Agosto 8: El pan que voy a dar es mi carne, para la vida del mundo

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Por: Gabriel Jaime Pérez, SJ

Los judíos empezaron a criticar a Jesús porque había dicho que él era el pan bajado del cielo, y decían: ¿Éste no es Jesús, el hijo de José? Nosotros sabemos quiénes son su padre y su madre. ¿Cómo dice ahora que bajó del cielo? Jesús les respondió: “No critiquen entre ustedes. Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me envió, y yo lo resucitaré en el último día. Está escrito en los profetas: ‘todos serán instruidos por Dios’. Todo el que escucha al Padre y recibe su enseñanza, viene a mí. Nadie ha visto al Padre fuera del que procede de Dios; sólo él ha visto al Padre. Yo les aseguro: quien cree tiene vida eterna. Sus antepasados comieron el maná en el desierto, y sin embargo murieron. El pan que baja del cielo es el que no deja morir al que lo come. Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente. Y el pan que voy a dar es mi carne, para la vida del mundo (Juan 6, 41-51).”

Este pasaje forma parte del llamado Discurso del Pan de Vida, pronunciado por Jesús después de la multiplicación de los panes. El término judíos designa a quienes seguían rigurosamente las tradiciones rituales judaicas y criticaban a Jesús porque no las cumplía. El propio Jesús había sido educado en la religión judía, pero enseñaba que la verdadera unión del ser humano con Dios -que es lo que significa religión- no la producen los ritos, como pensaban los maestros o doctores de la ley que se oponían a Él, sino que es una relación espiritual que sólo puede darse desde la fe.

 

1. Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me envió

Las gentes que seguían a Jesús eran en su mayoría personas humildes y sencillas con una disposición abierta a su acción transformadora. En cambio, quienes se creían superiores a los demás, como los doctores de la ley, con su soberbia se cerraban a sus enseñanzas y a su obra salvadora, y sólo veían en Él al hijo de un carpintero y de una campesina de la insignificante aldea de Nazaret. En este sentido podemos decir que el reconocimiento humilde de nuestra necesidad de salvación es la única actitud que nos hace posible reconocer la presencia amorosa de Dios, que nos atrae hacía Sí mismo de modo que podamos gustar y ver qué bueno es el Señor, como dice el Salmo 34.

 

2. Yo les aseguro: el que cree tiene vida eterna

En el lenguaje bíblico, “creer” no es el resultado de una experiencia física, ni tampoco la simple aceptación intelectual de una doctrina. Es la adhesión confiada, con toda la mente y con todo el corazón, al Dios vivo que nos invita a abrirnos a la revelación de Sí mismo en la persona de Jesús, para que su Espíritu nos anime y nos llene de la vida que sólo Él nos puede dar.

En la primera lectura (I Reyes 19, 4-8) se nos cuenta que el profeta Elías -siglo VIII a.C.- es

alimentado por el pan que Dios le ofrece para no desfallecer en su camino. Este pan venido del cielo, que le da fuerzas para caminar durante 40 días y 40 noches hasta llegar al monte Horeb -también llamado Sinaí-, lugar simbólico de la revelación del Señor, es una prefiguración de la Eucaristía, el sacramento que Él iba a instituir en la Última Cena con sus discípulos, en el cual quienes creemos en Jesucristo recibimos el alimento espiritual que nos fortalece para recorrer el camino hacia el encuentro definitivo con Dios en la vida eterna.

 

3. Yo soy el pan vivo bajado del cielo: el que coma de este pan vivirá eternamente

Jesús les recuerda a sus interlocutores cómo sus antepasados, mientras caminaban por el desierto hacia la tierra prometida, habían sido nutridos por Dios con el alimento milagroso llamado maná, que significa ¿qué es esto? –en hebreo man-hu–, porque los israelitas, al ver que en la noche había caído del cielo una especie de escarcha parecida a la harina de trigo, se preguntaron de qué se trataba, y Moisés les dijo: “Este es el pan que el Señor les da como alimento” (Éxodo 16, 1-15). A este relato se refiere Jesús cuando evoca el “maná” al decir de sí mismo que es el pan bajado del cielo.

En el prólogo del mismo Evangelio según san Juan se dice que la Palabra de Dios se hizo carne (1, 14) para iluminar y dar vida eterna a todos los que crean en ella no sólo con sus enseñanzas, sino además con su propia vida que iba a ser entregada por todos. Por eso, la frase de Jesús que dice “el pan que voy a dar es mi carne, para la vida del mundo”, equivale a la fórmula de la consagración eucarística tomada de la carta de san Pablo a los Corintios y de los tres primeros Evangelios: “Tomen y coman, esto es mi cuerpo entregado por ustedes”.

En la segunda lectura (Efesios 4, 30; 5, 2) Pablo exhorta a los primeros cristianos de la ciudad de Éfeso –en el Asia Menor, hoy Turquía– a que vivan en el amor, como Cristo, que nos amó y se entregó por nosotros. El sentido pleno de la Eucaristía como sacramento del amor de Dios, implica para nosotros la identificación con Él, llevando a la práctica su mandamiento del amor, y por lo mismo evitando, como dice el Apóstol, los disgustos, las iras, los arrebatos, las palabras duras y los insultos al igual que toda maldad, y siendo en cambio benignos y compasivos unos con otros, perdonándonos mutuamente como Dios nos perdonó en Cristo.

 

Conclusión

Dirijámosle pues esta oración a Jesús: Señor, al partir y compartir el Pan de Vida, que eres Tú mismo, te pedimos que la comunión con tu cuerpo y tu sangre, es decir, con tu vida entregada para la salvación de toda la humanidad, nos dé la energía espiritual necesaria para el camino hacia la felicidad eterna, partiendo y compartiendo lo que tenemos, para que así, no sólo en la celebración de la Eucaristía sino en toda nuestra existencia cotidiana, se realice cada día más plenamente tu presencia y demos testimonio de ella, que es la presencia del Amor que eres tú mismo. Invocamos para ello la intercesión de María santísima, que con su disposición total a cumplir la voluntad divina fue el instrumento para el misterio de tu Encarnación por obra y gracia del Espíritu Santo. Amén.