Noviembre 6: “No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para Él todos viven”

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Comunitas Matutina 6 de noviembre 2022


Domingo XXXII del Tiempo Ordinario ciclo C

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Por: Antonio José Sarmiento Nova, SJ ___________________________________________________________________________________________________

Lecturas:

  1. 2 Macabeos 7: 1 – 14
  2. Salmo 16: 1 – 8
  3. 2 Tesalonicenses 2: 16 a 3: 5
  4. Lucas 20: 27 – 38

La clave de comprensión de las lecturas de este domingo es la vitalidad definitiva de Dios[1], garantía que da sentido total a la existencia humana, respuesta al gran interrogante por el significado pleno de nuestra vida, respaldo a quienes viven en la rectitud y en la justicia, y título de eternidad que legitima la no disolución de la identidad personal en el momento de la muerte. Este es un asunto crucial para todos nosotros, lo constatamos en nuestra cotidianidad, y lo descubrimos en el esfuerzo que hacen las tradiciones espirituales y filosóficas para responder cabalmente a esta que podemos afirmar es la cuestión por excelencia de la humanidad[2].

Pero, principalmente lo vivimos cuando la “hermana muerte” toca nuestras puertas, con el fallecimiento de los seres queridos, o con la experiencia de nuestra radical fragilidad, en las diversas formas en que esta se manifiesta en nosotros. Aquí es donde surgen los grandes interrogantes existenciales, en especial el del sentido definitivo de la vida, el misterio de la muerte y del sufrimiento, y el empeño de conferir a todo nuestro ser y quehacer un significado trascendente. Vale decir, que el fenómeno de la muerte no sea la extinción total de lo nuestro, esta maravillosa vida, que los creyentes descubrimos como don de Dios, y que no nos resignamos a perder[3].

Si vamos al encuentro con la naturaleza, descubrimos con fascinación la cadena interminable de la vida y el dinamismo interno de ella misma para transmitirse de unos seres a otros; está en la inagotable diversidad de sus manifestaciones, es un renacimiento permanente. En este hecho fundamental podemos percibir la proyección de eternidad que es la base de nuestra esperanza, en ese continuo morir y resucitar las especies afirman con su propia identidad este prodigio avasallador. Sin embargo, la gran compañera de la vida es la muerte, con todo su correlato de limitaciones, precariedad, contingencia, lugar donde estamos siempre en plan de pregunta, de búsqueda, afirmando a como dé lugar: no es posible que tanta maravilla sea perecedera. El sabio jesuita Teilhard de Chardin[4] decía: “la muerte no es un accidente sobrevenido de manera fortuita: forma parte integrante, por construcción, del proceso de la creación”.

Don Miguel de Unamuno[5], el maestro del sentimiento trágico de la vida, rebelándose frente a la muerte y diciendo, que con razón, contra la razón o sin ella, no le daba la gana de morirse, que haría falta que lo cesaran de la vida, porque él no pensaba dimitir. Esta insurrección unamuniana es la que habita en la mayoría de los humanos, nos experimentamos finitos, frágiles, pero simultáneamente deseosos de la vida sin fin, de la permanencia en nuestro ser original.[6] El pensador Baruch Spinoza, tomando la vocería de la humanidad, dice que “un hombre libre en nada piensa menos que en la muerte, y su sabiduría no es una meditación de la muerte, sino de la vida[7].

El Padre Gustavo Baena, SJ, profesor e investigador en estudios bíblicos y en teología en la Universidad Javeriana y en otros centros colombianos de formación teológica, nos decía con señalado énfasis que Dios es un especialista en vida, que Él lo que sabe hacer es dar vida, que lo suyo es mantener a sus creaturas en el dinamismo de la vida, que el logro más completo de esa experticia es el ser humano, y que el método especializado de Dios para formar magníficos hombres y mujeres es el Señor Jesucristo. Este fue siempre uno de los grandes “leit-motiv” de este entrañable maestro[8]. ¡Nos entusiasmó siempre con estas afirmaciones!

