Abril 28, 2019: El mensaje del domingo

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Por: Gabriel Jaime Pérez, S.J.

Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «La paz esté con ustedes» Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «La paz esté con ustedes». Como el Padre me ha enviado, así también yo los envío.» Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo; a quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos.»

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor.» Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.» A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «La paz esté con ustedes.» Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.» Contestó Tomás: ¡Señor mío y Dios mío! Jesús le dijo: ¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.» Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengan vida en su nombre. (Juan 20, 19-31)

1. “Dichosos los que creen sin haber visto”
Los relatos evangélicos de apariciones de Jesús resucitado evocan experiencias espirituales que permiten reconocerlo en una dimensión no condicionada por la materia. La referencia a las señales de sus heridas significa que se trata del mismo Jesús que había muerto en la cruz, pero ahora con una presencia captable sólo por la fe. Y la frase de Jesús “dichosos quienes creen sin haber visto” se cumple en toda persona que, sin exigir pruebas físicas, reconoce por la fe su resurrección.

2. “La paz esté con ustedes…”
Tres veces menciona el Evangelio el saludo de Cristo resucitado: “La paz esté con ustedes”. La “paz” (“shalom” en hebreo) es el bien supremo que Él quiere para sus primeros discípulos, sumidos en la tristeza, la angustia y el miedo después de la muerte de su Maestro en la cruz|. También nosotros somos invitados ahora, desde la fe pascual, a recibir ese mismo don que Jesús resucitado nos ofrece y que nos invita a compartir antes de recibir la sagrada comunión en la Eucaristía.

Este saludo va acompañado de una misión - “Como el Padre me envió, así Yo los envío a ustedes”- específicamente dada por Jesús a sus apóstoles (enviados), y se relaciona con el sacramento de la Reconciliación: “a quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados, y a quienes se los retengan, les quedan retenidos”. “Retener los pecados” significa aquí que a quienes no tengan una sincera disposición a cambiar no puede llegarles el perdón proveniente de Dios

Y es significativo que el don de la paz que ofrece Jesús esté conectado con el perdón, en virtud del Espíritu que Él mismo les comunica a sus apóstoles: Exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo”. Este “Espíritu” es el aliento vital creador y renovador de Dios, que hace posible una vida nueva, una nueva creación, para toda persona que se reconozca necesitada de Él. En definitiva, para recibir el don de la paz es necesario que desarmemos nuestros corazones, nos dejemos transformar por Dios y nos dispongamos a recibir y dar perdón. Sólo así será posible que todos nos reconciliemos y podamos construir una sociedad en paz.

A su vez, la misión dada por Jesús a sus apóstoles es una misión de sanación. Eso es lo que nos muestra la primera lectura (Hechos de los Apóstoles 5, 12-16). La fe en Jesús resucitado les da el poder de sanar de sus enfermedades y dolencias a quienes se reconocen necesitados de salvación, y esos acontecimientos sanadores hacen que crezca el número de “hombres y mujeres que creen en el Señor”. Sin embargo, es preciso que entendamos esto no en el sentido de la religiosidad milagrera que con frecuencia promueven ciertos movimientos con carácter de espectáculo, sino en el de una actitud de fe en virtud de la cual es posible experimentar la acción salvadora de Dios.

3. “No temas, Yo soy el primero y el último, Yo soy el que vive”

El apóstol Juan, autor espiritual tanto del cuarto Evangelio como de las tres cartas que llevan su nombre y del libro del Apocalipsis -que en griego significa “Revelación”-, nos transmite en la segunda lectura (1, 9-19) esta afirmación de Cristo resucitado que podemos recibir también como dirigida nosotros.

- “No temas”, “no tengas miedo”: es una frase recurrente de Jesús en los relatos pascuales de los Evangelios, y resuena en el último libro de la Biblia como una invitación a la esperanza que deriva de la fe en su resurrección.

- “Yo soy el primero y el último”: el Cirio Pascual, que representa a Cristo resucitado, muestra en sus trazos la primera y la última letra del alfabeto griego, la lengua en la cual fue escrito originalmente el Nuevo Testamento: Jesucristo es Alfa y Omega, es decir, principio y fin de todo cuanto existe.

- “Yo soy el que vive”: Dios se le reveló a Moisés en el monte Sinaí, cuando lo escogió para ser el instrumento de su acción salvadora que liberó a quienes sufrían la esclavitud en Egipto, con el nombre de Yahvé, que significa “Yo soy el que soy”. El nombre de Jesús (Yahosua) proviene de esta revelación y significa “Yo soy el que salva”.

Pues bien, nuestra fe afirma que ese mismo Jesús, Dios hecho hombre para salvarnos de la esclavitud del pecado, fue resucitado en su humanidad a una vida nueva y se hace presente en el sacramento de la Eucaristía. Por eso expresamos nuestro reconocimiento de su presencia cuando, después de la consagración del pan y del vino, decimos “¡Señor mío y Dios mío!”. Renovemos pues nuestra fe en Jesucristo resucitado, prenda de nuestra futura resurrección y motivo de nuestra esperanza.