Septiembre 8, 2019: El mensaje del domingo

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Por: Gabriel Jaime Pérez, S.J.

Y el que no toma su propia cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo. Si alguno de ustedes quiere construir una torre, ¿acaso no se sienta primero a calcular los gastos, para ver si tiene con qué terminarla?

De otra manera, si pone los cimientos y después no puede terminarla, todos los que lo vean comenzarán a burlarse de él diciendo: Este hombre empezó a construir y no pudo terminar. O si algún rey tiene que ir a la guerra contra otro, ¿no se sienta primero a calcular si con diez mil soldados puede hacer frente a quien va a atacarlo con veinte mil? Y si no puede hacerle frente, cuando el otro esté aún lejos le mandará mensajeros a pedir la paz. Así pues, cualquiera de ustedes que no deje todo lo que tiene, no puede ser mi discípulo. (Lucas 14, 25-33).

Jesús plantea así las exigencias que implica la decisión de seguirlo. Tratemos de aplicar este Evangelio a nuestra vida, teniendo en cuenta también las otras lecturas de la liturgia eucarística de hoy: Sabiduría 9, 13-18; Salmo 90 (89); Carta a Filemón 9b-10. 12-17.

1. La verdadera sabiduría

En el lenguaje bíblico la sabiduría es entendida como la capacidad de identificar y emplear los medios que más y mejor puedan conducirnos a cumplir la voluntad de Dios y así alcanzar la verdadera felicidad, que es el fin último para el cual fuimos creados. Y la voluntad de Dios, lo que Él quiere, es que cada persona llegue a ser plenamente feliz, viviendo en armonía con su propia conciencia, con la naturaleza, con todos los seres humanos y con Él, de acuerdo con su plan creador que es un plan de amor.

La primera lectura dice: ¿Quién conocerá tu designio, si tú no le das sabiduría, enviando tu Santo Espíritu desde el cielo? El designio de Dios es su voluntad, que se va concretando para cada persona en el transcurso de su vida. Y esta concreción de la voluntad de Dios para cada cual la descubrimos mediante la oración personal. Jesús nos invita a seguirlo, dándole prioridad a la voluntad de Dios por encima de cualquier lazo afectivo, incluso de la propia familia y de los propios intereses. Así lo entendieron los primeros cristianos, cuando dentro de sus parientes encontraban oposición para el seguimiento de Jesucristo.
2. La importancia de planear para el futuro

Con las alegorías de la construcción de la torre y la preparación de la batalla, Jesús nos indica la importancia de la planeación del futuro. En todas las empresas humanas, en todo proyecto que una persona decida realizar, tiene que programar no sólo los pasos o las etapas requeridas para lograr con éxito su objetivo -que además debe estar muy claro desde el principio-, sino también la utilización de los medios o recursos necesarios.

Jesús le propone a toda persona que quiera seguirlo, un proyecto concreto de vida que consiste básicamente en colaborar con Él para que Dios, o sea el Amor, reine en su existencia personal, y mediante esto, conseguir la felicidad eterna. Esta tarea implica un constante discernimiento, una reflexión que, desde el examen y la oración personal, nos conduzca a identificar cómo quiere el Señor que actuemos para seguirlo en nuestras opciones fundamentales y en las situaciones cotidianas de nuestra vida, con qué medios contamos y en qué forma debemos emplearlos para lograr el fin para el cual Dios nos creó, que es precisamente el de ser felices. Todo esto supone y exige que tengamos en cuenta la finitud de nuestra existencia. En el salmo responsorial -Salmo 90 (89)- encontramos esta petición: Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato. Se trata de adquirir la verdadera sabiduría, de modo que aprovechemos al máximo el poco tiempo que tenemos en nuestra existencia terrena, comparado con la eternidad.

3. Hoy es el cumpleaños de la Virgen María y mañana termina la Semana por la Paz

El 8 de septiembre se conmemora en la liturgia católica el nacimiento de María santísima, la madre de Jesús. Invoquémosla evocando su canto conocido como el “Magníficat” (Lucas 1, 46-55), en el que proclama la grandeza de Dios que dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes.

La Semana por la Paz se celebra anualmente en Colombia desde 1988 por iniciativa de la Compañía de Jesús, siendo uno de sus días el 9 de septiembre, fecha en que la liturgia de la Iglesia conmemora al jesuita san Pedro Claver (1580-1654), proclamado en la Ley 95 de 1985 de la República Colombiana “Defensor de los Derechos Humanos”, y quien en la primera mirtad del siglo XVII –murío en 1654– dedicó su vida sacerdotal en Cartagena de Indias al servicio de los esclavos provenientes del África. La convocan, junto con la Compañía de Jesús, el Secretariado Nacional de Pastoral Social de la Conferencia Episcopal de Colombia y un número significativo de organizaciones sociales.

El lema de la Semana por la Paz de este año 2019 ha sido “soy y somos territorio de paz”, con el fin de invitar a que las personas, familias, colectivos, organizaciones, instituciones, pueblos, ciudades, países y más se declaren territorios de paz. Es la oportunidad entonces de preguntarse cada uno de nosotros: ¿Soy “territorio de paz”? ¿Contribuyo a que mi familia, mi lugar de estudio o de trabajo, mi círculo social, sean verdaderos territorios de paz? La respuesta depende de hasta qué punto respeto y contribuyo a que sean respetados la dignidad y los derechos humanos de las personas, comenzando por los más necesitados, física y espiritualmente. Y asimismo, de la forma en que mi trato con los demás no alimente el rencor ni la venganza, sino que sea una relación siempre constructiva y dispuesta a la reconciliación, sobre la base de la verdad, la justicia y la reparación. Hoy Colombia se encuentra afectada por una polarización política de odios que le impide hacer realidad una paz auténtica. ¿Cómo puedo contribuir efectivamente a superar esta situación? La respuesta a esta pregunta depende de la disposición de cada uno y cada una a construir puentes en lugar de levantar muros, a pedir perdón y a perdonar, a actuar racionalmente y no movidos por sentimientos fanáticos de culto idolátrico a personalidades de “derecha” o de “izquierda”. Todo esto supone un discernimiento, para el cual es necesario pedir la luz de Dios, de modo que podamos ser “instrumentos de su paz”.