Mayo 9: Ámense los unos a los otros como yo los he amado

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Por: Gabriel Jaime Pérez, SJ

En la última cena Jesús dijo a sus discípulos: Yo los amo a ustedes como el Padre me ama a mí; permanezcan, pues, en el amor que les tengo. Si obedecen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, así como yo obedezco los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les hablo así para que se alegren conmigo y su alegría sea completa. Mi mandamiento es este: Que se amen unos a otros como yo los he amado a ustedes. El amor más grande que uno puede tener es dar su vida por sus amigos. Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo. Los llamo mis amigos, porque les he dado a conocer todo lo que mi Padre me ha dicho. Ustedes no me escogieron a mí, sino que yo los he escogido a ustedes y les he encargado que vayan y den mucho fruto, y que ese fruto permanezca. Así el Padre les dará todo lo que le pidan en mi nombre. Esto, pues, es lo que les mando: que se amen unos a otros 

El mandamiento del amor -Ámense unos a otros como yo los he amado-, que aparece tres veces en el Evangelio de Juan (13, 34; 15, 12; 15, 17), constituye el núcleo de las enseñanzas de Jesús. Meditemos sobre su significado, en el contexto de la situación actual del país y del mundo, en el que por desgracia el comportamiento humano dista mucho de la voluntad de Dios, pues lo que impera no es amarnos unos a otros, sino armarnos los unos contra los otros. 

 

1. “Yo los amo a ustedes como el Padre me ama a mí” 

Jesús nos reveló a Dios como un Padre que nos ama infinitamente, y que a través de su Hijo nos comunica lo que es Él mismo en su esencia: Dios es amor, dice la segunda lectura (1ª Juan 4, 7-10), no dando una definición -porque el Infinito es indefinible-, sino intentando expresar así lo que en el lenguaje humano puede describir mejor el ser de Dios. 

Toda la vida terrena de Jesús fue una revelación de la acción salvadora de Dios como la de un Padre amoroso, completamente distinto de la imagen que suelen presentar quienes conciben la relación del Creador con sus criaturas como la de un amo que oprime a sus esclavos. Y lo que Jesús les dice a sus discípulos al emplear la contraposición entre los siervos y los amigos, implica una elección que es iniciativa suya: Ustedes no me escogieron a mí, sino que yo los escogí a ustedes. Es la misma idea expresada en la segunda lectura: En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó”. 

 

2. “No los llamo siervos, los llamo mis amigos” 

Diez veces aparece en este pasaje del Evangelio según san Juan la referencia al amor, incluida la amistad. En Jesús se manifiesta la cercanía de Dios como amigo, sin exclusiones, como lo muestra la primera lectura en el relato del bautismo de Cornelio, quien siendo un pagano, de una raza y nación distintas de la judía, fue recibido en la primera comunidad cristiana (Hechos 10, 25-26.34-35.44-48). 

Por otra parte, la explicación que Jesús de cómo quiere relacionarse con sus discípulos, nos remite a la comunicación que se da entre los amigos: “El siervo no sabe lo que hace su amo. Yo los llamo mis amigos porque les he dado a conocer todo lo que mi Padre me ha dicho”. Entre los verdaderos amigos no hay secretos, sino una transparencia total que le permite a cada cual conocer y reconocer al otro como es. Así se nos manifiesta Dios en Jesucristo, y así espera Él que nosotros le correspondamos. 

San Ignacio de Loyola escribió en sus Ejercicios Espirituales que “el amor consiste en la comunicación de las dos partes”, es decir, en dar y comunicar el uno al otro todo lo que tiene, sin reservarse nada, superando completamente cualquier forma de egoísmo. Por eso cuando Jesús llama “amigos” a sus discípulos -y a través de ellos también a nosotros-, nos está invitando a corresponder a lo que Él nos ha entregado: ¡nada menos que su propia vida! 

 

3. “Mi mandamiento es este: que se amen unos a otros como yo los he amado…” 

El Papa Emérito Benedicto XVI al publicar su primera Encíclica dada a conocer el 25 de diciembre de 2005, le puso por título Dios es amor. “La fe cristiana -escribió-, poniendo el amor en el centro, ha asumido lo que era el núcleo de la fe de Israel, dándole al mismo tiempo una nueva profundidad y amplitud. En efecto, el israelita creyente reza cada día con las palabras del Libro del Deuteronomio: El Señor nuestro Dios es solamente uno. Amarás al Señor con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas‟ (Dt 6, 4-5). Jesús, haciendo de ambos un único precepto, ha unido este mandamiento del amor a Dios con el del amor al prójimo, contenido en el Libro del Levítico: Amarás a tu prójimo como a ti mismo (Lv 19, 18; cf. Mc 12, 29- 31). Y, puesto que es Dios quien nos ha amado primero (cf. 1 Jn 4, 10), ahora el amor ya no es sólo un ‘mandamiento’, sino la respuesta al don del amor…” (Encíclica Dios es Amor, No. 1). 

Y esta es también la perspectiva que durante todo su pontificado ha caracterizado al Papa Francisco, quien al inaugurar el Año de la Misericordia (2016) propuso como su lema una frase de Jesús, quien con sus palabras y sus hechos nos reveló personalmente el amor compasivo de Dios hasta el punto de ser él mismo “el rostro de la Misericordia”, en el mismo sentido del mandamiento del amor: “Sean misericordiosos como el Padre de ustedes es misericordioso” (Lucas 6, 27-36). Por eso, si queremos la paz, tenemos que desarmar nuestros espíritus, buscando ciertamente la justicia social que es condición indispensable para la convivencia pacífica, pero también disponiéndonos para la reconciliación entre todos con la gracia de ese Dios misericordioso que quiso reconciliarnos con Él por medio de su Hijo Jesucristo 

Finalmente, en este mes dedicado a la Madre de Dios hecho hombre, y en especial al celebrar este domingo el Día de las Madres, oremos por todas las mamás para que, por la intercesión de María santísima, el Señor bendiga a las que aún viven en este mundo y les dé la felicidad eterna a las que ya han partido de él. Así sea.