígueme. Salamanca, 2012. MOLTMANN, Jürgen. El Dios Crucificado. Sígueme. Salamanca, 2010. RODRÍGUEZ AMENGUAL, Jonatán. Vivir y pensar la fe como kénosis: una aproximación a la teología desde la kénosis. En https://www.repositorio.comillas.edu/rest/bitstreams/297166/retrieve

[5] KÜNG, Hans. La encarnación de Dios. Herder. Barcelona, 2016. SANCHIS CANTÓ, José Manuel. La Trinidad inmutable se hace carne en la Palabra: Dios en diálogo con el hombre. En Revista Carthaginensia volumen XXXV número 67; páginas 1-34. Instituto Teológico de Murcia, enero-junio 2019. GELABERT BALLESTER, Martín. Un Dios capaz del hombre: Humanidad en Dios, divinización del hombre. En Revista Carthaginensia, volumen XXV número 67; páginas 35-51. Instituto Teológico de Murcia, enero-junio 2019.

[6] Hebreos 4: 15

[7] Lucas 18: 6-8

[8] SEGUNDO, Juan Luis. Teología abierta para el laico adulto. Volumen 1: Iglesia, Gracia. Volumen 2: Dios, Sacramentos, Culpa. Volumen 3: Reflexiones críticas. Cristiandad. Madrid, 1984. HERRÁEZ, Fidel. Opción Fundamental, en VIDAL, Marciano. Conceptos fundamentales de ética teológica. Trotta. Madrid, 1992; páginas 343-366. LOIDI, Patxi. Creer como adultos. Verbo Divino. Estella, 2017.

[9] SCHLOSSER, Marianne. Teología de la Oración. Sígueme. Salamanca, 2018. MOSQUERA BRAND, Fernando. La oración, teología y práctica. CLIE. Barcelona, 2010. SANTAMARÍA, T. La interioridad: un viaje al centro de nuestro ser. Desclée de Brower. Bilbao, 2013. CASTILLO, José María. Oración y existencia cristiana. Sígueme. Salamanca, 1976. QUOIST, Michel. Oraciones para rezar por la calle. Sígueme. Salamanca, 1985. ULÍBARRI, Florentino. Al viento del Espíritu: plegarias para nuestro tiempo. Verbo Divino. Estella, 2006. LOIDI, Patxi. Gritos y Plegarias. Desclée de Brower. Bilbao, 1984.

[10] METZ, Johann Baptist. Memoria passionis: una evocación provocadora en medio de una sociedad pluralista. Sal Terrae. Santander, 2007. TABORDA, Francisco. Fe cristiana y praxis histórica. En https://www.seleccionesdeteologia.net/selecciones/llib/vol22/88/088_taborda.pdf STOTT, John R. La fe cristiana frente a los desafíos contemporáneos. Libros Desafío. Grand Rapids, 1999. GONZÁLEZ CARVAJAL; Luis. Los signos de los tiempos: el Reino de Dios está entre nosotros. Sal Terrae. Santander, 1987. GARCÍA CADIÑANOS, Fernando. La Iglesia de los pobres: fe y justicia en el mundo. Aula de Teología de la Universidad de Cantabria, 1 de abril de 2014.

[11] 2 Timoteo 3: 14

[12] 2 Timoteo 3: 17

[13] Exodo 17: 9

[14] Filipenses 4: 13

___________________________________________________________________________________________________