Abril 18: Jesús se puso en medio de ellos y los saludó diciendo: “paz a ustedes”

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Por: Gabriel Jaime Pérez, SJ

Los discípulos a quienes Jesús se les había manifestado les contaron a los demás lo que les había pasado en el camino, y cómo lo reconocieron en la fracción del pan. Estaban todavía hablando de estas cosas, cuando Jesús se puso en medio de ellos y los saludó diciendo: “Paz a ustedes”. Ellos se asustaron mucho, pensando que estaban viendo un espíritu. Pero Jesús les dijo: “¿Por qué están asustados? ¿Por qué tienen esas dudas en su corazón? Miren mis manos y mis pies. Soy yo mismo. Tóquenme y vean: un espíritu no tiene carne ni huesos, como ustedes ven que tengo yo”. Al decirles esto, les enseñó las manos y los pies. Pero como ellos no acababan de creerlo a causa de la alegría y el asombro que sentían, Jesús les preguntó: “¿Tienen aquí algo que comer?” Le dieron un pedazo de pescado asado, y él lo aceptó y lo comió en su presencia. Luego les dijo: “Lo que me ha pasado es aquello que les anuncié cuando estaba todavía con ustedes: que había de cumplirse todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los libros de los profetas y en los salmos”. Entonces hizo que entendieran las Escrituras, y les dijo: “Está escrito que el Mesías tenía que morir, y resucitar al tercer día, y que en su nombre se anunciará a todas las naciones que se vuelvan a Dios, para que él les perdone sus pecados. Comenzando desde Jerusalén, ustedes deben dar testimonio de estas cosas”. (Lucas 24, 35-48). 

Las lecturas de este domingo [Hechos 3, 13-15.17-19), Salmo 5 (4), 1ª Juan 2, 1-5a; Lucas 24, 35-48] nos invitan a meditar sobre el mensaje central de nuestra fe: Jesucristo está vivo después de su muerte en la cruz y se hace presente en medio de nosotros, iluminándonos para que comprendamos su obra salvadora y animándonos a dar testimonio de ella. Imaginemos que estamos presentes en el episodio que nos relata el Evangelio y pidámosle al Señor la gracia de reconocer en nuestra vida su presencia resucitada y resucitadora

 

1. Contaron lo que les había pasado y cómo lo reconocieron en la fracción del pan

Los dos discípulos a quienes Jesús resucitado les había salido al encuentro cuando caminaban hacia la aldea de Emaús, uno llamado Cleofás y el otro seguramente el mismo Lucas (24, 13-34), no hicieron parte de los doce apóstoles, pero eran también seguidores de Jesús. Ellos habían reconocido su presencia por el mismo gesto que su Maestro antes de morir había dicho que fuera repetido en memoria suya.

El término bíblico fracción del pan (acción de partir el pan) se refiere a la Eucaristía. Cada vez que esta se celebra, no sólo se recuerda, sino que se actualiza su misterio pascual, es decir, su sacrificio redentor y su paso de la muerte a una vida nueva, que se hace presente entre nosotros y alimenta a quienes participamos para continuar con esperanza y optimismo el camino de nuestra vida terrena, renovados con su vida resucitada.

Cristo resucitado saluda a sus discípulos comunicándoles la paz. Esto mismo sucede para nosotros cuando celebramos la Eucaristía. Él, por medio de quien la preside en su nombre, les da la paz a quienes participan en ella y les invita a comunicarse este mismo saludo. En medio de la situación de pandemia que estamos viviendo, necesitamos ser fortalecidos con el don de la paz, ante todo la paz interior que sólo Jesús resucitado puede concedernos para seguir adelante en nuestra vida, sin dejarnos vencer por el miedo o el pesimismo. Por eso le pedimos de todo corazón: Cordero de Dios (…): Ten piedad de nosotros y danos la paz.  

 

2. Entonces hizo que entendieran las Escrituras

Los dos discípulos de Emaús habían sido ilustrados por el propio Jesús resucitado para comprender el sentido de las profecías bíblicas que se referían a Él como el Mesías prometido. Ahora reciben una ilustración similar los demás integrantes de la primera comunidad cristiana: que el Mesías tenía que padecer y morir para resucitar, como lo indica el Evangelio y lo dice también Pedro en su discurso que evoca la primera lectura, tomada del libro de los Hechos de los Apóstoles. 

Justamente en esto consiste el misterio pascual de Jesús: su paso por la muerte de cruz para resucitar a una vida nueva y gloriosa, como consecuencia de haberse entregado al servicio del Reino de Dios Padre: un reino de justicia, de amor y de paz en beneficio de toda la humanidad. Su pasión y muerte fueron así el testimonio de la solidaridad de Dios hecho hombre con las víctimas de la injusticia y de la violencia, para abrirnos a todos, si nos identificamos con Él y nos solidarizamos también con ellas, a la esperanza activa en un porvenir de vida gozosa y sin fin.

 

3. “Ustedes deben dar testimonio”

Cuando Jesús resucitado pronuncia estas palabras, les está dando a sus primeros discípulos la misión de proclamar su resurrección no sólo de palabra, sino también y ante todo con los hechos. “En esto reconocerán todos que ustedes son mis discípulos: en que se aman los unos a los otros”, les había dicho en la última cena antes de su pasión, como nos lo cuenta el Evangelio según san Juan. Y en la segunda lectura, tomada de la 1ª Carta de Juan, su autor escribe: “quien guarda su palabra, ciertamente el amor de Dios ha llegado en él a su plenitud. En esto conocemos que estamos en él”. 

Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, decimos inmediatamente después de la consagración del pan y del vino. Este anuncio y esta proclamación debemos manifestarlos con el testimonio de nuestra vida, cumpliendo el mandamiento del amor y realizando así lo que celebramos en la Eucaristía. Pidámosle al Señor que nos abra el entendimiento para que comprendamos el mensaje que nos transmiten los textos bíblicos, y nos ayude a proclamarlo de tal modo que, como dice el verso del Salmo 5, brille sobre nosotros el resplandor de su rostro y demos un testimonio claro y luminoso de su resurrección. Y que María santísima, que acompañó a la primera comunidad creyente en Cristo orando con ella en la espera del acontecimiento de Pentecostés, nos ayude con su intercesión para que así sea.