Mayo 24: Para que sepan cuál es la esperanza a la que han sido llamados

Mayo 24: Para que sepan cuál es la esperanza a la que han sido llamados

Por: Gabriel Jaime Pérez, S.J.

1ª Lectura: En mi primer libro, excelentísimo Teófilo, escribí acerca de todo lo que Jesús había hecho y enseñado desde el principio y hasta el día en que subió al cielo. Antes de irse, por medio del Espíritu Santo dio instrucciones a los apóstoles que había escogido respecto a lo que debían hacer.  Y después de muerto se les presentó en persona, dándoles así claras pruebas de que estaba vivo. Durante cuarenta días se dejó ver de ellos y les estuvo hablando del reino de Dios. Cuando todavía estaba con los apóstoles, Jesús les advirtió que no debían irse de Jerusalén. Les dijo: “Esperen a que se cumpla la promesa que mi Padre les hizo, de la cual yo les hablé. Es cierto que Juan bautizó con agua, pero dentro de pocos días ustedes serán bautizados con el Espíritu Santo”. Los que estaban reunidos con Jesús, le preguntaron: “Señor, ¿vas a restablecer en este momento el reino de Israel?” Jesús les contestó: “No les corresponde a ustedes conocer el día o el momento que el Padre ha fijado con su propia autoridad; pero cuando el Espíritu Santo venga sobre ustedes, recibirán poder y saldrán a dar testimonio de mí, en Jerusalén, en toda la región de Judea y de Samaria, y hasta en las partes más lejanas de la tierra”. Dicho esto, mientras ellos lo estaban mirando, Jesús fue levantado, y una nube lo envolvió y no lo volvieron a ver. Y mientras miraban fijamente al cielo, viendo cómo Jesús se alejaba, dos hombres vestidos de blanco se aparecieron junto a ellos y les dijeron: “Galileos, ¿por qué se han quedado mirando al cielo? Este mismo Jesús que estuvo entre ustedes y que ha sido llevado al cielo, vendrá otra vez de la misma manera que lo han visto irse allá” (Hechos 1, 1-11).

 

2ª Lectura: Pido al Dios de nuestro Señor Jesucristo, al glorioso Padre, que les conceda el don espiritual de la sabiduría y se manifieste a ustedes, para que puedan conocerlo verdaderamente.  Que Dios les ilumine la mente, para que sepan cuál es la esperanza a la que han sido llamados, cuán gloriosa y rica es la herencia que Dios da al pueblo santo, y cuán grande y sin límites es su poder, el cual actúa en nosotros los creyentes. Este poder es el mismo que Dios mostró con tanta fuerza y potencia cuando resucitó a Cristo y lo hizo sentar a su derecha en el cielo, poniéndolo por encima de todo poder, autoridad, dominio y señorío, y por encima de todo lo que existe, tanto en este tiempo como en el venidero. Sometió todas las cosas bajo los pies de Cristo, y a Cristo mismo lo dio a la iglesia como cabeza de todo. Pues la Iglesia es el cuerpo de Cristo, de quien ella recibe su plenitud, ya que Cristo es quien lleva todas las cosas a su plenitud. (Efesios 1, 17-23).

 

Evangelio: En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos se postraron, pero algunos vacilaban. Acercándose a ellos, Jesús les dijo: “Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Vayan y hagan discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado. Y sepan que yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28, 16-20).

A la luz de estas lecturas bíblicas, meditemos sobre lo que significa el misterio de la Ascensión del Señor que celebra la Iglesia este domingo. Y hagámoslo tratando de entender, desde la fe, este acontecimiento que nos abre a la esperanza activa en lo que llamamos “la vida eterna”.

 

1. Jesús fue levantado, y una nube lo envolvió y no lo volvieron a ver

Decimos en el Credo que Cristo resucitado subió al cielo y está sentado a la derecha de Dios Padre. Lucas, autor del tercer Evangelio y del libro de los Hechos de los Apóstoles, quien se dirige a “Teófilo” -nombre griego que significa “amado de Dios” y parece designar a quien los lea-, dice que Jesús fue levantado y una nube lo envolvió. Esta imagen expresa una realidad espiritual. No se trata de un superhéroe como los de las historietas, sino de Jesús glorificado.

Él, como dice Pablo en la segunda lectura, después de haber descendido a la condición de los muertos fue resucitado por Dios -o sea el Padre- quien lo hizo sentar a su derecha en el cielo: una expresión simbólica tomada de la costumbre de los reyes de aquella época, de hacer subir y sentar junto al trono a quien se había distinguido por el cumplimiento de una misión. Lo que Pablo quiere expresar es que Jesús, en su condición humana, participa plenamente de la gloria de Dios. 

