Marzo 7: “Destruyan este templo, y en tres días volveré a levantarlo”

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Por: Gabriel Jaime Pérez, S.J.

Como ya se acercaba la fiesta de la Pascua de los judíos, Jesús fue a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de novillos, ovejas y palomas, y a los que estaban sentados en los puestos donde se le cambiaba el dinero a la gente. Al verlo, Jesús tomó unas cuerdas, se hizo un látigo y los echó a todos del templo, junto con sus ovejas y sus novillos. A los que cambiaban dinero les arrojó las monedas al suelo y les volcó las mesas. A los vendedores de palomas les dijo: - ¡Saquen esto de aquí! ¡No hagan un mercado de la casa de mi Padre! Entonces sus discípulos se acordaron de aquella Escritura que dice: “Me consume el celo por tu casa”. Los judíos le preguntaron: - ¿Qué prueba nos das de tu autoridad para hacer esto? Jesús les contestó: - Destruyan este templo, y en tres días volveré a levantarlo. Los judíos le dijeron: - Cuarenta y seis años se ha trabajado en la construcción de este templo, ¿y tú en tres días lo vas a levantar? Pero el templo al que Jesús se refería era su propio cuerpo. Por eso, cuando resucitó, sus discípulos se acordaron de esto que había dicho, y creyeron en las Escrituras y en las palabras de Jesús. Mientras Jesús estaba en Jerusalén, en la fiesta de la Pascua, muchos creyeron en Él al ver las señales milagrosas que hacía. Pero Jesús no confiaba en ellos, porque los conocía a todos. No necesitaba que nadie le dijera nada acerca de la gente, pues Él mismo conocía el corazón humano (Juan 2, 13-25). 

Nuestra reflexión sobre este pasaje del Evangelio podemos hacerla refiriéndonos a tres frases, las dos primeras dichas por Jesús y la tercera dicha por el evangelista, teniendo en cuenta también los otros textos bíblicos de este domingo [Éxodo 20, 1-17; Salmo 19 (18); I Corintios 1, 22-25]. 

 

1. ¡No hagan un mercado de la casa de mi Padre! 

El templo de Jerusalén era para los judíos el lugar de la presencia de Dios significada en el “arca de la alianza”, un cofre donde se guardaban los libros sagrados de la “Torá” o Ley de Dios, que contenían los diez mandamientos a los que se refieren la primera lectura y el salmo. Estos mandamientos, como lo enseñaría Jesús 12 siglos después de haber sido proclamados en el monte Sinaí, pueden sintetizarse en la ley del amor a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo, es más, como Dios nos ama. 

Pero los vendedores de animales para los sacrificios rituales que estaban al servicio de los sacerdotes del templo, hacían de este algo totalmente opuesto a lo que debía ser. En vez de reconocerlo y respetarlo como el lugar de la presencia de Dios, lo empleaban para explotar a la gente buscando el propio provecho personal, sin importarles el espíritu de aquella Ley que habían distorsionado, reduciéndola a unas prácticas rituales externas desconectadas de las exigencias sociales. Lo mismo ocurre siempre que se utiliza la religión para hacer de ella un negocio lucrativo. 

 

2. Destruyan este templo, y en tres días volveré a levantarlo 

El mismo evangelista explica el sentido de esta frase de Jesús, a la que iban a hacer alusión sus acusadores en forma distorsionada durante el juicio farsante que le haría el Sanedrín la víspera de su muerte en la cruz (“Él ha dicho que puede destruir el templo y reconstruirlo en tres días”: Mt 26, 61). Jesús no dijo que Él lo podía destruir, sino “destruyan este templo, y en tres días volveré a levantarlo”; y el evangelista comenta: “el templo al que Jesús se refería era su propio cuerpo. Por eso, cuando resucitó, sus discípulos se acordaron de esto que había dicho”. 

Además, Jesús estaba indicando no sólo que Él se manifiesta como el lugar viviente de la presencia de Dios que remplaza al antiguo Templo de Jerusalén, sino también que toda persona que se identifica con Él y quiere ser su discípulo está llamada asimismo a ser templo de su Espíritu. En otras palabras, Dios nos invita a ser portadores de su presencia, o sea del Amor, porque Él mismo es Amor. Los primeros cristianos se llamaron a sí mismos “cristóforos”, término procedente del griego que significa portadores de Cristo. Esto estamos llamados a ser nosotros, los bautizados en el nombre de Jesucristo. 

La metáfora es empleada también por san Pablo en sus cartas a los cristianos de la ciudad griega de Corinto, para referirse a los bautizados como templos del Espíritu Santo: El cuerpo es templo del Espíritu Santo (I Cor 6, 19); ustedes son templo de Dios y el Espíritu de Dios mora en ustedes (I Cor 3, 16); ustedes son el templo de Dios viviente, como Dios dijo: habitaré y andaré entre ellos (2 Cor 6, 16). 

En el texto de la primera carta a los Corintios que corresponde a la segunda lectura, Pablo dice que el Cristo del que debemos ser portadores con nuestro testimonio de vida es aquél que fue crucificado, es decir, el que mostró cómo es el amor de Dios, un amor que va hasta el extremo de entregar la propia vida. Todo el que se encuentre con un bautizado debería advertir en él la presencia de ese mismo Dios Amor como la experimentaban en el propio Jesús las personas necesitadas, los pobres, los rechazados, los marginados, los excluidos, los enfermos, los pecadores a quienes Él invitaba a convertirse y que acogían esta invitación. ¿Somos los bautizados de verdad “cristóforos”, portadores de Cristo.

 

3. Él conocía el corazón humano

La última parte del relato sobre la expulsión de los mercaderes del templo nos invita a reflexionar sobre el sentido de nuestra relación con Jesús. Cuando el evangelista dice que “Jesús no confiaba en ellos, porque los conocía a todos”, se está refiriendo precisamente a los mercachifles de la religión que lo cuestionaban porque no querían perder su poder para seguir explotando a la gente, especialmente, a los pobres. Pero, como también nos lo muestran constantemente los Evangelios, Jesús sabe reconocer la sinceridad de quienes se acercan a Él con humildad, sin exigir señales milagrosas previas como lo hacían quienes le preguntaban por las pruebas de su autoridad. 

¿Cuál es nuestra actitud ante Dios, ante Jesús? ¿La de quienes exigen pruebas o la de quienes reconocen sus debilidades, su fragilidad humana y su necesidad de salvación? En este tiempo de la Cuaresma, renovemos nuestra fe en el Dios Amor que se nos ha manifestado en Jesucristo, sabiendo que Él, que conoce lo que hay dentro de cada uno de nosotros, no quiere condenarnos como un juez castigador, sino redimirnos y hacer posible, si dejamos que su Espíritu actúe en nuestras vidas, nuestra reconciliación con Él, con nuestros prójimos, con la naturaleza creada por Dios y con nosotros mismos. Que así sea, por la gracia de Dios.