Noviembre 3, 2019: El mensaje del domingo

homilia_gabriel_jaime_pérez

Por: Gabriel Jaime Pérez, S.J.

Corrió más adelante y se subió a una higuera para verlo, pues tenía que pasar por allí. Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo: «Zaqueo, baja enseguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa.» Él bajó enseguida y lo recibió muy contento. Al ver esto, todos murmuraban diciendo: «Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador.» Pero Zaqueo se puso en pie y dijo al Señor: «La mitad de mis bienes, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más.»

Jesús le contestó: - «Hoy ha sido la salvación de esta casa; también éste es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido.» (Lucas 19, 1-10).

1. “El Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido”

El Evangelio del domingo pasado nos presentaba mediante una parábola el contraste entre la oración arrogante de un fariseo cerrándose co n su soberbia a la misericordia de Dios, y la humilde de un publicano implorando misericordia. El de hoy nos muestra la misericordia de Dios presente y actuante en Jesucristo, y la respuesta de conversión que proviene del publicano Zaqueo.

Los publicanos o recaudadores de impuestos del imperio romano eran rechazados como pecadores porque solían enriquecerse con las tajadas que obtenían a costa de los contribuyentes. Pero la actitud de Jesús hacia Zaqueo no es de rechazo, sino de invitación a un encuentro con Él que lo lleva a la transformación radical de su conducta. Varios detalles del relato evangélico nos sirven para nuestra reflexión:

- El esfuerzo de Zaqueo por conocer a Jesús: se sube a un árbol a causa de su pequeña estatura, para poderlo ver cuando pase. También Jesús pasa por nuestra vida constantemente. ¿Nos esforzamos por aprovechar este paso del Señor?

- El gesto de Jesús, proponiéndole que lo invite a su casa. También a nosotros el Señor nos propone que le abramos un espacio en nuestra vida. Y en la medida en que nos dispongamos a recibirlo reconociendo humildemente nuestra necesidad de salvación, nuestro encuentro con el Señor producirá en cada uno de nosotros una transformación.
- La conversión de Zaqueo, manifestada en su disposición a reparar el mal que había causado. También de nosotros espera el Señor una actitud similar al ser acogidos por su misericordia. Es imprescindible nuestra disposición a reconocer el daño que hayamos causado a otros, y a la debida reparación en la medida de nuestras posibilidades.

Este último detalle tiene una aplicación concreta en los intentos de resolución de los conflictos y de búsqueda de la paz mediante la reconciliación, pues el perdón supone de quien lo recibe un reconocimiento y una manifestación de la verdad sobre su comportamiento, y una voluntad sincera de reparación.

2. “A quienes pecan, haces que reconozcan sus faltas para que se aparten del mal”

La primera lectura, tomada del libro de Sabiduría en el Antiguo Testamento (11,22; 12,2), exalta la compasión que Dios tiene de todos los seres humanos, una actitud del todo opuesta a la de quienes, como indica el Evangelio, creyéndose santos y superiores a los demás critican a Jesús por entrar en la casa de un pecador. Pero, asimismo, muestra que la actitud compasiva de Dios, que se manifiesta personalmente en Jesús, no es una complicidad con el pecado, sino una invitación a la conversión, es decir, a la reorientación de la vida en el sentido de la voluntad de Dios, que es voluntad de justicia y de amor.

Dice el texto del libro de la Sabiduría: “Porque en todos los seres está tu espíritu inmortal. Por eso, a los que pecan los corriges y reprendes poco a poco, y haces que reconozcan sus faltas, para que, apartándose del mal, crean en ti, Señor”. Y esto es precisamente lo que ocurre con Zaqueo el publicano en el relato del Evangelio: el Espíritu Santo lo mueve a una conversión sincera. También en nosotros, si lo dejamos, puede actuar el Espíritu de Dios para transformarnos al recibir a Jesús en nuestra casa, es decir, en nuestra propia existencia.

3. Que Dios “cumpla por su poder todos los buenos deseos de ustedes”

La segunda lectura, tomada de la segunda carta de san Pablo a los Tesalonicenses, integrantes de la comunidad cristiana que él había dejado iniciada en la ciudad griega de Tesalónica (1,11; 2,2), tiene como tema central la actitud que el creyente debe tener ante la promesa de la parusía, palabra griega que alude al regreso glorioso de Jesús al final de los tiempos. Se trata de una invitación a mirar el futuro con optimismo, poniendo todo nuestro empeño en trabajar, con una esperanza activa y paciente, por la construcción de un mundo mejor en el que se vaya haciendo realidad el reino de Dios.

A esto se refiere precisamente la oración que Jesús nos enseñó con la frase venga a nosotros tu Reino: un reino de justicia, de amor y de paz que sólo será posible en definitiva gracias al poder de Dios, pero también con nuestra colaboración, si nos disponemos a que el Señor venga a nuestra existencia y la transforme definitivamente en una vida nueva. Es la misma esperanza que nos anima a repetir la invocación con que termina el Nuevo Testamento y que recitamos inmediatamente después de la consagración del pan y del vino en la Eucaristía: Ven, Señor Jesús (Apocalipsis 22, 20). Dispongámonos pues a recibir a Jesús en nuestra vida para que Él, con la luz y el poder de su Espíritu, como lo hizo con Zaqueo el publicano, alimente en nosotros los buenos deseos y nos ayude a realizarlos.