Mayo 17: Amar de verdad y con hechos, dando así razón de nuestra esperanza

Mayo 17: Amar de verdad y con hechos, dando así razón de nuestra esperanza

Por: Gabriel Jaime Pérez, S.J.

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: «Si ustedes me aman, guardarán mis mandamientos. Yo le pediré al Padre que les dé otro defensor, que esté siempre con ustedes, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; ustedes, en cambio, lo conocen porque vive en ustedes y está con ustedes. No los dejaré huérfanos, volveré. Dentro de poco el mundo no me verá, pero ustedes me verán y vivirán, porque yo sigo viviendo. Entonces sabrán que yo estoy con mi Padre, y ustedes conmigo y yo con ustedes. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama; al que me ama lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él.» (Juan 14, 15-21).

Las lecturas bíblicas de hoy [Hechos de los Apóstoles 8, 5-8.14-17; Sal 66 (65), 1ª Pedro 3, 15-18¸ Juan 14, 15-21] nos invitan a prepararnos para las grandes fiestas de los próximos dos domingos que cierran el tiempo pascual: el de la Ascensión y el de Pentecostés. Meditemos sobre lo que en estas lecturas nos dice la Palabra de Dios, aplicándola a nuestra vida.

 

1. “Si ustedes me aman, guardarán mis mandamientos”

Cuando Jesús alude a los que Él llama “mis mandamientos”, está hablando como el mismo Dios que no sólo les dio a los israelitas el “decálogo” doce siglos antes por medio de Moisés en el monte Sinaí con el lenguaje de la cultura hebrea de entonces (Éxodo 20, 1-17), sino que desde mucho antes había impreso interiormente su Ley en las conciencias de los seres humanos de todas las culturas, una Ley que se resume en el amor y que se conoce como la regla de oro, consistente en tratar a los demás como cada cual desea ser tratado por ellos.  

La exhortación de Jesús a guardar sus mandamientos -que son los mismos mandamientos de Dios porque, como acababa de decirle al apóstol Felipe, “quien me ve a mí ve al Padre” (Juan 14, 9)-, forma parte del testamento de Jesús en la cena de despedida en la que, más allá del mandato “ama a tu prójimo como a ti mismo” (Levítico 19, 18 –siglo V a.C. –) nos dejó su “mandamiento nuevo”: “Ámense los unos a los otros como yo los he amado” (Juan 13, 34; 15,12.17). Evocando este mandamiento nuevo, la primera carta de san Juan dice: “No amemos con puras palabras o de labios para afuera, sino de verdad y con hechos” (1 Juan 3, 18), lo que a su vez corresponde a lo que Jesús les había dicho a sus discípulos en la última cena y que nos recuerda el texto del Evangelio de hoy: “Si ustedes me aman, guardarán mis mandamientos”.

Y esto precisamente corresponde a lo que escribiría san Ignacio de Loyola en sus Ejercicios Espirituales el año 1541 d.C.: “el amor se debe poner más en las obras que en las palabras” [EE 230], y que equivale al conocido refrán que dice: “obras son amores, que no buenas razones”. No faltan quienes ni siquiera tienen una palabra de cariño para los demás. Pero, aun si decimos que amamos, mostrarlo en la práctica con hechos resulta más difícil porque tenemos que superar la tendencia natural al egoísmo. Por eso debemos pedirle constantemente al Señor que nos dé su Espíritu, que es “el Espíritu de la Verdad”, para que haya coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos, pues decir y no hacer equivale a vivir en la mentira.

 

2. “Les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo”

La primera lectura evoca a los apóstoles Pedro y Juan orando por quienes habían sido bautizados en el nombre de Jesús, pero todavía “no habían recibido el Espíritu Santo”, e imponiéndoles las manos para que lo recibieran. Esto quiere decir que les faltaba la Confirmación, que para cada cristiano o creyente en Cristo equivale a la actualización del acontecimiento de Pentecostés en su propia vida.

Teniendo esto en cuenta, preguntémonos cómo estamos viviendo nuestra Confirmación y preparémonos interiormente para celebrar dentro de dos semanas la gran fiesta de Pentecostés, en la cual se actualiza para cada uno de los confirmados en la fe cristiana el acontecimiento de la venida del Espíritu Santo, que les hizo posible a los primeros discípulos de Jesús, y nos hace también posible a nosotros si lo dejamos actuar en nuestra existencia concreta, el cumplimiento cabal del compromiso que significa creer en Él y proclamar su resurrección dando testimonio de esta fe con nuestras obras.

 

3. “Estén siempre prontos para dar razón de su esperanza”

Esta exhortación de la segunda lectura de hoy, tomada de la 1ª Carta de san Pedro, constituye una invitación a dar testimonio de que nuestra fe no es irracional, sino razonable. En efecto, la fe en Jesucristo resucitado no se opone a la razón y por lo mismo el hecho de creer en Él no implica actitudes ni conductas fanáticas. No es con sentimentalismos ni con fenómenos espectaculares como se da razón de la esperanza que nos da la fe en Jesucristo, sino con la coherencia entre lo que afirmamos que creemos y lo que hacemos, es decir, con la honestidad y la rectitud de nuestro comportamiento: un comportamiento orientado a la comprensión, a la tolerancia, a la compasión, a la construcción de la paz en nuestras relaciones cotidianas con los demás.

Una de las formas de dar razón de nuestra esperanza es asumir con paciencia, sin devolver mal por mal, las dificultades que nos pueden sobrevenir a consecuencia del cumplimiento de nuestro deber, como les sucedió a los primeros cristianos, que fueron incomprendidos y perseguidos por dar testimonio de su fe. Ellos siguieron así el ejemplo de Jesús, y también nosotros tenemos que estar dispuestos a afrontar todo lo que esto implica. Ahora bien, pensemos cuánto sufren a la larga quienes se pasan la vida engañando, envidiando, haciendo daño, alimentando odios, desarrollando rencores, maquinando venganzas. A este respecto son significativas las palabras de la primera carta de Pedro en la segunda lectura: “Es mejor sufrir por hacer el bien, si tal es la voluntad de Dios, que por hacer el mal…” (1ª Pedro 3, 17).

Conclusión

Pidámosle pues al Señor resucitado, por intercesión de María, su santísima Madre y Madre nuestra, que nos dé constantemente la gracia de recibir la fuerza de su Espíritu Santo para demostrar con nuestras obras la fe que proclamamos con nuestras palabras, y así dar razón de nuestra esperanza.