Agosto 15: “Puso en alto a los humildes”

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Por: Gabriel Jaime Pérez, SJ

Por aquellos días, María se fue de prisa a un pueblo de la región montañosa de Judea, y entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Cuando Isabel oyó el saludo de María, la criatura se le estremeció en el vientre, y ella quedó llena del Espíritu Santo. Entonces, con voz muy fuerte, dijo: “¡Dios te ha bendecido más que a todas las mujeres, y ha bendecido a tu hijo! ¿Quién soy yo, para que venga a visitarme la madre de mi Señor? Pues tan pronto como oí tu saludo, mi hijo se estremeció de alegría en mi vientre. ¡Dichosa tú por haber creído que han de cumplirse las cosas que el Señor te ha dicho!” María dijo: “Mi alma alaba la grandeza del Señor; mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador. Porque Dios ha puesto sus ojos en mí, su humilde esclava, y desde ahora siempre me llamarán dichosa; porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas. ¡Santo es su nombre! Dios tiene siempre misericordia de quienes lo reverencian. Actuó con todo su poder: deshizo los planes de los orgullosos, derribó a los reyes de sus tronos y puso en alto a los humildes. Llenó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías. Ayudó al pueblo de Israel, su siervo, y no se olvidó de tratarlo con misericordia. Así lo había prometido a nuestros antepasados, a Abraham y a sus futuros descendientes." María se quedó con Isabel unos tres meses, y después regresó a su casa (Lucas 1,39-56).

El misterio de la Asunción de María fue declarado verdad de fe por el Papa Pío XII en el año 1950: “declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado que la Inmaculada Madre de Dios y siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terrenal, fue asunta (es decir, asumida) en cuerpo y alma a la gloria del cielo”. En esta declaración encontramos mencionados otros tres dogmas marianos anteriores: su Inmaculada Concepción (preservada de todo pecado desde el inicio de su existencia), su Maternidad Divina (es Madre de Dios porque concibió y dio a luz a Jesús), y su Virginidad (antes, en y después del parto). El dogma de la “Asunción”, que se celebra hoy, significa que María ya participa de forma plena -en cuerpo y alma- de la resurrección gloriosa acontecida primordialmente en Jesús.

Ya la Iglesia había venido conmemorando lo que en sus comienzos se denominó la dormición de María para referirse a su tránsito de esta vida terrena a la eterna. Ahora el término asunción se refiere al hecho de haber sido asumida (“asunta”) en la totalidad de su ser por Dios, para participar plenamente de la vida nueva -más allá de la terrena- que nos hizo posible Jesús con su pasión, muerte y resurrección. En este sentido, María es el primer ser humano, después de Jesús, en el cual se realiza el ideal que es objeto de la esperanza cristiana: lo que al final de la fórmula sencilla de nuestro Credo se expresa como la resurrección de la carne y la vida eterna. Por eso mismo este misterio es una garantía de lo que acontecerá al final de los tiempos para toda persona que cumpla la voluntad de Dios.

En esta fiesta de la Asunción de María, propongo tres temas de reflexión tomados del Evangelio según san Lucas que acabamos de leer:

 

1. María se fue de prisa a un pueblo de la región montañosa de Judea

La visita de María a su prima Isabel acontece después de la Anunciación en la cual le había sido transmitida la voluntad de Dios consistente en la Encarnación del Hijo de Dios en su seno, para que concibiera y diera a luz a Jesús. María había respondido reconociéndose como la servidora del Señor., y enseguida muestra en su comportamiento lo que significa reconocerse como “servidora” de Dios: se dispone a servir a Isabel, de quien se había enterado en la Anunciación que estaba en su sexto mes de embarazo, esperando a Juan el Bautista, quien sería el precursor de Jesús. Y lo hace “de prisa”, porque para ella el servicio a quien está en situación de necesidad no da espera.

He aquí una primera enseñanza de este relato para nuestra vida. Revisemos a la luz de ella nuestro comportamiento: ¿me encierro en mí mismo, en mis propios intereses personales, o me dispongo a servir reconociendo las situaciones de quienes necesitan una mano, una atención de mi parte?

 

2. “Bendita tú eres entre todas las mujeres (…) Dichosa por haber creído (…)”

Bendita eres entre todas las mujeres. El “Ave María”, la plegaria mariana por excelencia, recoge esta exclamación de Isabel que ha venido siendo repetida en todos los idiomas a lo largo de los más de 20 siglos de la historia de la Iglesia Católica, y en la fiesta de la Asunción de María Santísima es especialmente significativo este reconocimiento.

Y lo es porque inmediatamente después de llamarla “bendita tú eres entre todas las mujeres”, Isabel proclama a María “dichosa por haber creído”. De esta forma el Evangelio nos muestra que la razón de ser ella bendita y dichosa (o bienaventurada), es precisamente su fe. Fe en el Dios único que había anunciado su designio de salvación para toda la humanidad desde los comienzos de la historia del pueblo escogido con el patriarca Abraham y sus descendientes, y que ahora cumplía su promesa con el misterio de la Encarnación. Fe en que para Dios no hay nada imposible, como le había dicho el ángel Gabriel al contarle que su prima Isabel, a la que todos tenían antes por estéril, andaba ya en su sexto mes de embarazo. Fe en que ese mismo Dios puede hacer que amanezca efectivamente entre los pobres y humildes un Sol que los libere de la oscuridad en que viven y los abra a la esperanza en un nuevo porvenir. Y ese Sol sería precisamente Jesucristo, la Luz del mundo que María iba a dar a luz.

 

3. “Mi alma alaba la grandeza del Señor”

Finalmente, María responde al saludo de Isabel con un himno de alabanza que es en su totalidad su reconocimiento de la grandeza de Dios. Este reconocimiento guarda una lógica también especialmente significativa con lo que la Madre de Jesús manifestó durante toda su vida como una de sus características más sobresalientes: su humildad.

Por eso dice en el Magníficat que Dios se fijó en ella, su humilde esclava, y al hacerlo puso en alto a los humildes, lo cual vemos realizado justamente en el misterio de su Asunción. Que María Santísima nos alcance de su Hijo Jesús esa misma virtud de la humildad, para que sepamos reconocer a ejemplo suyo la grandeza infinita de Dios en el sentido más profundamente significativo de la Buena Noticia que Él nos comunicó: el de reconocer por encima de todo a un Dios que hace suya la suerte de los pobres para abrirlos a la esperanza de un nuevo porvenir de liberación y de plena salvación.