Diciembre 20: El misterio de la Encarnación

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Por: Gabriel Jaime Pérez, S.J.

Dios envió al ángel Gabriel a un pueblo de Galilea llamado Nazaret, donde vivía una joven llamada María; era virgen, pero estaba comprometida para casarse con un hombre llamado José, descendiente del rey David. El ángel entró en el lugar donde ella estaba, y le dijo: “¡Alégrate, llena de gracia! El Señor está contigo”. María se sorprendió de estas palabras, y se preguntaba qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: “María, no tengas miedo, pues tú gozas del favor de Dios. Ahora vas a quedar encinta: tendrás un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será un gran hombre, al que llamarán Hijo del Dios altísimo, y Dios el Señor lo hará Rey, como a su antepasado David, para que reine por siempre sobre el pueblo de Jacob. Su reinado no tendrá fin”. María preguntó al ángel: “¿Cómo podrá suceder esto, si no vivo con ningún hombre?”. El ángel le contestó: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Dios altísimo se posará sobre ti. Por eso, el niño que va a nacer será llamado Santo e Hijo de Dios. También tu parienta Isabel va a tener un hijo, a pesar de que es anciana; la que decían que no podía tener hijos, está encinta desde hace seis meses. Para Dios no hay nada imposible”. Entonces María dijo: “Yo soy la servidora del Señor, hágase en mí según tu palabra”. Con esto, el ángel se fue. (Lucas 1, 26-38).

Las lecturas de este domingo se centran en la Encarnación. El término griego sarx (carne) se emplea en el Nuevo Testamento para indicar la naturaleza humana, y este es el sentido de lo que dice otro Evangelio, el de Juan (1,14): la Palabra –el Verbo– se hizo carne. Así se cumplió hace poco más de 20 siglos la promesa divina anunciada mil años antes al rey David y evocada en la primera lectura (II Samuel 7,1-16) y en el Salmo 89; en la segunda lectura, Pablo invita a recibir con fe la revelación de Dios realizada en Jesucristo (Romanos 16,25-27); y el Evangelio de Lucas nos muestra la disponibilidad de la virgen María para que se realice a través de ella el misterio de la Encarnación.

 

1. Dios cumplió su promesa:Tendrás un hijo, y le pondrás por nombre Jesús”

Los profetas del Antiguo Testamento habían anunciado que vendría enviado por Dios un Mesías, término proveniente del hebreo –Cristos en griego–, que significa Ungido, el cual descendería del rey David, a quien Dios le había hecho esta promesa por medio del profeta Natán: Estableceré a un descendiente tuyo (…) y su reino no tendrá fin. En el Evangelio encontramos un eco de esta promesa, fundada en la esperanza en Dios cuya acción salvadora se manifestaría en el Mesías anunciado, más allá de lo que significó el Templo, el lugar sagrado que simbolizaba su presencia en medio del pueblo.  

Y por eso el nombre de ese Mesías anunciado iba a ser Jesús, que en hebreo significa Yo soy Salvador, teniendo en cuenta que Dios se le había revelado a Moisés doce siglos antes como Yahvé (Yo soy). En otro Evangelio, el de Mateo, que se narra la Anunciación a José, el ángel le dice: María dará a luz un hijo, a quien llamarás Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados (1, 21). Así, pues, el mismo Dios que se le reveló a Moisés para liberar al pueblo de Israel de la esclavitud en Egipto, es ahora el Mesías anunciado con el nombre de Jesús, pues viene a salvar a toda la humanidad de la esclavitud del pecado, a la que fue sometida desde la desobediencia original de Adán y Eva.

 

2. La virgen María fue elegida por Dios para cumplir su promesa y aceptó, obediente, esta misión

En el anuncio de la Encarnación hecho a María, tal como nos lo presenta el Evangelio de Lucas, el nombre del ángel o mensajero de Dios –llamado Gabriel– significa Dios se ha mostrado fuerte. María, confiada en la fortaleza que Dios le da y en que, como le dice el ángel, para Él nada hay imposible, manifiesta su completa disposición a que se realice en ella lo que el Señor quiere, la voluntad salvadora de Dios: Yo soy la servidora del Señor, hágase en mí según tu palabra.

En este tiempo de Adviento que terminará con la fiesta de la Navidad, somos invitados también nosotros a manifestar nuestra disponibilidad para que se cumpla en nuestra vida la voluntad de Dios, dando así testimonio de su presencia liberadora y salvadora. Porque el misterio de la Encarnación es un proceso iniciado desde la creación por Dios del ser humano a su imagen y semejanza, que llega a su plenitud con nuestro Señor Jesucristo y continúa aconteciendo en toda persona que se abre a la Palabra de Dios y la pone en práctica.

 

3. Nosotros estamos llamados a proclamar la revelación de Dios hecho hombre en Jesucristo

Este es el contenido esencial de nuestra fe: Dios se reveló plenamente en Jesucristo, cuyo nacimiento como Dios hecho hombre nos disponemos a celebrar en la Navidad, cuyas enseñanzas encontramos en los Evangelios y cuya muerte redentora y resurrección gloriosa proclamamos en la Eucaristía. En Él, como dice Pablo, se manifestó el misterio mantenido en secreto durante siglos, y desde entonces la misión, como lo hizo Pablo, es anunciarlo no sólo de palabra, sino con el testimonio de la propia vida. ¿Estoy realmente dispuesto a recibir en mi vida la Palabra de Dios hecha carne, para que mi existencia sea una manifestación nuevamente encarnada de Dios en el mundo? ¿Qué he hecho y qué debo hacer para que en mi vida reacontezca el misterio de la Encarnación y haya una verdadera Navidad?

  • Hay Encarnación y Navidad en nuestra vida cuando abrimos la mente y el corazón a la Palabra de Dios hecha carne, escuchándola y disponiéndonos a que se realice en nosotros su voluntad.
  • Hay Encarnación y Navidad en nuestra vida cuando abrimos la mente y el corazón al Señor, que viene a nosotros en la Eucaristía para alimentarnos con su cuerpo y su sangre en la comunión.
  • Hay Encarnación y Navidad en nuestra vida cuando abrimos la mente y el corazón a nuestros prójimos, especialmente a los más necesitados, en la búsqueda activa de una sociedad justa y en paz, en la que todos convivamos de verdad como hermanos.

Que la Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra, y su esposo san José, a cuya veneración el papa Francisco ha dispuesto que se le dedique el año 2021, intercedan por nosotros para que nos dispongamos como ellos a recibir a Jesús y comunicar su presencia salvadora, reconociéndonos servidores del Señor y por lo mismo cumpliendo su voluntad, que es voluntad de Amor.