Noviembre 8: Sabiduría, vigilancia y esperanza

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Por: Gabriel Jaime Pérez, S.J.

En aquel tiempo dijo Jesús: «Sucederá con el reino de los cielos como lo que sucedió en una boda; diez muchachas tomaron sus lámparas de aceite y salieron a recibir al novio. Cinco de ellas eran despreocupadas y cinco previsoras. Las despreocupadas llevaron sus lámparas, pero no llevaron aceite para llenarlas de nuevo; en cambio, las previsoras llevaron sus botellas de aceite, además de sus lámparas. Como el novio tardaba en llegar, les dio sueño a todas y se durmieron. Cerca de la medianoche, se oyó gritar: “¡Ya viene el novio! ¡Salgan a recibirlo!”.  Todas las muchachas se levantaron y comenzaron a preparar sus lámparas. 

 

Entonces las cinco despreocupadas dijeron a las cinco previsoras: “Dennos un poco de su aceite, porque nuestras lámparas se están apagando”. Pero las muchachas previsoras contestaron: “No, porque así no alcanzará ni para nosotras ni para ustedes. Más vale que vayan a donde lo venden, y compren para ustedes mismas”. Pero mientras aquellas cinco muchachas fueron a comprar aceite, llegó el novio, y las que habían sido previsoras entraron con él a la boda, y se cerró la puerta. Después llegaron las otras muchachas, diciendo: “¡Señor, señor, ábrenos!”. Pero él les contestó: “Les aseguro que no las conozco”. Manténganse ustedes vigilantes —añadió Jesús—, porque no saben ni el día ni la hora». (Mateo 25, 1-13)

 

Las lecturas de este domingo [Sabiduría 6, 12-16; Salmo 63 (62), 2-8; 1ª Tesalonicenses 4, 13-18; Mateo 25, 1-13] contienen tres enseñanzas: primera, la sabiduría es un don de Dios para el que debemos disponernos; segunda, debemos estar estar sabiamente preparados para el momento del encuentro definitivo con el Señor en la eternidad y tercera, podemos vivir animados por la esperanza, desde la fe en la resurrección de Cristo, prenda de nuestra resurrección futura.

 

 1. “La sabiduría se deja hallar por quienes la buscan”

 

El libro de la Sabiduría, último del Antiguo Testamento, fue originalmente escrito en griego hacia el año 50 a. C. y su tema central, como el de los demás llamados “sapienciales” (Job, Proverbios, Eclesiastés y Eclesiástico), es precisamente la sabiduría, como don de Dios que nos hace posible orientar con rectitud nuestra vida para lograr la felicidad.

En los textos sapienciales, como el de la primera lectura de hoy, la sabiduría suele presentarse personificada y luminosa. Se destacan su disponibilidad para dejarse encontrar “sentada a la puerta” por quienes la buscan, y su resplandor inmarcesible, es decir, que no se marchita.

En la reflexión teológica del Nuevo Testamento, la Sabiduría se identifica con Jesucristo, Palabra encarnada de Dios y Luz que ha venido a iluminar a todo ser humano que quiera abrirse a la acción de su Espíritu (Juan 1, 1-9). En la Eucaristía, la Sabiduría de Dios, que es Jesucristo mismo, nos comunica sus enseñanzas y su propia vida para que la orientemos rectamente y recorramos bien alimentados el camino a la verdadera felicidad.

 

2.“Manténganse ustedes vigilantes, porque no saben el día ni la hora”

 

Así termina la parábola de las doncellas necias o descuidadas y las sabias o previsoras, que forma parte de las tres contenidas en el capítulo 25 del Evangelio según san Mateo, junto con las parábolas de los talentos y del juicio final. Las tres se refieren al momento definitivo de nuestro encuentro con Cristo después de esta vida terrena.

La celebración de las bodas judías en tiempos de Jesús se desarrollaba así: al comenzar la noche, el novio iba con sus amigos a la casa de la novia, donde lo recibían las amigas de esta con sus lámparas de aceite encendidas; luego se dirigía con ella y los invitados a su propia casa donde era el banquete, y detrás del novio y la novia entraban las damas de honor que formaban con sus lámparas el cortejo de la fiesta. El aceite de oliva se usaba para preparar alimentos, para el cuidado del cuerpo y para alumbrar el camino en la noche. Por eso es muy significativo en la parábola que las doncellas imprevisoras no se hubieran aprovisionado de este recurso, al contrario de las prudentes que sí tuvieron la precaución de guardar una reserva. Las lámparas encendidas se presentan entonces como un símbolo de la verdadera sabiduría, propia de las personas que no se dejan sorprender por los acontecimientos porque siempre están vigilantes y preparadas.

Un detalle: a primera vista parece chocante que las doncellas sabias que sí tenían aceite no lo hubieran compartido con las que se habían quedado sin reservas. Pero si profundizamos un poco entendemos porqué: el aceite en esta parábola es símbolo de las buenas obras, del comportamiento constructivo con los demás, del amor al prójimo, y es imposible apropiarse de las buenas obras que otros han realizado. También hoy a nosotros nos exhorta el Señor a estar vigilantes, porque no sabemos el día ni la hora del encuentro con Él en la eternidad. ¿Cómo estoy de aceite para el momento definitivo? Este es el sentido del examen de conciencia, que es prudente hacer cada día.

 

3. “No se entristezcan como los que no tienen esperanza”

 

Esta frase de san Pablo, en su primera carta a la comunidad cristiana de la ciudad griega de Tesalónica, tiene como fundamento la fe en la resurrección feliz de todos los que hayan muerto en gracia de Dios. De esta resurrección es primicia y prenda la resurrección gloriosa de Jesucristo, y en virtud de esta fe pascual podemos mirar con esperanza el porvenir, al que se refieren las parábolas referentes a los últimos tiempos. Cuando Pablo escribió esta carta, los seguidores de Jesús creían que era inminente la “parusía” o venida gloriosa de Jesucristo en el fin del mundo para el juicio final, y que quienes estaban todavía vivos iban a ser testigos de ella tal como la describe el apóstol, empleando símbolos cósmicos propios del género literario llamado apocalíptico. Poco a poco esta creencia fue desapareciendo y la fe en Jesucristo resucitado se fue volviendo más madura, en el sentido de una esperanza en la vida eterna después de la muerte.

Animados por esta esperanza y preparados para el momento definitivo de nuestro encuentro con el Señor en la eternidad, podemos vivir alegres y confiados en todo momento, evocando la imagen también simbólica del polluelo que se acoge en el nido a la protección amorosa de su madre, para exclamar con el autor inspirado del Salmo 63 (62): “A la sombra de tus alas canto con júbilo”.