Octubre 6, 2019: El mensaje del domingo

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Por: Gabriel Jaime Pérez, S.J.

En aquel tiempo los apóstoles le pidieron al Señor: Danos más fe. Él les contestó: --Si ustedes tuvieran fe, aunque sólo fuera del tamaño de una semilla de mostaza, podrían decirle a este árbol:

Arráncate de aquí y plántate en el mar, y les haría caso. Y si uno de ustedes tiene un criado que regresa del campo después de haber estado arando o cuidando el ganado, ¿acaso le dice: “Pasa y siéntate a comer”? No, sino que le dice: Prepárame la cena, y disponte a atenderme mientras yo como y bebo. Después podrás tú comer y beber”.

Y tampoco le da las gracias al criado por haber hecho lo que le mandó. Así también ustedes, cuando ya hayan cumplido todo lo que Dios les manda, deberán decir: Somos servidores inútiles, no hemos hecho más que cumplir con nuestra obligación." (Lucas 17, 5-10).

Las lecturas bíblicas de este domingo giran en torno a la fe y la humildad. La fe es una de las tres virtudes “teologales” o referidas a Dios, junto con la esperanza y la caridad, y ésta a su vez referida al prójimo. La humildad es una virtud moral opuesta al pecado capital de la soberbia o arrogancia de quienes se creen superiores a los demás.

1. “Si tuvieran fe como un granito de mostaza...”

Los apóstoles le piden a Jesús que les aumente la fe, y Él aprovecha esta petición para decirles que si esa virtud la tuvieran siquiera en un grado mínimo -de ahí la imagen del grano de mostaza, que es la más pequeña de todas las semillas-, lograrían lo que parece imposible, como hacer, con sólo dar la orden, que cambie de lugar un árbol -o un monte, como dicen los textos paralelos de los evangelistas Mateo y Marcos, de donde proviene el conocido refrán “la fe mueve montañas”-.

Ahora bien, la verdadera fe no consiste en repetir un credo o recitar fórmulas rituales, sino en adherirnos de corazón a Dios sin dejarnos amilanar por los problemas. En la primera lectura, el profeta Habacuc (1, 2-3; 2, 2-4) experimenta la tentación del desánimo porque al verse rodeado de violencia y sufrimiento parece no ser escuchado por Dios, y la respuesta a su clamor es una invitación a creer: el justo vivirá por la fe. Y en la segunda lectura, tomada de la segunda carta de san Pablo a Timoteo (1, 6-8.13-14), el apóstol le dice: confía en el poder de Dios. No caigamos en la tentación de desanimarnos ante las dificultades y caer en el pesimismo, pensando que Dios no nos escucha. La fe auténtica implica todo lo contrario: creer en la posibilidad de salir adelante, confiando en Dios que nos creó (Salmo 94), que quiere nuestro bien y conoce mucho mejor que nosotros lo que más nos conviene para la vida eterna, y para quien nada es imposible.

Pero esto no nos exime de poner cuanto esté de nuestra parte. La verdadera fe es a la vez confianza en Dios y en nuestras capacidades: confianza en Dios como si todo dependiera de Él, pero haciendo nuestro trabajo como si todo dependiera de nosotros. Esta misma fe animó a san Pablo a no tener miedo a los duros trabajos del Evangelio, como él mismo lo dice en la segunda lectura.

2. “Somos unos pobres servidores, hemos hecho lo que teníamos que hacer”

Jesús nos invita igualmente a ser humildes. El granito de mostaza puede ser también una imagen de la humildad. Pero Jesús agrega otra: la del servidor que no exige lo que no le corresponde. Los términos humildad y humanidad provienen del latín humus: el barro de la tierra. Reconocer lo que somos como criaturas no es minusvalorarnos, sino aceptar nuestra realidad de seres humanos.

Por eso Jesús nos dice que, al hacer la voluntad de Dios, en lugar de esperar honores reconozcamos sencillamente que hemos cumplido con nuestro deber. Esto es lo que Él mismo nos enseñó con su ejemplo: siendo Dios se hizo humano y servidor, tal como les dijo a sus discípulos: Yo estoy en medio de ustedes como el que sirve. (Lucas 22, 27).

3. Pidamos los dones de la fe y de la humildad

Pidámosle al Señor, como sus apóstoles, que nos aumente la fe. No la falsa fe consistente en creencias vacías sin repercusión en la vida concreta, sino la auténtica que Jesús nos invita a tener: adherirnos a Dios confiando plenamente en Él y poner en práctica, sin desanimarnos ante los problemas, las capacidades que Él mismo nos ha dado.

Y pidámosle asimismo que nos haga humildes. Invoquemos para ello la intercesión de María, la madre de Jesús, la humilde servidora del Señor –tal como se llamó a si misma- (Lucas 1, 38.48). Y la de tantos otros santos y santas que se distinguieron por su humildad. En este mes de octubre, cuyo día 7 celebramos la advocación de Nuestra Señora del Rosario (y por eso es el mes del Santo Rosario), y que es también el mes de las Misiones, la Iglesia conmemora especialmente:

- El día 1º a la religiosa carmelita francesa santa Teresita del Niño Jesús (1873-1897), patrona universal de las misiones al haber ofrecido su tuberculosis por la obra misionera de la Iglesia.

- El día 4 al religioso italiano san Francisco de Asís (1182-1226), que le dio a la orden que fundó el nombre de hermanos menores, pues quería que sus integrantes fueran los servidores de todos y buscaran siempre los lugares más humildes, y solía decir: “Soy tan sólo lo que soy ante Dios”

- Y el día 15 a la religiosa española Santa Teresa de Ávila -o de Jesús- (1515-1582), de quien vale recordar algunas de sus frases: “La humildad es la verdad”. “La medida verdadera de nuestra proximidad a Dios, es la humildad” “El humilde se contenta con lo que le toca: si se trata de servir, sirve; si le toca trabajar fuerte, lo hace, y si le dan regalos, con admiración y agradecimiento los recibe, aunque piensa que no le corresponden. Todas sus acciones y pensamientos le parecen insignificantes para tan gran Señor.”

Hagamos finalmente nuestra la oración de Santa Teresita del Niño Jesús para alcanzar la humildad: Tú, Señor, conoces mi debilidad. Cada mañana tomo la resolución de practicar la humildad, y por la noche reconozco que he vuelto a cometer muchas faltas de orgullo. Al ver esto, me tienta el desaliento, pero sé que el desaliento es también una forma de orgullo. Por eso, quiero, Dios mío, fundar mi esperanza sólo en ti. Ya que tú lo puedes todo, haz que nazca en mi alma la virtud que deseo. ¡Jesús manso y humilde de corazón, haz mi corazón semejante al tuyo!