Noviembre 15: Al que tiene se le dará más y tendrá de sobra, pero al que no tiene se le quitará hasta lo que no tiene

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Por: Gabriel Jaime Pérez, S.J.

En aquel tiempo Jesús les dijo a sus discípulos esta parábola: “Va a suceder lo que sucedió cuando un señor se fue de viaje y llamó a sus servidores, y los dejó encargados de sus bienes. A uno le dejó cinco talentos de plata, a otro dos y a otro uno, a cada uno según sus habilidades, y se fue. El que había recibido cinco talentos fue enseguida y empezó a negociar con ellas, y ganó otros cinco. De igual manera el que había recibido dos, gano otros dos. Pero el que había recibido un talento, fue, hizo un hoyo en la tierra y enterró la plata de su señor. Al cabo de mucho tiempo regresó el señor y les pidió cuentas a sus servidores. Se acercó el que había recibido cinco talentos y le presentó otros cinco, y le dijo: ‘Señor, cinco talentos me dejaste; mira, gané otros cinco’. El Señor le dijo: ‘Muy bien, servidor bueno y fiel. Como fuiste fiel en lo poco, te confiaré lo mucho. Siéntate a la mesa con tu señor’. Luego se acercó el que había recibido dos talentos y dijo: ‘Señor, dos talentos me dejaste; mira, gané otros dos’. El Señor le dijo: ‘Muy bien, servidor bueno y fiel. Como fuiste fiel en lo poco, te confiaré lo mucho. Siéntate a la mesa con tu señor’. Finalmente se acercó el que había recibido un talento y dijo: ‘Señor, supe que eres exigente, que cosechas donde no sembraste y cobras donde no invertiste; tuve miedo, y me fui y escondí la plata bajo tierra. Aquí está tu plata’. El señor le respondió: ‘Servidor malo y perezoso, ¿sabías que cosecho donde no sembré y cobro donde no invertí? Pues debías haber puesto mi plata en el banco, para que al regresar me la devolvieras con la ganancia. Quítenle pues ese talento y dénselo al que tiene diez. Porque al que tiene se le dará más y tendrá de sobra; pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese servidor inútil échenlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y la desesperación’.” (Mateo 25, 14-30).

Jesús nos exhorta a estar preparados para el momento de nuestro encuentro con Él en la eternidad, poniendo a producir en esta vida las capacidades que hemos recibido. Meditemos en esto, tomando en cuenta también las otras lecturas de hoy [Proverbios 31, 10-13.19-20.30-31; Salmo 128 (127); 1ª Tesalonicenses 5, 1-6].

 

1. La parábola de los talentos: “al que tiene se le dará y le sobrará…”

 

El talento era una unidad monetaria de uso común en el imperio romano, que equivalía a una cantidad considerable de dinero. A partir de esta primera significación, y precisamente con base en la parábola del Evangelio de hoy, pasó a convertirse en sinónimo de las capacidades que cada ser humano tiene para aportar a la consecución de un objetivo personal o social. Por eso en la gestión de las organizaciones se suele hablar del “talento humano”.

Cada uno de nosotros ha recibido de Dios unos talentos específicos. Unos más que otros, todos tenemos determinadas cualidades y posibilidades. ¿Qué estoy haciendo con mis capacidades? ¿Las estoy haciendo rendir constructivamente? ¿O las estoy desperdiciando como el perezoso de la parábola que enterró su talento, sin realizar el esfuerzo que implica poner a producir lo recibido?

Queda resonando la reflexión final de Jesús: “al que tiene se le dará y le sobrará, pero al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene”. Su significado corresponde a la situación en que estemos cuando tengamos que rendirle cuentas al Señor. Si tenemos y podemos presentar como producto las buenas obras, Dios nos dará una vida eternamente feliz. Pero a quien se presente con las manos vacías, lo que había recibido le será quitado y lo que podría recibir le será negado. En últimas, de lo que se trata es de la capacidad de amar que el Señor nos ha dado, a partir de los dones recibidos de Él. Quien los pone a producir, podrá vivir eternamente en la onda de Dios, que es Amor. Pero quien no lo hace, perderá hasta la misma posibilidad de amar, y permanecerá en la oscuridad sin fin del encerramiento al que lo han llevado su egoísmo y su pereza.

 

2. El valor del trabajo productivo, contra la vanidad de las apariencias. 

 

La primera lectura, tomada del final del libro de los Proverbios, es un poema acróstico en el que cada verso comienza por una de las letras del alfabeto hebreo en su orden. Este poema exalta a la mujer que, en vez de entregarse a la vanidad superficial y egoísta, dedica su vida al trabajo honesto y productivo para el bien de su hogar y también para abrir sus manos al necesitado.

Esta imagen se opone a la del culto idolátrico a la apariencia física. Una apariencia con frecuencia engañosa, marcada por la ansiedad anoréxica, la vaciedad de la mente y la ausencia de valores espirituales. En este sentido, podemos preguntarnos cuál es el ideal que promueven las pasarelas y las imágenes de una publicidad con frecuencia más orientada al consumo superfluo que al verdadero bienestar humano.

 

3. “Así, pues, no durmamos como los demás, sino estemos vigilantes…”

 

Lo que dice el apóstol Pablo en su Carta a los cristianos de la ciudad griega de Tesalónica, se relaciona con el discurso "escatológico” de Jesús en el capítulo 25 del Evangelio según san Mateo (escatológico, es decir referente a los últimos tiempos), del que forma parte la parábola de Jesús sobre los talentos.

A nuestro alrededor podemos ver la insensatez de quienes viven sumidos en la vanidad de lo aparente, sin pensar en la dimensión trascendente de su existencia. Nosotros estamos invitados a no dejarnos sorprender con las manos vacías en el momento definitivo de nuestro encuentro con el Señor al final de la vida presente.

 

Conclusión

 

El Salmo 128 (127) comienza diciendo en su versión tradicional: “Dichoso el que teme al Señor…”. Esta traducción suele llevar al malentendido de pensar que a Dios hay que tenerle miedo. Por eso es mejor la traducción que ofrece, por ejemplo, la edición castellana de la Biblia titulada DIOS HABLA HOY: “Feliz tú que honras al Señor y le eres obediente”. Es la obediencia a Dios la que nos hace posible ser felices, y esta obediencia consiste en emplear productivamente los dones recibidos de Él. Danos Señor tu Espíritu Santo, para ser obedientes a su voluntad, que es voluntad de amor productivo, y así lograr la felicidad eterna. Y a ti, María Santísima, te pedimos que nos alcances de su Hijo Jesús la gracia de poner productivamente a su servicio, como lo hiciste tú, la servidora del Señor, los talentos que nos ha dado.