La primera lectura de hoy, del libro segundo de los Macabeos, nos pone ante una historia donde la muerte y la vida se juntan en misterioso y dramático binomio: “Siete hermanos fueron apresados junto con su madre. El rey, para forzarlos a probar carne de puerco (prohibida por la Ley), los flageló con azotes y nervios de buey. Uno de ellos, hablando en nombre de los demás, decía así: ¿Qué quieres preguntar y saber de nosotros? Estamos dispuestos a morir antes que violar las leyes de nuestros antepasados[9].

El relato se inscribe en el contexto de las luchas sostenidas contra los soberanos seléucidas – entre ellos Antíoco Epifanes – para conseguir la libertad religiosa y política del pueblo judío, ahora dominados por estos invasores, deseosos de sofocar su inquebrantable confianza en Dios y su fidelidad a la Ley. Nos conecta de inmediato con los mártires y testigos de todos los tiempos de la historia, enfrentados a los poderes que no soportan su rectitud ni el carácter insobornable de sus conciencias. La fidelidad espiritual y moral es una señal inequívoca de la vitalidad de Dios en la interioridad de estas personas. Uno después de otro, estos hermanos Macabeos, con su heroica madre a la cabeza, van pasando al martirio de modo inquebrantable, con afirmaciones como esta: “Tú, criminal, nos privas de la vida presente, pero el Rey del mundo, a nosotros que morimos por sus leyes, nos resucitará a una vida eterna [10].

Cada vez que parte un ser querido, o que vivimos nuestras propias situaciones límite, formulamos la pregunta mayor por la razón de nuestra vida, y nos ponemos en búsqueda de la respuesta, de la que hacen parte tantas bellas historias de fe y de amor, de donación amorosa de la existencia, de ofrendas con heroísmo, desde los primeros siglos del cristianismo hasta nuestros días.

Para los judíos no hubo una idea clara de la resurrección en los comienzos de su historia. Son los últimos escritos del Antiguo Testamento, los más próximos al tiempo de Jesús, los que empiezan a dar fe de esta certeza en la vida eterna, como Daniel, Macabeos y Sabiduría, que contribuyeron mucho a implantar esta convicción, la idea de que quienes morían por ser fieles a Dios y a sus mandamientos debían recibir una recompensa definitiva[11]. Estos hermanos Macabeos y su madre acreditan con su martirio la confianza en este Dios que respalda plenamente su fidelidad con el premio de una vitalidad que se inserta totalmente en Él y que, en consecuencia, es inagotable[12].

Pasando al evangelio, nos encontramos con las habituales trampas que los hombres religiosos judíos pretendían poner a Jesús: “Se acercaron algunos de los saduceos, los que sostienen que no hay resurrección, y le preguntaron: Maestro, Moisés nos dejo escrito que si a uno se le muere un hermano casado y sin hijos, deberá tomar como mujer a la viuda para dar descendencia a su hermano…[13]. Los saduceos eran uno de los grupos religiosos contemporáneos de Jesús, pertenecían a la aristocracia social y económica, su visión religiosa era profundamente conservadora y discrepaban totalmente de todo movimiento de reivindicación de los pobres y humildes, los mensajes y actitudes de Jesús en relación con los excluídos les repugnaban hasta el escándalo.

Él les responde, limitándose a indicar la diferencia radical entre la vida presente y la futura: “Los hijos de este mundo toman mujer o marido, pero los que lleguen a ser dignos de tener parte en aquel mundo y en la resurrección de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellos marido, ni pueden ya morir, porque son como ángeles, y son hijos de Dios por ser hijos de la resurrección[14].

A la luz de este texto, la comparación con los ángeles significa que la humanidad en estas condiciones, que proceden de Dios mismo, pasa a una forma nueva de existencia, inmortal, en la que no están sujetos a las leyes del matrimonio ni a las de procreación. Jesús desarma la capciosa cuestión que le proponen los saduceos, dando el salto cualitativo que revela a Dios como el garante por excelencia del ser humano que vive en justicia y rectitud, y poniendo en tela de juicio la obsesión legalista propia de estos personajes. El Dios de Jesús es el Dios de la vida y de la libertad: la certeza pascual que aquí se vislumbra supera estas estrecheces mentales, tan pobres, tan reductoras de la grandeza humana.