 

2. “Para que sepan cuál es la esperanza a la que han sido llamados”

Se suele escuchar en los cementerios, osarios o cenizarios: vengo a visitar a mi padre, a mi madre, a mi pariente que está aquí. Es una forma de hablar, pero en realidad los difuntos no están ahí. Allí están sus despojos mortales, pero su ser está en otra dimensión, de carácter espiritual; lo que podemos llamar sus “cuerpos” ya no son organismos materiales, sino formas espirituales de existir. Lo dice el apóstol Pablo en otra de sus cartas, al explicar lo que pasa con la resurrección de los muertos: “lo que se entierra es corruptible; lo que resucita es incorruptible. Lo que se entierra es despreciable; lo que resucita es glorioso. Lo que se entierra es débil; lo que resucita es fuerte. Lo que se entierra es un cuerpo material; lo que resucita es un cuerpo espiritual” (1ª Corintios 15, 42-44). Por eso podemos comunicarnos con quienes ya han pasado a la eternidad, pero no en términos físicos, sino espirituales.

El misterio de la Ascensión del Señor nos invita a renovar la esperanza que todos tenemos de participar de la vida eterna de Cristo resucitado y glorioso en lo que llamamos “el cielo”, que no es un lugar, sino un estado de felicidad plena y sin fin al que aspiramos después de esta vida, y para el cual tenemos que disponernos poniéndonos en las manos de Dios misericordioso, y procurando vivir de acuerdo con las enseñanzas que Él nos dejó a través de su Hijo Jesús.

 

3. “¿Qué hacen ustedes ahí plantados mirando al cielo?” - “Vayan y hagan…”

Esto podemos aplicarlo hoy a quienes están plantados en una religiosidad estática que, por quedarse mirando al cielo sin tomar conciencia de los problemas de la tierra, rezando mucho pero haciendo nada, no los lleva a la acción comprometida con la construcción de un mundo mejor. También nosotros debemos ponernos en marcha con los pies en la tierra, para colaborar activamente en la misión que Cristo resucitado le encomienda a su Iglesia: dar testimonio de Él hasta en las partes más lejanas de la tierra, como dice el mismo Jesús. En eso consiste la misión que Él les da a sus apóstoles: “Vayan y hagan discípulos… enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado”.

Esta misión también nos corresponde a todos los integrantes de la Iglesia, que es el cuerpo de Cristo, como dice Pablo en la segunda lectura; es decir, a todos los bautizados, cada cual según la vocación concreta y el estado de vida al que ha sido llamado o llamada por Dios. Todos tenemos encomendada por el Señor la tarea de ir y enseñar. Ir, o sea salir al encuentro de quienes necesitan una buena noticia de salvación -que es lo que significa la palabra “evangelio”-; y enseñar, o sea mostrar, no sólo con palabras sino también con hechos, el camino para que esa salvación, en términos de auténtica felicidad, sea efectiva en todas esas personas. Ese camino es cumplir lo que Jesús nos ha mandado, o sea realizar su mandamiento del amor.  Y esta tarea no es sólo de los sacerdotes o maestros de religión. Es un quehacer también de padres y madres de familia, que son los primeros educadores de sus hijos en la fe; y, asimismo, de quienes han recibido a Jesús en su vida, no únicamente para sí mismos, sino también para comunicarlo a los demás.  

 

Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales

El Domingo de la Ascensión del Señor la Iglesia celebra la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, establecida por el Concilio Vaticano II. Cada año el Papa dedica esta Jornada a un tema específico. En su Mensaje, que puede leerse en Internet, comienza diciendo el Papa Francisco: Quiero dedicar el Mensaje de este año al tema de la narración, porque creo que, para no perdernos, necesitamos respirar la verdad de las buenas historias: historias que construyan, no que destruyan; historias que ayuden a reencontrar las raíces y la fuerza para avanzar juntos. En medio de la confusión de las voces y de los mensajes que nos rodean, necesitamos una narración humana, que nos hable de nosotros y de la belleza que poseemos. Una narración que sepa mirar al mundo y a los acontecimientos con ternura; que cuente que somos parte de un tejido vivo; que revele el entretejido de los hilos con los que estamos unidos unos con otros.

En la situación que estamos viviendo actualmente a causa de la pandemia, hemos tenido que emplear las tecnologías de la comunicación virtual para mantener el contacto con las personas que queremos más allá de nuestros hogares, con las que trabajamos o hacia las cuales se orienta nuestra labor. En esta circunstancia, la comunicación narrativa cobra un sentido especial: contar lo que somos, lo que hacemos, lo que vivimos, se convierte en un imperativo imprescindible para sentirnos vivos y no desaparecer en el aislamiento social. Por eso asimismo cobra un nuevo significado el cumplimiento de la tarea que Jesús nos ha encomendado de comunicar su buena noticia, saliendo virtualmente de nuestro con finamiento para contar, “llegando hasta los confines de la tierra”, lo que Jesús ha hacho y hace en cada uno y cada uno de nosotros.