Mayo 23: "Sopló sobre ellos y dijo: 'reciban el Espíritu Santo'" (Juan 20, 19-23)

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Por: Gabriel Jaime Pérez, SJ

Evangelio según san Juan: Al llegar la noche del mismo día, el primero de la semana, los discípulos se habían reunido con las puertas cerradas por miedo a las autoridades judías. Jesús entró y, poniéndose en medio de los discípulos, los saludó diciendo: - ¡Paz a ustedes! Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Y ellos se alegraron de ver al Señor. Luego Jesús les dijo otra vez: - ¡Paz a ustedes! Como el Padre me envió a mí, así yo los envío a ustedes. Y sopló sobre ellos, y les dijo: - Reciban el Espíritu Santo. A quienes ustedes perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a quienes no se los perdonen, les quedarán sin perdonar. 

Hechos de los Apóstoles: Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían posándose encima de cada uno. Se llenaron todos del Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería. Se encontraban entonces en Jerusalén judíos devotos de todas las naciones de la tierra. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma. Enormemente sorprendidos, preguntaban: “¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno de nosotros los oye hablar en la propia lengua nativa? Entre nosotros hay partos, medos y elamitas, otros vivimos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia o en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia que limita con Cirene; algunos somos forasteros de Roma, otros judíos o prosélitos; también hay cretenses y árabes; y todos los oímos hablar de las maravillas de Dios, cada uno en la propia lengua”. 

El término Pentecostés (que en griego significa “quincuagésimo” o número 50) proviene de la fiesta agrícola de las Siete Semanas que marcaba el fin de las cosechas y se celebraba el día 50 después de los primeros frutos. Los israelitas le dieron un significado histórico al conmemorar la promulgación de la Ley de Dios en el monte Sinaí 50 días después de la Pascua que evocaba su liberación de la esclavitud en Egipto. Para nosotros, Pentecostés es la fiesta del Espíritu Santo: 50 días después de la muerte y resurrección de Jesús, sus discípulos reunidos con María, su madre, reciben la luz y la fuerza del Espíritu Santo para salir sin miedo a realizar la misión que Jesús les ha dado. 

 

1. El Espíritu Santo es aliento vivificante y renovador 

El primer relato bíblico de la creación dice simbólicamente que en el principio “el espíritu (la ruah, es decir el soplo, el aliento) de Dios se movía (o “aleteaba‟) sobre las aguas” (Génesis 1, 2); y el segundo relato, también simbólicamente, dice que Yahvé “formó al hombre del barro de la tierra, sopló en su nariz y le dio vida” (Génesis 2, 7). 

En hebreo la palabra ruah, de género femenino (pneuma en griego, spiritus en latín) expresa el aliento tierno de Dios que da la vida. Esto es lo que canta poéticamente el Salmo 104: “envías tu aliento y los creas”, El Evangelio evoca el soplo de Jesús resucitado sobre sus discípulos, y en los Hechos de los Apóstoles se habla de un viento fuerte. La diferencia entre la primera comunicación del Espíritu Santo por parte de Cristo y el acontecimiento de Pentecostés, consiste en que los discípulos vivieron un proceso de iluminación y fortalecimiento que comenzó con la experiencia del Señor resucitado y llegó a su plenitud cuando pudieron proclamar sin miedo la Buena Noticia. 

Hay además en las Sagrada Escrituras otros signos del Espíritu Santo: 

- el fuego simboliza la energía divina que transforma, da luz y calor, y transmite fuerza; 

- el agua, signo de vida, expresa el nuevo nacimiento realizado en el Bautismo; 

- el óleo o aceite de oliva significa fortaleza y fragancia, y se emplea en los sacramentos del 

Bautismo, la Confirmación, el Orden y la Unción de los Enfermos; 

- la paloma llega al arca de Noé con una rama de olivo al fin del diluvio (Gn 8,11) y se posa sobre 

Jesús bautizado (Jn 1,32), representando al Espíritu Santo que hace posible una nueva creación; 

- y la imposición de las manos (en forma de alas desplegadas) expresa su comunicación. 

 

2. El Espíritu Santo hace posibles el nacimiento y el desarrollo de la Iglesia 

Pentecostés es la fiesta del nacimiento de la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo compuesto por muchos y distintos miembros Este Cuerpo es animado por el Espíritu Santo, del que provienen, como dice san Pablo (1 Corintios 12, 3-7. 12-13), los dones o carismas. La Iglesia reconoce siete: 

1º. Sabiduría, para discernir y conocer la voluntad de Dios y así tomar las decisiones correctas. 

. Entendimiento, para saber interpretar y comprender el sentido de la Palabra de Dios. 

3º. Ciencia, para saber descubrir a Dios en su creación y colaborar para su cuidado y desarrollo. 

4º. Consejo, para saber orientar a otros cuando nos lo solicitan o necesitan de nuestra ayuda. 

5º. Fortaleza, para luchar sin desanimarnos a pesar de los problemas y las dificultades. 

6º. Piedad, para reconocernos como hijos de Dios, y por eso mismo como hermanos entre nosotros. 

7º. Respeto a Dios (llamado también “Temor de Dios”, pero con un sentido diferente del miedo) 

para cumplir sus mandamientos y evitar las ocasiones de caer en el pecado. 

 

3. El Espíritu Santo hace posible la comunicación gracias al lenguaje del amor 

Toda la historia de la salvación es el paso de la incomunicación de Babel a la comunicación de Pentecostés. Cuando la intención es el dominio opresor, se produce como consecuencia una confusión total que impide el mutuo entendimiento (Génesis 11, 1-9); pero cuando la intención es construir una auténtica comunidad participativa, por obra del Espíritu de Dios se produce la verdadera comunicación (Hechos 2, 1-11). Porque hay un lenguaje que nos hace posible entendernos, superando la diversidad de idiomas: el lenguaje del amor. Este fue el de los primeros cristianos, gracias al Espíritu Santo que los llevó a construir una comunidad de amor fraterno. 

Al celebrar pues la fiesta de Pentecostés, unidos en oración como los primeros discípulos lo estaban con María santísima, pidámosle al Señor que renueve en quienes creemos en Él la comunicación del Espíritu Santo, repitiendo en nuestro interior la invocación que antecede en la liturgia eucarística al Evangelio de este día: Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor. Amén.