Junio 20: ¿todavía no tienen fe?

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Por: Gabriel Jaime Pérez, SJ

Después de enseñar a la gente desde una barca por medio de parábolas, al anochecer Jesús les dijo a sus discípulos: -Vamos al otro lado del lago. Entonces dejaron a la gente y llevaron a Jesús en la barca en que ya estaba; y también otras barcas los acompañaban. En esto se desató una tormenta, con un viento tan fuerte que las olas caían sobre la barca, de modo que se llenaba de agua. Jesús se había dormido en la parte de atrás, apoyado sobre una almohada. Lo despertaron y le dijeron: Maestro: ¿no te importa que nos estemos hundiendo? Jesús se levantó, dio una orden al viento, y le dijo al mar: ¡Silencio! ¡Quédate quieto! El viento se calmó y todo quedó completamente tranquilo. Después dijo Jesús a los discípulos: ¿Por qué están asustados? ¿Todavía no tienen fe? Ellos se llenaron de miedo, y se preguntaban unos a otros: ¿Quién será éste, que hasta el viento y el mar le obedecen? (Marcos 4,35-41)

Este relato nos invita a la fe en la acción salvadora de Jesús cuando vivimos momentos difíciles. Tanto en lo personal como en lo social, pueden sobrevenir y de hecho sobrevienen tempestades que amenazan con hundirnos. Pero como dice el refrán popular, “después de la tempestad viene la calma”, y esto se cumple en nuestra vida cuando no nos dejamos vencer por la desesperación y recurrimos al Señor, poniendo asimismo todo cuanto esté de nuestra parte para resolver los problemas. 

Hoy nosotros estamos padeciendo dos tempestades: en el mundo, la pandemia del coronavirus, al inicio de la cual el papa Francisco transmitió desde Roma una oración universal evocando este pasaje del Evangelio e invocando a Jesús y a su santísima Madre; y en Colombia, la tormenta de una crisis social que ha generado distintas formas de violencia, ante la cual debemos hacer todo cuanto nos sea posible para contribuir a su solución, pidiéndole al Señor con fe que nos ayude a conseguir la paz. 

 

1. Les dijo: “Vamos al otro lado del lago” (…). Se desató una tormenta (…). 

Jesús había estado predicando desde la barca de Simón Pedro en Cafarnaum, a la orilla occidental del lago de Tiberíades o de Genesaret, también llamado mar de Galilea por su extensión y por la fuerza de su oleaje. Cuando Jesús dice “vamos al otro lado del lago”, se refiere al pueblo pagano de los llamados “gerasenos”, situado en la orilla oriental. Esta invitación es muy significativa para los estudiosos de los Evangelios, quienes ven en ella una referencia a la misión que Jesús les iba a dar a sus discípulos de proclamar la Buena Noticia más allá de las fronteras nacionales del pueblo de Israel, en una perspectiva universal. 

Las primeras comunidades cristianas, al escuchar este relato que encontramos con distintos matices en los Evangelios de Marcos, Mateo y Lucas, seguramente lo asociaban a la imagen de la tempestad empleada con frecuencia en los textos bíblicos, como por ejemplo en el Salmo 107 (106), que invita a dar gracias a Dios por su misericordia, evocando con la imagen de la tempestad la historia de Israel en la que, a pesar de las constantes dificultades e incluso de las infidelidades propias de la debilidad humana, se había manifestado en favor de su pueblo el poder salvador de Dios, que aplacaba los vientos y con la suave brisa de su Espíritu lo conducía o reconducía seguro al puerto de la tierra prometida. 

Este mismo poder salvador de Dios iban a reconocer los discípulos de Jesús que estaba presente y actuante en Él, pero tal reconocimiento sólo sería posible gracias a la fe pascual en Cristo resucitado, quien con la energía del Espíritu Santo les daría la fuerza necesaria para afrontar el oleaje de las persecuciones. La barca de Pedro, símbolo de la Iglesia o comunidad de los discípulos de Jesús, estaría constantemente amenazada por las tormentas del mal, pero siempre sería defendida por la presencia salvadora de su Maestro. 

 

2. Maestro, ¿no te importa que nos estemos hundiendo? 

Muchas veces, en medio de los problemas que nos toca afrontar, nos puede parecer que Dios se desentiende y nos deja a la deriva, como si no le importaran nuestras situaciones difíciles. Y también otras muchas, cuando encontramos la solución a los problemas, puede suceder que no reconozcamos claramente la presencia salvadora del Señor. Eso mismo les ocurrió a los discípulos de Jesús que iban con Él en la barca, e incluso después del milagro “se llenaron de miedo”, porque juzgaban a Cristo con criterios humanos, como dice el apóstol Pablo en la segunda lectura (2ª Corintios 5, 14-17). 

Necesitamos que Dios abra nuestras mentes y nos haga reconocer desde la fe su presencia amorosa y su acción salvadora, incluso en medio de las dificultades. Este es el sentido del pasaje bíblico de la primera lectura, cuando El Señor le habló a Job de en medio de la tempestad, diciéndole: “Yo le puse un límite al mar y cerré con llave sus compuertas”. Y le dije: “llegarás hasta aquí, y de aquí no pasarás; aquí se romperán tus olas arrogantes”. (Job 38, 1.8-11). El mismo Dios que en todo el capítulo 38 del libro de Job le habla así a este personaje simbólico en medio de la situación difícil e incomprensible en que se encontraba, es el que se nos revela en la persona de Jesús. 

 

3. ¿Por qué están asustados? ¿Todavía no tienen fe? 

Los primeros seguidores de Jesús tardaron un buen tiempo en tener la fe que requerían para afrontar, sin dejarse vencer por el miedo, las dificultades inherentes a la misión que iban a recibir de proclamar el Evangelio. Iban a ser necesarias la iluminación y la energía del Espíritu Santo, después de la muerte y resurrección de Cristo, para que pudieran enfrentarse sin miedo al oleaje de las incomprensiones y persecuciones, confiando en el poder del amor infinito de Dios. 

También nosotros necesitamos el don de la fe para perseverar en medio de los problemas, siendo impulsados por el amor de Cristo, y sabiendo que si estamos unidos a Él somos creados de nuevo, como dice también en la segunda lectura el apóstol san Pablo, y podremos ver todas las cosas nuevas, como expresaría san Ignacio de Loyola de sí mismo al sentirse unido a Jesús gracias a su conversión, de cuyo inicio se están celebrando 500 años. Pidámosle pues al Señor, por la intercesión de María y de los santos apóstoles, la fe necesaria para cumplir con valor nuestra misión en la vida, conscientes de nuestros límites, pero confiados en nuestras posibilidades (que provienen de nuestro Creador) y en el poder de su Espíritu, capaz de cambiar la tempestad en brisa suave para hacernos llegar seguros al destino de felicidad y de paz que nos tiene preparado. 

 

Apéndice: Hoy celebramos en Colombia el “Día del Padre”. Sea esta la oportunidad de recordar la misión que tienen los padres de familia, junto a las madres, de educar a sus hijos en la fe para que puedan afrontar con valor las dificultades de la vida, y de pedir por todos los papás para que el Señor bendiga a los que viven y conceda el descanso eterno a los que ya murieron. Así sea.