Enero 16: “Hagan lo que él les diga”

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Por: Gabriel Jaime Pérez, SJ

En aquel tiempo, había una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda. Faltó el vino, y la madre de Jesús le dijo: "No les queda vino." Jesús le contestó: "Mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora." Su madre dijo a los sirvientes: "Hagan lo que él les diga." Había allí colocadas seis tinajas de piedra, para las purificaciones de los judíos, de unos cien litros cada una. Jesús les dijo: "Llenen las tinajas de agua." Y las llenaron hasta arriba. Entonces les mandó: "Saquen ahora y llévenselo al mayordomo." Ellos se lo llevaron.

El mayordomo probó el agua convertida en vino sin saber de dónde venía (los sirvientes si lo sabían, pues habían sacado el agua), y entonces llamó al novio y le dijo: "Todo el mundo pone primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el peor; tú, en cambio, has guardado el vino bueno hasta ahora." Así, en Caná de Galilea Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria, y creció la fe de sus discípulos en Él. (Juan 2, 1-11).

Hoy la palabra del Señor nos invita a meditar sobre el relato de las “Bodas de Caná” y lo que éste significa para nuestra fe y nuestra vida cotidiana. Hagámoslo teniendo en cuenta también las otras lecturas bíblicas: Isaías 62, 1-5; Salmo 96 (95); 1ª Carta de san Pablo a los Corintios 12, 4-11.

 

1. El primer milagro de Jesús acontece en una fiesta de bodas

Los cuatro Evangelios narran los comienzos de la vida pública de Jesús en la región de Galilea, al norte de Israel. Después de su bautismo en el río Jordán y de su retiro de 40 días en el desierto de Judea (retiro que será evocado al iniciar el tiempo de la Cuaresma), Jesús empieza a manifestarse ante la gente. Los Evangelios según san Mateo, san Marcos y san Lucas nos lo muestran iniciando su actividad con un recorrido por las distintas poblaciones de Galilea, teniendo como centro a Cafarnaúm, una ciudad situada junto a lago de Genesaret o Tiberíades, también llamado “Mar de Galilea” (por su tamaño), en donde vivían y trabajaban como pescadores varios de quienes fueron sus primeros discípulos. Lucas, por su parte, cuenta además la presentación que Jesús hizo de sí mismo ante sus coterráneos en la sinagoga de Nazaret. Y el Evangelio según san Juan nos relata su primer milagro en la aldea de Caná, cerca de Nazaret, en una fiesta de bodas.

La imagen del amor conyugal había sido empleada por los profetas bíblicos para simbolizar la alianza entre Dios e Israel. Así lo expresa el profeta Isaías: “Como un joven se casa con su novia, así te desposa el que te construyó; la alegría que encuentra el marido con su esposa, la encontrará tu Dios contigo”. Unos cinco siglos y medio después, el mismo Dios que al hacerse hombre en Jesús quiso ser miembro de una familia humana, santifica con su presencia y su acción transformadora la unión de una pareja que celebra sus bodas.

 

2. María interviene: “Hagan lo que él les diga”

El relato del Evangelio destaca la presencia de la madre y de los primeros discípulos de Jesús, que habían sido invitados. Detengámonos un poco en el hecho de la presencia de María santísima, gracias a cuya intercesión Jesús realizó su primer milagro. María, atenta a todos los detalles, no sólo como corresponde a su condición femenina, sino además dada la amistad que seguramente la une con las familias de los nuevos esposos, se da cuenta de un problema que podría empañar la alegría de la celebración: el vino se ha acabado. Tengamos en cuenta que, junto con el pan, el vino formaba parte imprescindible de las cenas judías, pero además su importancia era esencial en las fiestas, particularmente en las de los esponsales.

En forma sencilla y directa, María le comenta a Jesús el problema. Seguramente no le fue fácil comprender la respuesta que recibió de su hijo, como tampoco entender otras experiencias de su relación maternal con Jesús, y que, sin embargo, como cuenta otro evangelista -Lucas-, ella conservaba y meditaba en su corazón. Pero no se desanimó y siguió adelante con su propósito de solicitar la acción transformadora de Jesús: “Hagan lo que él les diga”. Esta frase, dirigida a los sirvientes de la fiesta y que es la única que consignan los evangelios como dicha por María durante la vida pública de Jesús, podemos también considerarla como dirigida a nosotros. María intercede ante Jesús para que él obre en nuestras vidas las transformaciones que necesitamos, pero la realización de éstas supone y exige ante todo que estemos atentos a escuchar y dispuestos a poner en práctica lo que Él nos quiere decir para indicarnos cuál es su voluntad.

 

3. Jesús manifestó su gloria, y creció la fe de sus discípulos en Él

El Evangelio según san Juan llama “signos” a los milagros de Jesús. Y eso es precisamente lo que son: señales de que en Él se manifiesta el poder de Dios, y. por lo mismo, de que en Él se hace presente la acción transformadora del Espíritu Santo para realizar una nueva creación, simbolizada en el cambio del agua en vino. Y así como los primeros discípulos que fueron testigos de las maravillas obradas por Jesús, también nosotros somos invitados a experimentar su acción transformadora y renovar nuestra fe en Él como el Salvador que puede transformar nuestras vidas si dejamos que su Espíritu actúe en nosotros.

Él está dispuesto, también mediante la intercesión de María, a cambiar las existencias insípidas en vidas con sabor plenas de fe, esperanza y amor, de modo que, como dice el apóstol san Pablo en la segunda lectura, en nuestras vidas se manifieste el Espíritu Santo para el bien común. Al celebrar la Eucaristía, tomemos conciencia de la presencia de Jesús y de la acción transformadora de su Espíritu, acción que hace posible esa misma presencia en las especies consagradas del pan y del vino. Y tengamos siempre en cuenta que María, la Madre de Dios hecho hombre y también Madre nuestra en el plano espiritual, está siempre dispuesta a interceder para que Él obre en nosotros, pecadores, los cambios conducentes al logro de nuestra felicidad eterna, que puede empezar desde esta vida presente si acogemos la Palabra de Dios que es Él mismo y nos disponemos a que su Espíritu nos transforme. Así sea.