Los discípulos de Jesús vivieron el fracaso y el desconcierto de la muerte trágica de su maestro, y tuvieron que descender al abismo de esta desolación, pero, gracias a la experiencia pascual del Crucificado, la condición humana se redimensionó. Ese acontecimiento de muerte-vida los implicó en este nuevo y total sentido de vida, la que no se termina, porque es la propia de Dios. Y también nos implica a nosotros. ¡Definitivamente, el asunto de Dios es el asunto de la vida![15].

El remate de la respuesta de Jesús a los saduceos es contundente: “No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para Él todos viven”[16], lenguaje que es de la misma naturaleza que el de Pablo, en la segunda lectura de hoy: “Que el mismo Señor nuestro, Jesucristo, y Dios, nuestro Padre, que nos ha amado y nos ha dado gratuitamente una consolación eterna y una esperanza dichosa, los consuele y los afiance en toda obra y palabra buena[17].

El buen Dios recoge nuestra pasión por la vida, toma en serio nuestra gran pregunta por el sentido de la misma, sabe que la muerte y la precariedad nos estremecen, ante esto deposita en nosotros la semilla de la eternidad, nos hace inconformes y se inserta en nuestro ser para hacernos infinitos y se hace relato definitivo en Jesús, en quien se resumen el dramatismo de la condición humana y la plenitud de la divinidad.

 

[1] GUTIÉRREZ MERINO, Gustavo. El Dios de la vida. Centro de Estudios y Publicaciones CEP. Lima, 1989. MOLLÁ, Darío. Cristianos en intemperie: encontrar a Dios en la vida. Cristianismo y Justicia. Barcelona, 2006. DORADO SOTO, Antonio. Obispo de Málaga (España). Carta Pastoral Señor y Dador de Vida. Málaga, 1997. PAPA JUAN PABLO II. Carta Encíclica Dominum et Vivificantem sobre el Espíritu Santo. Librería Editrice Vaticana. Roma, 1986. REVISTA INTERNACIONAL DE TEOLOGÍA CONCILIUM. Número 342: Señor y dador de vida: el Espíritu hoy (número monográfico). Verbo Divino. Estella, septiembre 2011. TORRES QUEIRUGA, Andrés. El Dios de Jesús: aproximación en cuatro metáforas. En https://www.servicioskoinonia.org/biblioteca/teologica/QueirugaDios4Metaforas.pdf ; Repensar la Revelación: la revelación divina en la realización humana. Trotta. Madrid, 2008. ESCALANTE MOLINA, Luis Alfredo. Teología como argumentación creyente al servicio de la vida y de la no violencia. En Revista Theologica Xaveriana volumen 64 número 177, enero-junio 2014; páginas 99-126. Pontificia Universidad Javeriana. Bogotá, 2014. MOLTMANN, Jürgen. El Espíritu de la vida. Sígueme. Salamanca, 1998.

[2] BUENO, Gustavo. El sentido de la vida. En https://www.fgbueno.es/med/dig/gb96sv6.pdf CASTILLO, José María. Espiritualidad para insatisfechos. Trotta. Madrid, 2011. ESTRADA, Juan Antonio. El sentido y el sinsentido de la vida: preguntas a la filosofía y a la religión. Trotta. Madrid, 2010. WEIL, Simone. A la espera de Dios. Trotta. Madrid, 1993.

[3] GONZÁLEZ DE CARDEDAL, Olegario. Madre y Muerte. Sígueme. Salamanca, 1994. ANGARITA ARBOLEDA, Consuelo & DE CASTRO, Alberto Mario. Cara a cara con la muerte: buscando el sentido. En Revista Psicología desde el Caribe, número 9, enero-junio 2002, páginas 1-19. Universidad del Norte. Barranquilla, 2002. FRANKL, Viktor. Ante el vacío existencial. Herder. Barcelona, 1982. MAY, Rollo. El hombre en busca de sí mismo. Gredos. Madrid, 1982. RIVARA, Greta. Apropiación de la finitud: Heidegger y el Ser para la muerte. En https://www.scielo.org.mx/pdf/enclav/v4n8/v4n8a4.pdf SCHELER, Max. Muerte y supervivencia. Encuentro. Madrid, 2001. SARAMAGO, José. Las intermitencias de la muerte. Círculo de Lectores. Barcelona, 2005.

