Mayo 1: Tú sabes que te quiero

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Por: Gabriel Jaime Pérez, SJ

Jesús se apareció otra vez a sus discípulos, a orillas del Lago Tiberíades. Sucedió de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, apodado el Gemelo, Natanael, que era de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos de Jesús. Simón Pedro les dijo: “Voy a pescar”. Ellos contestaron: “Nosotros también vamos contigo”. Fueron y subieron a una barca; pero aquella noche no pescaron nada. Cuando comenzaba a amanecer, Jesús se apareció en la orilla, pero los discípulos no sabían que era Él. Jesús les preguntó: “Muchachos, ¿no tienen pescado?” Ellos le contestaron: “No”. Jesús les dijo: “Echen la red a la derecha de la barca, y pescarán”. Así lo hicieron, y después no podían sacar la red por los muchos pescados que había en ella. Entonces el discípulo a quien Jesús quería mucho, le dijo a Pedro: “¡Es el Señor!” Apenas oyó Simón Pedro que era el Señor, se vistió, porque estaba sin ropa, y se tiró al agua. Los otros discípulos llegaron a la playa con la barca, arrastrando la red llena de pescados, pues estaban a cien metros escasos de la orilla. Al bajar a tierra, encontraron un fuego encendido, con un pescado encima, y pan. Jesús les dijo: “Traigan algunos pescados de los que acaban de sacar”. Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la playa la red llena de grandes pescados, ciento cincuenta y tres; y aunque eran tantos, la red no se rompió. Jesús les dijo: “Vengan a desayunarse”. Ninguno se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían que era el Señor. Luego Jesús se acercó, tomó en sus manos el pan y se lo dio a ellos; y lo mismo hizo con el pescado. Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a sus discípulos después de haber resucitado. Terminado el desayuno, Jesús le preguntó a Simón Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?” Pedro le contestó: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Cuida de mis corderos”. Volvió a preguntarle: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” Pedro le contestó: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Cuida de mis ovejas”. Por tercera vez le preguntó: “Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?” Pedro, triste porque le había preguntado por tercera vez si lo quería, le contestó: “Señor, tú lo sabes todo: tú sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Cuida de mis ovejas. Te aseguro que cuando eras más joven, te vestías para ir a donde querías; pero cuando ya seas viejo, extenderás los brazos y otro te vestirá, y te llevará a donde no quieras ir”. Al decir esto, Jesús estaba dando a entender de qué manera Pedro iba a morir y a glorificar con su muerte a Dios. Después le dijo: “¡Sígueme!” (Juan 21, 1-19).

 

1. Cuando comenzaba a amanecer, Jesús se apareció en la orilla…

La experiencia pascual de la presencia de Jesús resucitado fue un amanecer de esperanza para sus discípulos que habían quedado sumidos en la oscuridad de la tristeza luego de los sucesos del Calvario. Y después de una noche de brega, de trabajo arduo sin poder pescar nada, Jesús se les manifiesta, ya no en la misma forma de su vida terrena, sino con una presencia espiritual que inicialmente no son capaces de captar (no sabían que era Él), pero que reconocen al descubrir que es posible sacar resultados positivos de las situaciones difíciles, basados en la fe.

Jesús nos invita a no desanimarnos en las situaciones en las que lo vemos todo oscuro y sin salida. Para poder ver la luz al final del túnel, para obtener el fruto esperado de nuestros esfuerzos por resolver los problemas que se nos presentan, es necesario que nos dispongamos a escuchar sus orientaciones. La oración y un acompañamiento espiritual de alguien que nos pueda aconsejar bien, son dos elementos imprescindibles para ello.

 

2. Ninguno se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían que era el Señor…

Seis veces aparece en este relato de Juan el título Señor aplicado a Jesucristo resucitado. Este titulo constituye a la vez un reconocimiento de la divinidad de Jesús y de su humanidad glorificada. En efecto, en virtud de su resurrección, Jesús llega hasta el punto de participar en su humanidad –no sólo en su divinidad–, del señorío de Dios Padre todopoderoso, a quien proclamamos en el himno del Gloria como Señor Dios, Rey celestial, junto con el Espíritu Santo, en quien también la fórmula extensa del Credo reconoce a Dios como Señor y dador de vida. La segunda lectura (Apocalipsis 5, 11-14) expresa una alabanza a Jesucristo resucitado, Señor del universo junto a Dios Padre: Al que se sienta en el trono y al Cordero la alabanza, el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos.

Reconocer a Jesús resucitado como el Señor (Señor Hijo único Jesucristo, como decimos también en el himno del Gloria) es proclamar que en Él se realiza plenamente el Reino o Reinado de Dios, es decir el poder del Amor que hace posible la realización de un mundo nuevo en el que imperen la misericordia, la justicia y la paz. Él se nos presenta de muchas formas a través de los acontecimientos de nuestra vida, y por eso es preciso que nos mantengamos atentos para poder reconocerlo y dejar que sea Él verdaderamente el Señor de nuestras vidas, a partir de nuestra disposición sincera a cumplir su voluntad.

 

3. “Señor, tú lo sabes todo: tú sabes que te quiero…"

La triple pregunta de Jesús resucitado a Simón Pedro nos muestra la misericordia de Jesús hacia quien lo había negado tres veces. Tres veces a su vez le responde Pedro, diciéndole Señor. Ya Jesús le había perdonado, cuando, después de la triple negación en la noche anterior a su muerte en la cruz, Pedro se había arrepentido. Ahora Jesús no sólo le ofrece la oportunidad de expresar tres veces su confesión -que es también confesión de fe- ante la comunidad de los discípulos, sino, además, en esta misma comunidad, le confirma tres veces la misión que le había dado antes; la de ser su máximo representante en la Iglesia. Esta misión implicaría, como se lo anuncia Jesús, asumir las incomprensiones y las persecuciones, como lo refiere la primera lectura (Hechos de los Apóstoles 5, 27-32.40-41), hasta el punto de llegar a morir también crucificado como su Señor (si bien pidió por humildad que lo crucificaran cabeza abajo).

También el Señor nos ofrece siempre a nosotros la oportunidad de reconciliarnos con Él y de renovarnos en la misión que nos ha dado, cuando, como se suele decir en el lenguaje popular, “la hemos embarrado”. Y nos pregunta, llamándonos por nuestros nombres: ¿me amas? Escuchemos a Jesús resucitado que nos invita a reconocerlo como nuestro Señor, confiemos en su misericordia infinita y dispongámonos a vivir cada vez más en coherencia con este reconocimiento.

Conclusión: En este mes de mayo invoquemos muy especialmente la intercesión de María santísima, Madre de Dios y Madre de la Iglesia. Y también en este Día Internacional del Trabajo invoquemos la intercesión de San José, el humilde artesano de Nazaret, que nos en enseña el valor de trabajar cuidando de su f amilia, con disposición plena a en todo amar y servir.