Octubre 4: Parábola de la viña y los labradores homicidas

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Por: Gabriel Jaime Pérez, S.J.

En aquel tiempo, dijo Jesús a las autoridades religiosas de los judíos: "Escuchen otra parábola: El dueño de una finca plantó un viñedo y le puso un cerco; preparó un lugar donde hacer el vino y levantó una torre para vigilarlo todo. Luego alquiló el terreno a unos labradores y se fue de viaje. Cuando llegó el tiempo de la cosecha, mandó unos criados a pedir a los labradores la parte que le correspondía. Pero los labradores echaron mano a los criados: golpearon a uno, mataron a otro y apedrearon a otro. El dueño volvió a mandar más criados que al principio; pero los labradores los trataron a todos de la misma manera. Por fin mandó a su propio hijo, pensando: 'Sin duda, respetarán a mi hijo.' Pero cuando vieron al hijo, los labradores se dijeron unos a otros: 'Este es el que ha de recibir la herencia; matémoslo y nos quedaremos con su propiedad'. Así que lo agarraron, lo sacaron del viñedo y lo mataron. Y ahora, cuando venga el dueño del viñedo, ¿qué creen ustedes que hará con esos labradores?". Le contestaron: “Matará sin compasión a esos malvados, y alquilará el viñedo a otros labradores que le entreguen a su debido tiempo la parte de la cosecha que le corresponde”. Jesús entonces les dijo: “¿Nunca han leído ustedes las Escrituras? Dicen: 'La piedra que los constructores despreciaron se ha convertido en la piedra principal. Esto lo hizo el Señor, y estamos maravillados’. Por eso les digo que a ustedes se les quitará el Reino, y se le dará a un pueblo que produzca la debida cosecha”. (Mateo 21, 33-43).

Las parábolas de Jesús junto al Templo de Jerusalén poco antes de su pasión simbolizan el rechazo a Él por parte de los falsos creyentes, representados en “los sumos sacerdotes y fariseos” (Mateo 21,45), en contraste con la respuesta de quienes sí iban a producir los frutos esperados. Meditemos en el sentido de esta parábola, teniendo en cuenta las demás lecturas [Isaías 5,1-7; Salmo 128 (127); Filipenses 4,6-9].

 

1. “El dueño de una finca plantó un viñedo”

En la parábola que nos presenta hoy el Evangelio hay una referencia implícita a la canción de la viña del profeta Isaías hace unos 28 siglos y que encontramos en la primera lectura. Se trata de una imagen poética del amor de Dios al pueblo de Israel, simbolizado en el sembradío para el cultivo de las uvas de las que se produce el vino, y al que en el siglo 12 a. C., por medio de Moisés, había liberado de la esclavitud con que lo oprimía el faraón en Egipto, para plantarlo en otra tierra en la cual le brindaría todos los cuidados, como dice asimismo el Salmo 128: Sacaste Señor una vid de Egipto y la trasplantaste. Extendió sus sarmientos hasta el mar –el Mediterráneo, al occidente de Jerusalén– y sus brotes hasta el gran río –el Jordán, al oriente–.

También a nosotros el Señor nos ha querido liberar de la esclavitud del pecado, de las cadenas del egoísmo, para plantarnos en una tierra nueva que es su Reino de amor, de justicia y de paz, la paz verdadera a la que se refiere san Pablo en la segunda lectura, cuya realización para cada uno de nosotros depende de nuestra disposición a responder al amor infinito de Dios mediante la puesta en práctica de todo lo que es verdadero –sincero–, noble, justo, puro, amable… (Carta a los Filipenses 4,8).

 

2. “Por fin mandó a su propio hijo… lo sacaron del viñedo y lo mataron”

 

A través de sus enviados anteriores –los profetas–, Dios había invitado una y otra vez a su pueblo a la conversión, a que cambiara las idolatrías esclavizadoras de apego a los falsos dioses por el reconocimiento de su amor mediante la práctica de la justicia y la caridad. Pero una y otra vez los profetas y sus mensajes fueron rechazados por quienes prefirieron sus intereses egoístas a la construcción de una comunidad de amor y de paz. Y el colmo de este rechazo fue precisamente la forma en que trataron a Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, a quien hicieron morir en una cruz.

Cada uno de nosotros es invitado a responder al amor de Dios mediante el comportamiento constructivo con los demás, reconociendo en cada uno de ellos a nuestro hermano o hermana, porque todos somos hijos de un mismo Creador. ¿Cómo estoy respondiendo a esta invitación que el Señor me hace una y otra vez? Si Jesús se presentara nuevamente hoy en la tierra como lo hizo hace poco más de veinte siglos, sin duda sería igualmente asesinado por quienes se sienten incómodos con las exigencias del amor al prójimo. ¿Sería yo uno de ellos? ¿Qué debería hacer para no serlo?

 

3. “A ustedes se les quitará el reino, y se le dará a un pueblo que produzca la debida cosecha”

 

Esta frase de Jesús es una clara alusión a lo que iba a ocurrir desde los inicios del cristianismo. Los falsos creyentes, representados en quienes se creían santos y mejores que los demás y se opusieron a Jesús hasta matarlo por el hecho de haberse puesto al lado de los explotados y excluidos, iban a resultar fuera del Reino de Dios. En cambio, quienes fueron rechazados por aquellos como paganos y pecadores iban a constituir el nuevo pueblo de Dios, en el que el reino del amor y de la paz se iría haciendo una realidad cada vez más plena en la medida en que acogieran y llevaran a la práctica las enseñanzas de Jesús.

Surge entonces una pregunta: ¿estamos produciendo los frutos que el Señor espera de nosotros? Si no lo hacemos, de nada nos sirve pertenecer institucionalmente a la Iglesia y nos haremos merecedores de las mismas palabras de Jesús con las que concluye el Evangelio de hoy: “a ustedes se les quitará el Reino, y se le dará a un pueblo que produzca la debida cosecha”.

Sea esta también la oportunidad, hoy 4 de octubre, fecha de la memoria de san Francisco de Asís, patrono del respeto a la creación y del cuidado de la Casa Común, de tener presente el compromiso que todos tenemos con este planeta que Dios nos ha confiado para que lo habitemos con responsabilidad constructiva y no como depredadores insensibles.

Revisemos pues nuestras actitudes y comportamientos, y dispongámonos a realizar con hechos lo que expresamos al decirle a Dios Padre “venga a nosotros tu Reino” y al recibir a Cristo que nos alimenta en la Eucaristía con su propia vida resucitada. E invoquemos para ello la intercesión de san Francisco de Asís y de María santísima –cuya advocación como Nuestra Señora del Rosario celebraremos el 7 de octubre–, para que nos alcancen de Jesús la gracia de ser auténticos colaboradores al servicio de su Reino de justicia, de amor y de paz.