Diciembre 24: “Envuelto en pañales y acostado en un pesebre”

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Por: Gabriel Jaime Pérez, SJ

Por aquel tiempo, el emperador Augusto ordenó que se hiciera un censo de todo el mundo. Este primer censo fue hecho siendo Quirino gobernador de Siria. Todos tenían que ir a inscribirse en su propio pueblo. Por esto, José salió de Nazaret, de la región de Galilea, y se fue a Belén, en Judea, donde había nacido el rey David, porque era descendiente de David. Fue allá a inscribirse, junto con María, su esposa, que se encontraba encinta. Y sucedió que mientras estaban en Belén, le llegó a María el tiempo de dar a luz. Y allí nació su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales y lo acostó en una pesebrera, porque no hubo lugar para ellos en la posada. Había en la misma comarca unos pastores que dormían en el campo y vigilaban por turno durante la noche su rebaño. Se les presentó el ángel del Señor, y la gloria del Señor los envolvió en su luz; y se llenaron de temor. El ángel les dijo: “No teman, pues les anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: les ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es el Mesías, el Cristo Señor; y esto les servirá de señal: encontrarán al niño envuelto en pañales y acostado en una pesebrera”. Y de pronto se juntaron con aquel ángel muchos otros ángeles del cielo que alababan a Dios diciendo: “Gloria a Dios en el cielo, y paz en la tierra a los hombres que Él ama” (Lc 2, 1-14).

La liturgia de la Iglesia Católica nos propone para la fiesta de la Navidad cuatro eucaristías, cada una con diferentes lecturas: la Vespertina de la Vigilia, la de Medianoche o de Nochebuena, la de la Aurora y la del Día. Aquí me referiré sólo a las lecturas para la de Nochebuena, que puede celebrarse también desde el 24 de diciembre en la tarde. Los textos bíblicos de Isaías en la primera lectura (Isaías 9, 1-3.5-6), del apóstol san Pablo en la segunda (Carta a Tito 2, 11-14) y del Evangelio según san Lucas (2,1-14), combinan la imagen de la luz con el reconocimiento del Niño Jesús nacido en una humilde pesebrera como el Salvador prometido por Dios, con la invitación a continuar disponiéndonos para su venida gloriosa, cuando nos encontremos definitivamente con Él en la eternidad.

 

1. La relación de la fiesta de la Navidad con el símbolo de la luz

Los Evangelios no señalan la fecha exacta del nacimiento de Jesucristo, pero la Iglesia comenzó a dedicar un tiempo especial a la conmemoración de la Navidad en el siglo IV, cuando el cristianismo fue establecido como religión oficial del imperio romano con la conversión del emperador Constantino. Desde entonces se empezó a celebrar en Roma una liturgia especial la noche del 24 y durante el día 25 del último mes del año, para proclamar a Jesús nacido como la Luz del mundo, en lugar de la fiesta pagana del “Nacimiento del Sol Invicto”, que se celebraba en el tiempo del solsticio de invierno.

Este es el sentido que le damos los cristianos al anuncio profético de Isaías. El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierras de sombras y una luz les brilló. Lo que el profeta proclamaba refiriéndose al regreso de los israelitas de su destierro en Babilonia en el año 538 A.C., nosotros lo aplicamos a la acción salvadora de Dios iniciada hace poco más de dos mil años con el nacimiento de Jesús.

 

2. La señal: “un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”

La buena noticia –que es lo que significa en griego eu-angelion– es un anuncio gozoso. Por eso cuando Lucas relata el nacimiento de Jesús, cuenta cómo les es anunciado a los pastores de Belén por el ángel o mensajero de Dios: les anuncio una gran alegría. A esta noticia gozosa se unen la alabanza a Dios y la proclamación de la paz para todos los seres humanos que quieran recibirla. Tal es el sentido del himno que comienza diciendo: Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor.

Hay además en el relato un detalle significativo: la señal por la que puede verificarse la realización de esa Buena Noticia es “un niño envuelto en pañales y acostado en una pesebrera”. En otras palabras, al Dios que ha venido a salvarnos no hay que buscarlo en las alturas inaccesibles sino en la realidad cercana de lo humano, porque Él ha asumido nuestra propia naturaleza para redimirla. Tampoco se le encuentra en el lujo de los palacios, sino en la pobreza de un establo, en medio de la humilde sencillez de los pobres, representados en María y José, para quienes no hubo lugar en la posada.

Se suele considerar a san Francisco de Asís como el inventor del “pesebre” navideño. Pero, de hecho, según el relato del franciscano Tomás Celano –su primer biógrafo–, Francisco no creó una representación del acontecimiento tal como se acostumbra hoy. Lo que quiso al santo de Asís, y así sucedió en la aldea italiana de Greccio en la nochebuena del año 1223 (unos 3 años antes de su muerte), fue que la Eucaristía de la Víspera de la Navidad se celebrara, no como de costumbre en una iglesia, sino en el ambiente en el que nació Jesús, o sea en un humilde establo. El centro de la celebración fue el comedero, especialmente preparado, con un buey y un asno como únicos “extras”. No había actores ni imágenes figurativas que representaran a María y José. Tampoco fue colocada la imagen del Niño Jesús en la pesebrera. Y los “pastores” eran quienes tenían ese mismo oficio y participaron en aquella Eucaristía. No obstante, sí podemos reconocer en san Francisco al precursor de las representaciones del nacimiento de Jesús. Unos tres siglos más tarde, san Ignacio de Loyola, en sus Ejercicios Espirituales, haría y luego propondría la “Contemplación del Nacimiento”, imaginando la escena del pesebre.

 

3. “Una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos”

Pero nuestra celebración de la Navidad no debe quedarse en una mera contemplación, sino llevarnos al compromiso de una existencia vivida de acuerdo con el plan salvador de Dios. Esto es lo que nos dice el apóstol san Pablo en la segunda lectura, tomada de su carta a Tito, uno de sus colaboradores.

Por eso, al unimos a los ángeles para dar gloria a Dios en el cielo y desear la paz en la tierra a todos los seres humanos que como tales, incluso con nuestras debilidades y limitaciones, somos amados por Dios, dispongámonos a llevar a la práctica lo que expresamos, siguiendo la exhortación de san Pablo a que llevemos una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos y la manifestación de la gloria del gran Dios y salvador nuestro Jesucristo, que sucederá para cada uno de nosotros cuando sea el momento de nuestro encuentro definitivo con Él en la eternidad. Así sea.