Octubre 11: Muchos son los llamados y pocos los escogidos

homilia_gabriel_jaime_pérez

Por: Gabriel Jaime Pérez, S.J.

Estando Jesús junto al Templo de Jerusalén, de nuevo tomó la palabra y les habló en parábolas a las autoridades religiosas del pueblo: «El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados a la boda, pero no quisieron ir. Volvió a mandar criados, encargándoles que les dijeran: "Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas, y todo está a punto. Vengan a la boda". Los convidados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios; los demás les echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos. El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados: "La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Vayan ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encuentren, convídenlos a la boda". Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: "Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?". El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los camareros: "Átenlo de pies y manos y arrójenlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes". Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos» (Mateo 22, 1-14).

 

1. “Envió sus siervos a llamar a los invitados a la boda, pero no quisieron venir”

La imagen del banquete es especialmente significativa y nos trae una primera enseñanza. Como lo expresa el Salmo 23(22), unos 10 siglos antes el rey David había reconocido cómo el Señor guió a su pueblo por el desierto hacia una tierra prometida, como el pastor conduce a sus ovejas hacia praderas de hierba fresca y abundante, preparándole un banquete y protegiéndolo de sus enemigos. Dos siglos más tarde, en el VIII a. C., el profeta Isaías, como dice la primera lectura (Is 25, 6-10), había anunciado que Dios prepararía para todos los pueblos una fiesta con manjares exquisitos. En la parábola del Evangelio, el banquete de bodas simboliza la alianza de Dios con su pueblo, representada en la imagen de las bodas, también empleada por los profetas. Ellos habían recibido del Señor la misión de llamar a los primeros invitados, exhortándolos a abandonar la idolatría y la injusticia, pero fueron rechazados por las autoridades políticas y religiosas del pueblo de Israel. También en la época de Jesús iban a tener la misma actitud las autoridades políticas y religiosas, y su rechazo a la invitación de Dios iba a llegar hasta el punto de dar muerte a su Hijo, haciéndolo clavar en una cruz. Finalmente, la imagen de la ciudad consumida por el fuego hace referencia a lo que sucedió con Jerusalén, que en el año 70 fue arrasada por el ejército del imperio romano.

Hoy también nosotros somos invitados por el Señor a abandonar la idolatría –los apegos desordenados– y la injusticia –los comportamientos destructivos en relación con nuestros prójimos–, para entrar en la dinámica de la construcción de una verdadera comunidad humana en la que todos compartamos como hermanos la mesa de la creación y así nos dispongamos a una vida eternamente feliz. ¿Cómo está cada uno de nosotros respondiendo a esta invitación? Para responder adecuadamente, contamos con la ayuda del Señor a pesar de nuestras debilidades. Pues como dice el apóstol Pablo en la segunda lectura, “todo lo puedo en Aquél que me conforta” (Filipenses 4, 12-20).

 

2. “Vayan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren”

La segunda enseñanza consiste en reconocer la universalidad del mensaje salvador de Jesús. Los cruces de los caminos son una referencia simbólica a los lugares donde se encuentran las personas de las distintas culturas. Los profetas del Antiguo Testamento habían anunciado el alcance universal de las promesas de Dios, más allá de las fronteras de Israel. Al “banquete de manjares exquisitos y vino generoso” son invitados “todos los pueblos”, como dice el profeta Isaías en la primera lectura.

La Iglesia, como nuevo pueblo de Dios del que somos invitados a formar parte todos los hombres y mujeres, tiene como misión mantener la misma actitud de apertura universal de nuestro Señor Jesucristo, que acogía a los paganos, a los pobres, a los pecadores, contraria a la de los jefes religiosos del Templo de Jerusalén que los rechazaban con sus leyes y ritos excluyentes. ¿Tengo yo la misma actitud de Jesús? ¿O me cierro a las personas que no son de mi propia raza, cultura, religión o condición social, o que son consideradas pecadoras, como lo hacían los jefes del Templo de Jerusalén?

 

3. “Muchos son los llamados, pero pocos los escogidos”

En esta frase final de Jesús encontramos una tercera enseñanza. En las fiestas de bodas el anfitrión solía suministrarles a los invitados el vestido apropiado para la ocasión. El personaje de la parábola que se presenta sin este vestido, simboliza por tanto un rechazo al gesto amigable de quien lo ha invitado. Dios nos ofrece la vestidura que necesitamos para presentarnos debidamente a compartir la fiesta de la felicidad eterna, de la cual la Eucaristía es un signo anticipatorio porque en ella entramos en comunión con la vida resucitada de Jesús.

¿Estamos nosotros presentables para nuestro encuentro con el Señor, llevando la vestidura apropiada de una sincera actitud de reconciliación con Él y con nuestros prójimos? Examinemos nuestra vida, revisemos nuestras actitudes y dispongámonos a acoger como corresponde la invitación que Dios nos hace a participar en su banquete: el de la Eucaristía durante nuestra vida presente y el de “la vida del mundo futuro” cuando pasemos a la eternidad.

 

Conclusión

Pidámosle al Señor que nos dé con su Espíritu Santo esa disposición que necesitamos para poder participar del banquete de la felicidad eterna, prefigurado en el sacramento de la Eucaristía, y a la santísima Virgen María, que nos alcance esta disposición orientándonos a cumplir su voluntad a imagen y semejanza de ella misma y de su Hijo Jesús.