Abril 26: Lo reconocieron al partir el pan

Abril 26: Lo reconocieron al partir el pan

Por: Gabriel Jaime Pérez, S.J.

Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. Él les dijo: «¿Qué conversación es esa que traen ustedes?» Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó: «¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabe lo que ha pasado allí estos días?» Él les preguntó: «¿Qué?» Ellos le contestaron: «Lo de Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves: hace dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado: pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron.» Entonces Jesús les dijo: «¡Qué necios y torpes son para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?» Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura. Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelante; pero ellos le dijeron: - «Quédate con nosotros, porque ya cae la tarde.» Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció. Ellos comentaron: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba y nos explicaba las Escrituras?» Y, levantándose al momento, volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que decían: «Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón.» Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan (Lucas 24, 13-35).

Las lecturas de hoy (Hechos de los Apóstoles 2, 14.22-33), Salmo 16 (15), 1ª Pedro 1, 17-21; Lucas 24, 13-35) nos invitan a meditar sobre este mensaje central: Jesús, Dios hecho hombre, está vivo después de su muerte en la cruz, se nos hace presente en la Eucaristía y actúa en nosotros por su Espíritu Santo.

 

1. “Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos”

Aquellos dos discípulos no eran de los doce apóstoles iniciales, de los que habían quedado once después del suicidio de Judas Iscariote. Entre los seguidores de Jesús durante su vida terrena, además de los doce llamados apóstoles (que significa enviados), hubo un buen número de hombres y mujeres.

El propio Lucas, que no dice su propio nombre, pero sí el de su amigo Cleofás, podría haber sido, junto con éste, uno de los “otros 72 discípulos” mencionados en el capítulo 10 del mismo Evangelio. Y como a Lucas y Cleofás después de los hechos del Calvario, también a nosotros nos pueden surgir sentimientos de desánimo provenientes de experiencias dolorosas o de la sensación del fracaso, cuando las cosas no nos han salido como esperábamos. En medio de estas situaciones, Jesús resucitado viene a caminar con nosotros. A veces nos resulta inicialmente difícil reconocerlo y, por eso, necesitamos de la fe para descubrir su presencia que puede manifestarse de muchas maneras, por ejemplo, a través de una persona que nos quiere de verdad o de alguien que solicita nuestra atención.

Pero es especialmente al celebrar la Eucaristía cuando Jesús nos sale al encuentro para que podamos escuchar y comprender en comunidad la Palabra de Dios y alimentarnos de ella. Esto es lo que ocurre en la primera parte de la Misa: escuchamos las lecturas bíblicas y Él mismo nos ayuda a entender su sentido en relación con nuestra vida.

 

2. “Quédate con nosotros”

Este es el título de la última carta apostólica que escribió el Papa Juan Pablo II al proclamar el año 2005 -último de su pontificado- como “Año de la Eucaristía”. Como los discípulos que se dirigían a Emaús, también nosotros necesitamos que el Señor permanezca con nosotros. Él ya se hizo presente en la historia humana como Palabra de Dios, mostrándonos con sus enseñanzas y su ejemplo el camino que nos conduce a la verdadera felicidad: el sendero de la vida al que se refiere el Salmo responsorial de este domingo [Salmo 16 (15), 11]. Ahora es necesario que Él mismo llene nuestra existencia alimentándonos con su propia vida resucitada. Por eso le decimos, como los discípulos de Emaús: “Quédate con nosotros”.

Lucas y Cleofás, “ya cerca de la aldea donde iban” -probablemente en una posada-, como se acostumbraba hacer con los huéspedes, le ofrecieron a aquel forastero, a quien todavía no habían reconocido, un poco de pan y de vino. Nosotros, en el ofertorio de la Eucaristía, después de escuchar la Palabra de Dios, ofrecemos el pan y el vino que representan cuanto ha sido creado por Dios y fabricado por el trabajo humano para compartirlo como hermanos. Como ocurrió con los discípulos de Emaús, nuestra disposición a compartir nos prepara para reconocer la presencia real de Cristo resucitado entre nosotros y alimentarnos con su vida nueva.

 

3. “Contaron lo que les había pasado y cómo lo habían reconocido al partir el pan”

La Fracción el Pan era el nombre que los primeros cristianos le daban a lo que nosotros llamamos la Eucaristía o la Santa Misa. Al repetir en la consagración del pan y del vino lo que Jesús dijo que hiciéramos en conmemoración suya, no sólo recordamos lo que Él mismo hizo en la última cena con sus discípulos la víspera de su pasión, sino que se actualiza su sacrificio redentor y su paso de la muerte a la vida, una vida nueva que se hace presente en medio de nosotros, y que en la comunión nos alimenta espiritualmente para que podamos continuar el camino de nuestra vida renovados y plenos de esperanza (1 Pedro 1, 21).

Invocando la intercesión de María. La madre de Dios hecho hombre y madre nuestra, que seguramente fue la primera a quien Jesús le manifestó su presencia gloriosa, dispongámonos a salir de la Eucaristía reanimados por el Espíritu Santo (Hechos 2, 33) y dispuestos a compartir lo que somos y tenemos, dando así testimonio de su vida resucitada y resucitadora, como lo hizo la primera comunidad cristiana.