Noviembre 1: Todos los santos y santas de Dios, rueguen por nosotros

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Por: Gabriel Jaime Pérez, S.J.

Al ver la multitud, Jesús subió al monte y se sentó. Sus discípulos se le acercaron, y Él comenzó a enseñarles, diciendo: “Dichosos los que tienen espíritu de pobres, porque de ellos es el reino de los cielos. Dichosos los que sufren, porque serán consolados. Dichosos los humildes, porque heredarán la tierra prometida. Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque serán satisfechos. Dichosos los compasivos, porque Dios tendrá compasión de ellos. Dichosos los de corazón limpio, porque verán a Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque Dios los llamará hijos suyos. Dichosos los perseguidos por hacer lo que es justo, porque de ellos es el reino de los cielos. Dichosos ustedes, cuando la gente los insulte y los maltrate, y cuando por causa mía los ataquen con toda clase de mentiras. Alégrense, estén contentos, porque van a recibir un gran premio en el cielo; pues así también persiguieron a los profetas que vivieron antes que ustedes” (Mateo 5, 1-12).

 

1. Origen de la fiesta de Todos los Santos

Esta fiesta tiene su origen en el siglo IV d. C., cuando la Iglesia estableció un día para honrar a la inmensa cantidad de mártires cristianos asesinados en las persecuciones del Imperio romano. Desde entonces varios papas establecieron además fechas para conmemorar particularmente no sólo a los mártires, sino también a todos los hombres y mujeres que se habían distinguido por sus virtudes cristianas. A toda esa multitud de santos y santas se refiere la primera lectura, tomada del libro del Apocalipsis (7, 2-4; 9-14), empleando el número simbólico 144.000, un múltiplo no sólo de las 12 tribus de Israel, sino también de los 12 apóstoles con los que Jesús inició su Iglesia. En el siglo VIII el Papa Gregorio III fijó definitivamente la fiesta litúrgica de Todos los Santos el 1 de noviembre para sustituir, desde su víspera el 31 de octubre, una celebración pagana que realizaban los celtas, antiguos pobladores de Inglaterra y otros países de Europa, al comenzar la estación del otoño. Esa víspera o vigilia fue denominada en inglés antiguo Hallow’s Even (Víspera de los Santos), de donde procede el término Halloween, que luego fue perdiendo ese significado y ha adquirido nuevamente connotaciones paganas relacionadas con la brujería y los poderes del mal.

A la fiesta de Todos los Santos le sigue la conmemoración de los Fieles Difuntos, para remplazar el culto pagano a los muertos, de quienes se creía que en esta época del año volvían del más allá a sus antiguos hogares para pedir comida. Dándole una nueva significación a la memoria de quienes han muerto, la Iglesia fijó el 2 de noviembre como fecha especial para orar por todas las personas que, sin ser propiamente “santos” en el sentido estricto (es decir, los que gozan plenamente de la bienaventuranza o felicidad eterna), están en una fase de purificación o “purgatorio”.

 

2. Sentido de la veneración a los santos: ejemplo, intercesión y esperanza 

La veneración de los santos, que no debe confundirse con la adoración, se remonta a los comienzos de la Iglesia. Todos los que han derramado su sangre por ser coherentes con su fe cristiana y practicar la justicia, como los demás que han vivido con esa misma coherencia al servicio de Dios y de la comunidad en distintas modalidades de vocación y misión –sacerdotes, religiosos y religiosas, laicos y laicas–, son esos santos y santas a quienes la Iglesia presenta como ejemplos de vida en el seguimiento de Jesús.

Y además de ser para nosotros ejemplos de vida, los santos también son reconocidos como nuestros intercesores. El único mediador entre Dios y la humanidad es Jesucristo, por ser Dios y hombre y en virtud de su sacrificio redentor. Pero, así como nosotros podemos contar con la intercesión de Jesús ante Dios Padre, también podemos pedirles a quienes forman parte del Cuerpo Místico de Cristo y ya participan de su gloria, es decir, a María santísima y a “todos los santos y santas de Dios”, como se dice en la liturgia católica, que intercedan por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte.

Los santos, no sólo los reconocidos oficialmente por la Iglesia como tales, sino también muchísimos otros desconocidos, son finalmente motivos de esperanza. Porque si ellos ya han logrado ser partícipes de la gloria y la felicidad eterna, también nosotros podemos tener la seguridad de un destino similar, y como dice la segunda lectura (1ª Carta de Juan, 3, 1-3) “aunque no se ve todavía lo que seremos después, sabemos que cuando Jesucristo aparezca –es decir, cuando nos salga al encuentro en nuestro paso a la eternidad– seremos como él”, en la medida en que llevemos a la práctica lo que Él nos enseñó.

 

3. Qué significan las “bienaventuranzas”

Dios nos ha creado para ser felices, pero muchos no buscan la felicidad donde verdaderamente se encuentra. Cuando Jesús llama bienaventurados a los pobres en el espíritu –es decir, a quienes ponen su confianza en Dios en lugar de dejarse esclavizar por el apego a lo material–, a los mansos y humildes, a quienes anhelan la justicia y a quienes obran con misericordia dispuestos siempre a comprender y perdonar, a los limpios de corazón –es decir, a quienes ven y tratan a las demás personas con intenciones rectas–, a quienes trabajan por la paz y a quienes están dispuestos a ser incomprendidos y perseguidos por practicar lo justo, Jesús nos propone las actitudes necesarias para ser verdaderamente felices.

Estas actitudes son las mismas que Él manifestó en su vida terrena. Tenerlas es identificarse con Cristo y su programa. El programa del Reino de los Cielos que Jesús propone va en contravía de los falsos valores del reino de este mundo. Por eso, cuando Él comienza a formar lo que luego se convertiría en su Iglesia con la gente sencilla, es a ésta a la que se dirige en primer lugar para proclamar las bienaventuranzas, actitudes que deben ser también las nuestras si queremos de verdad ser sus seguidores, si queremos ser coherentes con la fe que profesamos, como lo fueron todos los santos.

 

Conclusión

Alabemos y démosle gracias a Dios por todos los santos, y como en la invocación con la que suelen terminar las letanías en la liturgia de la Iglesia, digamos hoy interiormente: Todos los santos y santas de Dios, rueguen por nosotros. Que María santísima y todos los demás bienaventurados y bienaventuradas que gozan plenamente de la vida eterna intercedan por cada uno y cada una de nosotros, para que vivamos el espíritu de las bienaventuranzas y podamos así ser partícipes de su gloria.