Mayo 15: Esta será la señal

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Por: Gabriel Jaime Pérez, SJ

Después de que Judas hubo salido, Jesús dijo: “Ahora se muestra la gloria del Hijo del hombre, y la gloria de Dios se muestra en él. Y si el Hijo del hombre muestra la gloria de Dios, también Dios mostrará la gloria de él; y lo hará pronto. Hijitos míos, ya no estaré con ustedes mucho tiempo. Ustedes me buscarán, pero lo mismo que les dije a los judíos les digo ahora a ustedes: No podrán ir a donde yo voy. Les doy este mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros. Así como yo los amo a ustedes, así deben amarse ustedes unos a otros. Si se aman los unos a los otros, todo el mundo se dará cuenta de que son discípulos míos”. (Juan 13, 31-35).

Aunque el mensaje central de este pasaje perteneciente al relato de la última cena es el mandamiento nuevo del amor, vale considerar antes lo siguiente que encontramos en el texto:

  • La salida de Judas, de la que Juan ha dicho inmediatamente antes que era de noche, nos puede hacer pensar que ya Jesús se siente más en familia, al haberse ido el traidor que lo iba a entregar; pero también le da pie para anunciarles a sus discípulos lo que va a sucederle a partir de esa noche.
  • La glorificación es un tema típico del Evangelio de Juan, en el sentido de que la muerte en la cruz, que Jesús les está anunciando en ese momento, va unida a su resurrección y por eso es a su vez la manifestación de la gloria de Dios, o sea la demostración de lo que Él mismo es: Amor.
  • La expresión hijitos míos tiene un matiz especial por ser Jesús el revelador del amor paternal- maternal de Dios, a la vez que nos remite a su unidad trinitaria con Dios Padre.
  • Y al decirles que no podrán ir adonde Él va, está refiriéndose a su glorificación junto a Dios Padre (“a la derecha del Padre”, decimos en el Gloria y el Credo); pero también les dirá después que va a prepararles un lugar en la casa de su Padre, para que donde Él esté también estén ellos (Jn 14,1-3).

Vayamos ahora al mensaje central del Evangelio y meditemos en lo que significa para nosotros.

 

1. “Les doy un mandamiento nuevo”

Jesús da un mandamiento. ¿Puede el amor ser objeto de un mandato? ¿No es más bien la consecuencia de un reconocimiento del amor recibido? Muchos habían expresado antes de Cristo las llamadas “regla de plata” y “regla de oro” de las relaciones humanas (de plata la formulada en negativo, de oro en positivo): nunca obres con los demás lo que no quieras que obren contigo (Confucio); no hagas a los demás lo que no es bueno para ti (libro hindú Mahabarata); ¿cómo puedo imponer a los demás un estado que no resulta agradable ni placentero para mí? (Buda); lo que sea bueno para mí, eso mismo debería juzgarlo para todos (Zoroastro); lo que no desees para ti, no lo hagas con los demás (Biblia, Tobías 4,5) no hagas a los demás aquello que no desees que te hagan a ti (Judaismo: Talmud).

Pero Jesús, además de formular la regla de oro en positivo -todo cuanto quieran que les hagan los hombres háganlo con ellos (Mateo 7, 12; Lucas 6, 31), lo que equivale a la frase “ama a tu prójimo como a ti mismo” (Levítico 19, 18)-, le da un nuevo sentido a esta norma: al decir “como yo los he amado”, indica que el modelo ya no es el amor de cada cual a sí mismo, sino el ejemplo dado por Él en la cruz con la entrega de su propia vida: “los amó hasta el extremo”, dice Juan al iniciar el relato de la última cena. (13,1) y más adelante el propio Jesús dirá: El amor más grande que uno puede tener es dar su vida por sus amigos (15,13). Esto es precisamente lo nuevo: amarnos los otros no sólo como cada cual se ama a sí mismo, sino como Dios mismo nos ha mostrado en Jesús que nos ama a todos.

 

2. Jesús no dice ámenme a mí, sino ámense los unos a los otros 

Esto quiere decir que el amor, en el sentido que le ha dado Él, tiene como referente inmediato al prójimo, porque es amando al prójimo como podemos mostrar nuestro amor a Dios, y esto es precisamente lo que dice otro texto procedente del mismo apóstol Juan: Si alguno dice ‘Yo amo a Dios’ y aborrece a su hermano, es un mentiroso. Pues el que no ama a su hermano, al que ve, no es posible que ame a Dios, a quien no ve (1ª Carta de Juan 4,20).

Pero, ¿de qué amor se trata específicamente? Se trata del amor que canta el salmo responsorial: El Señor es clemente y compasivo, lento a la ira y rico en amor [Salmo 145 (144), 8]. Es por tanto un amor misericordioso y benevolente, en el mimo sentido al que se refiere la 1ª Carta de Juan al decir que “Dios es Amor” (4,8.16) Ante esta forma de tratarnos el Señor, ¿cómo estamos nosotros respondiendo? Tal vez tengamos que reconocer que aún nos falta mucho para identificarnos con el amor de Dios manifestado en Jesús, y por eso sigue vigente la invitación a perseverar en la fe (primera lectura - Hechos 14,21b-27-), asumiendo todo lo que ella implica, y mostrando así que somos seguidores de Jesús, al identificarnos con Él.

 

3. “Esta será a señal por la que conocerán todos que ustedes son discípulos míos”

La primera comunidad cristiana se distinguió por el amor mutuo. Esta es la forma más eficaz de proclamar lo que indica la segunda lectura (Apocalipsis 21,1-5a): un cielo nuevo y una tierra nueva, simbolizados en la nueva Jerusalén. Esta “nueva Jerusalén”, correspondiente a lo que también llamamos “el cielo” y que es un estado espiritual de felicidad completa y sin fin, la anunciaban los primeros cristianos amándose unos a otros. Tertuliano, teólogo de fines del siglo II e inicios del III, escribió que los paganos, al ver la forma en que se trataban unos a otros los creyentes en Cristo, exclamaban: “Mirad cómo se aman”. ¿Podría decirse hoy lo mismo de nuestra Iglesia, en la que a menudo encontramos odios, envidias, intrigas, rencores, manifestaciones de violencia e indiferencia ante la miseria y el dolor de los demás?

La Palabra de Dios nos invita hoy, pues, a preguntarnos qué hemos hecho y qué debemos hacer para cumplir este mandamiento que nos dejó Jesús como su última voluntad antes de su muerte, y que nos repite hoy con su vida resucitada y gloriosa. Pidámosle que nos envíe su Espíritu Santo para amar a nuestros prójimos como Dios mismo nos manifestó en Jesucristo que nos ama, invocando la intercesión de la santísima Virgen María, en este mes dedicado a venerarla. Y al conmemorar el 15 de mayo el día del maestro -que seguramente se celebrará dentro de la semana en los colegios-, pidamos también por los educadores, para que sepan enseñarles con su ejemplo a sus alumnos el mandamiento del amor.