Septiembre 27: El amor se debe poner más en las obras que en las palabras

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Por: Gabriel Jaime Pérez, S.J.

En aquel tiempo, mientras enseñaba en el Templo de Jerusalén, les preguntó Jesús a las autoridades religiosas de los judíos: «¿Qué les parece? Un hombre tenía dos hijos. Al primero le dijo: “Hijo, vete hoy a trabajar en la viña”. Y él respondió: “No quiero”, pero después se arrepintió y fue. Lo mismo le dijo al segundo y este respondió: “Voy, Señor”, pero no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?» «El primero», le contestaron. Y Jesús les replicó: «En verdad les digo que los publicanos y las prostitutas llegarán antes que ustedes al Reino de los Cielos. Porque vino Juan a ustedes por caminos de justicia, y ustedes no creyeron en Él, mientras que los publicanos y las rameras sí le creyeron. Y ustedes, aunque vieron todo esto, no cambiaron de actitud para creerle (Mateo 21, 28-32).

El mensaje del Evangelio de hoy (Mateo 21, 28-32) podemos resumirlo en una frase de san Ignacio de Loyola (1491-1556): El amor se debe poner más en las obras que en las palabras [Ejercicios Espirituales, 230]. Esta afirmación corresponde a su vez a un refrán popular que dice: obras son amores, no buenas razones. Meditemos en lo que nos dice Jesús, teniendo en cuenta también las demás lecturas bíblicas de este domingo [Ezequiel 18, 25-28; Salmo 25 (24); Carta de Pablo a los Filipenses 2, 1-11].

 

1. Dos actitudes opuestas

 La parábola de los dos hijos nos muestra dos actitudes opuestas en la relación con Dios. En el que dice “voy” y no va, están representados quienes se consideran buenos, pero todo se les queda en palabras, porque dicen y no hacen (Mateo 23, 2-4). El otro hijo, que dice al principio “no quiero ir”, pero luego recapacita y atiende el llamado de su padre, representa a quienes se reconocen necesitados de salvación, y se convierten sinceramente a Dios.

Dios rechaza el pecado, pero acoge a quien reconoce su necesidad de perdón disponiéndose sinceramente a cambiar y por eso dice a través del profeta Ezequiel en la primera lectura: Cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia, él mismo salva su vida. Si recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá.

José Luis Martín Descalzo, escritor y periodista español del siglo 20, además de una hermosa biografía de Jesús de Nazaret, dejó entre sus obras literarias un monólogo titulado Las prostitutas os precederán en el reino de los cielos. Es el drama de una meretriz que se dirige a Aquél que proclamó no sólo de palabra, sino con hechos, el amor de Dios a los “últimos”, a los pecadores rechazados por una sociedad hipócrita que los relega al rincón del menosprecio y a la imposibilidad de la redención.

 

2. Decir y no hacer es lo mismo que mentir

La hipocresía, ligada a la soberbia de quienes se creen mejores que los demás y por eso los desprecian, es la actitud que más critica Jesús en los Evangelios. Esta actitud era característica de los jefes religiosos judíos en aquel tiempo: los saduceos integrantes de la casta sacerdotal del Templo de Jerusalén y los doctores de la Ley que pertenecían a la secta de los fariseos, apelativo que significa “separados” o “incontaminados” y que se daban a sí mismos los que posaban de santos, y por eso se apartaban de quienes consideraban pecadores. Ya Juan el Bautista los había exhortado a que cambiaran esa actitud, pero ellos lo rechazaron, como también rechazaban ahora a Jesús precisamente porque su soberbia hipócrita los hacía sordos a su mensaje salvador.

El hipócrita es un mentiroso. Se la pasa murmurando, condenando, moralizando. Cumple con unos ritos externos, repitiendo “Señor, Señor”, pero sin hacer la voluntad de Dios, que es voluntad de amor (Mateo 7, 21-23). Hoy como ayer y como siempre, quienes se creen perfectos y menosprecian a los demás, especialmente a los que no son de su raza, religión, cultura, condición o clase social, esconden una conciencia torcida, envidiosa, llena de intenciones y acciones malévolas. Y suelen ser ellos los mismos que a menudo manifiestan de palabra sus adhesiones a Dios, a la patria, a las instituciones, a la moral, y a la hora de la verdad muestran el cobre: su vida es toda una mentira. Dicen y no hacen, como el hijo de la parábola, que dijo “voy” y no fue.

 

3. Andar en la humildad es andar en la verdad

El apóstol san Pablo presenta en la segunda lectura una de las descripciones bíblicas más bellas del misterio de la Encarnación: “Él –Jesucristo– a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de servidor, pasando por uno de tantos…”. Por eso, al invitar a los primeros cristianos de la ciudad macedónica de Filipos a que piensen y actúen como lo hizo Jesús –una invitación también dirigida hoy a cada uno de nosotros–, lo hace en el marco de su exhortación a que se dejen guiar por la humildad. Teresa de Ávila, conocida como Santa Teresa de Jesús (1515-1582), escribió unos 15 siglos después de Cristo: “andar en la humildad es andar en la verdad”. Porque es precisamente cuando reconocemos con humildad nuestra condición humana necesitada de salvación, cuando nos ajustamos a la verdad de nuestra existencia.

 

Conclusión

Dispongámonos pues, desde el reconocimiento sincero de nuestra necesidad de salvación, por una parte, a ser coherentes y realizar en la práctica de nuestra vida cotidiana lo que expresamos al proclamar nuestra fe y, por otra, a imitar la actitud misericordiosa de Dios que se nos revela en nuestro Señor Jesucristo, acogiendo con compasión a todas las personas rechazadas y excluidas que muestran y reconocen su necesidad de ser liberadas de todo cuanto las oprime. Sólo así podremos andar en la verdad y pasar de los dichos a los hechos. Que María santísima nos alcance de su Hijo la gracia de ser coherentes en la práctica con lo que decimos al expresar nuestra fe. Así sea.