Agosto 11, 2019: El mensaje del domingo

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Por: Gabriel Jaime Pérez, S.J.

Vendan lo que tienen y den a los necesitados; procúrense bolsas que no se hagan viejas, riqueza sin fin en el cielo, donde el ladrón no puede entrar ni la polilla destruir. Porque donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón.

Tengan puesta la ropa de trabajo y sus lámparas encendidas. Sean como empleados que esperan que su señor regrese de la boda, para abrirle apenas llegue y toque la puerta. ¡Felices los servidores a quienes el dueño encuentre velando a su llegada! Les aseguro que él mismo se pondrá el delantal, los hará sentar a la mesa y les servirá uno por uno.
Dichosos ellos si los encuentra despiertos, aunque llegue a la medianoche o de madrugada. Y sepan ustedes esto: si el dueño de la casa supiera a qué hora va a llegar el ladrón, ustedes entienden que se mantendría despierto y no le dejaría romper el muro. Estén también ustedes preparados, porque a la hora menos pensada vendrá el Hijo del Hombre”.
Pedro le preguntó: “Señor, ¿dijiste esta parábola para nosotros, o para todos?” El Señor le respondió: “¿Quién es el administrador fiel y atento, a quien el amo ha puesto al frente de sus empleados para que les reparta la ración a sus horas? Dichoso el servidor a quien su señor, al llegar, lo encuentre cumpliendo con su deber. Les aseguro que lo pondrá al frente de todos sus bienes. Pero si el administrador, pensando que su señor tarda en llegar, comienza a maltratar a los otros empleados y a las empleadas, y se pone a comer, a beber y a emborracharse, el día que menos lo espere y a una hora que no sabe, llegará su señor y lo despedirá, condenándolo a la pena de los que no son fieles. El servidor que sabe lo que su señor quiere y no está dispuesto a ponerlo por obra recibirá muchos azotes; el que no lo sabe, pero hace algo digno de castigo, recibirá pocos. Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá” (Lucas 12, 32-48).
El tema central de este pasaje del Evangelio consiste en la exhortación que el Señor hace a sus discípulos a estar preparados para cuando llegue la hora de pasar de esta vida a la eternidad. Esta exhortación, que es también para nosotros, la hace Jesús empleando varias comparaciones. Reflexionemos sobre ella, para que el momento designado en el Evangelio como “la venida del Hijo del Hombre” no nos sorprenda desprevenidos. Y hagámoslo sin miedo, animados por la fe en Dios y por la esperanza en su promesa de felicidad plena y sin fin. Porque también hoy Jesús nos dice a nosotros, como en aquel tiempo al pequeño grupo de sus primeros discípulos: No tengan miedo…
1. Donde está tu tesoro, allí también estará tu corazón
Jesús les había dicho en otra ocasión a sus discípulos que el Reino de Dios es semejante a un tesoro escondido en un campo que, quien lo encuentra, lo esconde de nuevo, vende todo lo que tiene y compra el campo (Mateo 13, 44). Así, pues, cuando Él emplea la imagen del tesoro está refiriéndose precisamente a la diferencia entre el Reino de Dios, que tiene un valor infinito, y las riquezas materiales, que son pasajeras.
Si lo más valioso para nosotros es lo material, allí estarán nuestros afectos, allí estará nuestro corazón, hasta sacrificar los demás valores -familiares, sociales y espirituales- en función de aquello que consideramos más importante. Pero si reconocemos que los bienes materiales no son el fin supremo de nuestra vida, sino sólo medios para lograr el fin para el que fuimos creados, que consiste en ser plena y eternamente felices, y que este fin sólo lo alcanzamos disponiéndonos en todo a amar y servir a Dios amando y sirviendo a nuestros hermanos más necesitados, habremos hallado el tesoro que verdaderamente vale más que todas las riquezas terrenas. Y es en este tesoro espiritual en donde debe estar nuestro corazón.
2. ¡Felices los servidores a quienes el dueño encuentre velando a su llegada!
La imagen del servidor es inmensamente significativa. En el Evangelio según san Lucas, Jesús les dice a sus discípulos en la última cena “Yo estoy en medio de ustedes como el que sirve” (Lucas 22, 27), precisamente cuando sus discípulos se ponen a discutir sobre quién de ellos es más importante. En este mismo contexto podemos entender lo que Jesús dice en la parábola de los servidores vigilantes: ¡Felices los servidores a quienes el dueño encuentre velando a su llegada! Les aseguro que él mismo se pondrá el delantal, los hará sentar a la mesa y les servirá uno por uno.
Y al volver sobre el tema en su respuesta a la pregunta de Pedro (Señor, ¿dijiste esta parábola para nosotros, o para todos?), el Señor toma como figura la forma la relación entre los empleados y el dueño de una hacienda. Si nos fijamos en la parte final de la parábola del mal administrador, podemos considerar bastante cruel el comportamiento de un patrón que castiga dando azotes a sus servidores que se han portado mal. Pero Jesús simplemente está empleando una figura, sin juzgar si es o no correcto el comportamiento del dueño de la hacienda. Lo que importa es la enseñanza de fondo, que aparece en la frase final de Jesús: “Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá”.

3. Si el dueño de la casa supiera a qué hora va a llegar el ladrón (…)
Esta tercera comparación empleada por Jesús se relaciona muy significativamente con la primera -la del tesoro-. El tesoro, donde debe estar nuestro corazón, es lo que más cuidadosamente necesitamos guardar y cuidar, lo cual significa poner todo cuanto esté de nuestra parte para que no nos sorprenda sin la debida preparación el encuentro definitivo con el Señor a la hora de nuestra muerte.

Por lo tanto, teniendo en cuenta que ya estamos advertidos, como lo estuvieron al salir de la esclavitud de Egipto los israelitas a los que se refiere la 1ª lectura, (lo que habría de suceder se les anunció de antemano:// Sabiduría 18, 6-9), renovando a ejemplo de Abraham nuestra fe en el futuro de felicidad que Dios nos promete, como se nos dice en la 2ª lectura (la fe es seguridad de lo que se espera:// Hebreos 11, 1-2.8-19), y confiando en la misericordia de Dios como nos invita a hacerlo el Salmo 33 (32), examinemos nuestra vida cada día, para estar debidamente dispuestos a encontrarnos con Dios en el momento definitivo de nuestro paso de esta vida a la eternidad.

Ese momento definitivo es lo que en el lenguaje bíblico del Nuevo Testamento se denomina la “venida de Hijo del Hombre”, el mismo a quien le decimos en la Eucaristía al adorar su Cuerpo y su Sangre después de la consagración del pan y del vino ¡Ven, señor Jesús!, y de quien esperamos a nuestra vez escuchar aquella frase que Él mismo anunció que les diría a quienes estén debidamente preparados: ¡Vengan benditos de mi Padre…! (Mateo 25, 31-46).