[4] 1881-1955. Científico jesuita francés notable por su estudio de la evolución desde la materia inanimada hasta lo que él llamó el nivel de la complejidad-conciencia presente en la racionalidad del ser humano. Su trabajo es definitivo para el diálogo entre la ciencia y la fe, superando el antagonismo promovido por algunos fundamentalistas de la razón ilustrada y por otros ídem del cristianismo católico, que juzgaban incompatibles las certezas de la fe con los hallazgos del conocimiento científico. TEILHARD DE CHARDIN. El medio divino. Taurus. Madrid, 1965; El fenómeno humano. Taurus. Madrid, 1965.

[5] 1864-1936. Ya referido en las notas de pie de páginas de estas reflexiones dominicales con su apasionada inquietud por el misterio de Dios, por el misterio del mal, por el misterio del sentido definitivo de la vida.

[6] UNAMUNO, Miguel de. Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos. Biblioteca Nueva. Madrid, 1999.

[7] 1632-1677. Pensador holandés de origen sefardí, cuyos antepasados se remontan a España. De sus obras destacamos: “Tratado Teológico-Político”, “Tratado de la reforma del entendimiento”, “Pensamientos metafísicos”.

[8] BAENA BUSTAMANTE, Gustavo. Fenomenología de la Revelación. Teología de la Biblia y hermenéutica. Verbo Divino. Estella, 2011.

[9] 2 Macabeos 7: 1-2

[10] 2 Macabeos 7: 9

[11] DE LUBAC, Henri. El misterio de lo sobrenatural. Encuentro. Madrid, 2001.POLO, L. Antropología trascendental. Eunsa. Pamplona, 1991. KONDRLA, Peter. El ser abierto a la trascendencia. En Revista Sincronía número 68, julio-diciembre 2015, páginas 35-46. Departamento de Filosofía y Letras. Universidad de Guadalajara. HASSENHÜTTL, Hans. La trascendencia en el hombre: Dios está en medio de nosotros. En https://www.seleccionesdeteologia.net/selecciones/llib/vol11/44/044_hassenhuttl.pdf ZUBIRI, Xavier. Naturaleza, historia, Dios. Alianza Editorial, Fundación Xavier Zubiri. Madrid, 1999; El problema teologal del hombre: Dios, religión, cristianismo. Alianza Editorial, Fundación Javier Zubiri. Madrid, 2005.

[12] JIMÉNEZ G. Humberto. I Macabeos. En FARMER, William R. (Editor). Comentario Bíblico Internacional. Verbo Divino. Estella, 2000; páginas 662-676. ARANDA PÉREZ, Gonzalo II Macabeos. En FARMER, William R. Comentario Bíblico Internacional. Verbo Divino. Estella, 2000; páginas 677-686. GRELOT, Pierre. El libro de Daniel. Verbo Divino. Estella, 1999. ARANDA PÉREZ, Gonzalo. Daniel. Comentarios a la Biblia de Jerusalén. Desclée de Brower. Bilbao, 2006. BUSTO, José Ramón. La justicia es inmortal: una lectura del libro de la Sabiduría de Salomón. Sal Terrae. Santander, 1992. VÍLCHEZ, J. Sabiduría. Verbo Divino. Estella, 1990.

[13] Lucas 20: 27-28

[14] Lucas 20: 34-36

[15] PAGOLA, José Antonio. Resucitado por Dios, capítulo 14 de su libro Jesús: aproximación histórica. PPC. Madrid, 2007; páginas 411-444. BRAMBILLA, Franco Giulio. El Crucificado Resucitado. Sígueme. Salamanca, 2003. FRAIJÓ, Manuel; ALEGRE, Xavier; TORNOS, Andrés. La fe cristiana en la resurrección. Sal Terrae. Santander, 1998. PIKAZA, Xabier. El evangelio: vida y pascua de Jesús. Sígueme. Salamanca, 1990. MOINGT, Joseph. El hombre que venía de Dios (2 volúmenes). Desclée de Brower. Bilbao, 1995.

[16] Lucas 20: 38

[17] 2 Tesalonicenses 2: 16-17 ___________________________________________________________________________________________________