Marzo 29: Yo soy la resurrección y la vida

Marzo 29: Yo soy la resurrección y la vida

Por: Gabriel Jaime Pérez, S.J.

En aquel tiempo, Marta y María, las hermanas de Lázaro, mandaron recado a Jesús desde Betania, diciendo: «Señor, tu amigo está enfermo». Jesús, al oírlo, dijo: «Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella». Jesús amaba a Marta, a María y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba. Sólo entonces dice a sus discípulos: «Vamos otra vez a Judea». Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá». Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará». Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día». Jesús le dice: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?». Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo». Jesús sollozó y, muy conmovido, preguntó: «¿Dónde lo han enterrado?». Le contestaron: «Señor, ven a verlo». Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: «¡Cómo lo quería!». Pero algunos dijeron: «Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?». Jesús, sollozando de nuevo, llega al sepulcro. Era una cavidad cubierta con una losa. Dice Jesús: «Quiten la losa». Marta, la hermana del muerto, le dice: «Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días». Jesús le dice: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?». Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado». Y dicho esto, gritó con voz potente: «Lázaro, ven afuera» El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: «Desátenlo y déjenlo andar». Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él. (Juan 11, 3-7.17. 20-27.33b-45 –versión breve de Juan 11,1-45–).

Las lecturas de este domingo nos invitan a prepararnos para celebrar la Semana Santa en la perspectiva de la resurrección. Jesús sube con sus discípulos a Jerusalén desde la región de Galilea, al norte de Israel, pasando luego por Samaría, y llegan a una aldea llamada Betania, a 3 kilómetros de la ciudad en donde iba a ser injustamente condenado a morir la cruz. Pero el Evangelio indica que este camino hacia la pasión culmina no en la muerte, sino en la resurrección. El relato nos muestra varios aspectos de esta perspectiva que es esencial a nuestra fe en Jesucristo, en quien tenemos cifrada nuestra esperanza de una vida futura. Aunque son muchos los elementos de reflexión que el Evangelio nos ofrece, detengámonos en algunos especialmente significativos, teniendo en cuenta también las otras lecturas: la del profeta Ezequiel (37,12-14), y la de la carta de san Pablo a los primeros cristianos de Roma (Romanos 8,8-11).       

 

1. Es en los momentos difíciles cuando se muestra la verdadera amistad

Jesús les tenía un gran afecto a sus amigos de Betania, los hermanos Lázaro, Marta y María. Imaginemos el dolor de las dos hermanas, primero ante la enfermedad y luego ante la muerte de Lázaro. Jesús acude con sus discípulos a la casa de estos amigos y se une al dolor de Marta y María por la muerte de su hermano.  Es en los momentos difíciles cuando se muestra la verdadera amistad, y Jesús nos da ejemplo de esto. Cuando lo ven llorar, los demás allegados de Lázaro dicen: “¡Cómo lo quería!” Tanto entonces como en los tiempos actuales, existe una máxima que pretende negarles a los varones la posibilidad de expresar sus sentimientos de dolor: “los hombres no lloran”. Este modo de pensar es desmentido por la actitud de Jesús, a quien el Evangelio nos muestra conmovido, sollozando y rompiendo a llorar, expresando así el afecto de amistad profunda que lo unía a aquella familia. Ése es Dios, hecho verdaderamente hombre en Jesús de Nazaret, que nos enseña con su propio comportamiento humano cómo se comparte sinceramente el dolor.

 

2. De las resucitaciones a la resurrección

Los Evangelios cuentan tres milagros de resucitación realizados por Jesús: dos en Galilea –a la hija de un jefe de la sinagoga de Cafarnaúm llamado Jairo (Marcos 5,35-43) y al hijo de una viuda en la aldea de Naím (Lc 7,11-17) –, y finalmente a su amigo Lázaro en Betania, narrada por el Evangelio de Juan. En la Biblia aparecen otras resucitaciones: las de dos niños realizadas respectivamente por los profetas Elías y Eliseo (libro de los Reyes), y las de una mujer y un joven efectuadas por los apóstoles Pedro y Pablo (libro de los Hechos de los Apóstoles). Todos estos milagros tienen en común que esas personas se volvieron a morir. Fueron resucitaciones, distintas de lo que podemos entender por resurrección cuando decimos “creo en la resurrección…”.  Jesús en su naturaleza humana, después de su muerte pasó a una vida diferente de la que tenía antes: una vida nueva inmortal con un cuerpo glorioso, es decir, un cuerpo espiritual, como lo designa san Pablo en su primera carta a los Corintios (cap. 15).  Por eso, al considerar los relatos mencionados de resucitaciones, es preciso ir al fondo de su significado, más allá de las posibles explicaciones científicas (estados de catalepsia o de muertes aparentes por ausencia de signos vitales perceptibles, o “regresos” después de haber experimentado “el túnel”). Y el fondo es que para todo ser humano, cualquiera que sea la situación negativa en que se encuentre, puede comenzar un nuevo porvenir en virtud de la fe en el Dios que nos revela Jesucristo: un Dios que es Señor de la vida y que, como dice el profeta Ezequiel, es capaz de abrir nuestros sepulcros para infundirnos su Espíritu y hacer que vivamos, produciendo en nosotros una nueva creación; y que, como dice san Pablo en la segunda, así como con la fuerza de su Espíritu resucitó a Jesús de entre los muertos, vivificará también nuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en nosotros.

 

3. “¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?”

Estas palabras de Jesús a Marta son también dirigidas hoy a cada uno de nosotros. En el lenguaje bíblico ver la gloria de Dios es reconocer su poder, que nos hace revivir a partir de las situaciones negativas en las que nos encontremos, por oscuro que sea el panorama y por insolubles que nos parezcan los problemas. Esta vivencia del poder vivificante de Dios, que es Amor, no es posible sin una verdadera actitud de fe. La necesitamos siempre, pero de manera especial en los momentos en que las sombras del dolor y de la muerte amenazan con sumirnos en el pesimismo y la desesperanza, como sucede en este tiempo de zozobra por causa de la pandemia que está aquejando al mundo. Al aproximarnos ahora a la celebración anual solemne de la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo, –es decir, de su misterio pascual–, pidámosle que reavive en nosotros el don de la fe, para que podamos experimentar en nosotros la acción renovadora de su Espíritu, el Espíritu Santo que es “dador de vida”, como dice la versión larga del Credo.