Octubre 25:¿Cuál es el mandamiento más importante?

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Por: Gabriel Jaime Pérez, S.J.

En aquel tiempo los fariseos se reunieron al saber que Jesús había hecho callar a los saduceos, y uno que era maestro de la ley, para tenderle una trampa, le preguntó: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento más importante de la Ley?”. Jesús le dijo: “Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, toda tu alma y toda tu mente‟. Este es el más importante y el primero de los mandamientos. Pero hay un segundo, parecido a este; dice: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. En estos dos mandamientos se basan toda la ley y los profetas.

 

1. ¿Cuál es el mandamiento principal?

 

La promulgación del Decálogo –los Diez Mandamientos de la Ley de Dios– (Ex 20, 1-21), que en la Biblia corresponde a lo acontecido en el siglo XII a. C. en el marco de una alianza celebrada entre Él y su pueblo en tiempos de Moisés, comienza en el libro del Éxodo dos capítulos antes del texto de la primera lectura de este domingo (Éxodo 22, 20-26), con una introducción en la que Dios le recuerda a su pueblo lo que ha hecho por él: “Yo soy el Señor tu Dios, que te sacó de Egipto, donde eras esclavo” (Ex 20, 2).

Y la puesta en práctica de esos 10 mandamientos –los 3 primeros referidos directamente a Dios y los otros 7 al prójimo– era por lo mismo para los israelitas la forma de corresponder al amor de Dios. Pero en general los doctores de la Ley en tiempos de Jesús solían entender los mandamientos como obligaciones impuestas por un Dios castigador, mientras que para nuestro Señor, en cambio, su significado es la invitación de Dios a corresponder a su amor rechazando la idolatría –es decir, no endiosando las cosas ni los poderes terrenales– y tratándonos todos los unos a los otros como hijos de un mismo Creador.

 

2.  Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, toda tu alma y toda tu mente

 

La respuesta de Jesús a los fariseos comienza con una cita del Deuteronomio, libro cuyo nombre significa Segunda promulgación de la Ley que fue encontrado bajo el Templo de Jerusalén 7 siglos a. C. y en el cual se evoca el testamento de Moisés antes de morir. En él aparecen de nuevo los 10 mandamientos con la misma introducción: “Yo soy el Señor tu Dios, que te sacó de Egipto, donde eras esclavo” (Dt 5, 6-21), y el texto con el que Jesús inicia su respuesta se conoce como Shemá Israel, las dos primeras palabras en hebreo de dos versículos que los judíos memorizaban desde niños: “Escucha Israel: El Señor nuestro Dios es el único Señor. Ama al Señor con todo tu corazón, toda tu alma y toda tu mente” (Dt 6, 4-5).

Los versículos siguientes dicen: “Grábate en la mente todas las cosas que hoy te he dicho y enséñalas continuamente a tus hijos; háblales de ellas, tanto en tu casa como en el camino, y cuando te acuestes y cuando te levantes. Lleva estos mandamientos atados en tu mano y en tu frente como señales y escríbelos también en los postes y en las puertas de tu casa” (Dt 6, 6-7).

En tiempos de Jesús los fariseos que se le oponían cumplían al pie de la letra la última frase de este texto, llevando materialmente atadas en sus manos y en su frente las “filacterias”, unos pequeñísimos rollos de papiro que simbolizaban la Ley de Dios –en hebreo la Torá–, pero no realizaban el espíritu de lo mandado por Dios, que consiste en que el amor a Él se muestre en el respeto y la compasión para con los prójimos.

 

3.  Amarás a tu prójimo como a ti mismo

 

Pablo recuerda en la segunda lectura (1ª Tesalonicenses 1, 5c-10) cómo los primeros cristianos de la ciudad griega llamada Tesalónica habían abandonado los ídolos y se habían convertido a Dios. Precisamente el primer mandamiento, amar a Dios sobre todas las cosas, significa rechazar toda forma de idolatría. Y nosotros podemos aplicar esto a nuestra situación actual entendiendo que amar a Dios “sobre todas las cosas” implica no dejarse arrastrar por el culto a los falsos dioses del dinero, el prestigio o el poder, que son ídolos por los cuales se suele remplazar al verdadero Dios.

Ahora bien, el amor a Dios sólo puede verificarse en el amor al prójimo. Por eso Jesús no reduce su respuesta a los versículos del Shemá Israel del Deuteronomio, sino que cita además otro texto, el del libro llamado Levítico –escrito hacia el siglo V a. C. por levitas o descendientes de Leví, uno de los doce hijos del patriarca Jacob, que colaboraban en el culto del Templo de Jerusalén–. En este otro texto dice Dios: “Ama a tu prójimo como a ti mismo” (Lv 19, 18). Y luego concluye Jesús su respuesta con una frase que indica la unión inseparable entre el amor a Dios y el amor al prójimo: “En estos dos mandamientos se basan toda la Ley y los Profetas”. A primera vista, no está diciendo nada nuevo. Pero si consideramos el contexto de los Evangelios, encontramos tres detalles muy significativos ampliamente desarrollados, entre otros, por el papa Benedicto XVI en la primera de sus encíclicas, publicada a fines del año 2005 con el título en latín Deus caritas est (Dios es amor):

  1. El prójimo (próximo) no es sólo el de la misma raza, nación o cultura, o el que piensa igual, sino todo ser humano de cualquier condición, en especial el más necesitado, el excluido, el marginado, el oprimido.
  2. Amar al prójimo como a sí mismo (que corresponde a la llamada Regla de Oro: Traten a los demás como quieren que los demás los traten a ustedes –Mt 7,12–), implica que sólo quien se acepta y se reconoce como hijo o hija de Dios, podrá aceptar y reconocer como tales a las demás personas.
  3. Reconocer que Dios nos ama implica disponernos amar a nuestros prójimos del mismo modo en que Dios nos ha mostrado su amor a nosotros en la persona de Jesús, quien al encarnarse se hizo nuestro prójimo (Dios-con-nosotros) y entregó su vida en la cruz por todos.

Al celebrar pues la Eucaristía, que es el memorial del Amor de Dios manifestado en el sacrificio redentor de Cristo, dispongámonos a realizar en nuestra vida el mandamiento nuevo del amor que el propio Jesús nos dejó como testamento, en el sentido nuevo y pleno que Él quiso darle a la Regla de Oro: Ámense los unos a los otros como yo los he amado (Evangelio según san Juan 13, 34). Y pidámosle a la Santísima Virgen María, que nos alcance esta gracia de su Hijo Jesús. Así sea.