Octubre 10: “¿Qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?”

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Por: Gabriel Jaime Pérez, SJ

Cuando Jesús iba a seguir su viaje, llegó un hombre corriendo, se puso de rodillas delante de él y le preguntó: “Maestro bueno, ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?”. Jesús le contestó: “¿Por qué me llamas bueno? Bueno solamente hay uno: Dios. Ya sabes los mandamientos: 'No mates, no cometas adulterio, no robes, no digas mentiras en perjuicio de nadie ni engañes; honra a tu padre y a tu madre'”. El hombre le dijo: “Maestro, todo eso lo he cumplido desde joven”. Jesús lo miró con cariño, y le contestó: “Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres. Así tendrás riqueza en el cielo. Luego ven y sígueme”. El hombre se afligió al oír esto; y se fue triste, porque era muy rico. Jesús miró entonces alrededor, y dijo a sus discípulos: “¡Qué difícil va a ser para los ricos entrar en el reino de Dios!”. Estas palabras dejaron asombrados a los discípulos, pero Jesús les volvió a decir: “Hijos, ¡qué difícil es entrar en el reino de Dios! Es más fácil para un camello pasar por el ojo de la aguja, que para un rico entrar en el reino de Dios”. Al oírlo, se asombraron más aún, y se preguntaban unos a otros: “¿Y quién podrá salvarse?”. Jesús los miró y les contestó: “Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque para él todo es posible.” (Marcos 10, 17-27).

 

1. “Maestro bueno: ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?”

Desde el comienzo de su predicación, Jesús venía proclamando que el Reino de Dios, es decir, el poder del Amor –que es Dios mismo– estaba cerca y se hacía presente en Él. Y lo hacía de tal modo que, quienes lo escuchaban, reconocían en Él un modo de enseñar diferente del que empleaban los otros maestros a los que estaban acostumbrados. De ahí el calificativo de Maestro bueno que le da quien le hace la pregunta, y al que Jesús le da un significado especial: es Dios mismo, el único “bueno” en el sentido pleno de esta palabra porque es la bondad misma, quien se manifiesta en sus enseñanzas.

Jesús proclamó que Dios nos invita a todos a ser plena y eternamente felices. Pero, ¿cómo lograr la felicidad? Para encontrar la respuesta y llevarla a la práctica necesitamos el don de la sabiduría. La primera lectura (Sabiduría 7, 7-11) nos dice que la sabiduría, es decir, la capacidad de discernir para tomar decisiones acertadas que nos conduzcan a la auténtica felicidad, supera todos los bienes materiales. Por eso el autor del libro de la Sabiduría –atribuido simbólicamente al rey Salomón que vivió en el siglo X, pero escrito en griego entre los años 80 y 50 años antes de Cristo y que la Iglesia Católica, junto con las ortodoxas orientales, reconoce como inspirado por Dios, a diferencia de las iglesias y sectas protestantes que no lo aceptan como tal por no estar incluido en el canon judío de los libros escritos originalmente en hebreo–, cuenta que le ha pedido al Señor “espíritu de sabiduría” en lugar de riquezas, honores y poderes terrenales.

En este mismo sentido, al recitar el Salmo 90 (89) le pedimos a Dios que nos enseñe a calcular nuestros años para adquirir un corazón sensato, centrando así nuestra mirada no en lo transitorio, sino en lo perdurable. Y para ello necesitamos que Dios mismo nos enseñe a reconocer lo que verdaderamente vale en una perspectiva de eternidad.

 

2. “Vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres (…). Luego ven y sígueme”

El camino hacia la felicidad está indicado básicamente por los diez mandamientos que se resumen en el amor a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. Pero la felicidad plena sólo la encontramos cuando nos desapegamos de los bienes materiales para seguir a Jesús, ligeros de equipaje y disponibles para en todo amar y servir, como Él mismo nos ha enseñado a hacerlo.

Suele entenderse este pasaje del Evangelio –conocido como el relato del “joven rico” y narrado también con diferentes matices por los evangelistas Mateo y Lucas–, en el sentido de la vocación a la vida religiosa consagrada para entregarse por entero al servicio de Dios en el seguimiento de Jesús. Sin embargo, en un sentido aún más amplio, se trata de una invitación dirigida a toda persona que quiera tener “vida eterna”, a desapegarse de lo material poniendo en el centro de su vida no la posesión de riquezas pasajeras, sino en lo que sí puede darnos la felicidad verdadera: la disposición a compartir lo que somos y lo que tenemos con los más necesitados.

El Evangelio de Marcos dice que Jesús lo miró con cariño. Luego, dice que Jesús miró alrededor antes de comentarles a sus discípulos lo difícil que es para los ricos entrar en el reino de Dios. Y podemos suponer que también fue con cariño como miró a sus discípulos al responder su pregunta sobre quién podría salvarse. También el Señor se fija con cariño en nosotros y nos dice qué debemos hacer para lograr la verdadera felicidad. Pero, para escucharlo y poner en práctica lo que nos dice, tenemos que estar dispuestos, con una actitud de discernimiento, a dejarnos transformar por la Palabra de Dios, que, como dice la segunda lectura (Hebreos 4, 12-13), penetra hasta lo más profundo del alma y del espíritu, hasta lo más íntimo de la persona, y somete a juicio los pensamientos y las intenciones del corazón.

 

3. “¡Qué difícil va a ser para los ricos entrar en el reino de Dios!”

La imagen del camello al que le es más fácil entrar por el ojo de la aguja que a los ricos entrar en el Reino de Dios, parece hacer referencia a una de las puertas de Jerusalén (aunque esta explicación es discutida por los estudiosos de los escritos bíblicos). Esta puerta era llamada “el ojo de la aguja” debido a su estrechez, que hacía imposible a los camellos pasar cargados de mercancías. En otros pasajes de los Evangelios, Jesús exhorta a sus discípulos a que “entren por la puerta estrecha, porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición y muchos son los que entran por él, y angosta es la puerta y estrecho el camino que lleva a la vida, y pocos son los que lo encuentran” (Mateo 7, 13- 14: Lucas 13, 24).

Ahora bien, para entrar por la puerta angosta tenemos que deshacernos de lo que nos estorba, o sea, desapegarnos de los bienes materiales. Y esto es lo que para quienes poseen muchos puede resultar difícil. Pidámosle pues a Jesús, invocando la intercesión de la Virgen María, cuya advocación de Nuestra Señora del Rosario se celebra el próximo 7 de octubre, la verdadera sabiduría para poder desapegarnos de todo cuanto nos impide entrar al Reino de Dios y así, cuando nos llegue el momento de rendir cuentas, como dice la segunda lectura, pasemos a ser plena y eternamente felices. Así sea.