Diciembre 13: Una triple invitación

homilia_gabriel_jaime_pérez

Por: Gabriel Jaime Pérez, S.J.

Hubo un hombre llamado Juan, a quien Dios envió para que diera testimonio de la luz y todos creyeran por lo que él decía. Juan no era la luz, sino enviado a dar testimonio de la luz. Este es el testimonio de Juan, cuando las autoridades judías enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a preguntarle a Juan quién era él. Y él confesó claramente: “Yo no soy el Mesías”. Le volvieron a preguntar: “¿Quién eres, pues? ¿El profeta Elías?”. Juan dijo: “No lo soy”. Ellos insistieron: “Entonces, ¿eres el profeta que ha de venir?”. Contestó: “No”. Le dijeron: “¿Quién eres, pues? Tenemos que llevar una respuesta a los que nos enviaron. ¿Qué nos puedes decir de ti mismo?”.

 Juan les contestó: “Yo soy una voz que grita en el desierto: 'Abran un camino derecho para el Señor', como dijo el profeta Isaías”. Los que fueron enviados por los fariseos a hablar con Juan, le preguntaron: “Pues si no eres el Mesías, ni Elías ni el profeta, ¿por qué bautizas?”. Juan les contestó: “Yo bautizo con agua; pero entre ustedes hay uno a quien no conocen, que viene después de mí. Yo ni siquiera merezco desatarle la correa de sus sandalias. Todo esto sucedió en el lugar llamado Betania, al otro lado del río Jordán, donde Juan estaba bautizando (Juan 1, 6-8.19-28).

 En los textos bíblicos de este III Domingo de Adviento, llamado “Domingo de la Alegría” [Isaías 61, 1-2.10-11; Magníficat o Alabanza de María (Lucas 1, 46-54); 1 Tesalonicenses 5,16-24; Juan 1, 6-8.19-28], encontramos una triple invitación: a estar siempre alegres, a reconocer al Señor que viene a nosotros y a disponernos para el encuentro definitivo con Él.

 

1. Una invitación a estar siempre alegres en Dios, nuestro salvador

La profecía del libro de Isaías en el siglo VI antes de Cristo, el himno de alabanza de María Santísima –que se recita como salmo responsorial– y la primera carta del apóstol san Pablo escrita a los cristianos de la ciudad de Tesalónica en Grecia hacen énfasis en la alegría como característica de la fe y la esperanza en Dios. “Desbordo de gozo y alegría en el Señor”, dice el profeta; “se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador”, exclama María; “vivan siempre alegres”, escribe Pablo, quien asimismo les haría después una exhortación similar a los cristianos de Filipos en Macedonia: “estén siempre alegres en el Señor, les repito, estén alegres” (Filipenses 4, 4-5). Y por eso decimos en el prefacio o introducción a la plegaria eucarística, inmediatamente antes de la consagración del pan y del vino, que “el mismo Señor nos concede ahora prepararnos con alegría al misterio de su nacimiento, para encontrarnos así, cuando llegue, velando en oración y cantando su alabanza”.

Diciembre es un mes de alegría. Pero ¿qué clase de alegría? Para muchos, las fiestas navideñas consisten en el consumo desbocado de licor, las comilonas, la bulla. Pero ahí no está la verdadera alegría, es un gozo aparente y vacío debido a la ausencia de los valores espirituales. La alegría auténtica es aquella que surge del reconocimiento de la presencia salvadora del Señor en nuestra vida cuando acogemos con todo nuestro ser a Aquél que, tal como lo anunciaron los profetas, vino a comunicarnos la Buena Noticia: a proclamar el perdón, la paz y el verdadero amor.

Esta Buena Noticia (que es lo que originariamente significa en griego la palabra evangelio) va dirigida a todos los que se reconocen necesitados de salvación. Y Dios nos invita a comunicarla, identificándonos con su amor, tal como éste se nos ha manifestado en nuestro Señor Jesucristo.

        

2. Una invitación a reconocer al Señor que viene a nosotros

En el Evangelio, los sacerdotes y levitas –es decir, los encargados del culto en el Templo de Jerusalén, que por su oficio se supone que estaban llamados a reconocer la presencia de Dios­– le preguntan a Juan Bautista quién es y él les responde con una invitación a descubrir esa presencia en Jesús de Nazaret: “entre ustedes hay uno a quien no conocen”.

Esta misma invitación llega hoy también a nosotros. ¿Realmente reconocemos su presencia? La respuesta a esta pregunta no será correcta ni completa si no sabemos descubrirlo en quienes Él nos dijo que estaría siempre: en los pobres, en los necesitados. Por eso, para celebrar auténticamente la Navidad, nuestra conducta debe mostrar que lo reconocemos no sólo en su vida terrena hace poco más de dos mil años, no sólo en la acción de su Espíritu Santo hoy a través de la Iglesia y los sacramentos, sino también en las personas por las que Él mostró su preferencia: los rechazados, los marginados, los desposeídos, los “descartados” –como suele llamarlos el Papa Francisco–, las víctimas de la injusticia y de todas las demás formas de la violencia. ¿Qué hemos hecho, qué estamos haciendo, qué podemos y debemos hacer por ellos?      

 

3. Una invitación a disponernos para el encuentro definitivo con el Señor

Durante todo el Adviento, la preparación para celebrar la primera venida del Señor, que se hizo presente en medio de la humanidad con el nacimiento de Jesús, va unida a la expectativa de su llamada “venida gloriosa” al final de los tiempos. Tanto en el conjunto de las lecturas bíblicas como en los “prefacios” o introducciones a la plegaria eucarística de la consagración del pan y del vino que se convierten para nosotros en el cuerpo y la sangre del Señor –es decir, en su vida entregada que se hace presente entre nosotros para alimentarnos y hacernos comunidad con Él–, aparece durante este tiempo litúrgico la unión entre la conmemoración de la primera venida de Cristo en la humildad de nuestra carne y la esperanza activa en su venida gloriosa, que para cada uno sucederá al pasar de este mundo a la eternidad.  

Tal esperanza activa consiste precisamente en comportarnos de tal modo “que todo nuestro ser […] se conserve sin mancha hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo”, como escribe san Pablo en la segunda lectura. Para ello es necesario, como dice también el apóstol, orar sin cesar, no impedir la acción del Espíritu Santo, discernir para retener lo bueno y abstenerse de toda clase de mal. Revisemos entonces cómo estamos preparándonos para que el Señor llegue a nosotros en la celebración de la Navidad que ya se acerca, y para nuestro encuentro definitivo con Él al final de nuestra vida terrena. Y que María Santísima, cuya Inmaculada Concepción celebramos el pasado 8 de diciembre, interceda por nosotros para que nos dispongamos como ella a recibirlo con fe y con alegría.