Enero 23: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque Él me ha ungido”

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Por: Gabriel Jaime Pérez, SJ

Muchos han emprendido la tarea de escribir la historia de los hechos que Dios ha llevado a cabo entre nosotros, según nos los transmitieron quienes desde el comienzo fueron testigos presenciales y después recibieron el encargo de anunciar el mensaje. Yo también, excelentísimo Teófilo, lo he investigado todo con cuidado desde el principio, y me ha parecido conveniente escribirte estas cosas ordenadamente, para que conozcas bien la verdad de lo que te han enseñado. (Lucas 1, 1-4).

[Después de su bautismo y su retiro de cuarenta días en el desierto] Jesús volvió a Galilea lleno del poder del Espíritu Santo, y se hablaba de él por toda la tierra de alrededor. Enseñaba en la sinagoga de cada lugar y todos lo alababan. Fue a Nazaret, el pueblo donde se había criado, y el sábado entró en la sinagoga como era su costumbre y se puso de pie para leer las Escrituras. Le dieron a leer el libro del profeta Isaías y al leerlo encontró el lugar donde estaba escrito: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para llevar la buena noticia a los pobres; me ha enviado a anunciar la libertad a los presos y dar la vista a los ciegos; a liberar a los oprimidos; a anunciar el año favorable del Señor”. Luego cerró el libro, lo dio al ayudante de la sinagoga y se sentó. Todos tenían la vista fija en él. Y Él comenzó a hablar diciendo: “Hoy mismo se ha cumplido la Escritura que ustedes acaban de oír” (Lucas 4, 14-21).

Este texto bíblico tiene dos partes: un prólogo con el que Lucas introduce su Evangelio en el capítulo primero, y luego unos versículos del capítulo cuarto donde, después de referirse en los tres primeros capítulos a la infancia y vida oculta de Jesús, narra la inauguración de su vida pública.

 

1. “Para que conozcas bien la verdad de lo que te han enseñado”

Lucas, discípulo y colaborador de san Pablo y a quien este se refiere en sus cartas como el médico que lo acompañaba en sus viajes, y que aparece como tal en los Hechos de los Apóstoles –libro del cual Lucas es también autor– al emplear la primera persona del plural dando así a entender que estaba con él (Hechos 16, 10-17), indica el propósito que lo anima a escribir su Evangelio teniendo como fuentes a los testigos presenciales, es decir, los apóstoles y probablemente la Virgen María –de quien parecen proceder los relatos de la infancia y vida oculta de Jesús–, como también de otros discípulos que lo habían seguido en su vida pública: “para que conozcas bien la verdad de lo que te han enseñado”.

Como quien dice, para que quien lea o escuche su Evangelio sepa que tales enseñanzas se fundamentan en una realidad histórica y no en fantasías. Lucas se dirige a un tal Teófilo, nombre griego que significa amigo de Dios, o sea todo aquél que se reconozca como tal. Reconozcámonos así nosotros y acerquémonos al Evangelio con la intención sincera de profundizar en el conocimiento de Jesús.

 

2. “Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu”

Como los demás evangelistas, Lucas también comienza la narración de la vida pública de Jesús con una referencia a sus inicios en la región de Galilea, al norte de Israel, después de su bautismo en el río Jordán. Desde entonces se había empezado a manifestar en Él la acción del Espíritu Santo, que, según lo relatan los evangelios de Mateo, Marcos y el mismo Lucas, lo había llevado primero al desierto y que ahora lo impulsaba a proclamar la Buena Noticia en las sinagogas o lugares de reunión que tenían los judíos en cada población para escuchar las Sagradas Escrituras y orar en comunidad.

Pero hay un episodio que sólo aparece narrado en el Evangelio de Lucas: la autopresentación de Jesús en la aldea donde se había criado. Situémonos con nuestra imaginación en la sinagoga de Nazaret y contemplemos cómo inicia allí su predicación con base en la lectura del libro profético de Isaías (61, 1 y siguientes), evocando lo que este texto había significado unos cinco siglos antes, en la época de la liberación de los judíos de su cautiverio en Babilonia, a la cual se refiere a su vez la primera lectura bíblica de este domingo, que nos presenta al sacerdote Esdras proclamando la Ley de Dios en Jerusalén después del regreso del exilio (Nehemías 8, 2-4a.5-6.8-10). Jesús anuncia ahora una nueva liberación y va a proclamar una nueva Ley, ambas mucho más completas, ya no sólo en el ámbito de Israel, sino en el de toda la humanidad.

 

3. “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido”

Con esta frase del profeta Isaías, Jesús se presenta en el Evangelio de Lucas como el Mesías prometido y anunciado por las profecías bíblicas. En hebreo, Mesías significa Ungido, lo mismo que Cristo en griego, y hace referencia al rito de la unción con óleo o aceite de oliva con que eran consagrados los reyes, sacerdotes y profetas en el Antiguo Testamento, recibiendo así el poder del Espíritu de Dios que les hacía posible cumplir la misión para la cual el Señor los había elegido. Nosotros, desde nuestra fe, reconocemos a Jesús como ese Mesías prometido, cuya misión es dar la Buena Noticia a los pobres, liberar a los oprimidos, aliviar el dolor de los que sufren. Y esto es lo que significa el término griego eu-angelion: una buena noticia no sólo de palabra, sino realizada en hechos concretos.

Esta sería también la misión que Cristo les iba a dar a todos cuantos creyeran en Él y quisieran seguirlo: evangelizar, es decir, proclamar de palabra y de obra que, para todo ser humano que se encuentre en una situación difícil o esté sufriendo cualquier tipo de opresión, empezando por la que padecen los pobres y excluidos, es posible un nuevo porvenir, no sólo en el más allá, sino desde esta vida presente.

Por lo tanto, al iniciar este nuevo año, que esperamos sea para todos un año favorable y positivo, revisemos nuestro compromiso como creyentes en Jesucristo y dispongámonos a ser también nosotros portadores de esa Buena Noticia mediante el testimonio de nuestras obras, para colaborar en la construcción de un mundo mejor para todos, empezando por los más necesitados. Que el Señor, gracias al mismo Espíritu con el cual también nosotros hemos sido ungidos y consagrados en nuestro bautismo (como lo dice san Pablo en la segunda lectura -1 Corintios 12, 12-30-), nos ilumine y nos dé la fuerza necesaria para ser auténticos seguidores y discípulos suyos. Así sea.