Octubre 3: Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre

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Por: Gabriel Jaime Pérez, SJ

Se le acercaron a Jesús unos fariseos, y para ponerlo en aprietos le preguntaron si un hombre podía despedir a su mujer. Él les respondió: “¿Qué fue lo que determinó Moisés?”. Ellos dijeron: “Moisés permitió despedir a la mujer dándole el acta de divorcio”. Pero Jesús les dijo: “Moisés les dio a ustedes esa ley por la dureza de su corazón. Pero desde el principio de la creación, Dios los hizo varón y mujer. Por eso el esposo deja a su padre y a su madre y se une a su esposa, y los dos llegan a ser una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios unido, no lo separe el hombre”. Una vez en casa, los discípulos le preguntaron sobre lo mismo. Él les dijo: “El que se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra su mujer, y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio” (Marcos 10, 2-12).

 

1. “De manera que ya no son dos, sino una sola carne” 

La doctrina de Jesús sobre el matrimonio constituye un ideal propuesto a quienes deciden unirse en un proyecto de vida común para formar una familia. Se trata del ideal de una unión indisoluble, expresado en la frase con la que Jesús evoca el relato del libro del Génesis (2, 18- 24) del cual está tomada la primera lectura de este domingo: “ya no son dos, sino una sola carne”.

Esta unión implica una completa entrega mutua por amor. Por eso el sacramento del matrimonio, signo sensible de la presencia y la acción de Dios en el amor conyugal, no puede reducirse al rito en el que los novios expresan su consentimiento. La realización del sacramento como tal sólo puede darse cuando ambos cónyuges, a lo largo de su vida en pareja, manifiestan esa entrega mutua.

 

2. “Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre”

¿Cómo aplicar esta doctrina de Jesús a las circunstancias de la vida moderna? Para responder hay que tener en cuenta dos tipos de situaciones.

1. Por una parte, la de los matrimonios que se celebraron por el rito sacramental y, sin embargo, han llegado a convertirse en un infierno y se mantienen artificialmente, no propiamente por el amor –que ya no existe o nunca existió–, sino por guardar las apariencias. En estos casos resulta preferible una separación y, en este sentido, la verdad de la afirmación de Jesús sigue vigente, pues lo que dice es que no separe el ser humano aquello que Dios ha unido, es decir, la unión que haya sido válida y que, como tal, tenga las condiciones necesarias y suficientes para ser perdurable.

2. Y por otra, lo poco que duran muchos matrimonios, en un ambiente de facilismo y superficialidad en el que impera el rechazo a cualquier compromiso permanente. A este respecto el mensaje de Jesús nos invita a reafirmar el valor de la unión sacramental entre los cónyuges como un acto de protesta contra el imperio del “bótese después de usado”, propio de la mentalidad consumista que lleva a considerar y tratar como desechables no sólo los artículos que ofrece el mercado, sino también a las personas, reducidas a objetos para el disfrute egoísta y pasajero.

 

3. “Quien se divorcia y se casa con otra –o con otro– comete adulterio”

¿Cómo entender esta afirmación de Jesús en el Evangelio, hoy cuando el divorcio y la realización de un nuevo matrimonio con otra persona han llegado a convertirse en algo corriente? En la Iglesia Católica el sacramento del matrimonio es indisoluble y para que sea válido deben darse las condiciones requeridas. Si se comprueba que alguna de tales condiciones no se cumplía en el momento de celebrar el rito, puede ser declarado nulo y esto es a lo que se le suele llamar “anulación”, una palabra poco precisa porque la sentencia de nulidad no “anula” una validez que ya existía, sino declara que no hubo un verdadero matrimonio en el momento de la realización del rito.

Las causales de nulidad del matrimonio católico están formuladas en el Derecho Canónico de la Iglesia. El divorcio, en cambio, consiste en la disolución jurídica del vínculo matrimonial, que es posible para los matrimonios civiles e incluso también para otros tipos de matrimonio religioso, como es el caso por ejemplo del matrimonio judío, al que se refiere la pregunta de los fariseos en el relato del Evangelio.

Ahora bien, sólo Dios puede juzgar en definitiva la conciencia humana. Por eso, para determinar si quien se divorcia y se casa con otra u otro comete o no el pecado de adulterio, es decir, de infidelidad con respecto a su pareja anterior, hay que remitirse al fuero interno de la conciencia de las personas y al juicio de Dios que trasciende las prescripciones institucionales y legales.

 

Conclusión

Invocando la intercesión de los esposos María santísima y san José, oremos por quienes se han comprometido sacramentalmente en unión conyugal, para que, siguiendo las enseñanzas de Jesús, Dios hecho hombre para ser hermano nuestro, como dice la segunda lectura de hoy (Hebreos 2, 9-11), y con la fuerza de su Espíritu Santo, conserven y acrecienten su amor conyugal, y así sean y den un testimonio auténtico de la presencia y la acción de Dios, que es Amor, de modo que se cumpla para ellos lo que dice el Salmo 127 (126): Dichoso el que respeta al Señor y sigue sus caminos.